LAS BIENAVENTURANZAS: LEJOS DE DIOS SE ACABA COMO EL HIJO PRÓDIGO: “COMIENDO BELLOTAS Y APACENTANDO CERDOS”. (Homilía: IV Domingo del Tiempo Ordinario. 30.I.2011).

EL SEÑOR, EN EL SERMÓN DE LA MONTAÑA, DONDE PRONUNCIÓ LAS BIENAVENTURANZAS. AL FONDO, UNA VISTA DEL LAGO DE GALILEA.

Jesús formula, en el Monte de las Bienaventuranzas, el espíritu nuevo que ha venido a traer a la tierra. Un espíritu que constituye un cambio completo de las valoraciones humanas usuales.

LA FELICIDAD ESTÁ EN SERVIR A DIOS

Comentando esta escena evangélica, Fray Justo Pérez de Urbel, en su libro “Vida en Cristo”, dice lo siguiente: “El hombre antiguo, aun en el pueblo de Israel, había buscado la riqueza, el gozo, la estimación, el poder, considerando todo esto como la fuente de la felicidad. Jesús propone otro camino distinto. Exalta y beatifica la pobreza, la dulzura, la misericordia, la pureza y la humildad”.

Y aún hoy día se insinúa, en muchas personas, el desconcierto ante ese contraste: la tribulación que lleva consigo el camino de las Bienaventuranzas y la felicidad que Jesús promete. Sin embargo -afirma el mismo Pérez de Urbel-, “el pensamiento fundamental que Jesús quería inculcar en sus oyentes era éste: sólo el servir a Dios hace al hombre feliz. En medio de la pobreza, del dolor, del abandono, el verdadero siervo de Dios puede decir como San Pablo: Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones.Y, por el contrario, un hombre puede ser infinitamente desgraciado aunque nade en la opulencia y viva en posesión de todos los goces de la tierra”.

Quienes escuchaban al Señor entendieron bien que aquellas Bienaventuranzas no enumeraban distintas clases de personas, no prometían la salvación a determinados grupos de la sociedad, sino que señalaban inequívocamente las disposiciones religiosas y la conducta moral que Jesús exige a todo el que quiera seguirle. En efecto, cualesquiera que sean las circunstancias que atraviese nuestra vida, hemos de sabernos invitados a vivir la plenitud de la vida cristiana.

EL ÉXITO ESTÁ EN CUMPLIR LA VOLUNTAD DE DIOS

Las Bienaventuranzas nos enseñan que el verdadero éxito de nuestra vida está en amar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Efectivamente, las Bienaventuranzas son una invitación a la rectitud y a la dignidad de la vida. Por el contrario, intentar a toda costa -como si se tratara de un mal absoluto- sacudir el peso del dolor, de la tribulación, o buscar el éxito humano como un fin en sí mismo, son caminos que el Señor no puede bendecir, y que no conducen a la felicidad.

Bien sabemos que en todos los hombres existe una tendencia irresistible a ser felices. Pero el Señor nos señala los caminos para ser felices sin límite y sin fin en la vida eterna, y también para serlo en esta vida, viviendo con plena dignidad, como conviene a la condición de persona . E igualmente  nos indica el modo de disponer el alma para hacer vida de nuestra propia vida la actitud del abandono en Dios, confiando en Él de un modo absoluto e incondicional. Y esta es, realmente, la postura de quien no se contenta con los bienes y consuelos de este mundo, y tiene puesta su esperanza última más allá de estos bienes, pobres y pequeños para la capacidad tan grande que late en el corazón humano.

FUERA DE DIOS NO HAY FELICIDAD

En realidad, ninguna cosa de la tierra puede dar la felicidad que todo hombre busca. Pero tampoco nada, si estamos unidos a Dios, nos la puede quitar. No lo olvidemos nunca: nuestra felicidad y nuestra plenitud viene de Dios.

En el Mensaje a la Humanidad, al final del Concilio Vaticano II, en 1965, los padres conciliares afirmaban: “¡Oh vosotros que sentís más pesadamente el peso de la cruz! Vosotros que sois pobres y desamparados, los que lloráis, los que estáis perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; sois los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si queréis, salváis el mundo”.

