“CONFESARSE PARA LA NAVIDAD Y COMULGAR” (Juan Pablo II). (Homilía: Primer Domingo de Adviento. 28.11.2010).

La Virgen del Adviento.

En el Adviento, la Iglesia nos alienta a que caminemos vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia la luz que sale de la gruta de Belén.

Cuando llegó el Mesías, pocos le esperaban realmente. Dice el apóstol San Juan: vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Muchos de aquellos hombres se habían dormido, para lo más importante de sus vidas y la vida del mundo.

ESTAD VIGILANTES

Estad vigilantes, dice el Señor, en el Evangelio. Despertad, exclama San Pablo. Porque también nosotros podemos olvidarnos de lo más fundamental de nuestra existencia. Convocad a todo el mundo, anunciadlo a las naciones y decid: Mirad a Dios nuestro Salvador, que llega. Anunciadlo y que se oiga; proclamadlo con fuerte voz, dice el salmista.

Por su parte, la Santa Iglesia nos advierte, con cuatro semanas de antelación, a que nos preparemos a celebrar, un año más, la Navidad, y, a la vez, para que, con el recuerdo de la primera venida al mundo de Dios hecho hombre, estemos atentos a sus otras venidas: al final de la vida de cada uno y al final del mundo. De ahí que, el Adviento sea tiempo y ocasión de preparación y de esperanza.

“Ven, Señor, y no tardes”, exclama la Liturgia de la Iglesia. Y nosotros, por nuestra parte, preparemos el camino para el Señor. Y si advertimos que nuestra visión está nublada y no vemos con claridad esa luz que procede de la gruta de Belén, es el momento de apartar los obstáculos. Es el tiempo de discernir qué cosas nos separan del Señor, y tirarlas lejos.

EXAMINAR EL ALMA

Como en este tiempo, seguro que queremos acercarnos más a Dios, prepararemos mejor la Navidad, examinando a fondo nuestra conciencia. Allí, en lo profundo del alma, encontraremos los auténticos enemigos que  se empeñan en mantenernos alejados de Dios. Estos enemigos los señala muy bien, el Evangelista San Juan, en su Primera Carta: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida.

 

El Arcángel San Gabriel anuncia a María que será la Madre Dios hecho Hombre.

Por tanto, cuando llegue la Navidad, el Señor debe encontrarnos atentos y con el alma dispuesta. Del mismo modo que debe hallarnos en nuestro encuentro definitivo con Él, al final de nuestros días aquí, en la Tierra. Para ello, necesitamos enderezar los caminos de nuestra vida, volvernos hacia el mismo Dios que viene  hacia nosotros. Evidentemente, toda existencia del hombre es una constante preparación para ver al Señor, que cada vez está más cerca. Pero, en este tiempo de Adviento, la Santa Madre Iglesia nos ayuda a pedirlo de una manera especial.

Lo dice muy bien uno de los salmos, que recitamos a través de los tres ciclos de los domingos y festivos. Y, en uno de ellos, concretamente en el ciclo C, dice el Salmo 40: Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad. Enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador.

CONFESARSE PARA LA NAVIDAD

El Papa Juan Pablo II confesando a un penitente, en la Basílica de San Pedro, en Roma.

Por tanto, preparemos este encuentro con el Señor, en el Sacramento de la Penitencia o Confesión. Cercana ya la Navidad de 1980, el Papa Juan Pablo II estuvo con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: ¿Cómo os preparáis para la Navidad? Con la oración, responden los niños gritando. Bien, con la oración, les dice el Papa, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis? Y los millares de chicos, más fuerte todavía, responden: ¡Lo haremos! Sí, debéis hacerlo, les dice Juan Pablo II. Y con voz más baja el Pontifice sigue: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios.

Pues bien, así lo debemos hacer cada uno de nosotros, en las semanas que todavía faltan para la Navidad. Y procuraremos llevarlo a cabo con mucho amor y  cada vez con más contrición, confiando en la misericordia divina.

El Señor dijo: velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo. No sea que cuando viniere de repente, os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo a todos digo, velad.

Ahora bien, para mantener este estado de vigilia, es necesario luchar, porque la tendencia de todo hombre es vivir con los ojos puestos en las cosas de la tierra. Por tanto, en este tiempo de Adviento, no vamos a dejar especialmente que se ofusquen nuestros corazones con la glotonería y embriaguez y los cuidados de este vida, como dice San Pablo. Porque, de ninguna manera, podemos perder de vista la dimensión sobrenatural que deben tener todos nuestros actos.

