¡Asombraos queridos!,dice San Juan Apóstol:”Los bautizados somos realmente hijos de Dios”. (Homilía: II Domingo de Navidad. 2-I-2011).

Cuadro sobre la administración del Sacramento del Bautismo, por el que realmente nos hacemos hijos de Dios.

!Asombraos queridos! Los bautizados somos realmente Hijos de Dios. Así parece expresarse San Juan Apóstol y Evangelista, en la primera de sus cartas, cuando dice: Mirad que amor tan grande nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos realmente. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.

ESTA REALIDAD SE PRODUCE EN EL BAUTISMO

En efecto, cuando decimos “yo soy hijo de Dios”, no estamos afirmando una metáfora, ni un modo de hablar piadoso. En realidad, si la generación humana da como resultado la paternidad y la filiación, igualmente aquellos, que han sido “engendrados por Dios”, son realmente hijos suyos.

Ahora bien, esta realidad incomparable se realiza en el Bautismo, como afirma el Concilio Vaticano II. Al recibir tal sacramento, gracias a la Pasión y Resurrección de Jesucristo, se produce el nacimiento a una vida nueva, que antes no existía. Ha surgido una nueva criatura, dice San Pablo a los Corintios. Y, en virtud del mismo sacramento, el recién bautizado se llama y es realmente “hijo de Dios”.

Evidentemente, la filiación divina natural se da en un grado supremo y único en Dios Hijo. El Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, afirma de Jesús lo siguiente: “Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, y nacido del Padre antes de los siglos, engendrado, no hecho, consustancial al  Padre”.

Y, para señalar la diferencia esencial entre nuestra filiación y la filiación eterna del Hijo, se llamó adoptiva a la de los cristianos. Sin embargo, el hecho de fijarse en lo que  significa la adopción aquí en la tierra, podría llevar a algunos a confundir la verdadera realidad de nuestra filiación. Por eso, con palabras de la misma Sagrada Escritura, se debe afirmar que somos hijos de Dios, porque la vida de Dios corre por nuestra alma en gracia. En realidad, esto significa que Dios es más Padre nuestro que aquel a quien en este mundo llamamos padre porque nos dió la vida natural. La Teología católica afirma que, designar al cristiano como hijo de Dios, no es una simple imagen que evoca la protección o vigilancia paternal que Dios ejerce a su respecto, sino que hay que entenderlo rigurosamente, en el mismo sentido en el que se dice de cualquiera que es hijo de tal persona.

Pues bien, el cristiano nace de Dios, es hijo suyo en sentido real; por lo que debe parecerse a su Padre del Cielo. Su condición de hijo consistirá precisamente en participar de la misma naturaleza que Él. San Pedro dice que somos participantes de la naturaleza divina. Tales palabras implican una elevación y transformación de la naturaleza humana: la posesión de aquello que es propio del ser divino. “El cristiano -afirma el teólogo Spicq, en su libro Teología Moral del Nuevo Testamento- entra en un mundo superior (sobrenatural), que está por encima de la naturaleza original: el mundo de Dios”.

COMPORTARNOS COMO HIJOS DE DIOS

Escribe San Pablo a los Efesios: “vino el Hijo enviado por el Padre, quien nos eligió antes de la creación del mundo y se complació en restaurar en Él todas las cosas”. Y el primer fruto de esta restauración, obrada por Cristo, fue nuestra filiación divina. No sólo restauró nuestra naturaleza caída, sino que nos dio una nueva vida, una vida sobrenatural. Y, el sentido de nuestra filiación divina define también nuestra manera de comportarnos y el modo de ser y de vivir.

Así, al vivir con sentido de hijos de Dios, aprendemos a tratar a nuestros hermanos los hombres. Porque, el sabernos hijos de Dios, nos enseña a comportarnos de modo sereno ante los acontecimientos, por duros que puedan parecernos. De esta forma, nuestra vida se convierte en un activo abandono de hijos, que confían plenamente en la bondad de Dios Padre a quien, además, están sometidos todos los poderes de la creación.

Fundamentado en la filiación divina, Santo Tomás Moro, escribe a su hija, días antes de sufrir el martirio.