 Debemos pensar que seremos realmente felices si estamos abiertos a los caminos de Dios en nuestras vidas, y si aceptamos la buena nueva del Evangelio. Y esto, nos tiene que suceder también en el caso de que otras personas parezcan conseguir todos los bienes que se pueden alcanzar en esta corta vida.

“No se debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas -dice San Basilio-; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo; ni al sabio por su gran elocuencia. Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad”. Por el contrario, muchas veces, estos bienes se convierten en males y en desgracia para la persona que los posee y para los demás, cuando no están ordenados según el querer de Dios. Sin el Señor, el corazón se sentirá siempre insatisfecho y desgraciado. Y al final sólo encuentra soledad y tristeza.

La experiencia de todos los que no quisieron entender a Dios, que les hablaba de distintas maneras, ha sido siempre la misma: fuera de Dios no hay felicidad estable y duradera. Lejos del Señor sólo se recogen frutos amargos y, de una forma u otra, se acaba como el hijo pródigo fuera de la casa paterna: comiendo bellotas y apacentando puercos.

Pensemos que son dichosos quienes buscan a Cristo. En Él están presentes todos los bienes que constituyen la verdadera felicidad. Y cuando falte la alegría es señal de que no buscamos de verdad a Dios, Nuestro Señor. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información.


HOY, UN CATÓLICO DEBE VIVIR CON LA FORTALEZA Y SENCILLEZ DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS. (Homilía: III Tercer Domingo del Tiempo Ordinario. 23.I.2011).

Cristianos del siglo primero que asisten ocultamente a los cultos, en Roma. (Foto de la película "Quo vadis").

La humanidad caminó en tinieblas, hasta que la luz brilló en la tierra, cuando Jesús nació en Belén. Es decir: el mundo no tuvo lo verdadero totalmente hasta que  Jesucristo –Camino, Verdad y Vida-, vino a la tierra. Ese lucero brillante de la mañana –dice el Apocalípsis-, se ocultó durante casi treinta años, en la pequeña aldea de Nazaret. Y un día, después de haber dejado este lugar y del Bautismo en el río Jordán, va a Cafarnaún, para comenzar lo que llamamos su Vida Pública.

VERDAD DEL MUNDO

San Mateo recoge en el Evangelio de la Misa de este domingo, la profecía de Isaías, en la que se dice que el Mesías iluminará toda la tierra. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. En efecto, Jesús trae la verdad al mundo, y la claridad sobrenatural a las inteligencias.

San Mateo precisa que los primeros que, en la vida pública del Señor, recibieron el influjo de este luz fueron aquellos discípulos a quienes llamó mientras caminaba junto al lago. Y dijo el próximo beato, Juan Pablo II, en una homilía pronunciada el 25 de enero de 1981 que estos hombres “experimentaron la fascinación de la luz secreta que emanaba de Él, y sin demora la siguieron  para iluminar, con su fulgor, el camino de la vida. Pero esta luz de Jesús resplandece para todos”.

Dios quiera que se cumpla en nuestros días, aquella profecía de Isaías, que recoge la Primera lectura de la Misa: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Si es así, entonces es que la alegría de nuestra fe católica, ilumina todos nuestros quehaceres; la maravilla de Jesús da sentido a toda nuestra vida.

TESTIGOS DE LA VERDAD

Jesucristo, luz del mundo -dice san Juan-, nos llama ahora, como llamó a los primeros, para vayamos en pos de Él; para que iluminemos la vida de los hombres y sus actividades nobles, con la luz de la fe. Por supuesto, el remedio a tantos males que aquejan a la humanidad es la fe en Jesucristo. Sin Él, los hombres caminan a oscuras, y tropiezan y caen. “Fuera de la fe -escribió San Josemaría- están las tinieblas, la oscuridad natural ante la verdad sobrenatural y la oscuridad infranatural, que es consecuencia del pecado”.

