La humildad, fundamento de todas las virtudes. (Homilía: Domingo 22º del Tiempo Ordinario. 29.VIII.2010)

En la foto, El Señor anuncia su muerte: "Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Epístola de san Pablo a los Filipenses)

 

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La humildad es el fundamento de todas las virtudes. Y es tan necesaria esta virtud que el Señor aprovecha incluso un banquete para ponerlo de relieve. Tras observar como los comensales iban eligiendo los primeros puestos, los de más honor, les expuso una parábola que termina con estas palabras: cuando seas invitado, ve a sentarte en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado.

LA AMBICIÓN, CIEGA

Esta parábola nos recuerda la necesidad de estar en nuestro sitio, de evitar que la ambición nos ciegue y nos lleve a convertir la vida en una loca carrera por puestos cada vez más altos. La ambición -una de las formas de soberbia-, es causa frecuente de malestar íntimo, en quien la padece. “¿Por qué ambicionas los primeros puestos?, ¿para estar por encima de los demás?”, pregunta san Juan Crisóstomo, porque sabe que en todo hombre existe el deseo de honores y de gloria. Y la ambición aparece en el momento en el que se hace desordenado este deseo de honor o de autoridad.

LA EXHIBICIÓN NO ES HUMILDAD

La verdadera humildad no se opone al legítimo deseo de progreso personal en la vida social, de gozar del necesario prestigio profesional, de recibir el honor y la honra que a cada persona le son debidos. Todo esto es compatible con una honda humildad. Pero quien es humilde no gusta de exhibirse. En el puesto que ocupa sabe que no está para lucirse y ser considerado, sino para cumplir una misión cara a Dios y en servicio de los demás.

La humildad debe llevarnos a tener plena conciencia de los talentos que el Señor nos ha dado para hacerlos rendir con corazón recto. La humildad nos impide el desorden de jactarnos de ellos y de presumir de nosotros mismos. La humildad nos lleva también a la sabia moderación y a dirigir hacia Dios los deseos de gloria que se esconden en todo corazón humano.

“No para nosotros, sino para Tí, Señor, sea toda la gloria”, dice el Salmo 113. La humildad hace que tengamos vivo en el alma que los talentos y virtudes, tanto naturales como en el orden de la gracia, pertenecen a Dios, porque de su plenitud hemos recibido todos, afirma San Juan al principio de su Evangelio. Todo lo bueno es de Dios. De nosotros es propio la deficiencia y el pecado. Dejó escrito San Francisco de Sales, en su libro Introducción a la vida devota, que “la viva  consideración de las gracias recibidas nos hace humildes, porque el conocimiento engendra el reconocimiento”.

MEDIOS PARA SER HUMILDES

Para crecer en la virtud de la humildad es necesario que, junto al reconocimiento de nuestra nada, sepamos mirar y admirar los dones que el Señor nos regala, los talentos de los que espera el fruto.

La humildad es reconocer nuestra poca cosa, nuestra nada, y a la vez sabernos “portadores de esencias divinas de valor inestimable”. La humildad nos aleja también del complejo de inferioridad -que con frecuencia está producido por la soberbida herida-, nos hace alegres y serviciales con los demás y ambiciosos de amor de Dios, teniendo en cuenta que “todo lo que nos falte lo pondrá el Señor”.

Para aprender a caminar por este sendero de la humildad, hemos de saber aceptar las humillaciones externas que seguramente encontraremos en el transcurso de nuestras jornadas, pidiendo al Señor que no nos dejen abatidos. Y sin olvidar igualmente que el medio seguro para crecer en esta virtud es la sinceridad plena con nosotros mismos, llegando a esa intimidad que sólo es posible en el examen de conciencia, hecho en la presencia de Dios. Además, debemos tener sinceridad con el Señor, que nos llevará a pedir perdón muchas veces. Y, finalmente, hemos ser sinceros en la Confesión y en la dirección espiritual.

NO SER TESTARUDOS

Aprender a rectificar es también camino seguro de humildad. “Sólo los tontos son testarudos: los muy tontos, muy testarudos”, dice san Josemaría, en su libro Surco. El soberbio que nunca “da su brazo a torcer”, que se cree siempre poseedor de la verdad en cosas de por sí opinables, nunca participará de un diálogo abierto y enriquecedor. Además, rectificar cuando nos hemos equivocado no es sólo cuestión de humildad, sino de elemental honradez.

