“Todo cristiano está llamado a tratar a cada una de las Tres Divinas Personas” (Homilía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad: 30.V.2010)

La Santísima Trinidad

Después de haber celebrado los misterios de nuestra salvación -desde el Nacimiento de Jesucristo en Belén hasta la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés-, la Iglesia presenta, este domingo, el misterio central de nuestra fe: La Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias, el misterio inefable de la vida íntima de Dios.
Poco a poco, Dios fue manifestando su realidad íntima, revelando cómo es Él en Sí, independiente de todo lo creado. Pero es realmente Cristo quien nos revela la intimidad del misterio trinitario y la llamada a participar en él. Y el mismo Señor nos reveló además la existencia del Espíritu Santo, junto con el Padre, y lo envió a la Iglesia para que la santificara, hasta el fin de los tiempos. Y, junto con todo esto, nos enseñó la perfectísima Unidad de vida entre las divinas personas.
En realidad, el misterio de la Santísima Trinidad es el punto de partida de toda la verdad revelada, la fuente de donde procede la vida sobrenatural y a donde nos encaminamos: somos hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, santificados continuamente por el Espíritu Santo, para asemejarnos cada vez más a Cristo.

TEMPLOS DE LA TRINIDAD
Todo esto, nos hace ser templos vivos de la Santísima Trinidad. En efecto -dice Santo Tomás de Aquino-, “Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- habita en nuestra alma en gracia, no sólo con una presencia de inmensidad, como se encuentra en todas las cosas, sino de un modo especial, mediante la gracia santificante”.
Afirman los santos que, esta nueva presencia, llena de amor y de gozo al alma que va por el camino de la santidad. Y es ahí, en el centro del alma -precisan-, donde debemos los cristianos acostumbrarnos a buscar a Dios, en las situaciones más diversas de la vida: en la calle, en el trabajo, en el deporte, mientras descansamos y en todo momento.
“Oh, pues, alma hermosísima -exclama San Juan de La Cruz- que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado para buscarle y mirarte con él, ya se te dice que tú misma eres aposento donde él mora y el lugar y escondrijo donde está escondido”.

DICHA TAMBIÉN DEL CRISTIANO CORRIENTE
Esta dicha de la presencia de la Trinidad Beatísima en el alma no está destinada sólo para personas extraordinarias, sino también para el cristiano corriente, llamado a la santidad en medio de sus quehaceres profesionales y que desea amar a Dios con todo su ser.
Esta revelación que Dios hizo a los hombres, como en confidencia amorosa, admiró desde el principio a los cristianos, y llenó sus corazones de paz y gozo sobrenatural.
Efectivamemnte, el cristiano comienza su vida en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y en este mismo Nombre se despide de este mundo, para encontrar, en la plenitud de la visión del cielo, a las tres divinas Personas, a quienes ha procurado tratar aquí en la tierra. Un solo Dios y Tres divinas Personas.

TODOS, LLAMADOS AL TRATO ÍNTIMO CON LA TRINIDAD
Y esta es nuestra profesión de fe. Así los cristianos de todos los tiempos, en la medida en que han avanzado en su caminar hacia a Dios, han tenido la necesidad de considerar esta verdad primera de nuestra fe y tratar a cada una de las Tres Divinas Personas.
Toda la vida sobrenatural del cristiano se orienta a ese conocimiento y trato íntimo con la Trinidad, que viene a ser “el fruto y el fin de toda nuestra vida”, dice Santo Tomás de Aquino. Para este fin hemos sido creados y elevados al orden sobrenatural: para conocer, tratar y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo, que habitan en el alma en gracia.
Y a esta realidad, que se llama santidad, está llamada la madre de familia que apenas tiene tiempo para atender y sacar adelante el hogar, el obrero que comienza su trabajo antes del amanecer, o el enfermo al que no le permite hacer nada su enfermedad.
Es verdad que este misterio se hace inaccesible a la sola razón humana, pero se hace luminoso con la luz de la fe y la ayuda del Espíritu Santo. Cuenta Santa Teresa que al considerar la presencia de las Tres divinas Personas en su alma “estaba espantada de ver tanta majestad en cosa tan baja como es mi alma”; entonces, le dijo el Señor: “No es baja, hija, pues está hecha a mi imagen”.
Por su parte, la beata Isabel de Trinidad, escribía a su hermana, al tener noticia del nacimiento y bautizo de su primera sobrina: “Me siento penetrada de respeto ante este pequeño santuario de la Santísima Trinidad. Si estuviese a su lado, me arrodillaría para adorar a Aquel que mora en ella”. José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


