LA HUMILDAD ES MUY NECESARIA PARA ALCANZAR LA SALVACIÓN.- (Homilía: 28-VIII-2016)

Nunca debemos olvidar que el fanatismo es siempre malo, porque con frecuencia conduce a la obcecación y a negar, como lo vemos en el Evangelio de este domingo, los principios más elementales de la Caridad y de la Justicia. E incluso el mero humanismo. Esto quiere decir que nunca debemos ser fanáticos en ninguna cosa, ni aún en lo más sagrado.

Esto quiere decir que la humildad es muy necesaria para alcanzar la salvación. Y así vemos en el texto del Evangelio de este Domingo XXII del Tiempo Ordinario, como Nuestro Señor Jesucristo aprovecha cualquier circunstancia para ponerlo de relieve. Y el en caso del Evangelio de este domingo podemos ver como Nuestro Señore Jesucristo se sirve de las actitudes que observa entre los asistentes a un banquete, para insistir en el banquete celestial, que nuestro Padre Celestial nos tiene preparado.

Y precisamente, el santo sacerdote San Josemaría Escrivá, en una de sus obras titulada Es Cristo que pasa, insiste que en el banquete celestial es Dios quien asigna el puesto, con las siguientes palabras: “La conciencia de la magnitud de la dignidad humana –de modo eminente, inefable, al ser constituídos, por la gracia, en hijos de Dios- junto con la humildad, forma en el cristiano una sola cosa, ya que no son nuestras fuerzas las que nos salvan y nos dan la vida, sino el favor divino. Es ésta una verdad que no puede olvidarse nunca”.

EL CATÓLICO NO PRETENDE OTRA RECOMPENSA QUE LA DEL CIELO

Efectivamente, el católico se debe mover en el mundo como una persona corriente, teniendo en cuenta que el fundamento del trato con sus semejantes, no puede ser ni la recompensa humana ni la vanagloria. Sino que debe buscar ante todo la gloria de Dios, sin pretender otra recompensa que la del Cielo.

Esto nos lleva a la consecuencia de que, ante la invitación de Dios Nuestro Señor a la fe y a la personal correspondencia, hay que sacrificar cualquier interés humano, por lícito y noble que se nos presente, si impide la respuesta cabal al llamamiento divino. Generalmente, no debemos olvidar que las aparentes razones o una lista de deberes, en realidad, son meras excusas. Por eso nunca debemos olvidar que cuando surgen invitados desagradecidos, estamos ante personas en las que aparecerá clara la culpabilidad. Y por ello, deben tomarse las medidas más oportunas, para dignificar los corazones en el sentido de que puedan abrirse claramente al camino que Dios Nuestro Señor tiene previsto para cada uno de nosotros, sin vivir de meras excusas, que nos pueden conducir a la culpabilidad de invitados que se convierten en personas desagradecidas.

Todo buen católico debe estar decidido a ayudar a todos los que pueda a decidirse por el bien. No se trata de violentar a nadie sino de ayudar a decidirse por el bien, rompiendo con respetos humanos, con la ocasión del pecado o con la ignorancia. Realmente se ayuda a entrar en la Casa de Dios con la oración, con el sacrificio, con el testimonio de llevar una vida cristiana, con el apostolado.

Recordemos lo que dice San José María Escrivá, en un libro celebre suyo, titulado Camino: “Si, por salvar una vida terrena, con aplauso de todos, empleamos la fuerza para evitar que un hombre se suicide…, ¿no vamos a poder emplear la misma coacción –la santa coacción- para salvar la Vida (con mayúscula) de muchos que obstinan en suicidar idiotamente su alma?”.

Palabras que en este domingo aparecen en el Evangelio no deben desconcertar a nadie, porque el amor a Dios y a Jesucristo debe ocupar el primer puesto en nuestra vida y debemos además alejar todo aquello que ponga trabas a este amor.