Sin duda alguna, siempre chocará el mensaje de Cristo con una sociedad enferma por el materialismo y con una actitud ante la vida conformista y aburguesada. Dice el Salmo 26: Viriliter age: pórtate con fortaleza. Cada uno puede preguntarse si en nuestro ambiente se nos conoce por esa coherencia de vida, la ejemplaridad en el quehacer profesional -con la valentía a la que nos impulsa el Espíritu Santo-, en nuestro estudio si somos estudiantes, en el ejercicio de las virtudes humanas y de las sobrenaturales, en la práctica de las obras de misericordia, espirituales y corporales.

COMO LOS PRIMEROS CRISTIANOS

Pensemos que a todos nos llama el Señor para ser luz del mundo, y esa luz no puede quedar escondida. Dice San Agustín que “somos lámparas que han sido encendidas con la luz de la verdad”. Pero para dar a conocer la doctrina de Jesucristo, para que ilumine también toda nuestra vida, debemos poner los medios a fin de aprenderla con profundidad, con la hondura que pide nuestra formación humana, la edad, la responsabilidad de cara a los hijos, al ambiente que nos circunda, a la sociedad.

Debemos conocer también con precisión los deberes de justicia de nuestro trabajo y las exigencias de la caridad, que va más allá; el bien que tenemos oportunidad de realizar, y hacerlo; el mal que se podría derivar de una determinada actuación, y evitarlo. Admitir que, en ocasiones, tendremos la necesidad de pedir consejo y movernos luego con la responsabilidad personal de un buen cristiano que es a la vez un  buen ciudadano, una mujer o un varón fiel y responsable con su familia, en su trabajo, en sus estudios.

No olvidemos que, en la Iglesia, el Señor ha depositado el tesoro de su doctrina. Por eso debemos acudir a su Magisterio, como los barcos acuden al faro, para encontrar orientación y luz, en muchos problemas que afectan a la salvación, e incluso a la misma dignidad de la persona humana. Dice el Concilio Vaticano II que, si como cristianos que viven en el entramado de la sociedad hemos de santificarnos en y a través  del trabajo, debemos conocer bien los principios de la ética profesional, y aplicarlos al ajercicio de la profesión, aunque tales criterios resulten exigentes y costosos a la hora de llevarlos a la práctica. Más, para esto, es indispensable tener una buena formación doctrinal y llevar una vida cristiana consecuente con lo que somos. Escribió San Josemaría en uno de sus libros, Forja: “Tu vida interior y tu formación comprenden la piedad y el criterio que ha de tener un hijo de Dios, para sazonarlo todo, con su presencia activa”.

Vamos, por tanto, a pedirle a la Virgen María, fortaleza y sencillez para vivir como los primeros cristianos en medio del mundo sin ser mundanos, para ser luz de Cristo en nuestra profesión y ambiente y en todas las realidades de esta vida terrena. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información.


CRISTO, CORDERO INMACULADO, HA VENIDO A LIMPIARNOS DE NUESTROS PECADOS GRAVES Y LEVES. (Homilía: II Domingo del Tiempo Ordinario. 16.I.2011).

 

DE ESTILO GÓTICO, IMAGEN DE CRISTO, CORDERO INMACULADO, EN EL RETABLO DE LA PARROQUIA-SANTUARIO DE SAN BENITO DE LA CORUÑA (ESPAÑA).

Según el Evangelio de este domingo, Segundo del Tiempo Ordinario, Juan el Bautista preparó a los hombres para la venida del Mesías. Bautizando en el río Jordán, cuando ve a Jesús que venía hacia él , dice: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.  “Estas palabras –Cordero de Dios- son realmente maravillosas, misteriosas, poderosas”, dijo Juan Pablo II.

EL CORDERO DE DIOS, ESPERANZA DE SALVACIÓN

Los israelitas conocían bien las palabras de Isaías, que había comparado los sufrimientos del Siervo de Yahvé, el Mesías, con el sacrificio de un cordero. El cordero pascual que cada año se sacrificaba en el Templo era promesa y figura del verdadero Cordero, Cristo, Víctima en el Sacrificio del Calvario, en favor de toda la humanidad.

Dice el Prefacio de la Misa que Cristo es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida. Por su parte, San Pablo dirá a los primeros cristianos de Corinto, invitándoles a  una vida nueva y santa, que nuestro Cordero Pascual, Cristo, ha sido inmolado.

