La fe, don de Dios que hay que pedir con insistencia. (Homilía: XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. 3-X-2010)

Imagen de la Fe velados los ojos, en el baldaquino del Capilla Mayor de la catedral compostelana (España).

El justo vivirá por la fe, dice el profeta Habacuc. Aún cuando en ocasiones pueda parecer que triunfa el mal y quienes lo llevan a cabo, como si Dios no existiese, llegará a cada uno su día y se verá  que, realmente ha salido vencedor quien ha mantenido su fidelidad al Señor. Vivir de la fe es entender que Dios nos llama cada día y en cada momento a vivir, con alegría, como hijos suyos, siendo pacientes y teniendo puesta la esperanza en Él.

PROCLAMAR LA VERDAD

San Pablo, en la Carta a Timoteo, nos exhorta a mantenernos firmes en la fe recibida y a llenarnos de fortaleza para proclamar la verdad sin respetos humanos. Santo Tomás de Aquino comenta que “la gracia de Dios es como un fuego, que no luce cuando lo cubre la ceniza”. Y así ocurre cuando la fe está cubierta por la tibieza o por los respetos humanos. De ahí que debamos vivir la fortaleza ante un ambiente adverso y tener la capacidad de dar a conocer la doctrina de Cristo, en cualquier lugar. Hemos de estar convencidos de que, por amor a Dios, hemos de avivar continuamente nuestra fe. Y también debemos pedirle al Señor una fe firme, que avive nuestro amor, para superar nuestras propias flaquezas y para ser testimonios vivos allí donde se desarrolla nuestra vida.

FE FIRME

Existe una fe muerta, que no salva: es la fe sin obras, dice Santiago el Menor; que se muestra en actos llevados a cabo de espaldas a la misma fe, en una falta de coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Existe también una fe “dormida”, “esa forma pusilámine y floja de vivir las exigencias de la fe que todos conocemos con el nombre de tibieza. En la práctica, la tibieza es la insidia más solapada que puede hacer a la fe un cristiano, incluso de los que muchos llamarían un buen cristiano”, afirma Pedro Rodríguez, en su libro Fe y vida de fe”.

Por lo tanto, necesitamos una fe firme, que nos lleve a alcanzar metas que están por encima de nuestras fuerzas y que allane los obstáculos y supere los “imposibles”, en nuestras tareas de cristianos preocupados por la salvación de los demás. Es esta virtud la que nos da la verdadera dimensión de los acontecimientos y nos permite juzgar rectamente de todas las  cosas.

“Solamente con la luz de la fe  y con la meditación de la Palabra divina -dice el Concilio Vaticano II- es posible reconocer siempre y en todo lugar a Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos (Hech 17,28), buscar su voluntad en todos los acontecimientos, contemplar a Cristo en todos los hombres, próximos o extraños, y juzgar con rectitud sobre el verdadero sentido y valor de las realidades temporales, tanto en sí mismas como en orden al fin del hombre”.

¡AUMÉNTANOS LA FE!

El Evangelio de la Misa presenta a los Apóstoles que, conscientes de su fe escasa, le piden a Jesús: ¡Auméntanos la fe!. Así lo hizo el Señor, pues todos terminaron dando su vida, supremo testimonio de la fe, para atestiguar su firme adhesión a Cristo y a sus enseñanzas.

También nosotros nos encontramos en ocasiones faltos de fe, como los Apóstoles, ante las dificultades y otras muchas cosas. Por eso, tenemos la necesidad de más fe. Y sabemos que ésta se aumenta con la petición asidua, con la correspondencia a las gracias que recibimos, con actos de fe.

ACTOS DE FE

 Efectivamente, hemos de hacer muchos actos de fe en los momentos de oración y en la Santa Misa. Se cuenta de Santo Tomás de Aquino que cuando miraba la Sagrada Forma, al elevarla en el momento de la Consagración, repetía: “Tú eres el rey de la gloria, Tú eres el Hijo sempiterno del Padre”. San Josemaría solía decir interiormente en esos mismos instantes: “Auméntanos la fe, la esperanza y la caridad”. “Te adoro con devoción, Dios escondido”, mientras hacía la genuflexión.

Por su parte, muchos fieles tienen la costumbre de repetir devotamente en ese momento, con la mirada puesta en el Santísimo Sacramento, aquella exclamación del Apóstol Tomás ante Jesús resucitado: ¡Señor mío y Dios mio!. En definitiva, está claro que no podemos dejar que pase esa oportunidad, sin manifestar al Señor nuestra fe y nuestro amor.

