LA CUARESMA NOS RECUERDA LA NECESIDAD INDEROGABLE DE LA CONFESIÓN. (Homilía: I Domingo de Cuaresma. 17.II.2013).

El Beato Juan Pablo II, confesando a un penitente, en la Basílica de San Pedro, en Roma.

“La Cuaresma es un tiempo particularmente adecuado para despertar y educar la conciencia. La Iglesia nos recuerda precisamente en este período la necesidad inderogable de la Confesión sacramental, para que todos podamos vivir la resurrección de Cristo no sólo en la liturgia, sino también en nuestra propia alma”. Así lo dijo el Papa Beato Juan Pablo II, en una Carta a los fieles de Roma, con fecha del 28 de febrero del año 1979.

 

LA CUARESMA, TIEMPO OPORTUNO PARA CONFESARSE

 

Precisamente, la Cuaresma es un tiempo oportuno para cuidar muy bien el modo de  recibir el Sacramento de la Penitencia, ese encuentro con Cristo, que se hace presente en el sacerdote; encuentro siempre único, y siempre distinto. Allí nos acoge como Buen Pastor, nos cura, nos limpia, nos fortalece. Se cumple en este Sacramento lo que el Señor había prometido a través del Profeta Ezequiel: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y yo mismo las llevaré a la majada. Buscaré a la oveja perdida, traeré a la extraviada, vendaré a la herida y curaré la enferma, y guardaré las gordas y las robustas.

 

Cuando nos acercamos a este sacramento debemos pensar ante todo en Cristo. El debe ser el centro del acto sacramental. Y la gloria y el amor a Dios han de contar más que nuestros pecados. Se trata de mirar mucho más a Jesús que a nosotros mismos; más a su bondad que a nuestra miseria, en un diálogo de amor en el que Dios es siempre el punto de referencia.

 

El hijo pródigo que vuelve –eso somos nosotros cuando decidimos confesarnos- inicia el camino del retorno movido por la triste situación en la que se encuentra, sin perder nunca la conciencia de su pecado. No soy digno de ser llamado hijo tuyo; pero conforme se acerca a la casa paterna va reconociendo con cariño todas las cosas del hogar propio, del hogar de siempre. Y ve en la lejanía la figura inconfundible de su padre que se dirige hacia él. Esto es lo importante: el encuentro.

 

Cada Confesión contrita  -dice el Beato Juan Pablo II, en la Constitución Apostólica Reconciliación y Penitencia-, es “un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro en la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo, y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar”.

 

CENTRAR LA CONFESIÓN, EN CRISTO

 

Este empeño por centrar la Confesión en Cristo es importante para no caer en la rutina, para sacar del fondo del alma aquellas cosas que son las que más pesan y que sólo saldrán a la superficie a la luz del amor de Dios. Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, hemos pedido perdón, y muchas veces nos ha perdonado el Señor. Así acudimos a la Confesión: a pedir la absolución de nuestras culpas como una limosna que estamos lejos de merecer. Pero vamos con confianza, fiados no de nuestros méritos, sino en Su misericordia, que es eterna e infinita, siempre dispuesta al perdón. Él sólo nos pide que reconozcamos nuestras culpas con humildad y sencillez, que reconozcamos nuestra deuda. Por eso, a la Confesión vamos, en primer lugar a que nos perdone quien está en lugar de Dios y haciendo sus veces. No tanto a que nos comprendan, a que nos alienten. Vamos a pedir perdón.

 

LA CONFESIÓN SINCERA DEJA EN EL ALMA PAZ Y ALEGRÍA

 

La Confesión nos hace participar en la Pasión de Cristo y, por sus merecimientos, en su Resurrección. Cada vez que recibimos este sacramento con las debidas disposiciones se opera en nuestra alma un renacimiento a la vida de la gracia. La Sangre de Cristo, amorosamente derramada, purifica y santifica el alma, y por su virtud el sacramento confiere la gracia –si se hubiera perdido- o la aumenta, según las disposiciones del penitente.

 

En efecto, en la Confesión, el alma recibe mayores luces de Dios y un aumento de sus fuerzas –gracias particulares para combatir las inclinaciones confesadas, para evitar las ocasiones de pecar, para no reincidir en las faltas cometidas. ¡Cuántas veces las mayores gracias las hemos recibido después de una Confesión, después de haberle dicho al Señor que nos hemos portado mal con Él! Jesús da siempre bien por mal, para animarnos a ser fieles. El castigo que merecemos por nuestros pecados es borrado por Dios cuando ve nuestro arrepentimiento y nuestras obras de penitencia y desagravio.

