CREEMOS SEÑOR, PERO AUMÉNTANOS LA FE. (Homilía, Domingo 27º del Tiempo Ordinario: 2-X-2016)

“Auméntanos la fe”. Cada uno de nosotros deberíamos repetir esta súplica de los Apóstoles como una jaculatoria, teniendo presente que todo es posible para el que tiene fe y cree en Dios Nuestro Señor. Porque todos sabemos que para ser cristianos de verdad hay que ser y vivir como hijos de Dios, que es lo que realmente somos.

 No olvidemos que el Señor condena el escándalo, porque, como dice el Catecismo Mayor, “cualquier dicho, hecho u omisión que da ocasión a otros de cometer pecados”, conduce a la  muerte del alma, quitándole la vida de la gracia, que es mas preciosa que la vida del  cuerpo, y es causa de una multitud de pecados. Por eso amenaza Dios a los escandalosos, con los malos graves castigos”, como se puede observar en el  Catecismo Mayor, número 418.

Todos los que tenemos un encargo, debemos andar con cuidado. Así nos lo advierte el Señor. Ciertamente “andaos con cuidado” es una grave advertencia que tiene un doble sentido: no escandalizar a los demás y no dejarse influir por los escándalos de los otros.

Efectivamente, las personas que gozan de cualquier género de autoridad o renombre (padres, educadores, gobernantes, escritores, artistas, etc.), pueden escandalizar más fácilmente. Por lo tanto, la correspondencia nuestra es examinar, con exigencia, la conducta a este respecto, teniendo en cuenta la advertencia del Señor: “Andaos con cuidado”. Se trata de una frase muy expresiva de Nuestro Señor Jesucristo.

LA VOCACIÓN CRISTIANA ES UNA LLAMADA A LA SANTIDAD

Siempre debemos tener en cuenta que la vocación cristiana es una llamada a la santidad que Dios Nuestro Señor hace a cada uno. Pero, al mismo tiempo, se trata de una exigencia esencial, que debe preocuparse también por el bien espiritual de los demás, de tal modo que el cristianismo no se puede vivir de una forma aislada y egoísta, ya que quien convierte a un pecador de su mal camino salvará su propia alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados.

Por eso, todos debemos decir muchas veces esas frases de San Josemaría que ofrece en el libro titulado “Camino”, número 583: “No soy milagrero. – Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe. Pero me dan pena esos cristianos –incluso piadosos, ¡apostólicos!-que se sonríen cuando oyen hablar de caminos extraordinarios, de sucesos sobrenaturales.-Siento deseos de decirles: sí, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe!”.

Finalmente, tengamos en cuenta –según el Evangelio de este Domingo- que el Señor no aprueba el trato abusivo y arbitrario del amor, sino que se sirve de una realidad muy cotidiana para las gentes que le escuchaban, e ilustra así cuál debe de ser la disposición de la criatura ante su Creador: desde nuestra propia existencia hasta la bienaventuranza eterna que se nos promete, todo procede de Dios como un inmenso regalo. De ahí que el hombre siempre esté en deuda con el Señor, y por más que haga en su servicio no pasan sus acciones de ser una pobre correspondencia a los dones divinos. El orgullo ante Dios no tiene sentido en una criatura. Lo que aquí nos inculca Jesús lo vemos hecho realidad en la Virgen María, que respondió ante el anuncio divino: “He aquí la esclava del Señor”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 


LA IGLESIA NO PUEDE APROBAR UNA LIBERTAD QUE LLEVE AL DESPRECIO DE LAS LEYES SANTÍSIMAS DE DIOS. (Opinión pública: 2-X-2016)

No hay tampoco razón justa para acusar a la Iglesia de ser demasiado estrecha en materia de tolerancia o de ser enemiga de la auténtica libertad, porque, si bien la Iglesia juzga ilícito que las diversas clases de culto divino gocen del mismo derecho que tiene la religión verdadera, no por esto, sin embargo, condena a los gobernantes que para conseguir un bien importante o para evitar un grave mal, toleran pacientemente en la práctica, la existencia de dichos cultos en el Estado.

