“La Existencia temporal, preparación para la definitiva con Dios, en el Cielo”. (Homilía: XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. 1.VIII-2010)


Maria Magdalena, la pecadora, lava los pies al Señor, en señal de arrepentimiento de sus pecados. Y Jesús le dice que, porque ha amado mucho, le son perdonados.
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La vida del hombre sobre la tierra es breve. La mayor parte de ella se pasa entre el dolor y la fatiga. Todo se disipa como el viento y apenas deja rastro detrás de sí. En el mejor de los casos se puede reunir una gran fortuna, que se dejará pronto a otros. ¿A qué se reducen tantos esfuerzos y fatigas, si no se lleva consigo lo que se obtiene?. “Vaciedad sin sentido; todo es vaciedad”. Esto es lo que dicen, en síntesis, los textos de la Misa de hoy.

SÓLO DIOS DA SENTIDO A LA VIDA
Frente a este vacio, Dios da sentido a la vida, al trabajo, al dolor. Sin embargo, el corazón del hombre tiene gran facilidad para buscar las cosas de aquí abajo sin otra dimensión trascendente, tiende a apegarse a ellas como lo único y principal y a olvidarse de lo que realmente importa.
En el Evangelio de la Misa, el Señor nos enseña cuál es la verdadera realidad de las cosas, a la luz del final terreno. La consideración de la muerte, de la nuestra propia, hacia la que nos encaminamos con rapidez, arroja mucha luz sobre el sentido de la vida y de los bienes.
En efecto, enseña el Señor que poner el corazón, hecho para lo eterno, en el afán de riqueza y bienestar material es una necedad, porque la felicidad ni la misma vida verdaderamente humana se fundamentan en ellos: “no depende la vida del hombre de la abundancia de los bienes que posee”. El rico labrador de la parábola del Evangelio de hoy, se ve seguro de sí porque tiene bienes. En ellos basa su estabilidad y felicidad. Vivir es, para él como para tantas personas, disfrutar lo más posible: hacer poco, comer, beber, darse buena vida, disponer de bienes de repuesto “para muchos años”. Éste es su ideal. En él no hay ninguna referencia a Dios y tampoco a los demás.
¿Y cómo asegurará este sentido puramente material de sus días?: “Almacenaré…” Sin embargo, todo lo que no se construya sobre Dios está edificado en falso. La seguridad que dan los bienes materiales es frágil, y también insuficiente, porque nuestra vida no se llena sino con Dios.

APROVECHAR LAS COSAS NOBLES DE LA TIERRA PARA GANAR EL CIELO
El rico labrador no había tenido en cuenta a otro personaje: Dios. El mismo Dios le dice: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?” Todo ha sido inútil. “Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”.
Nuestro paso por la tierra es un tiempo para merecer; el mismo Señor nos lo ha dado. Aferrarse a lo de aquí abajo, olvidar que nuestro fin es el Cielo, nos llevaría a desenfocar nuestra vida, a vivir en la más completa necedad.
Hemos de caminar con los pies en la tierra, con afanes, ilusiones e ideales humanos, sabiendo prever el futuro para uno mismo y para aquellos que dependen de nosotros, como un buen padre y una buena madre de familia, pero sin olvidar que somos peregrinos, y solamente “actores en escena; nadie se crea rey ni rico, porque al final del acto nos encontraremos todos pobres”, dice san Juan Crisóstomo.
Los bienes son meros medios para alcanzar la meta que el Señor nos ha señalado. Nunca deben ser el fin de nuestros días aquí en la tierra. Nuestra vida es corta y bien limitada en el tiempo. Quizá nosotros pensamos en muchísimos años. Sin embargo, nuestros días están numerados y contados; estamos en las manos de Dios. Dentro de un tiempo -quizá no largo- nos encontraremos cara a cara con Dios. Un día cualquiera será nuestro último día.