 

La Confesión de nuestros pecados deja siempre en el alma una gran paz y una gran alegría. La tristeza del pecado o de la falta de correspondencia a la gracia se torna gozo. “Quizá los momentos de una Confesión sincera figuran entre los más dulces, más confortantes y más decisivos de la vida”, dijo el Papa Pablo VI, en una Alocución, con fecha del 22 de febrero del año 1975.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


EL SEÑOR ESPERA DE NOSOTROS OBEDIENCIA FINA Y DELICADA AL PAPA Y AL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. (Homilía: V Domingo del Tiempo Ordinario. 10-II-2013).

 

LA FUERZA DE LA OBEDIENCIA

Jesús estaba junto al lago de Galilea con una muchedumbre que deseaba oír su  Palabra. Pedro y sus compañeros de trabajo lavaban las redes, después de bregar una noche sin pescar nada. Jesús quiere meterse hondamente en el alma de Simón, le pidió la barca y le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado -nos dice San Lucas-, enseñaba a la multitud desde la barca.

 

Cuando terminó de hablar, Jesús dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar. La mirada de Jesús, el modo imperativo y a la vez amable de dar la orden, el supremo atractivo que Jesús ejerce sobre las almas nobles, llevaron a Pedro a embarcarse de nuevo. El único motivo de echarse al agua con la barca es Jesús: Maestro -le dice Pedro-, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Este es el gran motivo para Pedro.

 

Ciertamente, en muchos momentos, podemos encontrar motivos humanos para abandonar la tarea, pero debemos oír la voz de Jesús que nos dice: Rema mar adentro. Es decir, recomienza de nuevo, vuelve a empezar en el nombre de Jesús. Dice Santa Teresa en su libro Fundaciones: “Muchas veces me parecía no poder sufrir el trabajo conforme a mi bajo natural; pero el Señor me dijo: Hija, la obediencia da fuerzas”.

 

DIOS PREMIA SIEMPRE LA OBEDIENCIA

 

En efecto, Pedro se adentró en el lago, con Jesús, en su barca y pronto se dio cuenta de que las redes se llenaban de peces; tantos, que parecía que se iban a romper. Entonces, hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Hubo pescado para todos. Dios premia siempre la obediencia con frutos incontables. Durante la noche, en ausencia del Señor, la labor había sido nula.

 

Lo mismo ocurre en nuestra vida cuando pretendemos sacar adelante tareas, sobre todo de apostolado, sin contar con el Señor. Pedro, a pesar de ser hombre de mar, mostró su humildad obedeciendo a quien podría pensar que no tenía experiencia. Pedro quedó asombrado ante la captura que habían realizado de los trabajos en la mar. Sin embargo se fía del Señor. Tiene más confianza en la palabra de Jesús que en sus años de brega. Esto nos enseña la necesidad que tenemos de obedecer sobre todo al Papa y después a las personas que Dios ha puesto para que guíen nuestra alma. La obediencia forma parte del misterio de la Redención. Cristo mismo “reveló su misterio y realizó la Redención con su obediencia”, enseña el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen gentium.

 

NO LIMITEMOS EL PODER DE DIOS

 

Pedro quedó asombrado ante la captura que habían realizado. Miró a Jesús y se arrojó a sus pies, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Comprendió su pequeñez ante la suprema dignidad de Cristo. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Pedro y quienes le habían acompañado en la pesca, sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 

Como vemos, Jesús comenzó pidiéndole prestada una barca y se quedó con su vida. Y Pedro dejaría tras de sí una huella imborrable, en tantas almas que Cristo mismo puso a su alcance. Comenzó a obedecer en lo pequeño y el Señor le manifestó los grandiosos planes que para él, pobre pescador de Galilea, tenía desde la eternidad. Nunca pudo sospechar la trascendencia y el valor de su vida. Miles y miles de personas encendieron su fe en la de aquellos que siguieron aquel día a Jesús, y muy particularmente en la de Pedro, que sería la roca, el cimiento inconmovible de la Iglesia.

 

Pensemos que tampoco nosotros podemos sospechar las consecuencias de nuestro seguimiento fiel a Cristo. Seguro que se producirán en nuestra vida ordinaria, en el trato con la familia, con los vecinos, con los compañeros de estudios o profesión. Y también se notarán en aquellos con los que entablamos una relación de amistad, unas palabras de acompañamiento. Si cambiamos nosotros, cambiamos también la aldea, la ciudad, la nación en que vivimos y mejoramos el mundo entero.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco y Rector de la Parroquia-Santuario de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. ( Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


PARA ENCONTRAR A DIOS HACE FALTA DOCILIDAD Y HUMILDAD. (Homilía: IV Domingo del Tiempo Ordinario. 3.II.2013).

