“La paz del mundo comienza en el corazón de cada hombre”: (Homilía : XIV Domingo del Tiempo Ordinario. 4.VII.2010)

La paz del mundo comienza en el corazón de cada hombre. El cristiano que vive de fe, es el hombre de paz que contagia serenidad. Se está bien a su lado. Y los demás buscarán su compañía.

EN LOS COMIENZOS Y DESPUÉS DEL PECADO ORIGINAL
En los comienzos, antes que se cometiera el pecado original, todo estaba ordenado para la gloria de Dios, y para la felicidad de los hombres. No existían las guerras, los rencores, la incomprensión o las injusticias.
Pero, por ese primer pecado, al que llamamos original, y por los pecados personales, que después se añadieron, el hombre se convirtió en un ser egoísta, soberbio,mezquino, avaro. Ahí hemos de buscar las causas de todos los desequilibrios, que vemos a nuestro alrededor.
Decía Juan Pablo II: “La violencia y la injusticia tienen sus raíces profundas en el corazón de cada individuo”. Efectivamente, del corazón, proceden todos los desórdenes contra los Mandamientos de la Ley de Dios, que son las reglas más esenciales que Dios nos dió, para que el hombre pueda reordenarse, de alguna forma, al proyecto original.
Y así es en realidad. Del corazón humano es de donde pueden surgir -fecundados por la gracia que Jesucristo nos alcanzó en la Cruz- sentimientos de fraternidad y obras de servicio a los hombres, que “como un río de paz” (dice Isaías en la primera lectura de hoy), cooperen a la construcción de un mundo más justo, “en el que la paz tenga carta de ciudadanía e impregne las estructuras de la sociedad”, afirmó del Portillo, uno de los grandes secretarios del Concilio Vaticano II.

PECADO Y PAZ SE CONTRADICEN
La paz es consecuencia de la gracia santificante, es decir, del que no está en pecado mortal; como la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, es consecuencia del pecado.
Por eso, decía también Juan Pablo II: “El futuro de la paz está en nuestros corazones”. En realidad, el hombre tiende al mal cuando se deja llevar por su naturaleza caída. Y, también, cuando se deja ayudar de la gracia de Dios, puede vencer sus pasiones desordenadas, y poseer y comunicar la auténtica paz, que es la paz de Cristo.
Entonces, la vida del cristiano se convierte en una lucha alegre por rechazar el mal y alcanzar a Cristo.
Y esta es la realidad contínua: El cristiano, en esta lucha encuentra seguridad y se llena de optimismo. Por el contrario, cuando pacta con el pecado, se convierte en fuente de malestar o violencia, para sí mismo y para los demás.

REMEDIO: ¡CONFESARSE!
Sólo en Cristo, se encuentra la paz que necesitamos para nosotros y los que nos rodean, en casa, en la calle, en el trabajo…Para ello, hay que acudir al Sacramento de la Penitencia; es decir, hay que confesarse con un sacerdote, que es quien tiene el poder dado por Dios, de perdonar los pecados.
En efecto, no hay perdón sin contrición, sin una profunda sinceridad con nosotros mismos, que lleva a reconocer aquello que, en nuestra vida, aleja de Dios y de nuestros hermanos los hombres. Por lo tanto, debemos vivir la sinceridad, sin paliativo alguno, y acudir a la Confesión. Esto nos traerá sosiego y podremos salir de nuevo, ante los nuestros y los demás, a nuestro quehacer diario, como promotores de paz, que el mundo no tiene y que, por tanto no puede dar.José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


“Jesús le dijo: Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios”.(Homilía: XIII Domingo del Tiempo Ordinario: 27.VI.2010)

Las lecturas de este XIII Domingo del Tiempo Ordinario presentan las exigencias de la vida cristiana. En la primera lectura, el profeta Elías es enviado por Dios para que consagre a Eliseo como su sucesor. Y el profeta respondió con prontitud y plenitud. Por su parte, el Evangelio presenta a tres personas que quieren seguir a Cristo, pero, con condiciones. A ninguno de los dos primeros acepta, porque no estaban dispuestos a todo por seguirle; mientras que al tercero se lo dice con una expresión muy gráfica: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.
Dios, en su Santa Iglesia, nos ha llamado a seguirle en el día del Bautismo, y a lo largo de la vida, esta invitación a seguirle, se ha ido reafirmando con otros Sacramentos, y, tal vez con distintas gracias. El Señor lo tiene todo dispuesto desde la eternidad. De ahí que, la disponibilidad de quien sigue a Cristo ha de ser pronta, alegre, desprendida y sin condiciones. Esa llamada que hemos recibido en el Bautismo y después se ha expresado, con otras gracias, más adelante, no podemos ni dejarla, ni dilatarla. Porque, como pasó en los personajes del Evangelio de este domingo: El Señor siguió su camino y ya no lo encontraron.