Efectivamente, el Cordero de Dios quita todo género de pecados: el de origen, que en Adán alcanzó también a sus descendientes, y los pecados personales de los hombres, de todos los tiempos. En Él está nuestra esperanza de salvación.

Por otra parte, desde los primeros tiempos, el arte cristiano ha representado a Jesucristo, Dios y Hombre, en la figura del Cordero Pascual. La iconografía representa lo que nos enseña la fe: es el que quita el pecado del mundo, el que ha sido sacrificado y posee todo el poder y la sabiduría. Él es el Principio y el Fin, el Redentor lleno de mansedumbre y el Juez omnipotente que ha de venir a retribuir a cada uno, según sus obras.

LA CONFESIÓN, FUENTE DE LA MISERICORDIA DIVINA

 Señala Fray Luis de León que “la palabra Cordero, referiéndola a Cristo, dice tres cosas: mansedumbre de condición, pureza e inocencia de vida, y satisfacción de sacrificio y ofrenda”. Según frases que aparecen en San Mateo y en el Apocalípsis, Cristo, en la vida pública, llama con insistencia a los pecadores: Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido. Él lavó nuestros pecados con su Sangre. Precisamente, la mayor parte de sus contemporáneos le conocían por esa actitud misericordiosa: los escribas y fariseos murmuraban y decían: Éste recibe a los pecadores y come con ellos. Y perdonó a la mujer  adúltera con estas sencillas palabras: Vete y no peques más.

 Por supuesto, la relación de sus encuentros misericordiosos con los pecadores resultaría interminable. Pero nos animan a acercarnos a la Confesión, fuente de la misericordia divina. Por eso, la pedimos: Señor, ¡enséñame a arrepentirme, indícame el camino del amor! ¡Que mis flaquezas me lleven a amarte más y más! ¡Muéveme con tu gracia a la contrición cuando tropiece!

AMAR LA CONFESIÓN, SÍNTOMA DE AMOR A DIOS

Dejó dicho Juan Pablo II que “Jesucristo nos da el poder de llegar a ser hijos de Dios. Y este es el don del Cordero de Dios”. Por eso, amar la Confesión es síntoma claro de delicadeza interior, de amor a Dios; y su desprecio o indiferencia -cuando aparecen con facilidad la excusa o el retraso-, indican falta de finura de alma, tibieza e insensibilidad para las mociones que el Espíritu Santo suscita en el corazón.

Debemos considerar que toda Confesión contrita nos ayuda a mirar adelante, para recorrer con alegría el camino, llenos de esperanza. Porque las faltas, los pecados atan y enredan al cristiano, y no le dejan seguir con presteza su camino. Además, el Sacramento de la Penitencia rompe todas las ataduras con que el demonio intenta tenernos sujetos, para que no vayamos de prisa hacia Cristo.

Debemos tener en cuenta que, en la Confesión contrita dejamos el alma clara y limpia. Y, como somos débiles, sólo una Confesión frecuente permitirá un estado  permanente de limpieza y amor. “Precisamente -dice el célebre autor espiritual, Baur, en su libro Confesión frecuente- uno de los motivos principales para el alto aprecio de la Confesión frecuente es que, si se practica bien, es enteramente imposible un estado de tibieza. Esta convicción puede ser el fundamento de que la Santa Iglesia recomiende insistentemente la Confesión frecuente o Confesión semanal”. Vivamos, por lo tanto,  convencidos de que Cristo, Cordero inmaculado, ha venido a limpiarnos de nuestros pecados, no sólo de los graves, sino también de las impurezas y faltas de amor de la vida corriente. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información.

 

 


“EL BAUTISMO ES EL MAYOR DON DE LA VIDA”. (Homilía: Fiesta del Bautismo del Señor. 9.I.2011).

EL BAUTISMO DEL SEÑOR, EN EL RÍO JORDÁN

Celebramos el domingo día 9 de enero el Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo, en el río Jordán. Esta Fiesta nos recuerda nuestro propio Bautismo y el amor que debemos tener a tal Sacramento.