“Lo que el alma es para el cuerpo humano, lo es el Espíritu Santo para la Iglesia”. (Homilía de Pentecostés: 23.V.2010)

El Espíritu Santo, en forma de paloma. Basilica de san Pedro, en Roma.title=
El Espíritu Santo en forma de paloma. Vidriera situada en el centro del ábside de la iglesia más grande del mundo, la Basílica de San Pedro, en Roma.

La Venida del Espíritu Santo, en el día de Pentecostés, no fue un hecho aislado en la vida de la Iglesia.
El Paráclito la santifica continuamente. También santifica a cada alma, a través de incontables inspiraciones.
Dice San Francisco de Sales, en su obra “Introducción a la a la vida devota”, que, tales inspiraciones, son “todos los atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones, por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, movernos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestra vida eterna”.
Por su parte, San Cirilo de Jerusalén afirma que su actuación, en el alma, es “suave y apacible; viene a salvar, a curar, a iluminar”.

CANTAR SUS MARAVILLAS
Es cierto que en Pentecostés, los Apóstoles fueron robustecidos en su misión de ser testigos de Jesús, para anunciar el Evangelio a todas las gentes. Pero no sólo ellos, sino que, cuantos crean en Jesucristo, tendrán el dulce deber de anunciar que el mismo Cristo ha muerto y resucitado para nuestra salvación.
En efecto, todos los cristianos tenemos, desde entonces, la misión de anunciar, de cantar “las maravillas” que ha hecho el Padre Dios, en su Hijo y en todos los creen en Él. Como afirma San Pedro, somos un pueblo santo, cuya misión es la de proclamar las grandezas de Aquel que nos sacó “de las tinieblas a su luz admirable”.

TODO ES OBRA DEL ESPÍRITU SANTO
Todo cuanto se ha hecho en la Iglesia, desde su nacimiento hasta nuestros días, es obra del Espíritu Santo: la evangelización del mundo, las conversiones, la fortaleza de los mártires o la santidad de sus miembros.
“Lo que el alma es en el cuerpo del hombre -afirma San Agustín-, eso es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Jesucristo, que es la Iglesia. El Espíritu Santo hace en la Iglesia lo que alma hace en los miembros del cuerpo”, le da vida, la desarrolla, es su principio de unidad.
Por el Espíritu Santo vivimos la vida misma de Cristo, en unión con la Virgen María, con todos los Ángeles y Santos del Cielo, con quienes se preparan en el Purgatorio y los que peregrinamos aún en la tierra.
Y el Espíritu Santo no cesa de actuar en la Iglesia, haciendo surgir por todas partes nuevos deseos de santidad, nuevos hijos y a la vez mejores hijos de Dios.

ES SANTIFICADOR
El Espíritu Santo es también el santificador de nuestra alma. Todas las obras buenas, las inspiraciones y deseos que nos impulsan a ser mejores y las ayudas necesarias para llevarlas a cabo, son siempre obra del Paráclito.
Dice Francisca Javiera del Valle, en su libro, Decenario del Espíritu Santo, que “este Divino Maestro pone su escuela en el interior de las almas que se lo piden y ardientemente desean tenerle por Maestro”.
Un padre de la Iglesia, el citado San Cirilo de Jerusalén, afirma: “Su actuación en el alma es suave, su experiencia es agradable y placentera, y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la verdad del genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar la mente del que lo recibe y, después, por las obras de éste, la mente de los demás”.

