¿QUIERO VER A JESÚS? ¿O EVITO TAL VEZ EL ENCUENTRO CON ÉL?. (Homilía: Domingo XXXI del Tiempo Ordinario.31-X-2010).

Zaqueo es invitado por Jesús a bajar del sicómoro. La misericordia divina es otro domingo más el objeto de la liturgia de la palabra. En efecto, el Evangelio relata el encuentro misericordioso de Jesús con Zaqueo. El Señor pasaba por Jericó, camino de Jerusalén. Allí se encuentra un hombre, que era jefe de publicanos y rico.

Los publicanos eran recaudadores de impuestos, oficio que se prestaba a arbitrariedades. Por esto, se ganaban la hostilidad de la población. En el caso de los judíos, al hecho de recaudar para los romanos, se añadía la nota infamante de expoliar al pueblo elegido en favor de los gentiles.

Por su parte, Zaqueo -un recaudador al servicio de Roma-, intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Para conseguirlo, dejando a lado los respetos humanos, lo que pudieran pensar las gentes por su actitud, adelantándose, corriendo, subió a un sicómoro, porque por allí iba a pasar Jesús, escribe el evangelista San Lucas.

“¿Quiero yo ver a Jesús? -preguntaba el Papa Juan Pablo II, en una homilía en 1980, comentando este pasaje del Evangelio-, ¿hago todo lo posible para poder verlo?. Este problema, después de dos mil años, es tan actual como entonces, cuando Jesús atravesaba las ciudades y poblados de su tierra. Y es actual para cada uno personalmenmte: ¿verdaderamente quiero contemplarlo, o quizá evito el encuentro con Él?. ¿Prefiero no verlo o que Él no me vea?. Y si ya le vislumbro de algún modo, ¿prefiero entonces verlo de lejos, no acercándome mucho, no poniéndome ante sus ojos para no llamar la atención demasiado…, para no tener que aceptar toda la verdad que hay en Él, que proviene de Él, de Cristo?”.

Cualquier esfuerzo que hagamos por acercarnos a Cristo es largamente recompensado. Cuando Jesús llegó al lugar, levantándo la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me hospede en tu casa.

¡Qué inmensa alegría!. Él, que se contentaba con verlo desde el árbol, se encuentra con que Jesús le llama por su nombre, como a un viejo amigo, y, con la misma confianza, se invita en su casa. “Quien tenía por grande e inefable el verle pasar -comenta San Agustín-, mereció inmediatamente tenerlo en su casa”.

ZAQUEO DESCUBRE QUE ES AMADO PERSONALMENTE

Zaqueo “descubre que es amado personalmente por Aquel que se presenta como el Mesías esperado, se siente tocado en lo más profundo de su espíritu y abre su corazón”, comentó el Papa Juan Pablo II, con ocasión de otra homilía, en 1989.

En efecto, enseguida quiere estar cerca del Maestro: Bajó rápido y lo recibió con gozo. Experimentó la alegría singular de todo aquel que se encuentra con Jesús. Zaqueo tiene al Maestro, y con Él lo tiene todo. “No se asusta -sigue diciendo Juan Pablo II- de que la acogida de Cristo en la propia casa pudiese amenazar, por ejemplo, su carrera profesional, o hacerle difícil algunas acciones, ligadas con su actividad de jefe de publicanos”.

Por el contrario, muestra con obras la sinceridad de su vida. Se convierte en un discípulo más del Maestro: Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y si he defraudado a alguien le devolveré cuatro veces más.

A nosotros, el encuentro con Cristo nos tiene que hacer generosos con los demás, nos debe mover enseguida a compartir lo que tenemos. Zaqueo comprendió que para seguir a Cristo era necesario el desprendimiento.

HOY HA LLEGADO LA SALVACIÓN A ESTA CASA

Cuando Jesús entró en casa de Zaqueo pronunció estas consoladoras palabras, unas de las más bellas de todo el Evangelio: Hoy ha llegado la salvación a esta casa. Por lo tanto, nos ha de ayudar la figura de Zaqueo para no dar nunca a nadie por perdido o irrecuperable para Dios. Zaqueo tenía un corazón deseoso de ver al Maestro. Pues, así, seguro que hay muchas personas a nuestro alrededor, con deseo de ver a Jesús, y esperando que alguno se detenga frente a ellos, los mire con compasión y los invite a una vida nueva.