LA TENTACIÓN DE MIRAR ATRÁS
Como cristianos, para ser fieles y felices, es preciso “tener siempre fijos los ojos en Jesús”, como dice la Carta a los Hebreos. Como el corredor que, iniciada la carrera, no se distrae con otros asuntos: sólo le importa la meta; como el labrador que se fija en un punto de referencia y hacia él dirige el arado. Si mira atrás, el surco le sale torcido.
A veces, la tentación de “mirar atrás” puede llegar a causa de las propias limitaciones, del ambiente que choca frontalmente con los compromisos contraídos en el Bautismo, de la conducta de personas que tendrían que ser ejemplares y no lo son y, por eso mismo, parecen querer dar a entender que el “ser fiel” no es un valor fundamental de la persona.
En otras ocasiones puede llegar esa tentación a causa de la falta de esperanza, de no alcanzar la meta cristiana, a pesar de los esfuerzos, de luchar una y otra vez.
Sin embargo, recordemos que el Señor fue tajante. Asi que no debemos volver la cara atrás. En tales situaciones, de lo que se trata es de ser fiel y seguir adelante- Como dice San Josémaria: “No existe jamás razón suficiente para volver la cara atrás”.
“Mirar atrás -enseña San Atanasio- no es sino tener pesares y volver a tomarle gusto a las cosas del mundo”. Es la tibieza, que se introduce en el corazón de quien no tiene los ojos puestos en el Señor; es no haber llenado el corazón de Dios y de las cosas nobles que lleva consigo la vida íntegra de un buen católico.
Un católico sólo debe tener ojos para mirar a Cristo y todas las cosas nobles en Él. Por eso podemos decir con el Salmo responsorial de la Misa:El Señor es mi lote y mi heredad. Me enseñarás el sendero de mi vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpétua a tu derecha.

LA VIDA NO TIENE MÁS SENTIDO QUE AQUELLO PARA LO QUE NOS CREÓ DIOS
Cada hombre es aquello para lo que Dios lo ha creado, y la vida humana no tiene otro sentido que ir conociendo y realizando libremente esa voluntad divina. Todos hemos recibido una llamada a conocer a Dios, a reconocerle como fuente de vida, una invitación a entrar en la intimidad divina, al trato personal, a la oración: una llamada a hacer de Cristo el centro de nuestra existencia, a seguirle, a tomar decisiones teniendo presente su querer. Una llamada a reconocer a los demás hombres como personas e hijos de Dios, y, por tanto una llamada a superar de manera radical el egoísmo para vivir la fraternidad, para llevar a cabo un apostolado fecundo y hacer que conozcan a Dios; una llamada a que esto se ha de realizar en al propia vida, según las condiciones en las que Dios ha colocado a cada uno, y según la misión que personalmente le corresponde desarrollar.
Normalmente se tratará de una fidelidad en lo pequeño de cada jornada, de amar a Dios en el trabajo, en las alegrías y penas que conlleva toda existencia, de rechazar con firmeza aquello que de alguna manera signifique mirar donde no podemos encontrar a Cristo.
Por eso, debemos ser humildes, sabiendo que tenemos los pies de barro y decirle al Señor que queremos ser fieles, que no deseamos otra cosa en la vida que seguirle como buenos hijos de Dios, en las horas buenas y en las horas malas. Él es el eje alrededor del cual debe girar nuestra vida, el centro al que deben dirigirse todas nuestras acciones.José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


Sin temor de Dios, se consideran “naturales” las más grandes aberraciones. (Homilía: XII Domingo del Tiempo Ordinario.20.VI.2010)


Pie de foto:Dios Nuestro Señor -Padre, Hijo y Espíritu Santo- adorado por los ángeles, los poderosos de la Tierra y todos los demás hombres.

Para acercarnos a Dios, hemos de apoyarnos en el amor y en el temor. “Son los dos brazos con los que abrazamos a Dios”, enseña San Bernardo. En la oración de la Misa de este XII Domingo del Tiempo Ordinario, rezamos: “Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y temor de tu santo nombre”. En efecto, el amor y el santo temor filial son las dos alas para levantarnos hacia Dios.