LA CARENCIA DE BIENES, SI DIOS LO PERMITE, NO NOS QUITARÁN LA ALEGRÍA
En el momento de la muerte, el estado del alma queda fijado para siempre. De aquí las advertencias frecuentes del Señor para estar siempre en vigilia, pues la muerte no es el término de la existencia, sino el comienzo de una nueva vida. El cristiano no puede despreciar la existencia temporal ni minusvalorarla, pues toda ella debe servir como preparación para su existencia definitiva con Dios en el Cielo. Sólo quien se hace rico ante Dios mediante la santificación de lo ordinario y el buen uso de los bienes materiales, quien acumula tesoros que Dios reconoce como tales, saca provecho cierto de estos días terrenos. Todo lo demás es vivir de engaños.
Si los bienes que tenemos y empleamos están enderezados a la gloria de Dios, sabremos utilizarlos con desprendimiento, y no nos quejaremos si alguna vez llegan a faltar. Su carencia -cuando el Señor lo quiere o lo permite así- no nos quitará la alegría. Sabremos ser felices en la abundancia y en la escasez, porque los bienes no serán nunca objeto supremo de la vida; y lo mucho o lo poco que poseamos sabremos compartirlo, por ejemplo: creando empleo si está en nuestras manos, ayudando a promocionar obras de cultura y de formación, contribuyendo con generosidad al sostenimiento de obras buenas y de la Iglesia.
La consideración de la muerte nos enseña también a aprovechar bien los días, pues el tiempo que tenemos por delante no es muy largo. Y, finalmente, la consideración de las verdades eternas es un buen antídoto contra el pecado y una ayuda eficaz para darle a nuestra vida su verdadero sentido.
JOSÉ MANUEL ARDIÓNS, PÁRROCO DE SAN BENITO DE LA CORUÑA (ESPAÑA).


“El joven Santiago evangelizó la Hispania”. (Homilía:Fiesta de Santiago Apóstol. Domingo: 25 de julio de 2010)

El "Botafumeiro), gran incensario de la Catedral de Santiago de Compostela (España).

El “botafumeiro” o gran incensario de la Catedral de Santiago de Compostela (España). Funciona especialmente en las peregrinaciones organizadas y en las grandes solemnidades litúrgicas.
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El joven Santiago, hijo de Zebedeo y Santa María Salomé, nacido en Betsaida, a orillas del Mar de Galilea (Israel), del grupo de los doce Apóstoles del Señor, fue el evangelizador de España y de lo que hoy es Portugal. El discípulo de Jesús no tendría más de 30 años, cuando entra en España, por Cartagena. Precisamente, en la Parroquia murciana de Santiago, se celebra año jubilar, como recuerdo de tal acontecimiento.
En efecto, el Apóstol Santiago nace alrededor del año 10 de la era cristiana. Cuando tenía unos veinte años es elegido por Jesucristo para formar parte del grupo de los Doce. Incluso llegó a ser del número de los tres íntimos del Salvador, junto con su hermano Juan y Pedro. Por los Evangelios, sabemos que Santiago estuvo presente en la Transfiguración del Monte Tabor y también en el Huerto de Olivos, de Getsemaní, la noche de la Última Cena. También, este Apóstol, aparece en escenas de los Evangelios, como son aquellas en las que dice al Señor si deben pedir fuego al Cielo para que castigue a los samaritanos que no reciben al Mesías, o también en la que su madre pide al Señor, que tenga a sus hijos, en su Reino, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y los dos discipulos, Juan y Santiago, responden que están dispuestos a beber el cáliz del sufrimiento, a la pregunta que el Señor les hace, en tal sentido. 

EL MARTIRIO
Santiago es también el primer Apóstol que murió martir por predicar el mensaje salvador de Jesucristo. Vuelto de su evangelización de la entonces Hispania Romana, entra fogoso, como era, en Jerusalén, animando a todos a seguir al Salvador. Ésto molesta a los del Sanedrín. Y Herodes, por gratularse con ellos, decide su martirio. Y lo ejecuta, mandando cortarle la cabeza.
Pero, el Apóstol, aún en estos momentos del martirio, evangeliza. Efectivamente, cuenta Clemente de Alejandría que, cuando Santiago era llevado al tribunal, donde iba a ser juzgado, fue tal su entereza que su acusador se acercó a él para pedirle perdón. Santiago lo pensó. Y después lo abrazó diciendo: “la paz sea contigo; y recibieron los dos la palma del martirio”. 