DONES Y FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO
Del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al salir al sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también, al que es hallado digno del Espíritu Santo, lo llena con los dones de Entendimiento, de Ciencia, de Sabiduría, de Consejo, de Piedad, de Fortaleza y de Temor de Dios.
Y estos dones producen en el alma los doce frutos del Espíritu Santo; unos, manifestación de la gloria de Dios, y que son: el amor, el gozo y la paz. Y otros que manifiestan la importancia del ansia de apostolado de todo buen cristiano, como son la paciencia y la longanimidad. Y también aquellos frutos que se relacionan más directamente con el bien del prójimo: bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.
Finalmente, para tratar mejor al Espíritu Santo nada tan eficaz como acercarnos a Santa María, que supo secundar como ninguna otra criatura las inspiraciones del Paráclito. Los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, “perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres y con María la Madre de Dios”. Así lo relata San Lucas, en los “Hechos de los Apóstoles”.
José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


Termina la misión terrena de Cristo y comienza la nuestra (Homilía en la Ascensión del Señor: 16-V-2010)

La Ascensión del Señor a los Cielos, en presencia de sus discípulos.

La vida de Jesús en la tierra no concluye con su muerte en la Cruz, sino con la Ascensión a los cielos. Es el último misterio de la vida del Señor aquí en la tierra. Es un misterio redentor, que constituye, con la Pasión, la Muerte y la Resurrección, el misterio pascual.
Se cumplen ahora, ante la vista de los suyos, las palabras que un día les dijo: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y voy a Ti, Padre Santo.
El último gesto de Jesús en la tierra fue una bendición. Y comenta San León Magno: “Hoy no sólo hemos sido constituidos poseedores del paraíso, sino que con Cristo hemos ascendido, mística pero realmente, a lo más alto de los Cielos, y conseguido por Cristo una gracia más inefable que la que habíamos perdido”.

LA ASCENSIÓN FORTALECE NUESTRA ESPERANZA DE ALCANZAR EL CIELO
La Ascensión fortalece y alienta nuestra esperanza de alcanzar el Cielo y nos impulsa constantemente a levantar el corazón, con el fin de buscar las cosas de arriba. Ahora nuestra esperanza es muy grande, pues el mismo Cristo ha ido a prepararnos una morada, como dice el evangelista San Juan.
La Humanidad Santísima del Señor tiene ya en el Cielo su lugar natural. Pero Él, que dio su vida por cada uno, nos espera allí. La esperanza del Cielo debe llenar de alegría nuestro caminar diario. Y trataremos de imitar a los Apóstoles, que, como dice el citado San León Magno “se aprovecharon tanto de la Ascensión del Señor que, todo cuando antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo”.

ES LA HORA DE NUESTRA TAREA
Dice San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, que cuando estaban mirando atentamente al cielo mientras Él se iba, se presentaron dos ángeles con vestiduras blancas y les dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, vendrá de igual manera que le habéis visto subir.
Efectivamente, los ángeles dicen a los Apóstoles que es hora de comenzar la inmensa tarea que les espera, que no se debe perder un instante.
Con la Ascensión termina la misión terrena de Cristo y comienza la de sus discípulos, es decir, la nuestra.
El Señor quiere que cada uno en su lugar continúe la tarea de santificar el mundo, para mejorarlo y ponerlo a sus pies: las almas, las instituciones, las familias, la vida pública… Sólo así, el mundo será un lugar donde se valore y respete la dignidad humana, donde se pueda convivir en paz, con la verdadera paz, que tan ligada está a la unión con Dios.
Debemos comportarnos según la doctrina de Cristo y luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesucristo. De esta forma, hemos de ser leales, sinceros, alegres, trabajadores. Nos hemos de comportar como personas que cumplen con rectitud sus deberes y saben actuar como hijos de Dios, en las incidencias que acarrea cada día.
De esta forma, las normas corrientes de la convivencia han de ser fruto de la caridad, manifestaciones de una actitud interior de interés por los demás. Por ejemplo, en el saludo, en la cordialidad, en el espíritu de servicio, en todas las cosas.