EL PRINCIPIO DE LA SABIDURÍA
La Sagrada Escritura enseña que el temor de Dios es el principio de la sabiduría (Salmo 110) y el fundamento de toda virtud, pues si no te atas fuertemente al temor de Dios, pronto será derribada tu casa (Libro del Eclesiástico). Y Cristo mismo enseña que no debemos temer a los que quitan la vida del cuerpo, porque después ya poco más pueden hacer. Temed al que después de la muerte tiene poder para arrojar al infierno. Sí, os digo: temed a éste (Evangelio de San Lucas). Los Hechos de los Apóstoles narran cómo la primitiva Iglesia se extendía, se fortalecía y andaba en el temor del Señor, llena de los consuelos del Espíritu Santo.
En efecto, el amor a Dios se hace fuerte, en la medida en que estamos lejos del pecado mortal y luchamos decididamente, con empeño, contra el pecado venial deliberado. Y, para mantenernos en esa lucha contra aquello que ofende al Señor, es de mucha importancia el santo temor de Dios, temor siempre filial, de un hijo que sabe quién es su Padre, qué es el pecado y la infinita distancia en la que coloca al pecador.
Dice San Agustín: “Bienaventurada el alma de quien teme a Dios, pues está fuerte contra las tentaciones del diablo. Quien teme al Señor, se aparta del mal camino, y dirige sus pasos por la senda de la virtud. El temor de Dios hace al hombre precavido y vigilante para no pecar. Donde no hay temor de Dios, reina la vida disoluta”.

AMOR DE DIOS Y TEMOR FILIAL
El amor a Dios y el temor filial son los dos aspectos de una única actitud, que nos permite caminar con seguridad: mirando la infinita bondad de Dios y contemplando su majestad y justicia, se despierta el temor de entristecer al Señor y de perder, por causa de los pecados personales, a quien tanto se ama. Por eso, “el temor y el amor deben ir juntos”, aconseja el Cardenal Newman.
Por su parte, el santo temor de Dios es garantía y respaldo del verdadero amor, nos ayuda a romper definitivamente con los pecados graves, nos mueve a hacer penitencia por los pecados cometidos y nos preserva de las faltas deliberadas.
El temor filial mantiene el alma vigilante ante una falsa y engañosa tranquilidad, pues el mayor de los males es permanecer sin inquietud en el pecado cometido, y la ligereza y superficialidad, que llevan hasta la pérdida del sentido del pecado.
Esta actitud, que vemos en gentes que parecen volver de nuevo al paganismo, es consecuencia de haber perdido el santo temor de Dios. En estas tristes circunstancias se ridiculiza, se hace trivial o se le quita importancia a la ofensa a Dios, y se consideran “naturales” las más graves aberraciones.
Por supuesto, es posible que, las deformaciones más graves de la conciencia, se deriven frecuentemente de haberse perdido el respeto sagrado hacia Aquel que hizo todas las cosas de la nada.
El temor filial y el amor van siempre unidos. Quien no acoge en su alma el temor filial corre el peligro de descuidar la lucha que llamamos ascética y de caer en una falsa confianza en la bondad de Dios. Y quien sólo conoce el temor se cierra al amor misericordioso de nuestro Padre Dios.
El comienzo del temor de Dios es un amor imperfecto, pues se basa en el temor al castigo, pero este temor puede y debe ser elevado a una actitud filial, desde la que contemplamos su infinita majestad y nuestra condición de criaturas. Dios no es un tirano. Y nuestro temor, es un temor de hijos que aman sinceramente a su padre, y el amor nos da fuerzas para evitar todo lo que pueda causar dolor o separación.

TEMOR DE DIOS Y CONFESIÓN
Cuando nos acerquemos al sacramento de la Penitencia nos ayudará mucho el fomentar en nuestra alma el santo temor de Dios.
Aunque para la recepción del Sacramento es suficiente la atrición (dolor sobrenatural, pero imperfecto, por miedo al castigo, por la fealdad del pecado…), recibiremos muchas gracias si movemos nuestra alma a un sentimiento de temor filial, por haber ofendido a Dios Topoderoso, que a la vez es nuestro Padre. De esta actitud filial será más fácil pasar a la contrición, al arrepentimiento por amor, al dolor de amor. Entonces la Confesión se convierte en una fuente inmensa de gracias, un lugar donde cada vez se hace más fuerte el amor, afirmaba Juan Pablo II.
Finalmente, comprenderemos el misterio del pecado, si nos acostumbramos a considerar frecuentemente la Pasión de Nuestro Señor.
El Santo temor de Dios, unido al amor, da a la vida cristiana una particular fortaleza: nada hay que pueda atemorizarla, porque ya nada le separará de Dios, como dice el Apóstol San Pablo, en la Carta a los Romanos.
Efectivamente, el alma se reafirma en la virtud de la esperanza, alejándose de una falsa tranquilidad y manteniendo un amor vigilante, contra el atractivo de la tentación. Pidamos, pues, a Santa María, que entendamos bien, lo mucho que perdemos, cada vez que damos un paso fuera del camino que conduce a su Hijo Jesús. José Manuel Ardións, Párroco de San Benito de la Coruña (España)


“Lo que más molesta a Dios no es que pequemos, sino que no reconozcamos nuestros pecados”. (Homilía del XI Domingo del Tiempo Ordinario: 13-V-2010)

María Magdalena (la pecadora) besa los pies del Señor, tras haberlos lavado y perfumado. Y oye las palabras de Jesús:"porque amó mucho, se le perdonó mucho.

