“JESÚS NOS ESPERA EN CADA SAGRARIO DE LA TIERRA”.(Homilía: Jueves Santo: 1.IV.2010)

Cuadro de la Ultima Cena, Leonardo da Vinci

Cuadro de la Ultima Cena, Leonardo da Vinchi

Todos los momentos de esta Última Cena reflejan la Majestad de Jesús, que sabe que morirá al día siguiente, y su gran amor y ternura por los hombres.
Jesús encomendó la disposición de lo necesario a sus discípulos predilectos: Pedro y Juan. Los dos apóstoles hacen con cuidado los preparativos. Tales preparativos nos recuerdan a nosotros la esmerada preparación que hemos de realizar en nosotros mismos, cada vez que asistimos a la Santa Misa. Allí se renueva el mismo Sacrificio de Cristo, que se entregó por nosotros.
Y hoy, además, es un día particularmente apropiado para meditar en ese amor de Jesús por cada uno de nosotros, y en cómo estamos correspondiendo: en el trato asíduo con Él, en el amor a la Iglesia, en los actos de desagravio y de reparación, en la caridad con los demás, en la preparación y acción de gracias de la Sagrada Comunión.

INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA
Al final de la Cena, Jesús toma actitud trascendente, guarda silencio unos momentos y realiza la institución de la Eucaristía.
De esta forma, el Señor anticipó sacramentalmente, en el Cenáculo, lo que al día siguiente realizaría en la cumbre del Calvario: la inmolación y ofrenda de Sí mismo -Cuerpo y Sangre- al Padre, como Cordero sacrificado, que inaugura la nueva y definitiva Alianza entre Dios y los hombres, y que redime a todos de la esclavitud del pecado y de la muerte.
Jesús se nos da en la Eucaristía para fortalecer nuestra debilidad y como anticipo del Cielo. Ordenó las cosas de modo que no faltase nunca ese “Pan” hasta el fin del mundo.
Aquella noche memorable, dió a sus Apóstoles y a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes, la potestad de renovar el prodigio hasta el final de los tiempos: Haced esto en memoria mía. Junto con la Sagrada Eucaristía, que ha de durar hasta que Él venga, instituyó el sacerdocio ministerial.

NOS ESPERA EN CADA SAGRARIO
Jesús se quedó con nosotros para siempre en la Sagrada Eucaristía, con una presencia real, verdadera y sustancial. Jesús es el mismo en el Cenáculo y en el Sagrario. En aquella noche los discípulos gozaron de la presencia sensible de Jesús, que se entregaba a ellos y a todos los hombres. También nosotros le adoraremos públicamente hoy, en el “Monumento”. Y siempre recordaremos que nos espera Jesús en cada Sagrario de la tierra. José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


“CONTEMPLÓ TANTAS VECES CÓMO ÍBAMOS A BESAR UN CRUCIFIJO”.(Homilía: Viernes Santo: 2.IV.2010)

Jesús es clavado en la Cruz. Toda su vida está dirigida a este momento supremo. Logra llegar, jadeante y exhausto, a la cima de aquel pequeño altozano llamado “lugar de la calavera”. Lo tienden sobre el suelo y comienzan a clavarle en el madero. Introducen los hierros primero en las manos, con desgarro de nervios y carne. Luego es izado hasta quedar erguido sobre el palo vertical que está fijo en el suelo. A continuación le clavan los pies. María, su Madre, contempla toda la escena.

COMENTARIO DEL PADRE DE LA PALMA
El Señor está firmemente clavado en la cruz. Y el padre de La Palma en su libro “La Pasión del Señor”, dice: “Había esperado en ella muchos años, y aquel día se iba a cumplir su deseo de redimir a los hombres. Lo que hasta Él había sido un instrumento infame y deshonroso, se convertía en árbol de vida y escalera de gloria. Una honda alegría le llenaba al extender los brazos sobre la cruz, para que supieran todos que así tendría siempre los brazos abiertos para los pecadores que se acercaran a Él.
“Vió, y eso le llenó de alegría, cómo iba a ser amada y adorada la cruz, porque Él iba a morir en ella. Vio a los mártires que, por su amor y por defender la verdad, iban a padecer un martirio semejante. Vio el amor de sus amigos, vio sus lágrimas ante la cruz. Vio el triunfo y la victoria que alcanzarían los cristianos con el arma de la cruz. Vio los grandes milagros que con la señal de la cruz se iban a hacer a lo largo del mundo. Vio a tantos hombres que, con su vida, iban a ser santos, porque supieron morir como Él y vencieron el pecado”.
Y contempló tantas veces cómo nosotros íbamos a besar un crucifijo. Vio nuestro recomenzar en tantas ocasiones.

