AYER YA PASÓ, MAÑANA TODAVÍA NO ES, LO QUE IMPORTA ES HOY. (Homilía: VIII Domingo del Tiempo Ordinario. 27.II.2011).

La amable escena del Señor con un niño ayuda a vivir "el hoy".

No andéis agobiados por el día de mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. Le basta ya a cada día su propia preocupación o sus propios disgustos. Así nos lo aconseja el Señor, en el Evangelio de la Misa del Octavo Domingo del Tiempo Ordinario.

EL HOY

El ayer ya pasó. Mañana “todavía no es”. Lo que importa es el hoy. No podemos entreternos en ojalás, en situaciones pasadas, o en otras futuras que se pueden presentar a nuestra consideración, como extremadamente penosas y difíciles. El que anda observando el viento no siembra nunca, y el que se fija en las nubes jamás se pondrá a segar, dice el Espíritu Santo, en el Libro del “Eclesiastés”.

Estas palabras son una invitación a cumplir el deber del momento, sin retrasarlo por considerar que se presentarán oportunidades mejores. Debemos pensar que quizá una buena parte de la eficacia, en lo humano y lo sobrenatural, consista en vivir cada día como si fuese el único de nuestra vida. Días para llenarlos de amor a Dios y terminarlos con las manos llenas de obras buenas, sin desaprovechar una sola ocasión de realizar el bien.

En realidad, sabemos que el día de hoy no se repitirá jamás, y el Señor espera que lo llenemos de Amor y de pequeños servicios a nuestros hermanos. El Ángel Custodio de cada uno de nosotros, deberá “sentirse contento” al presentarlo ante nuestro Padre Dios.

LA PREOCUPACIÓN ESTÉRIL

No andéis angustiados o agobiados, se lee en el Evangelio citado. La preocupación estéril no suprime la desgracia temida, sino que la anticipa. Nos echamos encima una carga sin tener todavía la gracia de Dios para sobrellevarla. La preocupación aumenta las dificultades, y disminuye la capacidad de realizar el deber del momento presente. Sobre todo, faltamos contra la confianza en la Providencia que el Señor ejerce sobre todas las situaciones de la vida.

Precisamente, en la Primera lectura de la Misa de este domingo nos repite el Señor, por boca del Profeta Isaías: ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré. Pensemos que en el hoy, en todas las circunstancias, nos tendrá amorosamente presente nuestro Padre Dios.

Según relata el Evangelio de San Mateo, Jesús ha dicho: Tened confianza, soy Yo, no temáis. No podemos llevar a la vez las cargas de hoy y las de mañana. Siempre tenemos la suficiente ayuda para ser fieles en el día de hoy y para vivirlo con serenidad y alegría. El mañana nos traerá nuevas gracias, y su carga no será más pesada que la de hoy. Cada día tiene su afán, su cruz y su gozo.

Casi siempre los agobios provienen de no vivir con intensidad el momento actual y de falta de fe en la Providencia. Podemos sufrir la tentación de querer dominar el futuro, y olvidamos que la vida está en manos de Dios. Y Dios mismo nos da los días uno a uno, para llenarlos de amor. Debemos vivir, por tanto, con la alegre esperanza del quehacer del día, poniendo ahí nuestra cabeza, nuestro corazón y todas nuestras energías. Si bien, este abandono en Dios no disminuye la responsabilidad de hacer y de prever lo que cada caso requiera, ni nos dispensa de vivir la virtud de la prudencia, pero se opone a la desconfianza en Dios y a la inquietud sobre cosas que todavía no han  tenido lugar. No os inquietéis, pues, por el mañana, nos repite hoy el Señor. Por tanto, aprovechemos bien la jornada que estamos viviendo.

DOMINAR LA IMAGINACIÓN

Preocupémonos por obrar bien hoy: el mañana vendrá también a llamarse hoy, y entonces pensaremos en él. Y vivir el momento presente supone prestar atención a las cosas y a las personas y, por tanto, mortificar la imaginación y el recuerdo inoportuno. Tengamos en cuenta que, la imaginación es, con frecuencia, la causa de muchas pérdidas de tiempo, y de no aprovechar las ocasiones para hacer el bien.