Y esta certeza de que Dios quiere lo mejor para nosotros, nos lleva a un abandono sosegado y alegre, aún en los momentos más difíciles de nuestra vida. Por ejemplo, poco antes de sufrir el martirio, escribía Santo Tomás Moro, desde la cárcel, a su hija: “Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.

EL SABERNOS HIJOS DE DIOS DA PAZ Y ALEGRÍA

Por supuesto, la filiación divina es el fundamentoo de la verdadera libertad -la libertad de los hijos de Dios-, frente a todas las opresiones, y de un modo singular, frente a la esclavitud a que nos quieren someter nuestras pasiones, como decía San Pablo, en la Carta a los Romanos. La filiación divina es además el fundamento seguro de la paz y de la alegría. El sabernos hijos de Dios, en cualquier circunstancia, da una gran paz, incluso en medio de la necesidad y de la contradicción.

Seremos, pues, buenos hijos de Dios Padre si contemplamos y tratamos a Jesús. Y esto nos llevará a tratar también a los demás con gran respeto, como corresponde a hijos de Dios. Y concluyo afirmando que la Virgen, en este tiempo de Navidad, nos invita a mirar a su Hijo, en la cuna de Belén. Y nos impulsa a que la pidamos que afine nuestras maneras, de acuerdo con la altísima dignidad que hemos recibido. Y también le suplicamos que nos ayude a no olvidar nunca que somos, de verdad, hijos de Dios. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información.

 

 


Seguro que cada cristiano tiene experiencia de la influencia de la Virgen Madre, en su vida. (Homilía: Solemnidad de Santa María Madre de Dios. 1.I.2011).

Santa María Madre de Dios, con el Niño Jesús, en sus brazos. (Murillo).

La Solemnidad que celebramos hoy, de Santa María Madre de Dios, es el hecho central que ilumina toda la vida de la Virgen y el fundamento de los demás privilegios, con que Dios quiso adornarla.

MADRE DE DIOS

La Iglesia enseña que la Santísima Virgen María ocupa, después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano a nosotros, en razón de su maternidad divina. Dice el Concilio Vaticano II que Ella, “por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue exaltada sobre todos los ángeles y los hombres”.

Efectivamente, Jesús no apareció en la tierra venido de repente del Cielo, sino que se hizo realmente hombre, tomando nuestra naturaleza humana, en las entrañas de la Virgen María. Como sabemos, Jesús, en cuanto Dios, es engendrado eternamente, no hecho, por Dios Padre desde toda la eternidad. Y, en cuanto hombre, nació, “fue hecho”, de Santa María.

El Concilio Ecuménico de Éfeso, celebrado en esta ciudad, en el año 431, definió como dogma de fe que la Santísima Virgen es la Madre del Verbo Encarnado, es decir del Hijo de Dios hecho hombre. Tal Concilio estuvo presidido, en nombre y representación del Papa, por San Cirilo de Alejandría, quien, en una carta, se expresa así: “Me extraña en gran manera que haya alguien que tenga alguna duda de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. Si nuestro Señor Jesucristo era Dios, ¿por qué razón la Santísima Virgen, que lo dió a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos transmitieron los discípulos del Señor, aunque no emplearon esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también los Santos Padres.”

Por eso, a Nuestra Señora le es muy grato que le repitamos, hoy y muchas veces cada día, la jaculatoria que recitamos en el rezo del Avemaría: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

MADRE NUESTRA

La doctrina de la Iglesia, con una gran precisión, define quien es la Virgen, con las siguientes palabras: “Santa María es la Señora, llena de gracia y de virtudes, concebida sin pecado, que es Madre de Dios y Madre nuestra, y está en los cielos en cuerpo y alma.”

En este cuadro de Murillo, Santa Rosalía, a los pies de la Virgen María que lleva en su regazo al Niño Jesús.

Justamente, “Nuestra Madre Santísima” es un título que damos frecuentemente a la Virgen, y que nos es especialmente querido y consolador. Ella es verdaderamente Madre nuestra, porque nos engendra continuamente a la Vida Sobrenatural. Por su parte, el Concilio Vaticano II ofrece las razones de ello, en los términos siguientes: “Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el Templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la Cruz, cooperó, en forma enteramente impar, a la obra del Salvador, con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural en las almas. Por eso, es nuestra Madre, en el orden de la gracia”.