TENTACIÓN DE DESVIRTUAR LA CRUZ
Desde siempre, ahora también, ha existido la tentación de desvirtuar el sentido de la cruz. Sin embargo, aquí se consuma la Redención, aquí encuentra sentido el dolor en el mundo, aquí conocemos un poco la malicia del pecado y el amor de Dios por cada hombre. ¡No quedemos indiferentes ante un Crucifijo!

LOS FRUTOS DE LA CRUZ
Los frutos de la Cruz no se hicieron esperar. Uno de los ladrones, después de reconocer sus pecados, se dirige a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Para convertirse en discípulo de Cristo no ha necesitado ningún milagro. Le ha bastado contemplar de cerca el sufrimiento del Señor. Otros muchos se convertirían al meditar los hechos de la Pasión, recogidos por los Evangelistas.
Escuchó el Señor emocionado, entre tantos insultos, aquella voz que le reconocía como Dios. Debió sentir alegría en su corazón y exclamó:Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.
La eficacia de la Pasión no tiene fin. Ha llenado el mundo de paz, de gracia, de perdón, de felicidad en las almas, de salvación. Cada uno de nosotros puede decir en verdad: el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí. Y se actualiza la Redención salvadora de Cristo cada vez que en el altar se celebra la Santa Misa. Escribe Guardini: “Nadie ha muerto como Jesucristo, porque era la misma vida. Nadie ha expiado el pecado como Él, porque era la misma pureza”. Efectivamente, nosotros estamos recibiendo ahora copiosamente los frutos de aquel amor de Jesús en la Cruz.

DESPUES DE DARSE A SÍ MISMO NOS ENTREGA A SU MADRE
Jesús depués de darse a sí mismo en la Última Cena, nos da ahora lo que más quiere en la tierra, lo más precioso que le queda. Le han despojado de todo. Y Él nos da a María como Madre nuestra. Por eso, le pedimos ahora a nuestra Madre con las palabras de un himno litúrgico: “Haz que me enamore su cruz y que en ella viva y more”. José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


DAR ALEGRIA, LA MEJOR MUESTRA DE CARIDAD.(Homilía de la Vigilia y del Domingo Pascual: 4.IV.2010)

Nuestra Madre la Iglesia nos introduce en estos días en la alegría pascual, a través de los textos de la liturgia.
Pero la alegría verdadera no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de la ausencia de dificultades, de la salud. La alegría profunda tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor.
Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar, dijo el Señor, según recoge el evangelista San Juan. Efectivamente, nadie, ni el dolor, ni la calumnia, ni el desamparo, ni las propias flaquezas, si volvemos con prontitud al Señor, nos podrán apartar de la alegría verdadera. La única condición que nos pone el Señor es que no nos separemos nosotros de Él, que no dejemos que las cosas no separen de Dios. Que nos sepamos hijos de Dios, en todo momento.

EL ORIGEN DE LA ALEGRÍA
La liturgia pascual nos repite con mil textos diferentes: Alegraos, no perdáis jamás la paz y la alegría, servid al Señor con alegría. En el amor a Dios, que es nuestro Padre, y a los demás, y en el consiguiente olvido de nosotros mismos, está el origen de esa alegría profunda del cristiano. Y ésta es lo normal para quien sigue a Cristo. El pesimismo y la tristeza deberán ser siempre algo extraño al cristiano. El alejamiento de Dios es lo único que podría turbarnos y quitarnos ese don tan preciado.
Si alguna vez tenemos la desgracia de apartarnos de Dios, nos acordaremos del hijo pródigo, y con la ayuda del Señor volveremos de nuevo a Dios, con el corazón arrepentido. De ahí que, debamos fomentar siempre la alegría y el optimismo y rechazar la tristeza, que es estéril y deja el alma a merced de muchas tentaciones. Cuando se está alegre, se es estímulo para los demás. La tristeza, en cambio, oscurece el ambiente y hace daño.
Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones que nos hace. Con nuestra alegría hacemos mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a los demás a Dios. Dar con alegría será, con frecuencia, la mejor muestra de caridad para quienes están a nuestro lado.

HOGARES ALEGRES
Muchas personas podrán encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en una actitud cordial. Dios quiere que el hogar en el que vivimos sea un hogar alegre. Nunca un lugar oscuro y triste, lleno de tensiones por la incomprensión y el egoísmo. Una casa cristiana debe ser alegre, porque la vida sobrenatural lleva a vivir esas virtudes -generosidad, cordialidad, espíritu de servicio-, a las que tan íntimamente está unida la alegría. Un hogar cristiano da a conocer a Cristo, de modo atrayente, entre las familias y en la sociedad.

ALEGRÍA, EN EL TRABAJO Y EN LA CALLE
También debemos procurar llevar esta alegría serena y amable a nuestro lugar de trabajo, a la calle, a las relaciones sociales. El mundo está triste e inquieto y tiene necesidad, ante todo, de la paz y de la alegría que el Señor nos ha dejado. ¡Cuántos han encontrado el camino que lleva a Dios en la conducta cordial y sonriente de un buen cristiano!