Vivir el momento presente requiere rechazar los falsos temores a peligros futuros, que nuestra fantasía agranda y deforma. También perdemos el sentido de la realidad con las falsas cruces que nuestra imaginación inventa. Y muchas veces padecemos inútilmente, por no aceptar la pequeña cruz que el Señor nos pone delante, lo cual nos llenaría de paz y alegría. Vivir con plenitud de Amor el momento presente nos situará constantemente ante las cosas, en apariencia de poco relieve, en las que debemos ser fieles, aquí y ahora.

Pidamos a Dios Nuestro Señor, por medio de la Virgen Maria, que vivamos el momento presente como si fuera el último de nuestra vida en la tierra.

*José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Miembro de la Asociación de la Prensa de Madrid, Nº 253).


CARIDAD CON TODOS, PERO FIRMEZA ANTE LA VERDAD Y DEFENSA DE LOS PROPIOS DERECHOS. (Homilía: VII Domingo del Tiempo Ordinario.20.II.2011)

Predicando en Galilea, el Señor dijo: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”.

Si los cristianos pusiéramos en práctica lo que dice el Evangelio, de este séptimo Domingo del Tiempo Ordinario, cambiaría el mundo.

CARIDAD Y JUSTICIA

En efecto, el Señor afirmó: Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo…al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa; a quien te fuerce a andar una milla, ve con él dos… Son palabras que nos invitan a vivir la caridad, más allá de los criterios de los hombres.

Ciertamente, en el trato con los demás no podemos ser ingenuos y hemos de vivir la justicia -también para exigir los propios derechos- y la prudencia, pero no debe parecernos excesiva cualquier renuncia o sacrificio en bien de otros. Así nos asemejamos a Cristo que, con su muerte en la Cruz, nos dio un ejemplo de amor, por encima de toda medida humana.

Decía San Gregorio Nacianceno que “nada tiene el hombre tan divino -tan de Cristo- como la mansedumbre y la paciencia para hacer el bien”. No es norma del cristiano el ojo por ojo y diente por diente, sino la de hacer continuamente el bien, aunque en ocasiones, no obtengamos aquí en la tierra ningún provecho humano, siempre se habrá enriquecido nuestro corazón.

La caridad nos lleva a comprender, a disculpar, a convivir con todos, de modo que, “quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y de nuestro aprecio”, dice el Concilio Vaticano II que añade:

“Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad que salva. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la  persona, incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa”.

CARIDAD CON TODOS

El precepto de la caridad no se extiende sólo a quienes nos quieren y nos tratan bien, sino a todos, sin excepción. El mismo Señor, en el Evangelio de este domingo, nos dice: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian.

Si alguna vez nos sucede esto, no olvidemos que también debemos vivir la caridad con quienes nos hacen mal, con los que nos difaman y quitan la honra, y con quienes buscan positivamente perjudicarnos.

Efectivamente, el Señor nos enseñó a no tener enemigos personales y a considerar el pecado como el único mal verdadero. Ahora bien, la caridad no está reñida con la prudencia y la defensa justa, con  la proclamación de la verdad ante la difamación, y con la firmeza en defensa del bien y de los legítimos intereses propios o del prójimo, y de los derechos de la Iglesia. Pero el cristiano ha de tener siempre un corazón grande parea respetar a todos, incluso a los se que manifiestan como enemigos, “no porque son hermanos -señala San Agustín-, sino para que lo sean”.

Y también viviremos la caridad -con la ayuda de Dios-, con quienes no se comportan como hijos de Dios, con los que le ofenden, por que, como dice también San Agustín: “ningún pecador, en cuanto tal, es digno de amor; pero todo hombre, en cuanto tal, es amable por Dios”. Pensemos igualmente que todos siguen siendo hijos de Dios y capaces de convertirse y alcanzar la gloria eterna.

CARIDAD Y SENTIDO CRISTIANO

Evidentemente, el corazón del cristiano ha de ser grande. Su caridad debe ser ordenada, y, en consecuencia, ha de comenzar a vivirla con los más próximos, con aquellas personas que están a su alrededor. Sin embargo, nuestro aprecio y afecto nunca puede ser excluyente o limitarse a ámbitos reducidos.