 Es, por otra parte, costumbre de la Iglesia vigilar con mucho cuidado para que nadie sea forzado a abrazar la fe católica contra su voluntad, porque, como observa acertadamente San Agustín, “el hombre no puede creer más que de buena voluntad”.

Por la misma razón, la Iglesia no puede aprobar una libertad que lleva al desprecio de las leyes santísimas de Dios y a la negación de la obediencia debida a la autoridad legítima. Esta libertad, más que libertad, es licencia. Y con razón la denomina San Agustín libertad de la perdición, y el apóstol San Pedro, velo de malicia.

UNA LIBERTAD CONTRARIA A LA RAZÓN ES ESCLAVITUD

Más aún, esa libertad, siendo, como es, contraria a la razón, constituye una verdadera esclavitud, pues el que obra el pecado, esclavo es del pecado. Por el contrario, es libertad auténtica y deseable aquella que, en la esfera de la vida privada, no permite el sometimiento del hombre a la tiranía abominable de los errores y de las malas pasiones y que en el campo de la vida pública gobierna con sabiduría a los ciudadanos, fomenta el progreso y las comodidades de la vida y defiende la administración del Estado de toda ajena arbitrariedad. La Iglesia es la primera en aprobar esta libertad justa y digna del hombre. Nunca ha cesado de combatir para conservarla incólume y entera en los pueblos.

Los momentos históricos de las edades precedentes demuestran que la Iglesia Católica ha sido siempre la iniciadora, o la impulsora, o la protectora de todas las instituciones que pueden contribuir al bienestar común del Estado. Tales son las eficaces instituciones creadas para coartar la tiranía de los príncipes que gobiernan mal a los pueblos; las que impiden que el poder supremo del Estado invada indebidamente la esfera municipal o familiar, y las dirigidas a garantizar la dignidad de la vida de las personas y la igualdad jurídica de los ciudadanos.

Consecuente siempre consigo misma, si por una parte rechaza la libertad inmoderada, que lleva a los individuos y a los pueblos al desenfreno o a la esclavitud, acepta, por otra parte, con mucho gusto los adelantos que trae consigo el tiempo, cuando promueven de veras el bienestar de la vida presente, que es el camino que lleva a la vida e inmortalidad futuras.

Calumnia, por tanto, vana e infundada es la situación de algunos que dicen que la Iglesia mira con malos ojos el sistema político moderno y que rechaza, sin distinción, todos los descubrimientos del genio contemporáneo. La Iglesia rechaza, sin duda alguna, la locura de ciertas opiniones. Desaprueba el pernicioso afán de revoluciones y rechaza muy especialmente ese estado de espíritu en el que se vislumbra el comienzo de un apartamiento voluntario de Dios. Pero como todo lo verdadero proviene necesariamente de Dios, la Iglesia reconoce como destello de la mente divina, toda verdad alcanzada por la investigación del entendimiento humano.

LA IGLESIA ACOJE SIEMPRE CON ALEGRÍA EL ESTUDIO DE LA NATURALEZA

Y como no hay verdad alguna de orden natural que esté en contradicción con las verdades reveladas, por el contrario, son muchas las que comprueban esta misma fe; y, además, todo descubrimiento de la verdad puede llevar, ya al conocimiento, ya a la glorificación de Dios, de aquí que la Iglesia acoja siempre,  con agrado y alegría, todo lo que contribuye al verdadero progreso de las ciencias. Y así como lo ha hecho siempre con las demás ciencias, la Iglesia fomenta y favorecerá con ardor todas aquellas ciencias que tienen por objeto el estudio de la naturaleza. Y en esta disciplina de la Iglesia no se rechazan los nuevos descubrimientos. Ni es contraria a la búsqueda de nuevos progresos para el mayor bienestar y comodidad de la vida.

La Iglesia, enemiga de la inercia perezosa, desea en gran manera que el ingenio humano, con el trabajo y la cultura, produzca frutos abundantes. Estimula todas las artes, todas las industrias, y dirigiendo con su eficacia propia todas estas cosas a la virtud y a la salvación del hombre, se esfuerza por impedir que la inteligencia y la actividad del hombre aparten a ésta de Dios y de los bienes eternos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sedes principales en Roma y Madrid.