Precisamente un santo como Gregorio Magno, al comentar los textos del Evangelio de este domingo, dice: “Amemos en este mundo a todos, aunque sea el enemigo, pero ódiese al que se nos opone en el camino de Dios, aunque sea pariente. Debemos amar al prójimo; debemos tener caridad con todos; con los parientes y con los extraños, pero sin apartarnos del amor de Dios por el amor de ellos”. Así está In Evangelia homiliae, 37.33. En definitiva, se trata de guardar el orden de la caridad: Dios tiene prioridad sobre todo.

AGRADAR ANTES A DIOS QUE A LOS HUMANOS

Precisamente el Concilio Vaticano II, en el documento Apostólica actuositatem, número 4, explica que los cristianos “se esfuerzen por agradar a Dios antes que a los hombres, dispuestos a dejarlo todo por Cristo”, que “padeciendo por nosotros nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además, abrió el camino que, al seguirlo, santifica la vida y la muerte, y les da nuevo sentido” (dice el documento “Gaudium et spes, número 22.

En definitiva, el camino cristiano es la imitación de Jesucristo. No hay otro modo de seguirle que acompañarle con la propia Cruz. La experiencia nos muestra la realidad del sufrimiento, y que éste lleva a infelicidad si no se acepta con sentido cristiano. La cruz no es una tragedia, sino pedagogía de Dios que nos santifica por medio del dolor para identificarnos con Cristo y hacernos merecedores de la gloria. Por eso es tan cristiano amar el dolor: Bendito sea el dolor.-Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor…¡Glorificado sea el dolor! (San Josemaría Escrivá, en Camino, número 208).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


DIOS REPARTIÓ EL GOBIERNO DEL GENERO HUMANO EN DOS PODERES: EL ECLESIÀSTICO Y EL CIVIL. (OPINIÓN PÚBLICA: 28-VIII-2016

Dios ha repartido el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género, Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo.

 De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure propio, su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes, es necesario que Dios, origen de uno y de otro, haya establecido en su providencia, un orden recto de composición entre las actividades respectivas de uno y de otro poder.

 Si así no fuese, sobre vendrían frecuentes motivos de inestables conflictos, y muchas veces quedaría el hombre dudando, como el caminante ante una encrucijada, sin saber que camino elegir, al verse solicitado por los mandatos contrarios de dos autoridades, a ninguna de las cuales puede, sin pecado, dejar de obedecer.

Esta situación es totalmente contraria a la sabiduría y a la bondad de Dios, quien incluso en el mundo físico, de tan evidente inferioridad, ha equilibrado entre sí las fuerzas y las causas naturales, con tan concertada moderación y maravillosa armonía, que ni las unas impiden a las otras ni dejan todas de concurrir, con exacta adecuación, al fin total al que tiende el universo. Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre, entre el alma y el cuerpo.

EXAMINAR LA NATURALEA DE CADA UNO DE LOS PODERES

Para determinar la esencia y la medida de esta relación unitiva, no hay otro camino que examinar la naturaleza de cada uno de los dos poderes, teniendo en cuenta la excelencia y nobleza de sus fines respectivos.

El poder civil como fin próximo y principal el cuidado de las cosas temporales. El poder eclesiástico, en cambio, la adquisición de los bienes eternos. Así, todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto a Dios, sea por su propia naturaleza, sea en vcirtud del fin al que está referido, todo ello cae bajo el dominio y autoridad de la Iglesia.

Pero las demás cosas que el régimen civil y político, en cuanto tal, abraza y comprende, es de justicia que queden sometidas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

LA IGLESIA HA DADO PRUEBAS DE BONDAD MATERNAL

No obstante, sobrevienen a veces especiales circunstancias en las que puede convenir otro género de concordia que asegure la paz y la libertad en ambas potestades; por ejemplo, cuando los gobernantes y el Romano Pontífice admiten la misma solución para un asunto de terminado. En estas ocasiones, la Iglesia ha dado pruebas numerosas de su bondad maternal, usando la mayor indulgencia y condescendencia posibles.