Y finalmente hemos de tener en cuenta que, a pesar de nuestra afán por conocer mejor a Cristo, es posible que alguna vez nuestra fe vacile o tengamos temores y respetos humanos para manifestarla. Pero sabemos que la fe es un don de Dios, que nuestra poquedad a veces no puede sostener. Y en ocasiones se hace tan pequeña como un grano de mostaza. Pero no nos debemos sorprender por nuestra debilidad, pues Dios cuenta con ella. Imitemos a los Apóstoles y sobre todo, pidámosle a través de Nuestra Señora y con la humildad de los discípulos, que aumente nuestra fe, para que podamos ser fieles hasta el final de nuestros días.

José Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña (España), Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613, y asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287.

 

 


“La salvación del mundo no está en los medios materiales, sino en ordenar la vida según el querer divino”. (Homilía: Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. 26.IX.2010).

El rico Epulón y el pobre Lázaro. Juan de Sevilla y Romero (1643-1695)

La salvación del mundo y su felicidad no está en los medios materiales, por importantes que éstos puedan ser, sino en ordenar la vida según el querer divino.

PENSAR EN LOS DEMÁS

No os acomodéis a este mundo, exhortaba San Pablo a los primeros cristianos de Roma. Cuando se vive con el corazón puesto en los bienes materiales es muy difícil ver las necesidades de los demás, y se hace también cada vez más costoso ver a Dios.

El rico de la parábola, decía el Papa Juan Pablo II, “fue condenado porque no ayudó a otro hombre. Porque ni siquiera cayó en la cuenta de Lázaro, de la persona que se sentaba en su portal y ansiaba las migajas de su mesa”.

Efectivamente, el Evangelio de este domingo describe  a un hombre que no supo sacar provecho de sus bienes. En vez de ganarse con ellos el Cielo, lo perdió para siempre. Se trata de un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino finísimo, y tenía cada día espléndidos banquetes. Mientras que muy cerca de él, a su puerta, estaba echado un mendigo, Lázaro, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros lamían sus llagas.

El rico Epulón vive para sí, como si Dios no existiera. Ha olvidado que el Señor recuerda con mucha frecuencia: no somos dueños de los bienes, sino administradores.

COMPARTIR

Este hombre rico vive a sus anchas en la abundancia; no está contra Dios ni tampoco oprime al pobre. Únicamente está ciego para ver a quien le necesita. Vive para sí, lo mejor posible. ¿Cuál es su pecado?. No vio a Lázaro, a quien hubiera podido hacer feliz con menos egoísmo y menos afán de cuidarse de lo suyo. No utilizó los bienes conforme al querer de Dios. No supo compartir. “La pobreza -comenta San Agustín- no condujo a Lázaro al Cielo, sino su humildad, y las riquezas no impidieron al rico entrar en el eterno descanso, sino su egoísmo y su infidelidad”.

El egoísmo, que muchas veces se concreta en el afán desmedido de poseer cada vez más bienes materiales, deja ciegos a los hombres para las necesidades ajenas y lleva a tratar a las personas como cosas; como cosas sin valor. Es oportuno, por tanto, que pensemos que tal vez todos tenemos a nuestro alrededor gente necesitada de bienes materiales o espirituales, como Lázaro.

“ES MEJOR DAR QUE RECIBIR”

Con el ejercicio que hagamos de los bienes, que Dios ha depositado en nuestras manos, estamos ganando o perdiendo la Vida Eterna. Ahora estamos en el tiempo de merecer. Por eso, con hondo misterio, dijo el Señor, según los Hechos de los Apóstoles:Es mejor dar que recibir”. Más se gana dando que recibiendo: se gana el Cielo. Siendo generosos, descubriendo, en los demás, a hijos de Dios y que nos necesitan, somos felices aquí en la tierra y más tarde en la Vida Eterna. La caridad es siempre realización  del Reino de Dios. Por lo tanto, hemos de estar atentos por si Lázaro está en nuestro propio hogar, en la oficina o en el taller donde trabajamos. Por algo recuerda San Pablo que la raíz de todos los males es la avaricia.

DESPRENDIMIENTO

Los cristianos, hombres y mujeres de Dios, hemos sido elegidos para ser levadura que transforme y santifique las realidades terrenas. Debemos preservar de la muerte eterna a todos los que nos rodean, como hicieron los primeros cristianos, en los lugares en los que les tocó vivir. Y, al ver el afán que ponen tantos en las cosas materiales, tenemos que comprender que, para ser fermento en medio del mundo, hay que estar atentos a vivir el desprendimiento de lo que poseemos.