Seguro que cada día encontraremos muchas ocasiones para ejercitar esta virtud: luchando contra la vanidad, siempre despierta; reprimiendo la tendencia a decir siempre la última palabra; procurando no ser el centro de atención de lo que nos rodea; aceptando errores y equivocaciones en asuntos en los que quizá nos parecía estar completamente seguros; esforzarnos en ver siempre a nuestro prójimo con visión optimista y positiva; no considerarnos imprescindibles.

FALSA HUMILDAD

Existe una falsa humildad que nos mueve a decir “que no somos nada, que somos la miseria misma y  la basura del mundo; pero sentiríamos mucho que nos tomasen la palabra y que la divulgasen. Y al contrario, fingimos escondernos y huir para que nos busquen y pregunten por nosotros; damos a entender que preferimos ser los postreros y situarnos a los pies de la mesa, para que nos den la cabecera. La verdadera humildad procura no dar aparentes muestras de serlo, ni gasta muchas palabras en proclamarlo”. Así se expresa San Francisco de Sales, en el libro citado, y sigue aconsejando que “no abajemos nunca los ojos, sino humillemos nuestros corazones; no demos a entender que queremos ser los postreros, si deseamos ser los primeros”. En definitiva, la verdadera humildad está llena de sencillez, y sale de lo más profundo del corazón, porque es sobre todo una actitud ante Dios.

BIENES DE LA HUMILDAD

De la humildad se derivan bienes incontables, pues la soberbia es el mayor obstáculo que se interpone entre Dios y nosotros. La humildad atrae sobre sí el amor de Dios y el aprecio de los demás, mientras la soberbia lo rechaza.

El humilde se encuentra centrado, sabe estar en su lugar y es siempre una ayuda. Incluso conoce mejor los asuntos humanos por su natural sencillez. El soberbio, por el contrario, cierra las puertas a Dios; sólo ve su propio deseo, sus gustos, sus ambiciones, la realización de sus caprichos; aun en lo humano se equivoca muchas veces, pues lo ve todo con la deformación de su mirada enferma.

La humildad da consistencia a todas las virtudes. El humilde respeta a los demás, sus opiniones y sus cosas; posee una particular fortaleza, pues se apoya constantemente en la bondad y en la omnipotencia de Dios: cuando me siento débil, entonces soy fuerte, decía San Pablo. Recordemos lo que afirmó María: El Señor me exaltó porque vió mi humildad”. !Qué Ella nos ayude a amar y a vivir esta virtud como un don precioso!.    José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España), doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613, y asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287.


SANTA MARÍA VIRGEN REINA (Homilía. Domingo XXI del Tiempo Ordinario. 22.VIII.2010)

La Coronación de la Santísima Virgen María, como Reina y Señora de Cielos y Tierra.

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Nota: El 22 de agosto se celebra la Fiesta de Santa María Virgen Reina. Pero, este año, al coincidir en Domingo, la liturgia de la Misa es la correspondiente al Domingo XXI del Tiempo Ordinario. Sin embargo, quiero ofrecer la Homilía sobre la Virgen Reina.

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El dogma de la Asunción, que celebramos el pasado domingo, nos lleva de modo natural a la fiesta de la Realeza de María. Nuestra Señora subió al Cielo en cuerpo y alma para ser coronada por la Santísima Trinidad, como Reina y Señora de la Creación. Esta festividad mariana fue instituida por el Papa Pío XII en 1954, respondiendo a la creencia unánime de toda la Tradición, que ha reconocido desde siempre su dignidad de Reina, por  ser Madre del Rey de Reyes y Señor de los Señores. Enseña el Concilio Vaticano II que “terminado el decurso de su vida terrena, la Santísima Virgen fue asunta en cuerpo y alma a la gloria y fue ensalzada por el Señor como Reina Universal, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte”.

CORONACIÓN CANÓNICA

Es frecuente expresar este título de María, mediante la costumbre de coronar las imágenes de la Santísima Virgen de forma canónica, por concesión expresa de los Papas. Por su parte, el arte cristiano, desde los primeros siglos, ha venido representando a María como Reina y Emperatriz, sentada en un trono real, con las insignias de la realeza y rodeada de los ángeles. En ocasiones, se la representa en el momento de ser coronada por su Hijo y el Padre, bajo la presencia del Espíritu Santo. Y los fieles recurrimos a Ella con oraciones como: Salve Regina, Ave Regina caelorum, Regina coeli laetare, y otras más, tan repetidas todas ellas.

Se acude a la Virgen recordándola el hermoso título de la realeza. Y con el Cantar de los Cantares, tal vez  la decimos: “Eres toda hermosa, y no hay en ti mancha. -Huerto cerrado eres, hermana mía, Esposa, huerto cerrado, fuente sellada. –Veni: coronaberis. -Ven: serás coronada”.