Esta que sumariamente dejamos trazada es la concepción cristiana del Estado. Concepción no elaborada temerariamente y por caprichos, sino constituída sobre los supremos y más exactos principios, confirmados por la misma razón natural.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA ÚNICA RELIGIÓN VERDADERA ES AQUELLA QUE JESUCRISTO INSTITUYÓ Y CONFIÓ A LA IGLESIA CATÓLICA ( León XIII, Papa).Texto situado en “Opinión Pública”:21-VIII-2016

Todo hombre de juicio sincero y prudente ve con facilidad cuál es la religión verdadera. Multitud de de argumentos eficaces, como son el cumplimiento real de las profecías, el gran número de milagros, la rápida propagación de la fe aún en medio de poderes enemigos y de dificultades insuperables, el testimonio de los mártires y otros muchos parecidos, demuestran    que la única religión verdadera es aquella que Jesucristo, en persona, instituyó y confió a la Iglesia, para conservarla y propagarla por todo el mundo.

 El Hijo Unigénito de Dios ha establecido, en la tierra, una sociedad que se llama Iglesia. A ésta transmitió, para continuarla a través de toda la Historia, la excelsa misión divina, que El en persona había recibido de su Padre. Como me envió mi Padre, así os envío Yo. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del Mundo. Y así como Jesucristo vino a la tierra para que los hombres tengan vida, y la tengan abundantemente, de la misma manera el fin que se propone la Iglesia es la salvación eterna de las almas.

 SE EXTIENDE A TODO EL GÉNERO HUMANO

 Y así, por su propia naturaleza, la Iglesia se extiende a toda la universalidad del género humano, sin quedar circunscripta por límite alguno de tiempo o de lugar. Predicad el Evangelio a toda criatura. Dios mismo ha dado a esta inmensa multitud de hombre prelados con poderes para gobernarla, y ha querido que uno de ellos fuese el Jefe supremo de todos, y Maestro máximo e infalible de la verdad, al cual entregó las llaves del Reino de los Cielos.

 Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe. Esta sociedad, aunque está compuesta por hombres, como la sociedad civil, sin embargo, por el fin a que tiende y por los medios de que se vale para alcanzar este fin, es sobrenatural y espiritual. Por tanto, es distinta y difiere de la sociedad política.

Y, lo que es más importante, es una sociedad genérica y jurídicamente perfecta, porque tiene en sí misma, por voluntad benéfica y gratuidad de su Fundador, todos los elementos necesarios para su existencia y acción. Y así como el fin al que tiende la Iglesia es el más noble de todos, así también su autoridad es más alta que toda otra autoridad, ni puede en modo alguno ser inferior o qwuedar sujeta a la autoridad civil.

LA IGLESIA CATÓLICA GUIA A LOS HUMANOS A LA PATRIA CELESTAL

Jesucristo ha dado a sus Apóstoles una autoridad plena sobre las cosas sagradas, concediéndoles tanto el poder legislativo como el doble poder, derivado de ésta, de juzgar y castigar. Me ha sido dado todo poder en el Cielo y en la Tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, enseñándoles a observar todo cuanto Yo os he mandado.

Y todavía: Prontos a castigar toda desobediencia y a reduciros a perfecta obediencia. Y aún más: Empleo yo con austeridad la autoridad que el Señor se confirió para edificar, no para destruir. Por tanto, no es el Estado, sino la Iglesia, la que debe guiar a los hombres hacia la patria celestial. Dios ha dado d a la Iglesia el encargo de juzgar y definir en las cosas tocantes a la religión, de enseñar a todos los pueblos, de ensanchar en lo posible las fronteras del cristianismo; o una palabra, de gobernar la cristiandad, según su propio criterio, con libertad y sin trabas.