CUANTA MÁS RESPONSABILIDAD, HAY QUE DAR MAYOR PAZ Y ALEGRÍA
Santo Tomas de Aquino dice que “todo el que quiere progresar en la vida espiritual necesita tener alegría”. Esta alegría interior es también el estado de ánimo necesario para el perfecto cumplimiento de nuestras obligaciones. Cuanto mayor sea nuestra responsabilidad (sacerdotes, padres, superiores, maestros…), mayor también es nuestra obligación de tener paz y alegría para darla a los demás, mayor es la urgencia de recuperarla si se hubiera enturbiado.
La Santísima Virgen, decía el Papa Pablo VI, “está abierta sin reservas a la alegría de la Resurrección. Ella recapitula todas las alegrías”. Por eso la invocamos “como causa de nuestra alegría”. José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


“DIOS QUIERE ENTRAR HOY TRIUNFANTE EN CADA HOMBRE” (Homilía del Domingo de Ramos, 28-III-2010)

Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un borrico, como había sido profetizado muchos siglos antes, por el profeta Zacarías.
Pero, el Señor quiere también entrar hoy triunfante en la vida de los hombres sobre una cabalgadura humilde: quiere que demos testimonio de Él, en la sencillez de nuestro trabajo bien hecho, con nuestra alegría, con nuestra serenidad, con nuestra sincera preocupación por los demás. Dios quiere hacerse presente en nosotros a través de las circunstancias del vivir humano. Y cada uno de nosotros podemos decirle, con aquella frase de la Sagrada Escritura: Como un borrico estoy delante de Ti.

EL SEÑOR LO HA INTENTADO TODO CON TODOS
En aquel primer Domingo de Ramos, Jesús mira cómo Jerusalén se hunde en el pecado, en su ignorancia y en su ceguera. Por su parte, nada quedó por intentar: ni en milagros, ni en obras, ni en palabras. El Mesías lo ha intentado todo con todos: en la ciudad y en el campo, con gente sencilla y con sabios doctores, en Galilea y Judea…
Pensemos que también ahora, y en cada época, Jesús entrega la riqueza de su gracia a cada hombre, porque su voluntad es siempre salvadora. Y por lo que se refiere a nuestra vida, tampoco ha quedado nada por intentar, ningún remedio por poner. ¡Tantas veces Jesús se ha hecho el encontradizo con nosotros! ¡Tantas gracias ordinarias y extraordinarias ha derramado sobre nuestra vida!
Efectivamente, la historia de cada hombre es la historia de la continua solicitud de Dios sobre él. Cada hombre es objeto de la predilección del Señor. Jesús lo intentó todo con Jerusalén, y la ciudad no quiso abrir las puertas a la misericordia. Es el misterio profundo de la libertad humana, que tiene la triste posibilidad de rechazar la gracia de Dios. Recordemos aquellas palabras del Señor a Santa Teresa de Ávila: “Teresa, yo quise…Pero los hombres no han querido”.
Podemos preguntarnos: ¿Cómo estamos respondiendo nosotros a los innumerables requirimientos del Espíritu Santo, para que vivamos cristianamente en medio de nuestro trabajo, en nuestro ambiente? ¿Cuántas veces decimos si a Dios y no al egoismo, a la pereza, a todo lo que signifique desamor?
Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy efímera. Los ramos verdes se marchitaron pronto. el hosanna entusiasta se transformó cinco días más tarde en grito enfurecido: ¡Crucifícale! ¿Por qué tan brusca mudanza, por qué tanta inconsistencia? Para entender algo quizá tengamos que consultar nuestro corazón. “¡Qué diferentes son los ramos verdes y la cruz, las flores y las espinas!”, exclama San Bernardo.

COHERENCIA CRISTIANA
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén pide a cada uno de los cristianos coherencia y perseverancia. Reconozcamos que en el fondo de nuestro corazón se dan profundos contrastes: somos capaces de lo mejor y de lo peor. Y si queremos tener la vida divina, triunfar con Cristo, hemos de ser constantes y hacer morir por la penitencia lo que nos aparta de Dios y nos impide acompañar al Señor hasta la Cruz. “El que se queda recluido en la ciudadela del propio egoísmo no descenderá al campo de batalla. Sin embargo, si levanta las puertas de la fortaleza y permite que entre el Rey de la paz, saldrá con Él a combatir contra toda esa miseria que empaña los ojos e insensibiliza la conciencia”, dice San Josemaría.
Sabemos que la Virgen María también estos días en Jerusalén, está cerca de su Hijo. No nos separemos nosotros de Ella. Nuestra Señora nos enseñará a ser constantes, a crecer continuamente en amor a Jesús. Junto a Ella, contemplemos la Pasión del Señor.
José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).