 


“QUERER SOMETER LA IGLESIA, EN EL CUMPLIMIENTO DE SUS DEBERES, AL PODER CIVIL, CONSTITUYE ANTEPONER LO NATURAL A LO SOBRENATURAL” (El papa León XIII) (Opinión Pública: 25-IX-2016)

Querer someter la Iglesia, en el cumplimiento de sus deberes, al poder civil, constituye una gran injuria y un gran peligro. De este modo se perturba el orden de las cosas, anteponiendo lo natural a lo sobrenatural. Se suprime, o por lo menos, se disminuye, la afluencia de los bienes que aportaría la Iglesia a la sociedad, si pudiese obrar sin obstáculos. Por último, se abre la puerta a enemistades y conflictos, que causan, a ambas  sociedades, grandes daños, como los acontecimientos lo han demostrado con demasiada frecuencia.

Estas doctrinas, contrarias a la razón y de tanta trascendencia para el bien público del Estado, no dejaron de ser condenadas por los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, que vivían convencidos de las obligaciones que les imponía el cargo apostólico.

Así, el Papa Gregorio XVI, en la Encíclica Mirari vos, del 15 de agosto de 1832, condenó, con gran autoridad doctrinal, los principìos que ya entonces, se iban divulgando, esto es, indiferentismo religioso, la libertad absoluta de cultos y de conciencia, la libertad de imprenta y la legitimidad del derecho de rebelión.

Con relación a la separación entre Iglesia y Estado decía así el citado Pontífice: “No podríamos augurar resultados felices, para la Iglesia y el Estado, de los deseos de quienes pretenden con empeño que la Iglesia se separa del Estado, rompiendo la concordia mutua del imperio y del sacerdocio. Todos saben muy bien que esta concordia, que siempre ha sido tan beneficiosa para los intereses religiosos y civiles, es muy temida por los fautores de una libertad desfigurada”.

De modo semejante, el Papa Pío IX, aprovechando las ocasiones que se le presentaron, condenó muchas de la falsas opiniones que habían empezado a estar en boga, reuniéndolas después en un catálogo, a fin de que supiesen los católicos a qué atenerse, sin peligro de equivocarse, en medio de una avenida tan grande de errores.

EL ORIGEN DEL PODER CIVIL HAY QUE PONERLO EN DIOS

De estas declaraciones pontificias, lo que debe tenerse presente, sobre todo, es que el origen del poder civil hay que ponerlo en Dios, no en la multitud; que el derecho de rebelión es contrario a la razón; que no es lícito a los particulares, como tampoco a los Estados, prescindir de sus deberes religiosos y medir con un mismo nivel todos los cultos contrarios; que no debe ser considerado en absoluto como un derecho de los ciudadanos, no como pretensión merecedora de favor y amparo, la libertad inmoderada de pensamiento y de expresión.

Hay que admitir igualmente que la Iglesia, no menos que el Estado, es una sociedad completa en su género y jurídicamente perfecta; y que, por consiguiente, los que tienen el poder supremo del Estado no deben pretender someter la Iglesia a su servicio u obediencia, o mermar la libertad de acción de la Iglesia en su esfera propia, o arrebatarla cualquiera de los derechos que Jesucristo le ha conferido.

CUESTIONES DE DERECHO MIXTO

Sin embargo, en las cuestiones de derecho mixto es plenamente conforme a la naturaleza y a los designios de Dios, no la separación ni mucho menos el conflicto entre ambos poderes, sino la concordia, y ésta de acuerdo con los fines próximos que han dado origen a entrabas sociedades. Estos son los principios que la Iglesia católica establece en materia de Constitución y Gobierno de los Estados.