JESÚS LEYENDO LA BIBLIA, EN LA SINAGOGA DE NAZARET.

 

Anhela mi alma los atrios de Jahvé. Mi corazón y mi carne claman ansiosos hacía el Dios vivo, se lee en el Salmo 83. Ciertamente, para penetrar en la morada de Dios es necesario tener un alma limpia, humilde y dócil; porque para ver a Dios hacen falta buenas disposiciones. Esto nos lo muestra el Evangelio de la Misa del Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario. 

 

JESÚS, EN LA SINAGOGA DE NAZARET

 

  El Señor, después de un tiempo de predicación por las aldeas y ciudades de Galilea, vuelve a Nazaret, donde se había criado. Allí todos lo conocen: es el hijo de José y de María. El sábado asistió a la sinagoga, según era su costumbre. Jesús se levantó para la lectura del texto sagrado, y escogió un pasaje mesiánico del profeta Isaías. San Lucas recoge la extraordinaria expectación que había en el ambiente: enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó; todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Habían oído maravillas del hijo de María y esperaban ver cosas más extraordinarias en Nazaret.  

 

Sin embargo, aunque al principio todos daban testimonio a favor de Él, y se admiraban de las palabras de gracia que procedían de sus labios, no tenían fe. Jesús les explicó que los planes de Dios no se fundan en razones de patria o parentesco: no basta con haber convivido con Él. Es necesaria una fe grande. Para ello, utilizó algunos ejemplos tomados del Antiguo Testamento: Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio. 

 

 LA HISTORIA DE NAAMÁN EL SIRIO  

 

Como sabemos, por el Libro II de Reyes, del Antiguo Testamento, Naamán, general del ejército del rey de Siria, estaba enfermo de lepra y oyó decir a una esclava hebrea que vivía en Israel un Profeta -se trataba de Eliseo- con poder para curarle de su mal. Y después de un largo viaje llegó Naamán con sus caballos y sus carros, y se paró ante Eliseo. Y el profeta le mandó un mensajero diciendo: ve, y lávate siete veces en el Jordán y tu carne recobrará la salud y quedarás limpio.  

 

Pero Naamán no entendió estos caminos de Dios, tan distintos de los que él había imaginado. Yo creía –dice- que saldría a mí, y puesto en pie invocaría el nombre de Yahvé, su Dios, y tocaría con su manos el lugar de la lepra y me curaría. Pues qué ¿no son mejores el Abana y el Farfar, ríos de Damasco, que todas las aguas de Israel, para lavarme en ellas y limpiarme?  

 

El general sirio quería curarse y había recorrido un largo camino para esto, pero llevaba su propia solución sobre el modo de ser curado. Y cuando ya regresaba, dando como inútil el viaje, sus servidores le decían: aunque el profeta te hubiese mandado una cosa difícil deberías hacerla. Cuanto más habiéndote dicho lávate y serás limpio.  Naamán reflexionó sobre las palabras de sus acompañantes y volvió con humildad a cumplir lo que le había dicho el Profeta Eliseo: Marchó, pues, y se lavó siete veces en el Jordán, conforme a las palabras del varón de Dios, y su carne se volvió como la de un niño, y quedó limpio. Recibió con humildad y docilidad un consejo que humanamente podía parecer inútil y quedó curado. Sus disposiciones interiores hicieron eficaz la oración de Eliseo.  

 

NECESIDAD DE AMISTADES BUENAS  

 

También nosotros andamos con frecuencia enfermos del alma, con errores y defectos que no acabamos de arrancar. El Señor espera que seamos humildes y dóciles a las indicaciones y consejos de aquellas personas que Dios ha puesto a nuestro lado para ayudarnos a buscar la santidad en medio de nuestro trabajo y de nuestra familia o tal vez en otro tipo de entrega, como puede ser la vocación al sacerdocio o la religiosa. No tengamos soluciones propias cuando el Señor nos indica otras, quizás contrarias a nuestros gustos y deseos. En lo que se refiere al alma, no somos buenos consejeros de nosotros mismos, ni buenos médicos. De ordinario, el Señor se vale de otras personas. Dice el célebre Casiano, en sus Colaciones, que “también a San Pablo le llamó Cristo por sí mismo y le habló. Mas, pudiendo revelarle en el acto el camino de la santidad, prefirió encaminarlo a Ananías y le ordenó que aprendiera de sus labios la verdad: levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociacido vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


EL EVANGELIO DE SAN LUCAS, UN TEXTO ESCRITO PARA LOS QUE AMAN A DIOS. (Homilía: III Domingo del Tiempo Ordinario. 27-I- 2013).

SAN LUCAS, AUTOR DEL TERCER EVANGELIO.