LA IGLESIA ENCONTRÓ EN EL PODER CIVIL, DEFENSA SEGURA DE SU PROPIA INDEPENDENCIA

La Iglesia no ha cesado nunca de reivindicar para sí misma y jurídicamente perfecta, atacada desde hace mucho tiempo por una filosofía calculadora de los poderes políticos. Han sido los Apóstoles los primeros en defenderla. A los príncipes de la sinagoga, que les prohibían predicar la doctrina evangélica, respondían los Apóstoles con firmeza: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres.

Los Santos Padres se consagraron a defender esta misma autoridad, los razonamientos sólidos, cuando se les presentó ocasión para ello. Los Romanos Pontífices, por su parte, con invicta constancia de ánimo, no han cesado jamás de reivindicar esta autoridad,  frente a los agresores de ella. Más aún: los mismos príncipes y gobernantes de los Estados han reconocido, de hecho y de derecho, esta autoridad, al tratar con la Iglesia como con un legítimo poder soberano, ya por medio de convenios y concordatos, ya con el envío y aceptación de embajadores, ya con el mútuo intercambio de otros buenos oficios. Y hay que reconocer una singular providencia de Dios en el hecho de que esta suprema potestad de la Iglesia llegara a encontrar, en el `poder civil, la defensa más segura de su propia independencia.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado /en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


TODOS LOS HUMANOS ESTAMOS LLAMADOS A FORMAR PARTE DEL REINO DE DIOS. (Homilía: 21-VIII-2016).

 Consideremos que todos los humanos estamos llamados a formar parte del Reino de Dios, porque como dice San Pablo en la Carta Primera a Timoteo “Dios quiere que todos los hombres se salven”.

 Precisamente, en la Constitución dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, del 21 de noviembre del año 1964, se dice: “Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan no obstante a Dios con un corazón sincero, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden  conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía al conocimiento de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio y como algo otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida”.

 LUCHAR SERIAMENTE POR LA SALVACIÓN

 En cualquier caso sólo pueden alcanzar esta meta de la Salvación quienes luchan seriamente, como dice San Lucas. Y esto es así porque como afirma San Pablo, en la Carta a los Efesios, “el Reino de los Cielos padece violencia”. Y, efectivamente, desde que San Juan Bautista anuncia a Cristo ya presente, los poderes del infierno redoblan su asalto desesperado, que se prolonga a  lo largo de todo el tiempo de la Iglesia.

 Efectivamente, la situación aquí descrita, parece ser la siguiente: los jefes del Pueblo judío y sus ciegos seguidores, esperaban el Reino de Dios como quienes esperan una herencia merecida. Pero mientras ellos reposan en sus pretendidos derechos y méritos de raza, otros, los esforzados (literalmente: salteadores), se apoderarán de él como al asalto, por la fuerza, en lucha contra los enemigos del alma: mundo, demonio y carne.

 “Esa fuerza –dice San José María, en “Es Cristo que pasa”-, no se manifiesta en violencia contra los demás: es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario”.

CÓMO ALCANZAR EL CIELO

Tal actitud es la propia de quienes luchando contra sus pasiones, haciéndose violencia a sí mismos, alcanzan el Reino de los Cielos, y participan de la unión con Cristo. Como afirma Clemente de Alejandría, en su obra Quis dives salvetur: “El Reino de los Cielos no pertenece a los que duermen y viven dándose todos los gustos, sino a los que luchan contra sí mismos”.

 Por lo tanto, -afirma en la obra citada San José María-, el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente- se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”.

Como sabemos, la cizaña es un planta muy parecida al trigo, con el que fácilmente se confunde antes de brotar la espiga. Mezclada con harina buena contamina el pan y produce graves náuseas y mareos. Sembrar cizaña entre el trigo era un caso de vengancia personal, que se dió no pocas veces en Oriente. Y ciertamente, el mismo Derecho Romano lo preveía y castigaba, tal como dice el Digesto, IX, 2.

 Repasemos lo que dice San José María, en la obra citada Es Cristo que pasa, “Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; y además ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente- se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa

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