VENIDA A HISPANIA
Después de la Venida del Espíritu Santo, sobre el Colegio Apóstolico, en Jerusalén, Santiago desarrolló su labor de evangelización en Judea y Samaría, dentro de los territorios que hoy llamamos Tierra Santa. Pero, una vez que se vió que arreciaba la persecución, Pedro decidió que los Apóstoles se esparcieran fuera de Israel, para evitar que se se acabaran los fieles del Señor. Y nuestro Apóstol, decide o es enviado a evangelizar la Hispania. Y, efectivamente, en barco, llega a las costas de Cartagena. Desde allí se dirige a Mérida, pasando después a lo que hoy es Portugal, quedando recuerdos de su estancia, entre otros lugares, en Coimbra y Braga.
Desde estas tierras que hoy son portuguesas, el hijo del Zebedeo penetra en Galicia. Y el punto principal de Evangelización va a ser Iria Flavia, ciudad que, según historiadores de especial altura, sostienen que, entonces, Iria Flavia tenía un millón de habitantes.
En la tradición compostelana, consta con datos suficientemente fehacientes que Santiago, se reunía con la gente en un lugar llamado “el pedrón”. Incluso se conserva una cueva, debajo de unos peñascos, en la que el Santo Apóstol del Señor se escondía, cuando los paganos le perseguían, por apartar a las gentes de sus dioses.
El hecho es que estas tierras se llenaron de discípulos del Señor. Y de ellas salen dos de los que le acompañarán en su regreso a Jerusalén. 

APARICIONES DE LA VIRGEN
Una vez evangelizadas estas tierras, de lo que hoy es Padrón e Iria Flavia, en la Provincia de La Coruña, Santiago fué hasta las orillas del Atlántico, en Mugía, en los lugares que llamamos Costa de la Muerte, porque era el lugar donde se pone -“muere”, decían entonces- el sol. Y es, en estas tierras, donde Santiago recibe una visita de la Virgen en carne mortal, que le anima a seguir un tiempo y volver después a Jerusalén.
Y así lo hace: Santiago toma entonces la ruta romana que, desde Lugo, pasando por Astorga, se dirige a Zaragoza. Y, en este sitio, tiene lugar una segunda visita de la Virgen. El mensaje sigue siendo fundamentalmente el mismo, Y muy posiblemente, el Santo, desde la ciudad del Ebro siguió la ruta romana hasta Tarragona y, desde allí, volvió a Jerusalén. Era entre el años 43 ó 44. Y alli sufre el martirio. 

SU CUERPO, EN COMPOSTELA
Dado que le acompañaban al menos dos díscípulos de Iria Flavia, los citados Atanasio y Teodoro. Estos deciden recoger el Cuerpo de Santiago y llevarlo a las tierras de Hispania que él más amaba, que eran, sin duda las de Iria Flavia. Una familia de buena posición, pone a su disposición, una sepultura que estaba en lo que hoy es Compostela. Y allí, tras distintas gestiones, con las autoridades romanas, fué depositado su Cuerpo. Y, a este lugar acuden de todas las naciones del mundo. Y Santiago, desde el Cielo y con sus restos en Compostela, ayudó a la conformación de la Europa -sería más tarde llamada “de las naciones”-, y su evangelización, por un medio extraordinario que fue el Camino de Santiago. Por eso, no es extraño, oír esas palabras de Juan Pablo II, pronunciadas desde la Catedral de Santiago, en el año 1982, al ver como se descristianizaba el Continente: “Europa vuelve a ser tú misma; vuelve a tus raíces”. Y, ahora, este año, Benedicto XVI, vendrá también a Compostela, el 6 de noviembre, para ilusionarnos a todos y recordarnos nuestra auténtica historia y nuestro papel en el mundo. José Manuel Ardións, Párroco de San Benito de La Coruña (España).


El trabajo alimenta la oración y la oración “embebe” el trabajo. (Homilía:XVI Domingo del Tiempo Ordinario. 18.VII.2010)

Santa María magdalena, San Lázaro (según la tradición, terminó siendo obispo de Marsella) y Santa Marta. Obra de Juan de Valdés Leal, en la Catedral de Sevilla (España)

Durante siglos se ha querido presentar a estas dos hermanas, María y Marta, como dos modelos de vida contrapuestos: en María se ha querido representar la contemplación, la vida de unión con Dios. En Marta, en cambio, se ha considerado la vida activa del trabajo.
Si embargo, en el trabajo, en el quehacer de cada uno, es precisamente el lugar donde encontramos a Dios, donde le amamos, mediante el ejercicio de las virtudes humanas y sobrenaturales. Sin un trabajo serio, hecho a conciencia, con prestigio, sería muy difícil -quizá imposible- tener una vida interior honda y acercar también a otros a vivir una vida cristiana eficaz.