Y el mismo Concilio Vaticano II sigue diciendo: “Asunta al Cielo, no ha dejado esta misión salvadora, sino que, con su múltiple intercesión, continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno, cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se encuentran en peligro y ansiedad, hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada”.

Ciertamente, Jesús nos dió a María como Madre nuestra, en el momento en que, clavado en la Cruz, dirigió a su Madre estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre. “Así, de un modo nuevo -precisó Juan Pablo II- ha legado su propia Madre al hombre: al hombre, a quien ha transmitido el Evangelio. La ha legado a todo hombre… Desde aquel día toda la Iglesia la tiene como Madre. Y todos los hombres la tienen como Madre, y entiende como dirigidas a cada uno las palabras pronunciadas desde la Cruz”.

Por su parte, las frases que contiene el Evangelio, son una invitación dirigida a todos los cristianos, para que pongamos a María en nuestras vidas. Y María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre.

Al darnos Cristo a su Madre por Madre nuestra -dijo Juan Pablo II-, Él manifestó su amor a los suyos hasta el fin. Y Ella ha influido de una manera decisiva en nuestra vida. Cada uno tiene su propia experiencia. Pero, mirando hacía atrás, vemos, sin duda, su intervención, para sacarnos adelante, detrás de cada dificultad. En este sentido, afirmaba San Leonardo de Porto Maurizzio: “Cuando me pongo a considerar tantas gracias como he recibido de María Santísima, me parece ser como uno de esos santuarios marianos en cuyas paredes, recubiertas de exvotos, sólo se lee esta inscripción: por gracia recibida de Maria. Así me parece que estoy yo escrito por todas partes”

RECURRIR SIEMPRE A LA VIRGEN

Sabemos finalmente que la Virgen cumple su misión, de Madre de los hombres, intercediendo continuamente por ellos cerca de su Hijo.Por eso, la Iglesia le da justamente los títulos de “Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora”. Y , Ella, con amor maternal, nos alcanza muchas gracias de Dios. El Papa Pablo VI decía: “Dado que María ha de ser justamente considerada como el camino por el que somos conducidos a Cristo, la persona que encuentra a María, no puede menos de encontrar igualmente a Cristo”.

La devoción filial a María, es, por tanto, parte integrante de nuestro ser cristiano. Por ello, en todo momento, debemos recurrir a Ella que, como decía San Bernardo, “consuela nuestro temor, aviva nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestros temores y anima nuestra pusilanimidad”.

El pueblo cristiano ha tenido siempre la certeza divina de que, el mejor modo de llegar a Dios, es a través de su Madre. Ha visto también que María es un atajo para llegar ante el Señor. Pues bien, tengamos en cuenta que, con esta solemnidad de Nuestra Señora, comenzamos un nuevo año. Y nada mejor que iniciarlo muy cerca de la Virgen. A Ella nos dirigimos para que nos ayude a vivir santamente cada uno de sus días, con la confianza de un hijo en su Madre. José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información.

 


“NI EN ESPAÑA, NI EN NINGUNA PARTE, HABRÁ REGENERACIÓN ECONÓMICA, SIN REGENERACIÓN MORAL”: “La salud de una sociedad se mide por la salud moral de sus familias”.(Homilía: Fiesta de la Sagrada Familia. 30-XII-2011).

La Sagrada Familia: El Niño Jesús, la Virgen María y San José.

Nuestro Señor Jesucristo quiso comenzar su tarea redentora en el seno de una familia sencilla y normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fué un hogar. José era el cabeza de familia. Él era quien sostenía a Jesús y a María con su trabajo. De él aprendió Jesús su propio oficio, el medio de ganarse la vida. Jesús le manifestaría muchas veces su admiración y su cariño. Y de María, el Niño Jesús aprendió formas de hablar, dichos populares llenos de sabiduría, que más tarde empleará en su predicación.