“Hermanos – dijo San Bernardo en un Sermón pronunciado en Adviento-, a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a los sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación. Meditad en ellos con suma atención. Profundizad en el sentido del Adviento. Y, fijaos, sobre todo, en quién es el que viene, de dónde viene y a dónde viene. La Iglesia, no celebraría con tanta devoción el Adviento, si no contuviera un gran misterio”.

Entonces, salgamos, con corazón limpio, a recibir al Rey supremo, porque estará para venir y no tardará, canta la Liturgia, en este tiempo. Santa María, nuestra Esperanza, dado que esperó con gran recogimiento el Nacimiento de su Hijo, nos ayude a que le aguardemos con ánimo alegre. *José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información.

 


NOTICIAS: “SIEMPRE RECIBO A CRISTO DE RODILLAS Y EN LA BOCA”, dice Jim Caviezel, el actor de La Pasión.

James Patrick Caviezel, el actor USA que hizo de Jesucristo en la película “La Pasión”.

“Después de rodar La Pasión, al comulgar siempre recibo a Cristo de rodillas y en la boca. Un compañero de rodaje, no católico, me comentó: si crees que es Jesús, no entiendo cómo no lo recibes de rodillas. Sé que el Papa Benedicto XVI sólo da de comulgar en la boca y de rodillas”.

Así se expresa, en una entrevista concedida a “Mundo Cristiano”, el actor de los Ángeles (USA), James Patrick Caviezel, que asumió el Papel de Jesús, en la célebre película de “La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo”.
 
OTRAS AFIRMACIONES DEL ACTOR
El actor, entre otras cosas, afirmó también lo siguiente:
-“¿Acaso vivimos bien nuestros sacramentos? Un católico sin sacramentos es como un deportista que se entrena sin zapatillas.
-¿Por qué la gente no va al confesonario? ¿Por qué se habla tanto del pan y el vino, y tan poco del Cuerpo y Sangre de Cristo?
-¿Por qué al hablar de la Misa hay muchos que insisten en que es banquete, cuando sobre todo, es sacrificio? En la Misa hay sangre y carne. ¿ Cuántos católicos ni siquiera saben estas verdades…?”
 
DESOBEDIENCIA AL PAPA
Jim Caviezel, dice también sobre la situación de muchos: “Veo desobediencia en todas partes. Ese es un gran problema. Lo veo entre los católicos, por eso no me hace falta hablar de Hollywood (…) A las universidades católicas, el Papa les ha dicho básicamente lo que tienen que hacer. Hay muchos que tienen un oído selectivo para las palabras del Papa.
Creo que lo que se nos exige es algo distinto. Pensemos por ejemplo, en los sacerdotes asesinados por el comunismo. Hoy en día, ¿por qué se dejarían martirizar? ¿Estaría un católico dispuesto a hacerlo por la defensa de la vida frente al aborto?” (JMA).

MISIÓN DE UN CRISTIANO, EXTENDER EN LA TIERRA EL BÁLSAMO DEL AMOR.(Homilía: Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario. Fiesta de Cristo Rey. 21.XI.2010).

El Papa  Pío XI instituyó la Solemnidad  de “Jesucristo, Rey del Universo”, con la carta Encíclica Quas primas, el 11 de diciembre de 1925, y después del Concilio Vaticano II ha sido colocada el último domingo del Tiempo Ordinario, como final del año litúrgico, para expresar el sentido de consumación del plan de Dios que lleva consigo este título de Cristo. En efecto, esta Solemnidad “es como una síntesis de todo el misterio salvífico”, decía el Papa Juan Pablo II, en el curso de una Homilía, al finalizar el año litúrgico en 1981. Por su parte, el Papa Pío XI afirmaba que esta fiesta ha sido instituida para mostrar a Jesús como único soberano, ante una sociedad que  parece querer vivir de espaldas a Dios.

En los textos de la Misa de hoy se pone de manifiesto el amor de Cristo Rey, que vino a establecer su reino, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre de un pastor. En realidad, con esta solicitud buscó el Señor a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estábamos heridos y enfermos, nos curó y vendó nuestras heridas. Tanto nos amó que dió la vida por nosotros.