LLAMADOS A LA SANTIDAD
Durante mucho tiempo y con demasiado énfasis, se ha insistido en las dificultades que las ocupaciones terrenas, seculares, pueden representar para la vida de oración. Sin embargo, es ahí, en medio de esos trabajos y a través de ellos, no a pesar de ellos, donde Dios nos llama a la mayoría de los cristianos para santificar el mundo y santificarnos a nosotros en él, con una vida llena de oración que vivifique y dé sentido a esas tareas.
Decía San Josemaría que, “o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso, necesita nuestra época devolver, a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares, su noble y original sentido; ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de encuentro contínuo con Jesucristo”. Efectivamente, mientras llevamos a cabo el trabajo de Marta, debemos poner el amor a Dios de María.
Precisamente, esta doctrina de que cada bautizado está llamado a la santidad, en su vida ordinaria, de cada día, y en medio de sus trabajos y quehaceres, la ha confirmado el Concilio Vaticano II, celebrado en Roma, de 1962 a 1965.
Marta está tan metida en el trabajo y anda tan preocupada por él, que llega casi a olvidarse de lo más importante: la presencia de Cristo en aquella casa. Los afanes, los trabajos necesarios, no pueden justificar nunca el olvido de Jesús presente en nuestras tareas, aun las más santas, pues, como se dice, no podemos dejar a un lado al “Señor de las cosas” por “las cosas del Señor”. No se puede relativizar la importancia de la oración, con la excusa de que estemos trabajando en tareas de caridad o incluso de formación o catequesis.

UNIDAD DE VIDA
Debemos tener tal unidad de vida que el mismo trabajo, nos lleve a estar en presencia de Dios y, a la vez, los tiempos expresamente dedicados a hablar con el Señor (oración) nos ayuden a trabajar mejor; pues “entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración, no puede existir una ·armisticio· más o menos conseguido; tiene que darse plena unión, fusión sin residuo. El trabajo alimenta a la oración y la oración ·embebe· el trabajo. Y esto hasta el punto de que el trabajo en sí mismo, en cuanto servicio hecho al hombre y a la sociedad -y por tanto, con las más claras exigencias de la profesionalidad- se convierte en oración agradable a Dios” (Álvaro del Portillo).
En efecto, para lograr la presencia del Señor mientras trabajamos, tendremos que recurrir a industrias humanas, cosas que nos recuerden que nuestro trabajo es para Dios y que Él está cerca de nosotros contemplando nuestras obras. Dios es siempre un testigo excepcional de nuestra actividad.
Todas las ocupaciones, hechas con rectitud de intención, pueden ser el lugar donde cada día vivamos la caridad, la mortificación, el espíritu de servicio a los demás, la alegría, el optimismo, la comprensión, la cordialidad, el preocuparnos por la salvación de los demás. Es el medio, en definitiva, con el que nos santificamos, como nos dice el citado Concilio Vaticano II, cuando afirma que todos los bautizados estamos llamados a ser santos.
Pidámosle a la Virgen que nos consiga del Señor el espíritu de trabajo de Marta y la presencia de Dios de María mientras, sentada a los pies de Jesús, escuchaba sus palabras. José Manuel Ardións, Párroco de San Benito de La Coruña (España).


“La Nueva Evangelización es tarea de todos”.(Homilía: Domingo 11 de julio de 2010.Fiesta de San Benito)

Monasterio de Montecasino (Italia). Fue hecho en vida de San Benito, en los siglos VI y VII. Desde allí irradió su espíritu -ora et labora-a todo el mundo

San Benito contribuyó a configurar Europa. El Papa Pío XII afirmó que “él y sus seguidores sacaron de la barbarie y llevaron a la vida civilizada y cristiana a pueblos bárbaros, conduciéndolos a la virtud, al trabajo y al pacífico ejercicio de las letras”. “San Benito forjó el alma y las raíces de Europa, que son esencialmente cristianas, sin las cuales no se entienden ni se explican nuestra cultura ni nuestro modo de ser”, dijo Luís Suárez, uno de los grandes historiadores españoles.
Por su parte, el Papa Juan Pablo II proclamó que, la misma identidad europea “es incomprensible sin el Cristianismo”, y “precisamente -añadió- en él se hallan esas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del Continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva a los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria”.