Poco o nada podríamos hacer a nuestro alrededor, si no pusiéramos esfuerzo y empeño en no tener cosas supérfluas, en frenar en los gastos, en llevar una vida sobria, en practicar, con magnanimidad, las Obras de Misericordia.

La sobriedad, la templanza, el desprendimiento nos llevarán, a la vez, a ser generosos: ayudando a los más necesitados, sacando adelante con nuestro tiempo, con los talentos que Dios nos ha dado, con bienes materiales, en la medida de nuestras posibilidades, obras buenas, que eleven el nivel de formación, de cultura,  de enseñanza del Catecismo, de atención a los enfermos… Tal generosidad nos enseñará a librarnos de nuestro egoísmo, del apego desordenado a los bienes materiales. Recordemos lo que dijo el Señor: “Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (San Mateo, 25,40). Sin duda, en el día del Juicio, éstas serán nuestras credenciales.

NO CRUZAR DE BRAZOS ANTE EL MATERIALISMO ENVOLVENTE

Por otra parte, los cristianos no podemos cruzarnos de brazos ante la ola de materialismo que parece envolverlo todo y que deja agostada la capacidad de lo sobrenatural. Y, mucho menos, debemos dejarnos atrapar por ese sentido de la vida que sólo ve el aspecto rentable de cada circunstancia, negocio o puesto de trabajo.

LA IGLESIA LEVANTA SU VOZ

 “La solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y sobrenatural”, decía Juan Pablo II. Y, un documento de la Santa Sede del año 1986, recordaba que debemos vivir la virtud de la santa pobreza que está hecha de  desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a compartir con los demás, de sentido de justicia, de hambre del Reino de los Cielos, de disponibilidad a escuchar la palabra de Dios y a guardarla en el corazón. Y añadía: pero “distinta es la pobreza que oprime a la multitud de hermanos nuestros en el mundo y les impide su desarrollo integral como personas. Ante esta pobreza, que es carencia y privación, la Iglesia levanta su voz convocando y suscitando la solidaridad de todos para debelarla”.

En efecto, hemos de ver hermanos en quienes nos rodean, hermanos necesitados con quienes compartimos el inmenso tesoro de la fe que hemos recibido, la alegría, la amistad, los bienes económicos. Y no podemos quedar indiferentes al contemplar este mundo nuestro, donde tantos padecen necesidad de pan, de cultura, de fe en Dios”.

José Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña (España), Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613, y asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº287.

 

 


Pongamos los cristianos, en hacer el bien, el mismo afán que emplean los mundanos en practicar el mal.(Homilía: Domingo XXV del Tiempo Ordinario.19.IX.2010)

En el Evangelio, muestra el Señor, mediante una parábola, las inmoralidades habilidosas de un administrador, en las cuentas de su jefe, ante la acusación de malversar su hacienda. Consistía la inmoralidad en disminuir la deuda de los clientes de su amo, para que, al quedar sin trabajo, le acogieran ellos.

San Agustín se pregunta: “¿Por qué puso el Señor esta parábola?. No porque el siervo aquel fuera precisamente un modelo a imitar, sino porque fue previsor para el futuro, a fin de que se avergüence el cristiano que carece de esta determinación”. Esto es: alabó el empeñó, la decisión, la astucia, la capacidad de sobreponerse y resolver una situación difícil, el no dejarse llevar por el desánimo.

En efecto, no es raro ver el esfuerzo y los incontables sacrificios que muchos hacen para obtener más dinero, para subir dentro de la escala social, y otras muchas cosas más. Otras veces quedamos sorprendidos incluso por los medios que se emplean para hacer el mal: prensa, editoriales, televisión, proyectos de todo orden, etc.

EL MISMO EMPEÑO

Pues, al menos, ese mismo empeño hemos de poner los cristianos en servir a Dios, multiplicando los medios humanos para hacerlos rendir en favor de los necesitados: en obras de enseñanza, de asistencia, de beneficencia…

El interés que otros tienen en sus quehaceres terrenos, hemos de poner nosotros en ganarnos el Cielo, en luchar contra todo lo que nos separa de Cristo.

Escribe San Josemaría, en Camino: “¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. -Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aun niños: todos igual. -Cuando tú pongas el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado”.