IGLESIA Y SALVACIÓN: BAUTIZAR CUANTO ANTES A LOS NIÑOS

En la Iglesia nadie es un cristiano aislado. A partir del Bautismo, el cristiano forma parte de un pueblo, y la Iglesia se le presenta como la verdadera familia de los Hijos de Dios. Dice el Concilio Vaticano II: “fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Y el Bautismo es la puerta por donde se entra en la Iglesia. Y, precisamente, en la misma Iglesia, por el Sacramento Bautismal, somos llamados a la santidad”.

Y, otra verdad, íntimamente unida a esta condición de miembro de la Iglesia, es la del carácter sacramental, que es un “un cierto signo espiritual e indeleble, impreso en el alma”, como recuerda la doctrina de la Santa Iglesia. Es como un resello de posesión de Cristo sobre el alma del bautizado. Efectivamente, Cristo tomó posesión de nuestra alma, en el momento de ser bautizados. El nos rescató del pecado, con su Pasión y Muerte.

Por eso, se comprende bien el deseo de la Iglesia de que los niños reciban pronto estos dones de Dios, aclaró una Instrucción de la Congregación de la Doctrina de la Fe, en el año 1980. Por su parte, la Santa Iglesia siempre ha urgido a los padres, para que bauticen a sus hijos cuanto antes. Esto es una muestra práctica de fe.  Con ello, no se atenta a su libertad, como tampoco se les causó agravio alguno por darles la vida natural, ni por alimentarles, limpiarles y curarles, cuando no podían ellos pedir estos bienes. Por el contrario, tienen derecho a recibir esa gracia.

Pero, en el caso del Bautismo, está además en juego algo infinitamente superior a ningún otro bien: la gracia y la fe; quizá incluso, la salvación eterna. Sólo por ignorancia y por una fe dormida se puede explicar que muchos niños queden privados, por sus mismos padres ya cristianos, del mayor don de su vida.

INSTITUCIÓN DEL BAUTISMO

Ante la Fiesta que celebramos, es bueno recordar que el Señor deseó ser bautizado, “para proclamar con su humildad lo que para nosotros era necesidad”, dice San Agustín. En efecto, con el Bautismo de Jesús quedó preparado el Bautismo cristiano, que fue directamente instituido por el mismo Jesucristo, y lo impuso como ley universal el día de su Ascensión: id, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Así es: en el Bautismo recibimos la fe y la gracia. El día en que fuimos bautizados fue el más importante de nuestra vida. Antes de recibir el Bautismo, nos encontrábamos con la puerta del Cielo cerrada y sin ninguna posibilidad de dar el más pequeño fruto sobrenatural. Es doctrina de la Iglesia que recordó el Papa Pablo VI, en El Credo de Dios, que el “pecado original se transmite juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y se halla como propio en cada uno”.

Pero Jesús dotó al Bautismo de una especialísima eficacia, para purificar la naturaleza humana y liberarla de ese pecado, con el que hemos nacido. “Gracias al Sacramento del Bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo: no se te ocurra -exhorta San León Magno- ahuyentar, con tus malas acciones, a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo”.

EFECTOS DEL BAUTISMO

El Bautismo nos inició en la vida cristiana. Fue un verdadero nacimiento a la vida sobrenatural. Es la nueva vida que predicaron los Apóstoles y de la que habló el mismo Jesús. Es necesario nacer de nuevo, dijo el Señor a Nicodemo.

Y, el resultado de esta nueva vida, es una cierta divinización del hombre y la capacidad de producir frutos sobrenaturales. Pero, por desgracia, esta dignidad del bautizado, muchas veces, está como velada, en la existencia ordinaria. Por eso, al igual que hicieron los santos, hemos de esforzarnos por vivir conforme a la dignidad de Hijos de Dios.

Ciertamente, en el momento del Bautismo, por la efusión del Espíritu Santo, se produce el milagro de un nuevo nacimiento. En el agua bautismal, se renace a una nueva vida, a la vida de Dios. Por eso, el bautizado es llamado su “hijo”. Y San Pablo precisa: si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información.