LA FAMILIA DE JESÚS, MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES

Entre José y María había cariño santo, espíritu de servicio, comprensión y deseos de hacerse mutuamente la vida feliz. Así es la familia de Jesús: sagrada, santa, ejemplar, modelo de virtudes humanas, dispuesta a cumplir con exactitud la voluntad de Dios. Y el hogar cristiano debe ser imitación de la Sagrada Familia de Nazaret: un lugar donde quepa Dios, y pueda estar en el centro del amor que todos se tienen.

Mientras contemplamos a Jesús, a María y a José, en la fiesta que este año le dedica la Santa Madre Iglesia, el próximo día 30 de diciembre, dentro de la Octava de Navidad, le dedica la Iglesia, sería bueno hacernos algunas preguntas que pueden ser muy oportunas: ¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás?.

LOS PADRES, PRIMEROS EDUCADORES DE LA FE

Según el Concilio Vaticano II, en la familia, “los padres deben ser para sus hijos los primeros educadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo”. Pues bien, esto se cumplió de manera singularísima en la Sagrada Familia. Efectivamente, Jesús aprendió de sus padres el significado de las cosas que le rodeaban.

A modo de ejemplo, podemos pensar con que devoción la Sagrada Familia recitaría las oraciones tradicionales, que se rezaban en todos los hogares israelitas. Y, al meditar tales escenas, los padres y madres les resultará muy oportuno considerar con frecuencia unas palabras del Papa Pablo VI que, además, recogió Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio: “¿Enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: Confesión, Comunión, Confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los Santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? ¿Sabéis rezar con vuestros hijos? Vuestro ejemplo, apoyado por alguna oración en común, vale una lección de vida; lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos y así edificáis la Iglesia”.

Los hogares cristianos, si imitan el que formó la Sagrada Familia de Nazaret, serán hogares luminosos y alegres. Y será así, porque cada miembro de la familia se esforzará en su trato con el Señor y procurará una convivencia cada día más amable. De esta forma, la familia será escuela de virtudes y el lugar ordinario donde hemos de encontrar a Dios. Porque, la caridad lo llenará todo, llevará a compartir las alegrías y los sinsabores; a saber sonreír, atender a los demás, escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia, que el egoísmo podría convertir en montañas.

LA FAMILIA, FORMA BÁSICA DE LA SOCIEDAD

Conviene que no olvidemos que cada hogar cristiano tiene su ejemplo más acabado, en la Sagrada Familia. Y el hecho de contar con la fidelidad de los esposos a su vocación matrimonial, les llevará incluso a pedir la vocación de sus hijos para dedicarse con abnegación al servicio del Señor. Y es oportuno que también tengamos en cuenta principios fundamentales que nos dejó dichos el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes, en el sentido de que la familia es la forma básica y más sencilla de la sociedad. Y también afirmó: “la familia es la principal escuela de todas las virtudes sociales”; es el semillero de la vida social, pues, en la familia, es donde se ejercita la obediencia, la preocupación por los demás, el sentido de responsabilidad, la comprensión, la ayuda y la coordinación amorosa entre las diversas maneras de ser. Y también el mismo Concilio afirmó, en el citado documento, que “esto se realiza especialmente en las familias numerosas, siempre alabadas por la Iglesia”.

De hecho, se ha comprobado que la salud de una sociedad se mide por la salud moral de las familias. De aquí que los ataques a la familia -como lo son los casos de la introducción del divorcio y del aborto en la legislación- sean ataques directos a la sociedad misma, cuyos resultados, por desgracia, no se hacen esperar. Precisamente, y con referencia a España, sobre la situación de la familia, en el Semanario “Alfa y Omega”, dice Gonzalo de Berceo, que los nuevos gobernantes han recibido una herencia difícil y que sería de desear que cuanto antes aclarasen si van “a suprimir la sectaria asignatura de Educación para la ciudadanía”, si van “a derogar la Ley del aborto” y si van “a defender la dignidad del matrimonio y de la familia”. El mismo articulista, afirma tambén, con muy buen sentido, que “no habrá en España, ni en ninguna parte, regeneración económica, cultural, política, social, si antes no hay regeneración moral”.

 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


EL NIÑO EN BELÉN, PRESENCIA DEL AMOR ENTRE LOS HOMBRES. (Homilía: La Navidad. 25.XII.2010).

El Niño Dios, en brazos de María, y los pastores adorándole.