Con estos principios, si se quiere juzgar rectamente, no queda condenada por sí misma ninguna de las distintas formas de gobierno, pues nada contienen contrario a la doctrina católica, y todas ellas, realizadas con prudencia y justicia, pueden garantizar al Estado, la prosperidad pública. Más aún, ni siquiera es en sí censurable, según estos principios, que el pueblo tenga una mayor o menor par- ticipación en el Gobierno, participación que, en ciertas ocasiones y dentro de una legislación determinada, puede no sólo ser provechosa, sino incluso obligatoria para los ciudadanos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (Espña). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


ASÍ COMO PONEMOS LOS MEDIOS PARA SACAR UN NEGOCIO MATERIAL, PONGÁMOLOS TODOS PARA LA SALVACIÓN ETERNA. (HOMILÍA: 25-IX-2016)

Querer someter la Iglesia, en el cumplimiento de sus deberes, al poder civil, constituye una gran injuria y un gran peligro. De este modo se perturba el orden de las cosas, anteponiendo lo natural a lo sobrenatural. Se suprime, o por lo menos, se disminuye, la afluencia de los bienes que aportaría la Iglesia a la sociedad, si pudiese obrar sin obstáculos. Por último, se abre la puerta a enemistades y conflictos, que causan, a ambas  sociedades, grandes daños, como los acontecimientos lo han demostrado con demasiada frecuencia.

 Estas doctrinas, contrarias a la razón y de tanta trascendencia para el bien público del Estado, no dejaron de ser condenadas por los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, que vivían convencidos de las obligaciones que les imponía el cargo apostólico.

 Así, el Papa Gregorio XVI, en la Encíclica Mirari vos, del 15 de agosto de 1832, condenó, con gran autoridad doctrinal, los principìos que ya entonces, se iban divulgando, esto es, indiferentismo religioso, la libertad absoluta de cultos y de conciencia, la libertad de imprenta y la legitimidad del derecho de rebelión.

Con relación a la separación entre Iglesia y Estado decía así el citado Pontífice: “No podríamos augurar resultados felices, para la Iglesia y el Estado, de los deseos de quienes pretenden con empeño que la Iglesia se separa del Estado, rompiendo la concordia mutua del imperio y del sacerdocio. Todos saben muy bien que esta concordia, que siempre ha sido tan beneficiosa para los intereses religiosos y civiles, es muy temida por los fautores de una libertad desfigurada”.

De modo semejante, el Papa Pío IX, aprovechando las ocasiones que se le presentaron, condenó muchas de la falsas opiniones que habían empezado a estar en boga, reuniéndolas después en un catálogo, a fin de que supiesen los católicos a qué atenerse, sin peligro de equivocarse, en medio de una avenida tan grande de errores.

EL ORIGEN DEL PODER CIVIL HAY QUE PONERLO EN DIOS

De estas declaraciones pontificias, lo que debe tenerse presente, sobre todo, es que el origen del poder civil hay que ponerlo en Dios, no en la multitud; que el derecho de rebelión es contrario a la razón; que no es lícito a los particulares, como tampoco a los Estados, prescindir de sus deberes religiosos y medir con un mismo nivel todos los cultos contrarios; que no debe ser considerado en absoluto como un derecho de los ciudadanos, no como pretensión merecedora de favor y amparo, la libertad inmoderada de pensamiento y de expresión.

Hay que admitir igualmente que la Iglesia, no menos que el Estado, es una sociedad completa en su género y jurídicamente perfecta; y que, por consiguiente, los que tienen el poder supremo del Estado no deben pretender someter la Iglesia a su servicio u obediencia, o mermar la libertad de acción de la Iglesia en su esfera propia, o arrebatarla cualquiera de los derechos que Jesucristo le ha conferido.

CUESTIONES DE DERECHO MIXTO 

Sin embargo, en las cuestiones de derecho mixto es plenamente conforme a la naturaleza y a los designios de Dios, no la separación ni mucho menos el conflicto entre ambos poderes, sino la concordia, y ésta de acuerdo con los fines próximos que han dado origen a entrabas sociedades. Estos son los principios que la Iglesia católica establece en materia de Constitución y Gobierno de los Estados.

Con estos principios, si se quiere juzgar rectamente, no queda condenada por sí misma ninguna de las distintas formas de gobierno, pues nada contienen contrario a la doctrina católica, y todas ellas, realizadas con prudencia y justicia, pueden garantizar al Estado, la prosperidad pública. Más aún, ni siquiera es en sí censurable, según estos principios, que el pueblo tenga una mayor o menor par- ticipación en el Gobierno, participación que, en ciertas ocasiones y dentro de una legislación determinada, puede no sólo ser provechosa, sino incluso obligatoria para los ciudadanos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (Espña). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.