Nunca debemos perder la esperanza, ni siquiera cuando parece que todo está perdido. La misericordia de Dios es infinita, omnipotente, y supera todos nuestros pobres juicios. *José Manuel Ardións Neo, párroco de san Benito de La Coruña (España), doctor en Derecho Canónico y licenciado en Ciencias de la Información.

 

 


Nunca dejemos de rezar: la oración humilde conquista a Dios. (Homilía: Domingo XXX del Tiempo Ordinario. 24.X.2010).

El fariseo y el publicano, en la parábola del Evangelio.

 La finalidad de la parábola sobre oración del fariseo y el publicano, que leemos en el Evangelio de este domingo, es distinguir la piedad auténtica de la falsa. La oración verdadera atraviesa las nubes del cielo, según la Primera Lectura. Y sube siempre a Dios y baja llena de frutos.

LA HUMILDAD CONQUISTA A DIOS

Antes de contar la parábola, el Evangelista San Lucas señala que Jesús hablaba a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás. Efectivamente, el Señor habla de dos  sujetos bien conocidos por todos los oyentes: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo, y el otro publicano. Pero uno de estos personajes no hizo oración. Se trata del fariseo, porque no habla con Dios -que eso es orar-, sino consigo mismo. Reza sin amor y sin humildad. Está de pie. Da gracias por lo que hace. Está satisfecho de sí mismo. Se compara con los demás y se considera mejor.

Por su parte, el publicano -dice San Agustín- “se quedó lejos, y por eso Dios se le acercó más fácilmente. No atreviéndose a levantar los ojos al cielo, tenía ya consigo al que hizo los cielos”; porque, “que el Señor esté lejos o no, depende de ti. Ama y se acercará”. Si actuamos así, Dios estará atentísimo a todo lo que le pidamos. En realidad, vemos como el publicano conquistó a Dios con su humildad y su confianza, pues como dice Santiago el Menor, Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Él nos enseña como ha de ser nuestra oración: humilde, atenta y confiada.

Enseña San Alfonso María de Ligorio: ” a Dios le gusta que tratéis familiarmente con Él. Tratad con Él -añade- vuestros asuntos, vuestros proyectos, vuestros trabajos, vuestros temores y todo lo que os interese. Hacedlo todo con confianza y el corazón abierto, porque Dios no acostumbra a hablar al alma que no le habla”. Por tanto, en la oración, huyamos de la autosuficiencia y también de actitudes negativas, pesimistas, que reflejan falta de confianza en Dios o manifestaciones de soberbia oculta.

REZAR, LA PRIMERA TAREA

Decía el Papa Juan  Pablo II: “La oración es para mí la primera tarea y como el primer anuncio. Es la primera condición de mi servicio a la Iglesia y al mundo”. Y añadía: “también todo creyente siempre debe considerar la oración como la obra esencial e insustituible de su propia  vida cristiana. La oración está en la cumbre de todo su vivir y actuar. La fidelidad a la oración es la fidelidad cristiana”. Y el mismo Juan Pablo II recordaba a los sacerdotes aún celosos, en otra ocasión: “no os sumerjáis de tal manera en el trabajo del Señor que os olvidéis del Señor del trabajo”. Y este consejo debe valer también para cada cristiano. No se trata, en realidad de abandonar  el trabajo, sino de “crear el tiempo para estar con el Señor, que hoy como ayer es imprescindible”, concluía el Papa.

TIEMPO PARA LA ORACIÓN PRIVADA

Debemos tener un tiempo diario para la oración, “para estar a solas con quien sabemos nos ama”, afirmaba Santa Teresa de Jesús. De ahí que hemos de sacar fuerzas para santificar nuestro quehacer, para convertir en gracia las contradicciones y para vencer en las dificultades. No olvidemos que somos tan fuertes como sea nuestro trato con Dios. Ese rato de oración debemos comenzarlo con un acto de presencia de Dios, recogernos interiormente y ponernos bajo su mirada. Le miramos y el nos mira. Decía un campesino al Santo Cura de Ars, cuando le preguntó que hacía estático de rodillas ante el Sagrario: “Él me mira y yo le miro”, respondió.