LO ÚNICO QUE VALE LA PENA

Los hijos del mundo parecen a veces más consecuentes con su forma de pensar. Viven como si sólo existiera lo de aquí abajo y se afanan en ello sin medida. Quiere el Señor que pongamos en sus cosas -la santidad personal y el apostolado- al menos el mismo empeño que otros ponen en sus negocios terrenos; quiere que nos preocupemos de sus asuntos con interés, con alegría, con entusiasmo, y que todo lo encaminemos a este fin, que es lo único que verdaderamente vale la pena. Ningún ideal es comparable al de servir a Cristo, utilizando los talentos recibidos como medios, para un fin que sobrevive más allá de este mundo que pasa.

SERVIR A DIOS Y AL PRÓJIMO

Al final de la parábola recuerda el Señor: Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro, o preferirá a uno y despreciará al otro. Y concluye: No podéis servir a Dios y al dinero.

No tenemos más que un solo Señor, y a Él hemos de servir con todo el corazón, con los talentos que Él mismo nos ha dado, empleando todos los medios lícitos, la vida entera. A Él hemos de encaminar, sin excepción, los actos de la vida:el trabajo, los negocios, el descanso… El cristiano no tiene un tiempo para Dios y otro para los negocios de este mundo, sino que éstos deben convertirse en servicio a Dios y al prójimo por la rectitud de intención, la justicia, la caridad.

Para ser buen administrador de los talentos que ha recibido, de la hacienda de la que debe dar cuenta a su señor, el cristiano ha de saber dirigir sus acciones en promover el bien común, encontrando las soluciones adecuadas, con ingenio, con interés, con “profesionalidad”, sacando adelante o colaborando en empresas y obras buenas en servicio de los demás, teniendo la seguridad de que su quehacer vale más  la pena que el negocio más atrayente.

Afirma el Concilio Vaticano II que son los seglares los que han de intervenir en las grandes cuestiones que afectan a la presencia directa de la Iglesia en el mundo, como la educación, la defensa de la vida y del medio ambiente, las garantías en el pleno ejercicio de la libertad religiosa, la presencia  del testimonio y del mensaje cristiano en los medios de comunicación social. En estas cuestiones, deben ser los mismos laicos cristianos, en cuanto ciudadanos y a través de todos los cauces a que tienen legítimo acceso en el desarrollo de la vida pública, quienes deben hacer oir su voz y hacer valer sus justos derechos. Así serviremos a Dios en medio del mundo.

No podemos permitir que el dinero se convierta en nuestro señor, ni el objetivo de la vida puede ser acumular la mayor cantidad de bienes posibles, de tener cada día más confort y comodidad. Dios nos llama a un destino más alto.

Con todo los medios a nuestro alcance, hemos de trabajar para rehacer lo que ha sido destruido por una cultura materialista y hedonista. En no pocos casos, en no pocos ambientes, se trata de comenzar desde el principio, casi a partir de cero. Es inmensa la tarea a la que el Señor – a través de su Vicario en la tierra, el Papa- nos llama. No dejemos de poner lo que está a nuestro alcance.

MEDIOS HUMANOS Y SOBRENATURALES

Aunque es la gracia de Dios la que cambia los corazones, enseña Santo Tomás de Aquino que sería tentar a Dios no hacer lo que podemos y esperarlo todo de Él. No somos instrumentos inertes. Los hijos de la luz han de poner también -junto a los medios sobrenaturales- su interés, su capacidad humana, su ingenio, su afán para conquistar un alma para Cristo; y también materiales para las obras apostólicas de formación y de enseñanza.

Jesús mismo, para realizar su misión divina, quiso servirse muchas veces de medios terrenos: unos cuantos panes y algunos peces, un poco de barro, los bienes de unas piadosas mujeres, etc. Por lo tanto, debemos poner siempre los medios humanos y los medios sobrenaturales. Y la confianza en Dios nos llevará, muchas veces, a no esperar a tener todo lo necesario, y actuar confiando en Él y en la ayuda de su Santísima Madre.

Jose Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña (España), doctor en Derecho Canónico y licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613, y asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287.

 


¡QUÉ MAL SE ESTÁ LEJOS DE DIOS!. (Homilía: XXIV Domingo del Tiempo Ordinario. 12.IX.2010).

EL HIJO PRÓDIGO. Cuadro de Rembrandt.

 

Las lecturas de este domingo traen a la memoria la misericordia inagotable del Señor. Dios perdona y manifiesta su infinita alegría por cada pecador que se convierte. Es posiblemente la experiencia de cada uno. Conocemos cómo Dios no se ha cansado de perdonarnos.