Por decreto del emperador romano, María y José fueron a Belén a empadronarse, y allí nació Jesús, tal como lo habían anunciado los profetas. Llegaron a Belén, con la alegría de estar en el lugar de sus antepasados, y también con cansancio de un viaje por caminos en malas condiciones, durante cuatro o cinco jornadas. Y en Belén no encontraron donde ser acogidos. Entonces, decidieron instalarse en una cueva o establo, en las afueras del pueblo.

NACE EL NIÑO

Y, en aquel lugar, sucedió el acontecimiento más grande de la humanidad, con la más absoluta sencillez: Y acaeció –dice san Lucas- que estando allí se le cumplió la hora del parto. María envolvió a Jesús con inmenso amor, en unos pañales y lo recostó en el pesebre. Pensemos que la Virgen, además, le besaría los pies porque era su Señor, y le besaría la cara porque era su hijo. Y se quedaría mucho tiempo quieta contemplándolo.

Después, la Virgen María, sin duda, pondría el Niño en brazos de José. Más Jesús, recién nacido, no habla. Pero es la Palabra eterna del Padre. En realidad, el pesebre es una cátedra. Jesús ya desde Niño, nos enseña que la felicidad no se encuentra en la abundancia de bienes. Él viene al mundo sin ostentación alguna, y nos anima así a ser humildes y a no estar pendientes del aplauso de los hombres. María sabe que ha comenzado para la humanidad una nueva era: la del Mesías, su Hijo.

LLEGAN LOS PASTORES

Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó para acompañarles gente sencilla, unos pastores. Quizá porque eran humildes, no se asustarían de encontrar al Mesías en una cueva, envuelto en pañales. Y Dios quiso que estos pastores fueran los primeros mensajeros. Ellos irán contando lo que han visto y oído. Y todos los que les escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho, dice el Evangelista San Lucas.

Podemos tener en cuenta que, igualmente a nosotros se nos revela Jesús, en medio de la normalidad de nuestros días. Y también son necesarias las mismas disposiciones de sencillez y de humildad para llegar hasta Él. Por lo tanto, hemos de estar atentos para descubrir a Jesús en la sencillez de lo ordinario, envuelto en pañales y reclinado en un pesebre, sin manifestaciones aparatosas. Y debemos sentir también el deseo de darlo a conocer.

Y nosotros tampoco podemos ir a la gruta de Belén sin nuestra regalo como hicieron los pastores. Pensemos que  tal vez lo que nos agradecería la Virgen es un alma más entregada, más limpia, más alegre, más consciente de su filiación divina, mejor dispuesta a través de una Confesión más contrita. Es la Confesión que tal vez Dios lleva esperando desde hace tiempo.

VAYAMOS TODOS A BELÉN

En efecto, dice San Bernardo, “Cristo Jesús, el Hijo de Dios, ha nacido en Belén de Judá. El anuncio me estremece, mi espíritu se enciende en mi interior y se apresura, como siempre, a comunicaros esta alegría y este júbilo”. Y todos nos ponemos ern camino para contemplar y adorar a Jesús, pues todos tenemos necesidad de Él. Es de Él de lo único que tenemos necesidad.

San Josemaría exulta de gozo y alegría, con el Niño Jesús en sus manos.

Por su parte, el Papa San León Magno, proclama exultante: “Hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que termina con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.

“Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común el motivo para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido a liberarnos a todos. Que se alegre el santo, puesto que se acerca a la victoria. Alégrese el gentil, ya que se le llama a la vida. Pues el Hijo, al cumplirse la plenitud de los tiempos, asumió la naturaleza del género humano”.

De aquí nace para todos, como un río incontenible, la alegría de estas fiestas. Cantamos con júbilo en estos días de Navidad, porque el amor está entre nosotros, hasta el fin de los tiempos. La presencia del Niño es el amor en medio de los hombres. Y es de amor de lo que esencialmente anda necesitado cada hombre. Y cuando nos acerquemos a besar al Niño o contemplemos un Nacimiento, que agradezcamos a Dios su deseo de abajarse para hacerse entender y querer, y que nos decidamos también a hacernos como niños, para poder así entrar en el reino de los cielos. José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información.