En el Prefacio de la Misa de este día se habla de Jesús que ha ofrecido al Padre un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Así es el Reino de Cristo, al que somos llamados para participar en él y extenderlo al mundo entero.

El Señor ha de estar presente en los familiares, en los amigos y vecinos, y también en los compañeros de trabajo. Decía San Josemaría: “Ante los que reducen la religión a un cúmulo de negaciones, o se conforman con un catolicismo de media tinta; ante los que quieren poner a Cristo de cara a la pared, o colocarlo en un rincón del alma, hemos de afirmar, con nuestras palabras y con nuestras obras, que aspiramos a hacer de Cristo un auténtico Rey de todos los corazones”.

SOBERANÍA

San Pablo enseña que la soberanía de Cristo sobre toda la creación se cumple ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva tras el juicio universal. El Apóstol presenta este acontecimiento, misterioso para nosotros, como un acto de solemne homenaje al Padre: Cristo ofrecerá como un trofeo toda la creación, le brindará el Reino que hasta entonces le había encomendado. Su venida gloriosa al fin de los tiempos, cuando haya establecido el cielo nuevo y la tierra nueva –dice el Apocalipsis-, llevará consigo el triunfo definitivo sobre el demonio, el pecado, el dolor y la muerte.

El Papa Pío XI, en la citada Encíclica Quas primas, decía que, mientras tanto, la actitud del cristiano no puede ser pasiva ante el reinado de Cristo en el mundo. Nosotros deseamos ardientemente su reinado. Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de las verdades reveladas. Es necesario que reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina. Es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor de Dios. Es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo. Y también que reine en nuestro trabajo, camino de santidad.

EXTENDER EL REINO DE CRISTO

La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero es a la vez una llamada y acicate para que, a nuestro alrededor, el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas. Aunque haya que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso terreno, en cuanto puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios.

Cristo Rey, cargando con la Cruz.

Afirma el Concilio Vaticano II que “los bienes de la dignidad humana, de la comunión fraterna y de la libertad, los volveremos a encontrar limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva al Padre el Reino eterno y universal”. Efectivamente, nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.

Debemos tener en cuenta que, el Reino de Cristo comienza ya aquí. Se extiende su reinado en medio de los hombres cuando éstos se sienten hijos de Dios, se alimentan de Él y viven para Él. Cristo es un Rey a quien se le ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra, y gobierna siendo manso y humilde de corazón, como dijo el mismo Señor.

TAREA DE LOS CRISTIANOS

Dice San Ambrosio que “la vida consiste en habitar con Jesucristo; donde está Jesucristo allí está su Reino”. Y, en la fiesta de hoy, oímos al Señor que, por medio del profeta Jeremías, nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre tí pensamientos de paz y no de aflicción. Por tanto, debemos pedirle poder colaborar en esa tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen. Decía San Josemaría: “A esto hemos sido llamados los cristianos, ésa es nuestra tarea apostólica y el afán que nos debe comer el alma: lograr que sea realidad el reino de Cristo, que no haya más odios ni más crueldades, que extendamos en la tierra el bálsamo fuerte y pacífico del amor”.

María, Madre santa del Rey, compón nuestra vida y la vida de los que nos rodean, con el poema sencillo de la caridad y la paz, porque Tú eres mar inagotable de misericordia. *José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España), Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información.

 

 

 

 


EL TRABAJO BIEN HECHO Y OFRECIDO, MEDIO DE SANTIDAD PARA UN CRISTIANO. (Homilía: Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. 14.XI.2010).

San Josemaría, propagó por el mundo entero la santificación en el trabajo ordinario.

San Pablo -leemos en la Segunda Lectura de la Misa de este domingo- recuerda su propia vida de trabajo. Y expresa su norma de conducta: cuando viví entre vosotros os lo dije; el que no trabaje, que no coma. Y a los que andan sin hacer nada les recomienda que trabajen para ganarse el pan.

EN LA ENTRAÑA DE LA SOCIEDAD

En realidad, la vida es corta y el encuentro con Jesús está cercano. Y un poco más tarde tendrá lugar su venida gloriosa y la resurrección de los cuerpos. Esto nos ayuda a estar desprendidos de los bienes que hemos de utilizar y a aprovechar el tiempo, pero no nos exime de estar metidos de lleno en nuestra propia profesión y en la entraña misma de la sociedad… Es más, con nuestros quehaceres terrenos, ayudados por la gracia de Dios, hemos de ganarnos el Cielo.