Y así es, en verdad: sentirnos junto a Jesús ya es oración. Él nos entiende y nosotros le entendemos. Le pedimos y Él nos pide: tal vez más generosidad, más amor, más lucha. Y debemos tener en cuenta que el Señor nos recompensa siempre con su paz y sus fuerzas, para pelear las batallas que tengamos por delante. Por tanto, no dejemos nunca la oración. Dice Boylan, un célebre autor espiritual, en un libro titulado “El Amor  Supremo”: “A toda costa debe tomarse y cumplirse inflexiblemente la determinación de perseverar, en dedicar a diario un tiempo conveniente a la oración privada”.

Por tanto, pidamos a Nuestra Señora que nos enseñe a tratar a su Hijo como Ella lo trató, y a saber aprovechar el tiempo de oración en el que el Señor nos mira y nos escucha con atención.

*José Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287.

 

 

 

 


LO QUE MÁS NECESITAMOS ES AL MISMO DIOS: PIDÁMOSLO POR MEDIO DE LA VIRGEN.(Homilía: Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. 17.X.2010).

"Oración en el Valle Forge", pintado en 1976 por Arnold Friberg, en honor del año bicentenario de los Estados Unidos.

Los textos de la Misa de este domingo se centran en el poder que tiene ante Dios la oración perseverante y llena de fe.

MANIFESTACIÓN DE FE

En efecto, la oración es manifestación de fe y de confianza en nuestro Padre Dios. Enseña San Agustín: “Si la fe flaquea, la oración perece”; pues “la fe es la fuente de la oración” y “no puede fluir el río si se seca el manantial del agua”.

Nuestra oración -¡tan necesitados estamos!- ha de ser continua y confiada, como la de Jesús, nuestro Modelo: Padre, ya sé que siempre me escuchas”, se lee en el Evangelio de San Juan. En verdad, Él nos oye siempre.

La Primera lectura de la Misa nos propone la figura de Moisés orante, en la cima de un monte, mientras Josué se enfrentaba a los amalecitas en Rafidín. Cuando, en actitud de suplica, Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; cuando las bajaba, vencía Amalec. Y para que Moisés siguiera orando, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así, mantuvo en alto las manos -en señal de oración- hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa.

Esto nos indica que no debemos cansarnos de rezar. Y si alguna vez comienzan a hacernos mella el desaliento o la fatiga, hemos de pedir a quienes nos rodean que nos ayuden a seguir rezando.”Quiere el Señor concedernos las gracias, pero quiere que se las pidamos” -enseña San Alfonso María de Ligorio. Y, por su parte, San Bernardo, comenta que “muchos se quejan de que no les ayuda el Señor, y es el mismo Jesús quien tendría que lamentarse de que no le piden”.

En la parábola del juez inícuo y la viuda que insistentemente pide justicia, el Señor da tres razones necesarias para que nuestra oración sea oída: primero, la bondad y misericordia de Dios, que tanto dista del juez impío; en segundo lugar, el amor de Dios por cada uno de sus hijos; y en tercer lugar, el interés que nosotros mostramos perseverando en la oración.

Al terminar la parábola, Jesús añade con tristeza: Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿acaso encontrará fe sobre la tierra?. Efectivamente, el hombre puede cerrarse a Dios, no sentir necesidad de Él, buscar por otros cauces la solución a las deficiencias que sólo el Señor puede resolver, y entonces no hallará jamás los bienes que le son más necesarios. Por lo tanto, hemos de acudir a Dios como hijos necesitados, además de poner los medios humanos que cada situación requiera.

LA ORACIÓN DA FIRMEZA A LA FE

Una de las consecuencias más directas de la fe es la oración. Pero, a la vez, como dice San Agustín, la oración presta mayor “firmeza a la misma fe”. Por eso, todo lo que pedimos debe ayudarnos a ser mejores. Si no fuera así, “no nos haríamos más piadosos, sino más avaros y ambiciosos”, afirma el citado padre de la Iglesia, San Agustín.