JESÚS SE VA Y SE QUEDA
Jesús se va, pero se queda muy cerca de cada uno de nosotros. De un modo particular, lo encontramos en el Sagrario. No dejemos de ir muchas veces a decirle que nos ayude, que cuente con nosotros para extender su doctrina, en todos los ambientes.
Finalmente, dice la Sagrada Escritura que los Apóstoles marcharon a Jerusalén en compañía de María. Y, junto a Ella, esperaron la Venida del Espíritu Santo. También nosotros prepararemos la próxima fiesta de Pentecostés (“La Venida del Espíritu Santo”), al abrigo de nuestra Madre la Virgen.
José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


“FÁTIMA, ALTAR DEL MUNDO” (El Papa Benedicto XVI peregrina a este lugar, el 12 y el 13 de mayo de 2010)

La imagen de la Virgen de Fátima, en la urna de cristal de la capilleta de las apariciones. Está colocada en mismo lugar donde estaba la encina, sobre la que se apareció Nuestra Señora a los tres videntes, en 1917.

LAS APARICIONES DE LA VIRGEN, EN FÁTIMA
El 13 de mayo de 1967 visitó el Santuario de Nuestra Señora de Fátima, en Portugal, el Papa Pablo VI. En la homilía de la Misa, que celebró allí, dijo que “Fátima es Altar del Mundo”. Desde entonces ha visitado este lugar sagrado, por tres veces, el Papa Juan Pablo II. Y, ahora, en el año 2010, lo hace el Papa Benedicto XVI. En el año 1917, en este lugar, la Santísima Virgen se apareció durante seis meses -de mayo a octubre- el 13 de cada uno de los meses, -excepto en Agosto que fue el día 19- a tres niños: Jacinta y Francisco su hermano y a Lucía, su prima. Los dos hermanitos, que fallecieron pronto después de las apariciones, han sido beatificados el 13 de mayo del año 2000, por Juan Pablo II, en Fátima. En cuanto a Lucía que falleció en el año 2005, se sabe que está introducida la causa de Canonización, y que, en cualquier momento, se puede anunciar su beatificación.
La Virgen pidió a los tres niños oración, penitencia y desagravio por tantos pecados como cometemos los humanos. Insistió de un modo especial en el rezo del Santo Rosario. Ella misma apareció con un Rosario entre sus manos, llamándose además Nuestra Señora del Rosario.

LA “CAPELINHA” DE LAS APARICIONES
La “Capelinha” de Fátima, situada en un lateral de la gran explanada, ha sido construída en el mismo lugar donde la Santísima Virgen se apareció a los tres niños, en el año 1917. Nuestra Señora se le presentaba a los videntes sobre una encina. Y, efectivamente, en el lugar, donde estaba situada tal encina, se ha puesto un pedestal, en el que está ahora colocada la imagen de la Virgen María.
Por lo que se refiere a esta encina, sólo se conservan algunas reliquias de las raíces y del tronco hundido en la tierra. La razón es porque los devotos de los tiempos de las apariciones, con gran cariño y piedad, guardaron ramos, hojas y trocitos del árbol, que sostuvo a la Madre de Dios.

LA BASÍLICA
Dentro de la Basílica, que preside la explanada, están los sepulcros de los tres videntes. En una capilla lateral, entrando a la derecha, la más cercana al altar mayor, está el sepulcro del beato Francisco. En la parte izquierda y a la misma altura, se sitúa el sepulcro de la beata Jacinta, acompañada de otro de la hasta este momento Venerable Lucía.
Dentro de la Basílica-Santuario se pueden ver dos vidrieras preciosas: La primera representa a Lucia y a Jacinta esparciendo flores durante la procesión del “Corpus Christi”, y la segunda recuerda la tercera aparición del Ángel.
En el cuadro del centro del ábside, en una impresionante representación. se puede ver al Ángel dando la Sagrada Comunión a los tres videntes