EMPEÑO POR VOLVER A LA BARBARIE
Hoy estamos asistiendo a un empeño decidido y sistemático, que trata de eliminar lo más esencial de nuestras costumbres. su hondo sentido cristiano. Parece como si pueblos enteros se encaminaran a una nueva barbarie, peor que la de los tiempos pasados. El materialismo práctico “impone hoy al hombre su dominio, con una agresividad que a nadie excluye. Los principios más sagrados están siendo desplazados por falsos pretextos referentes a la libertad, como son la sacralidad de la vida, la indisolubilidad del matrimonio, el sentido auténtico de la sexualidad humana, la recta actitud hacia los bienes materiales”, como afirmó Juan Pablo II el año 1979, en Dublín.
En realidad, se tiene la impresión que si no llega el remedio oportuno, las ideas que están cristalizando darán lugar a una nueva sociedad pagana, que prescinde de toda relación con Dios, y los derechos y deberes del ciudadano se establecen sin ninguna relación con una ley moral objetiva. Y esto engaña además a personas de escasa formación y a los que ya han perdido el sentido de la dignidad humana.

LLAMADAS DE LOS PAPAS
Ante esta situación, el Papa Juan Pablo II ha hecho múltiples llamadas a una nueva evangelización de Europa y del mundo, en la que estamos todos comprometidos. Y el Papa Benedicto XVI, el lunes, 28 de junio, desde la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma anunció la creación de un Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, orientado especialmente hacia Europa y América y todos aquellos países “que viven una progresiva secularización” y sufren “el eclipse del sentido de Dios”.

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Muchos cristianos, ante un panorama que parece adverso, han preferido dejar a un lado, lo que podía chocar con la opinión más generalizada. Y la realidad es que ningún cristiano puede permanecer al margen de las grandes cuestiones humanas que el mundo tiene planteadas. Decía San Josemaría: “No podemos cruzarnos de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impediéndole intervenir en la educación, en la cultura, en la vida familiar. No son derechos nuestros: son de Dios, y a nosotros, los católicos, Él los ha confiado…, ¡para que los ejercitemos!”.

TAREA DE TODOS
En efecto, ante esta situación hemos de sentir la urgencia de recristianizar el mundo. Y cada uno de nosotros debemos preguntarnos ¿qué puedo hacer yo en mi familia, en mi vecindad, en el lugar de trabajo, en mi colegio o en mi universidad, en la agrupación deportiva o social de la que formo parte…, para que Jesucristo reine en las almas, en las actividades humanas?
En realidad, la tarea de la recristianización de Europa y del Mundo, no se puede plantear como si sólo fuera abordable por aquellos que tienen influencia política o pública considerable. Debemos pensar que es tarea de todos. Efectivamente, cooperan en la recristianización de la sociedad los predicadores y catequistas que recuerdan todo el mensaje de Cristo; los colegios que forman realmente en el espíritu cristiano; los profesionales que se niegan a prácticas inmorales: comisiones injustas, intervenciones médicas que van contra la Ley de Dios, o inserciones publicitarias que ayudan a sostener emisoras o publicaciones anticristianas.
Un antiguo proverbio dice: “más vale encender una cerilla que maldecir la oscuridad”. No es propio de los hijos de Dios la queja sistemática sobre el mal, el clima pesimista y negativo. Si los cristianos nos decidiéramos a llevar a cabo lo que está en nuestras manos, cambiaríamos el mundo de nuevo, como hicieron los primeros cristianos. Es un gran error no hacer nada, por pensar que se puede hacer poco. Debemos pensar que todas nuestras acciones, con la gracia de Dios, tienen repercusiones insospechadas. Hacer el bien es siempre más atractivo que el mal.
Son muchas las razones para ser optimistas. Hemos de perder el miedo a impregnar de sentido cristiano todos los ambientes de la sociedad. Cada católico ha de dar contenido de Dios a su tarea, y ha de preocuparse de formar a otras almas en la Verdad. Para esto, se deben aprovechar todas las situaciones, incluso los viajes por motivos de descanso o de trabajo.
A San Benito, le encomendamos esta tarea de todos los católicos de recristianizar la sociedad, y le pedimos que sepamos proclamar con nuestra vida y nuestra palabra “la perenne juventud de la Iglesia”, como dijo Juan Pablo II.José Manuel Ardións, Párroco de San Benito de La Coruña (España).