Por ejemplo, cuando pedimos una nueva vivienda, la salud,  la ayuda en unos exámenes o en una oposición…, debemos pensar si aquello nos ayudará a cumplir mejor la voluntad de Dios.

Porque, podemos pedir bienes materiales, la salud nuestra o de alguien a quien vemos sufrir, el salir airosos de una mala situación, etc., pero si vivimos de fe, si tenemos unidad de vida, comprenderemos bien que cuando pedimos e insistimos en los medios materiales o en los bienes humanos, lo que debemos querer, en primer lugar, no son esas cosas en sí mismas, sino al mismo Dios. El Señor es siempre el fin último de nuestras peticiones, también cuando pedimos bienes de aquí abajo, que nunca querríamos si nos alejaran de Dios.

En este sentido, debemos saber que a Dios le es especialmente grata la oración por las necesidades del alma, tanto propias como de nuestros parientes, amigos y conocidos. Mucho hemos de pedir por quienes tratamos cada día, para que estén cerca del Señor. ¡Cuánto debemos rogar por los familiares, los amigos…!. Escribía el célebre Michel Quoist, en su libro, Oraciones para rezar por la calle, lo siguiente: “Yo quiero que tu Vida esté en él como en mí, porque quiero que mi amigo sea mi hermano gracias a Ti”.

PEDIR POR MEDIO DE LA VIRGEN

A lo largo de los siglos, el pueblo cristiano se ha sentido movido a presentar sus peticiones a Dios a través de su Madre María, y a la vez Madre nuestra. Enseña San Bernardo que “subió al Cielo nuestra Abogada para que, como Madre del Juez y Madre de la Misericordia, tratara los negocios de nuestra salvación”.

No dejemos de acudir a Ella, también en las pequeñas necesidades diarias, y sobre todo hagámoslo, en este mes de octubre, utilizando el Santo Rosario, como oración siempre eficaz para conseguir, a través de Nuestra Señora, todo aquello que necesitamos, bien sea nosotros mismos o aquellas personas que de alguna forma dependen de nosotros.

*José Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287.


SER AGRADECIDO ES UNA GRAN VIRTUD. (Homilía: Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. 10-X-2010).

El Señor curó todo tipo de enfermos: leprosos, paralíticos, ciegos...

Ser agradecido es una gran virtud. Dice San Agustín: “¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con el boca, escribir con la pluma, que estas palabras, ·gracias a Dios·? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad”.

SON INCONTABLES LOS DONES RECIBIDOS

Los años que contamos no son sino la sucesión de una serie de gracias divinas, de curaciones, de llamamientos, de misteriosos encuentros. Los beneficios recibidos superan, con mucho, las arenas del mar, como expresó San Juan Crisóstomo.

Con frecuencia, tenemos mejor memoria para nuestras necesidades y carencias, que para nuestros bienes. Tal vez vivimos pendientes de lo que nos falta y nos fijamos poco en lo que tenemos. Y quizá, por eso, lo apreciamos menos y nos quedamos cortos en la gratitud. O incluso pensamos que nos es debido a nosotros mismos y nos olvidamos de lo que San Agustín señala al comentar el pasaje del Evangelio de este domingo: “Nuestro, no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Pues ¿qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor 4,7)”.

UNA VIDA DE CONTINUA ACCIÓN DE GRACIAS

Si lo pensamos bien, podemos observar que toda nuestra vida debe ser una continua acción de gracias. Por eso, recordemos con frecuencia los dones naturales y las gracias que Dios nos da, y no tratemos de perder la alegría cuando pensemos que nos falta algo. Porque es posible que, incluso eso mismo de lo que carecemos, es una preparación para recibir bienes más grandes y mejores.

Recordad las maravillas que Él ha obrado, nos exhorta el Salmo 104. El samaritano, a través del gran mal de su lepra, conoció a Jesucristo, y por ser agradecido, se ganó su amistad y el incomparable don de la fe: Levántate y vete: tu fe te ha salvado.