DIOS, EL PERSONAJE CENTRAL

En el Evangelio, San Lucgas recoge parábolas de la compasión divina ante el pecador, y el gozo del Señor al recuperar a quien estaba perdido. Y el personaje central es Dios, que pone todos los medios para recuperar a los hijos maltrechos por el pecado.

Escribe San Clemente de Alejandría: “En su gran amor por la humanidad, Dios va tras el hombre como la madre vuela sobre el pajarillo, cuando éste cae del nido. Y si la serpiente lo está devorando, revolotea alrededor gimiendo por sus polluelos (Dt. 32,11). Así Dios busca paternalmente a la criatura, la cura de su caída, persigue a la bestia salvaje y recoge al hijo, animándole a volver, a volar hacia el nido”.

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios, por un solo pecador que se convierte, nos dice el Señor. Y ¿cómo nos vamos a retraer de la Confesión, ante tanto gozo divino?. Por eso, la actitud misericordiosa de Dios, debe ser siempre el más poderoso motivo para el arrepentimiento y la vuelta a Dios.

“EL MUNDO SIN DIOS ES UN INFIERNO”

El pecado, descrito, por menor, en la parábola del Hijo Pródigo, “consiste en la rebelión frente a Dios, o al menos en el olvido o indiferencia ante Él y su amor. La fuga de Dios tiene como experiencia para el hombre el empobrecimiento y la desesperación: el Hijo Pródigo comenzó a pasar necesidad y se vio obligado -él, que había nacido en libertad- a servir a uno de los habitantes de aquella región”, afirmó Juan Pablo II. ¡Qué mal se está lejos de Dios!. “¿Dónde se estará bien sin Cristo, o cuando se podrá estar mal con Él?, pregunta San Agustín.

Por su parte, el Papa Benedicto XVI, en el Mensaje para la Jornada de la Juventud, que se celebrará en Madrid, en agosto de 2011, dice: “Hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un paraiso sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un infierno, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza”.

PADRE, ¡PADRE MÍO!

“Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater! (Rom 8, 15), Padre, ¡Padre mío!”, exclama San Josemaría.  En efecto, el amor paterno de Dios se inclina hacia todo Hijo Pródigo; hacia cualquier miseria humana, y singularmente se enternece ante la miseria moral.

Y sabemos que, en el Sacramento de la Confesión, a través del sacerdote, el Señor nos devuelve todo lo que culpablemente perdimos: la gracia y la dignidad de hijos de Dios. Dios ha establecido este Sacramento para que podamos volver una y otra vez a la casa paterna.

EL HERMANO MAYOR

Al final de la parábola del Hijo Pródigo, el Señor introduce el hermano mayor. Viene del campo. Y cuando llega a casa, oye la música y los cantos. Un criado le informa de que se celebra el retorno de su hermano menor. El, entonces, se enfada. Todos los demás están contentos por el retorno del hijo menor. Pero el hermano mayor es la nota discordante del festejo familiar. Y comenta San Agustín: “¿No te ha movido el coro, el regocijo y la fiesta de la casa?. El banquete del ternero cebado, ¿no te ha hecho pensar?. Nadie te excluye a ti. Todo en balde; habla el siervo, dura el enojo, no quiere entrar”.

Naturalmente, como queda dicho, el Padre de la parábola es Dios, que tiene las manos llenas misericordia. El Hijo Pródigo es la imagen del pecador, que se da cuenta de que sólo puede ser feliz junto a Dios, su Padre.

En cambio, el hijo mayor ha ido perdiendo el sentido de la caridad. Para él, su hermano es ya ese hijo tuyo. Por eso, el mayor es la imagen del justo miope para apreciar que servir a Dios y gozar de su amistad y presencia es una continua fiesta, y de que, como recoge el Concilio Vaticano II, en definitiva, servir a Dios y a los demás por Dios, es reinar. El mayor también olvida que estar con Dios es un honor inmerecido, y que en el mismo servicio a Él está la recompensa. “Por tanto -dice San Agustín- todas las honras son nuestras, si nosotros somos de Dios”.

Efectivamente, hay siempre suficientes motivos de fiesta, de acción de gracias, de alegría, junto a Dios. Y, especialmente, cuando se presenta la ocasión de ser magnánimos, de tener corazón grande y comprensivo con un hermano nuestro.

José Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña (España), Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613, y asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287.