LA REALEZA DE MARÍA

El Evangelio de la Misa de María Reina dice: Concebirás en tu seno y darás a luz a un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y se llamará Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin”.

Por eso, la realeza de María está íntimamente relacionada con la de su Hijo. Jesucristo es Rey porque le compete una plena y completa potestad, tanto en el orden natural como en el sobrenatural. Esta realeza, además de ser plena, es propia y absoluta. Y la realeza de María es plena y participada de su Hijo. En realidad, los términos Reina y Señora aplicados a la Virgen no son una metáfora. Con ellos designamos una verdadera preeminencia y una auténtica dignidad y potestad en los cielos y en la tierra.

María por ser Madre del Rey, es verdadera y propiamente Reina, encontrándose en la cima de la creación y siendo efectivamente la primera persona humana del Universo. Ella, decía el Papa Pío IX, “bellísima y perfectísima, tiene tal plenitud de inocencia y santidad que no se puede concebir otra mayor después de Dios, y que fuera de Dios nadie podrá jamás comprender”.

Los títulos de la realeza de María son su unión con Cristo como Madre -como le fue anunciado por el Ángel- y la asociación con su Hijo Rey en la obra redentora del mundo. Por el primer título, María es Madre Reina de un Rey que es Dios, lo cual la enaltece sobre las demás criaturas humanas; por el segundo, María Reina es dispensadora de los tesoros y bienes del Reino de Dios, en razón de su corredención.

ACUDIR A MARÍA, TRONO DE LA GRACIA

En la institución de este fiesta, el Papa Pío XII invitaba a todos los cristianos a acercarse a este “trono de gracia y de misericordia de nuestra Reina y Madre, para pedirle socorro en las adversidades, luz en las tinieblas, alivio en los dolores y penas”. Y, al mismo tiempo, alentaba a todos a pedir gracias al Espíritu Santo y a esforzarse por aborrecer el pecado, a librarse de su esclavitud, “para poder rendir un vasallaje constante, perfumado con devoción de hijos”.

A Ella han sido aplicadas estas palabras de la Epístola a los Hebreos: Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de la gracia, a fin de que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno. Este trono, símbolo de la autoridad, es el de Cristo, pero ha querido que sea su Madre trono de la gracia donde más facilmente alcanzamos la misericordia, pues nos fue dada “como abogada de la gracia y Reina del Universo”, dice el Prefacio de la Misa de Santa María Reina.

EJERCICIO DEL REINADO DE MARÍA

Hoy contemplamos la gran fiesta del Cielo, en la que la Trinidad Beatísima sale al encuentro de Nuestra Madre, asunta ya a los Cielos por toda la eternidad. Apareció en el cielo una señal grande, una mujer vestida de sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Esta mujer, además de representar a la Iglesia, simboliza a María, tal como lo enseña el Papa Pío X. En efecto, los tres rasgos con que el Apocalípsis describe a María son símbolo de esta dignidad: vestida de sol, resplandeciente de gracia por ser Madre de Dios; la luna bajo sus pies indica la soberanía sobre todo lo creado; la corona de doce estrellas es la expresión de su corona real, de su reinado sobre los ángeles y los santos todos.

El reinado de María se ejerce diariamente en toda la tierra, distribuyendo a manos llenas las gracias y la misericordia del Señor. El reinado de María se ejerce también en el Purgatorio. “Salve Regina, cantaban las almas que vi sentadas sobre el verde y entre las flores que desde el valle no se veían”, declara Dante, en la “Divina Comedia”. Nuestra Madre nos induce constantemente a pedir y a ofrecer sufragios por quienes todavía se purifican y esperan para entrar en el Cielo. Ella es una buena aliada para ayudar a las almas del Purgatorio y, si la tratamos mucho, Ella nos moverá a purificar nuestras faltas y pecados ya en esta vida y nos concederá poderla contemplar inmediatamente después de nuestra muerte. José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España), Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287.

 


“EL AMOR VIGILANTE ESTÁ EN LAS COSAS PEQUEÑAS” (Homilía: XIX Domingo del Tiempo Ordinario, 8.VIII.2010)

La Virgen nos espera en el Cielo.

Dice Santo Tomás de Aquino que la fe nos da a conocer, con certeza, dos verdades fundamentales de la existencia humana: que estamos destinados al Cielo y, por eso, todo lo demás ha de ordenarse y subordinarse a este fin supremo; y que el Señor quiere ayudarnos, con abundancia de bienes, a conseguirlo. Por su parte, afirmaba Juan Pablo II que ” nada debe desanimarnos en el camino, porque nos apoyamos en estas tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de las misericordias, quien enciende en mi la confianza. Por lo cual yo no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino implicado en un destino de salvación que desembocará en el Paraiso”. Por lo tanto, la Bondad, la Sabiduría y la Omnipotencia divinas constituyen el cimiento firme de la esperanza.