El Magisterio de la Iglesia , en el Concilio Vaticano II, recuerda el valor del trabajo, y exhorta “a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico”. Y el mismo Concilio añade que, para imitar a Cristo, que trabajó como artesano la mayor parte de su vida, lejos de descuidar las tareas temporales, “los cristianos deben darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno”.

Efectivamente, así debe ser nuestra actuación en medio del mundo: mirar frecuentemente al Cielo, la Patria definitiva, teniendo muy asentados los pies aquí en la tierra, trabajar con intensidad para dar gloria a Dios, atender lo mejor posible las necesidades propias de la familia y servir a la sociedad a la que pertenecemos.

CONOCIMIENTO DE LAS NORMAS MORALES

Sin un trabajo serio, hecho a conciencia, es muy difícil, quizá imposible, santificarse en medio del mundo. Lógicamentre, un trabajo hecho cara a Dios debe adecuarse a las normas morales que lo hacen bueno y recto. Por eso, debemos preguntarnos: ¿Conozco estas reglas que hacen referencia a mi trabajo en el comercio, en el ejercicio de la medicina, de la enfermería, en la abogacía…, la obligación de rendir por el sueldo que recibo, el pago justo a quienes trabajan en mi empresa?

EL BIEN DEL TRABAJO

La posibilidad de trabajar es uno de los grandes bienes recibidos de Dios. Ciertamente, el trabajo es el medio ordinario de subsistencia y lugar privilegiado para el desarrollo de las virtudes humanas: la reciedumbre, la constancia, la tenacidad, el espíritu de solidaridad, el orden, el optimismo por encima de las dificultades… Por el contrario, la pereza, la ociosidad, la chapuza, la labor mal acabada traen graves consecuencias. Dice el libro del Eclesiástico que la ociosidad enseña muchas maldades, pues impide la propia perfección humana y sobrenatural del hombre, debilita su carácter y abre las puertas a la concupìscencia y a muchas tentaciones.

TRABAJAR CARA A DIOS

El trabajo no sólo no nos debe alejar de nuestro fin último, sino que debe ser el camino concreto para crecer en la vida cristiana. Para eso, el fiel cristiano no debe olvidar que, además de ciudadano de la tierra, lo es también del Cielo, y, por eso, debe comportarse entre los demás de una manera digna de la vocación a que ha sido llamado, siempre alegre, irreprochable y sencillo, comprensivo con todos, como decía el Apóstol San Pablo. Y, en este sentido hay que ser también buen trabajador y buen amigo, abierto a todas las realidades auténticamente humanas. Por lo demás, hermanos –seguía exhortando San Pablo a los cristianos de Filipo-, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima.

En el día de la elevación de San Josemaría a los Altares en Roma, una multitud que sigue sus enseñanzas sobre la santificación en el trabajo ordinario.

Además, el cristiano convierte su trabajo en oración si busca la gloria de Dios y el bien de los hombres en lo que está realizando, si pide ayuda al comenzar su tarea, en las dificultades que se presentan, si da gracias después de concluido un asunto, al terminar una jornada, “para que nuestras oraciones y trabajos empiecen y acaben siempre en Dios”, como dice una oración litúrgica.

MEDIO DE SANTIDAD

Por otra parte, la profesión, medio de santidad para el cristiano, es también fuente de gracia para toda la Iglesia, pues somos el cuerpo de Cristo y miembros unidos a otros miembros, como dice San Pablo a los Corintios. En realidad, un trabajo bien hecho ayuda siempre al bienestar humano de la sociedad. Decía el papa Juan Pablo II, en una Exhortación sobre San José: ” El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor a la obra que Cristo ha venido a realizar. Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo, con el Hijo de Dios, en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando, a su vez, la cruz de cada día, en la actividad que ha sido llamado a realizar”.

San José, nuestro Padre y Señor, nos enseñará a santificar nuestros trabajos o quehaceres, pues él, enseñando a Jesús su propia profesión, “acercó el trabajo humano al misterio de la Redención”, concluía Juan Pablo II. *José Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña (España), doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información.