El Señor fue invitado a comer por un fariseo llamado Simón. Cuando estaban a la mesa, entra una mujer y va directamente a Jesús. Era una mujer pecadora que había en la ciudad.

Y se desbordó con Él, en muestras de arrepentimiento y contrición: “llevó un vaso de alabastro con perfume, se puso detrás a sus pies llorando y comenzó a bañarlos con sus lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con perfume. Da a entender que profesa a Jesús una veneración sin límites. Se ha olvidado de los demás y de sí. Sólo le importa el Señor.

Porque amó mucho, se le perdonó mucho. Esta es la razón de tanto perdón. Y terminará la escena con estas palabras consoladoras de Jesús: Tu fe te ha salvado, vete en paz. Es como si le dijera: recomienza tu vida con una nueva esperanza.

EFECTOS DE LA CONTRICIÓN

Vete en paz. Así nos despide el sacerdote después de darnos la absolución de nuestros pecados. La fe y la humildad salvaron a la Magdalena de su hundimiento definitivo. Con la contrición comenzó una vida nueva. Y dice San Gegorio Magno que “a nosotros nos representó aquella mujer cuando, después de haber pecado, nos volvemos de todo corazón al Señor y la imitamos en el llanto de penitencia”.

En efecto, la contrición hace que nos olvidemos de nosotros mismos y nos acerquemos de nuevo a Dios mediante un acto de amor más profundo. Es también muestra  de la hondura de nuestro amor, y atrae la misericordia divina sobre nuestras vidas.

DARNOS CUENTA DE NUESTRAS FALTAS

Simón, el que invitó al Señor, callado, contempla la escena y menosprecia en su interior a la mujer. Pero Jesús le va a enseñar que conoce no sólo el alma de aquella mujer, sino también sus propios pensamientos.

Efectivamente, Simón no ofreció los signos de hospitalidad que se acostumbraba, en aquel lugar, con los huéspedes distinguidos. No le ofreció agua para lavar los pies cansados por los caminos. Ni le saludó con el ósculo de la paz. Ni le hizo ungir la cabeza con perfume. Sin embargo, la mujer lo hizo con creces: le lavó los pies, los enjugó con sus cabellos y no paraba de besarlos.

En realidad, Simón no reconoce sus faltas. Y esto nos ilustra que también, cada uno de nosotros, no podemos olvidar la realidad de cada una de nuestras faltas, y que no debemos achacarlas al ambiente, a las circunstancias que rodean nuestra vida, o admitirlas como algo inevitable, disculpándonos y eludiendo la responsabilidad. De esta forma, cerraríamos las puertas al perdón y al reencuentro verdadero con el Señor, como le ocurrió a este fariseo.

“Más que el pecado mismo -dice San Juan Crisóstomo-, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados”.

HUMILDAD, SINCERIDAD Y CONFESIÓN

La sinceridad es siempre salvadora. Dijo el Señor: la verdad os hará libres. Mientras que el engaño, la simulación y la mentira llevan a la separación de Dios y a la esterilidad en los frutos.

La raíz de la falta de sinceridad es la soberbia: impide al hombre que se deja llevar por ella someterse a Dios, reconocer su dependencia y lo que Él nos pide, y le hace más trabajoso aún reconocer que ha obrado mal y rectificar. El alma que no quiere reconocer sus faltas y pecados, busca la excusa de sus errores. Y si persiste en ese camino, llega a la ceguera.

Necesitamos, pues, una actitud humilde, como la de esta mujer pecadora, para crecer en el propio conocimiento con sinceridad, y así confesar nuestros pecados. Y para esto nos ayudará el examen de conciencia, hecho en la presencia de Dios, sin falsas justificaciones ni excusas, y la acusación sincera y concreta de nuestros pecados en el Sacramento de la Confesión.

CONCLUSIÓN

“El Señor -concluye San Ambrosio- amó no el ungüento, sino el cariño. Agradeció la fe, alabó la humildad. Y tú también, si deseas la gracia,  aumenta tu amor; derrama sobre el Cuerpo de Jesús tu fe en la Resurrección, el perfume de la Iglesia santa y el ungüento de la caridad de los demás”.

Pidamos a la Santísima Virgen, Refugio de los pecadores, que nos obtenga de su Hijo un sincero dolor de nuestros pecados y un agradecimiento efectivo por el Sacramento de la Penitencia. José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).