Por su parte, los nueve leprosos desagradecidos se quedaron sin la mejor parte que les había reservado el Señor. Porque -como enseña San Bernardo, en el comentario al Salmo 50- “a quien humildemente se reconoce obligado y agradecido por los beneficios, con razón se le prometen muchos más. Pues el que se muestra fiel en lo poco, con justo derecho será constituido sobre lo mucho; así como, por el contrario, se hace indigno de nuevos favores quien es ingrato a los que ha recibido antes”.

De ahí, que nos debamos preguntar si agradecemos todo al Señor. Si vivimos con la alegría de estar llenos de los regalos de Dios. Si no dejamos de apreciarlos. ¿Agradecemos, por ejemplo, la facilidad para limpiarnos de nuestros pecados en el Sacramento de la Penitencia? ¿Damos gracias frcuentemente por el inmenso don de tener a Jesucristo con nosotros, en las iglesias de nuestra ciudad, de nuestra calle tal vez?.

SER AGRADECIDOS CON TODOS LOS HUMANOS

“Ninguno hay que, a poco que reflexione, no halle fácilmente en sí mismo motivos que le obligan a ser agradecido con Dios. Al conocer lo que Él nos ha dado, encontraremos muchísimos dones por los que, continuamente, dar gracias”, dice San Bernardo.

Y, por cierto, muchos favores del Señor los recibimos a través de las personas que tratamos diariamente, y por eso, en tales casos, el agradecimiento a Dios, debe pasar por esas personas que tanto nos ayudan a que la vida sea menos dura, la tierra más grata y el Cielo más próximo. Y al darle gracias a tales personas, se las damos a Dios, que se hace presente en nuestros hermanos los hombres.

El autor de un libro titulado: “Pero yo os digo…”, G Chevrot, afirma: ” No creamos cumplir con los hombres porque les damos, por su trabajo y servicios, la compensación pecuniaria que necesitan para vivir. Nos han dado algo más que un don material. Los maestros nos han instruido, y los que nos han enseñado el oficio, o también el médico que ha atendido la enfermedad de un hijo y lo ha salvado de la muerte, y tantos otros, nos han abierto los tesoros de su inteligencia, de su ciencia, de su habilidad, de su bondad. Eso no se paga con billetes de banco, porque nos han dado su alma”.

Y sigue diciendo: “Pero también el carbón que nos calienta representa el trabajo penoso del minero; el pan que comemos, la fatiga del campesino: nos han entregado un poco de su vida. Vivimos de la vida de nuestros hermanos. Eso no se retribuye con dinero. Todos han puesto su corazón entero en el cumplimiento del deber social: tienen derecho a que  nuestro corazón lo reconozca”. Y de modo particular, nuestra gratitud se ha de dirigir a quienes nos ayudan a encontrar y seguir el camino que conduce a Dios.

“GRACIAS”, CON UN GESTO AMABLE

Sin duda alguna, el Señor se siente dichoso cuando también nos ve agradecidos con todos aquellos que, cada día, nos favorecen de mil maneras. Pero, para eso, es necesario pararnos, decir sencillamente “gracias” con un gesto amable, que compensa la brevedad y la limitación de las palabras.

Es muy posible que aquellos nueve leprosos, ya sanados, bendijeran al Señor en su corazón; pero no volvieron atrás, como hizo el samaritano, para encontrarse con Jesús, que esperaba. Quizá tuvieron intención de hacerlo, pero, a pesar de que el Maestro los aguardaba, no volvieron para agradecerlo. Y es significativo que fuera un extranjero quien volviera a dar gracias. Esto nos puede recordar que, a veces, estamos más atentos a agradecer un servicio ocasional de un extraño, cuando quizá damos menos importancia a las continuas delicadezas y consideraciones que recibimos de los que conviven con nosotros o de los más allegados.

No podemos tener la menor duda de que, no existe un solo día en  el que Dios no nos conceda alguna gracia particular y extraordinaria. Por lo tanto, no dejemos pasar cada día, al acostarnos y hacer un poco de examen, sin decirle al Señor: “Gracias, Señor, por todo”. Y no dejemos tampoco pasar un solo día sin pedir abundantes bendiciones del Señor para aquellos, conocidos o  no, que nos han procurado algún bien.

José Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña (España), Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613, y asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287.