San Lucas es el único evangelista que pone un prólogo a su libro. El Evangelio de la Misa de este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario nos lo ofrece. En este prólogo, muy breve, San Lucas expone, en ordenado lenguaje literario, el motivo que le ha empujado a escribir este Evangelio. Dice que trata de componer una historia, bien ordenada y documentada, de la Vida de Cristo, desde sus mismos orígenes. Y lo dedica a un tal Teófilo, a quien califica de ilustre, y a quien Dios ama. Por lo tanto, está escrito para todos los que amen a Dios, es decir, para cada uno de nosotros. Y su contenido debemos conservarlo en lo más íntimo del corazón, pues realmente queremos ser “amigos de Dios”.  

 

EVANGELISTA DE FUENTES SEGURAS 

 

Hemos de agradecer a San Lucas que sea para nosotros un buen mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, en palabras del profeta Isaías. Realmente fue un fiel instrumento en manos del Espíritu Santo, puesto que nos ha transmitido un precioso Evangelio y la historia de la primitiva Cristiandad en los Hechos de los Apóstoles. Él mismo nos indica que redactó su obra después de haberse informado con  exactitud de todo desde los comienzos, y que lo hizo de forma ordenada. Nos señala expresamente que recoge estas noticias conforme las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares. Incluso su mismo estilo literario, como hace notar san Jerónimo, indica la seguridad de las fuentes de las que se nutre.

 

Y ahora, nosotros, gracias a este esfuerzo y a su correspondencia a las gracias que recibió del Espíritu Santo, hoy podemos leer, maravillados, los relatos de la infancia de Jesús, algunas bellísimas parábolas que sólo él recoge, como la del hijo pródigo, la del buen samaritano, la del administrador infiel, la del pobre Lázaro y el mal rico… Propio también de San Lucas es el relato de los caminantes de Emaús, lleno de finura y acabado hasta en sus más mínimos detalles. Tampoco ninguno de los Evangelistas nos ha mostrado la misericordia divina, para con los más necesitados, como lo hace San Lucas. Resalta el amor de Jesús por los pecadores, quien declara que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Relata el perdón a la mujer pecadora, el alojamiento en casa de un pecador  como Zaqueo, la mirada de Jesús que transforma el corazón de Pedro después de las negaciones, la promesa del Reino de los Cielos al ladrón arrepentido, la oración por los que le crucifican y le insultan en el Calvario. 

 

REALZA LA DIGNIDAD DE LA MUJER 

 

Las mujeres y el empeño de Jesús por devolverles su dignidad, poco considerada en aquel tiempo, ocupan un lugar muy importante en el Evangelio de San Lucas. Recordemos los pasajes de la viuda de Naín y la resurrección de su hijo; la Magdalena, mujer arrepentida, bañando con sus lágrimas los pies del Señor, en la casa de un fariseo; las mujeres galileas que ponen a disposición de Jesús sus bienes y van en su seguimiento; las visitas a casa de las dos hermanas de Betania, Marta y María; la curación en sábado, en una sinagoga, de una mujer encorvada. También podemos recordar las mujeres de Jerusalén, cuando Jesús carga con la Cruz, camino del Calvario, le dan muestras de inmensa compasión, llorando fuertemente.

 

 ORIGEN DE TODOS LOS BELENES 

 

Es mucha también lo que hemos de agradecer a San Lucas, por su cooperación a los relatos que nos da del Nacimiento y los primeros años del Niño Jesús. El que había de ser el Papa Juan Pablo I, poco antes de ser elegido Romano Pontífice, en una carta figurada al Evangelista San Lucas, le decía: “Eres el único que nos ofrece un relato del Nacimiento e Infancia de Cristo, cuya lectura escuchamos siempre con renovada emoción en Navidad. Hay, sobre todo, una frase tuya que me llama la atención: Envuelto en pañales fue reclinado en un pesebre. Esta frase ha dado origen a todos los belenes del mundo y a miles de cuadros preciosos”.

 

 Podemos terminar afirmando que el Evangelio de San Lucas nos ha permitido que acompañemos, tantas veces, a la Sagrada Familia en Belén y en su vida cotidiana, entre sus paisanos de Nazaret. Que en sus páginas encontremos la doctrina fundamental del Señor sobre la humildad, la sinceridad, la pobreza, la penitencia, la aceptación de la cruz de cada día, la necesidad de ser agradecidos.

 

Que el gran amor que tenemos a Nuestra Señora, nos mueva a dar gracias a este Santo Evangelista que supo presentar la grandeza y hermosura del alma de María, con una exquisita delicadeza. Por eso, se le dio a San Lucas, desde  muy  antiguo, el título de pintor de la Virgen.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).