LA VIDA EN LA TIERRA, UNA ESPERA

La Liturgia de este Domingo nos recuerda que la vida en la tierra es una espera. En efecto, el Señor espera nuestra conversión sincera y nuestra correspondencia cada vez más generosa: espera que estemos vigilantes, para no adormecernos en la tibieza. Que andemos siempre despiertos. Porque la esperanza está íntimamente relacionada con un corazón vigilante. Depende en buena parte del amor, como escribe J.Pieper, teólogo alemán, en su libro “Sobre la Esperanza”.

EXHORTACIÓN A LA VIGILANCIA

Jesús nos exhorta a la vigilancia, porque el enemigo no descansa, está siempre al acecho, dice San Pedro; y porque el amor nunca duerme, exclama el Cantar de los Cantares. Y en Evangelio de la Misa nos advierte el Señor: “tened las lámparas encendidas, estad como quien aguarda a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante, en cuanto venga y llame. Cuando el Señor venga al fin de la vida, nos debe encontrar preparados: en estado de vigilia, como quienes viven al día; sirviendo por amor y empeñados en mejorar las realidades terrenas, pero sin perder el sentido sobrenatural de la vida, el fin a donde se ha de dirigir todo; valorando debidamente las cosas terrenas -la profesión, los negocios, el descanso…-, sin olvidar que nada de esto tiene un valor absoluto, y que debe servirnos para amar más a Dios, para ganarnos el Cielo y servir a los hombres, haciendo un mundo más justo, más humano, más cristiano.

Poco tiempo nos separa de ese encuentro definitivo con Cristo. Cada día que pasa nos acerca a la eternidad. Dice Santo Tomás de Aquino que “a la vigilancia se opone la negligencia o falta de solicitud debida, que procede de cierta desgana de la voluntad”. En realidad estamos vigilantes si hacemos examen de conciencia diario. Y así veremos que estamos llenos de errores, que hacen daño a uno mismo y muchas veces también a los que nos rodean. Y si lo hacemos así, el Señor nos encontrará preparados a cualquier hora en que se presente, en cualquier circunstancia.

VIGILANTES EN EL AMOR : ES DECIR, EN LAS COSAS PEQUEÑAS

Estaremos vigilantes en el amor y lejos de la tibieza y del pecado si nos mantenemos fieles, en las cosas menudas de cada día. Las cosas pequeñas son la antesala de las grandes. El amor vigilante se alimenta de lo pequeño. Y la experiencia nos demuestra que cae en la tentación más grande, quien descuida lo que parece que no tiene importancia.

San Francisco de Sales, en su obra Introducción a la vida devota, señala la necesidad de luchar en las tentaciones menudas. “Es cosa fácil -indica el Santo- apartarse del homicidio, pero es dificultoso evitar pequeñas cóleras, que suelen presentarse con facilidad. No es dificultoso el no hurtar los bienes ajenos; pero sí lo es el no desearlos. Fácil es el no levantar en un juicio falso testimonio, pero difícil será el no mentir en conversaciones. Con facilidad nos apartaremos de la embriaguez, pero con más dificultad viviremos la sobriedad”.

La experiencias demuestra que, las pequeñas victorias diarias fortalecen la vida cristiana y despiertan el alma para lo divino. Estas ocasiones se presentan, por ejemplo, cuando dejamos a un lado esa revista insustancial o ese programa televisivo que pueden enredar el alma, o suponen, al menos, una pérdida de tiempo y, siempre, una buena ocasión para vencer la curiosidad. Y también pasa lo mismo con la sobriedad en las reuniones sociales, en la locuacidad, e incluso en la misma comida diaria.

Si hacemos un acto de amor en cada tentación, en todo aquello que, en nosotros o los demás, puede ser origen de una ofensa a Dios, nos llenaremos de paz, y lo que podía haber sido motivo de derrota, lo convertiremos en una victoria. Si somos fieles en lo pequeño, nuestra vida habrá consistido en una alegre espera, mientras llevamos a acabo, ilusionadamente, la tarea que nuestro Padre Dios nos ha encomendado en el mundo. Entonces comprenderemos las palabras de Jesús: Dichoso aquel siervo, al que encuentre obrando así su amo cuando vuelva. José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).