La unión con Dios, que procuraremos hacer fructificar, con su gracia, en nuestra conducta, nos debe llevar a tener presente la dimensión entrañablemente humana del hecho de ser cristiano, preocupándonos de la salvación de los demás. Y para esto, debemos pedirle al Señor que ensanche nuestro corazón; que nos ayude a ofrecer sinceramente nuestra amistad a otras personas. En realidad, la amistad leal incluye un esfuerzo positivo -que mantendremos en el trato asiduo con Jesucristo- para comprender y ayudar a los demás.

Por otra parte, pensemos que el Señor no deja de perdonar nuestras ofensas siempre que volvemos a Él movidos por sus gracia. Él tiene paciencia infinita con nuestras mezquindades y errores. Por eso, nos pide en el Padrenuestro que tengamos también paciencia ante situaciones y circunstancias que dificultan acercarse a Dios a personas, conocidos o amigos, que encontramos en nuestro paso.

La falta de formación y la ignorancia de la doctrina cristiana, los defectos patentes, incluso una aparente indiferencia, no han de apartarnos de esas personas, sino que han de ser llamadas positivas, apremiantes, luces que señalan una necesidad mayor de prestar ayuda a quienes las padecen. Incluso han de ser estímulo para intensificar nuestro interés por ellos, por cada uno. Nunca motivo para alejarnos. Que esto nos ayude a acercarnos, en primer lugar, a los parientes, amigos y conocidos que más lo necesitan, y, después, a todos los demás.

*José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Miembro de la Asociación de la Prensa de Madrid, Nº 253).


LA DEFENSA DEL DEPÓSITO DE LA FE EXIGE PRUDENCIA EN LAS LECTURAS Y EN EL USO DE LOS MEDIOS AUDIOVISUALES. (Homilía: VI Domingo del Tiempo Ordinario.13.II.2011).

LA PLAZA DE SAN PEDRO EN ROMA, LLENA DE FIELES CATÓLICOS.

La defensa del depósito de la fe exige prudencia en las lecturas y en el uso de los medios audiovisuales. La doctrina de Jesucristo tiene un valor continuo para los hombres de todos los tiempos y es “fuente de toda verdad salvadora  y de toda norma de conducta”, enseña el Concilio Vaticano II.
LA FE ES UN TESORO
Efectivamente, la doctrina de Jesús es un tesoro que cada generación recibe de las manos de la Iglesia Católica, la cual lo guarda fielmente, con la asistencia del Espíritu Santo. Decía el Papa Pablo VI que los cristianos “al adherirnos a la fe que la Iglesia nos propone, nos ponemos en comunicación directa con los Apóstoles; y mediante ellos, con Jesucristo, nuestro primer y único Maestro; acudimos a su escuela, anulamos la distancia de los siglos que nos separan de ellos”.

SAN PEDRO Y SAN PABLO: fidelidad al depósito de la fe transmitida por los Apóstoles.

La guarda fiel de las verdades de la fe es requisito para la salvación de los hombres. San Pablo exhortaba a Timoteo: Guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe. Con esta expresión -depósito- la Iglesia sigue designando al conjunto de verdades que recibió del mismo Cristo y que debe conservar hasta el final de los tiempos.
La verdad de la fe no cambia con el tiempo, ni se desgasta a través de la historia. Según la conocidísima sentencia de San Vicente de Lérins, “lo que en todas partes, lo que siempre, lo que por todos se ha creido, eso debe mantenerse como formando parte del depósito de  la fe”. Esa fijeza dogmática defiende el patrimonio auténtico de la religión católica. El Credo no cambia, no envejece, no se deshace. Es la columna firme en la que no se puede ceder, ni siquiera en lo pequeño. Y debemos tener en cuenta además que anunciar la verdad es el mayor bien que podemos hacer a todos, incluso al mundo entero.
De esta forma, también las normas morales no son sólo simples señales indicadoras de los límites de lo permitido o prohibido, sino manifestaciones del camino que conduce a Dios; es decir, manifestaciones de su amor. Debemos, pues, conocer bien el conjunto de verdades y de preceptos que constituyen el depósito de la fe, pues es el tesoro que el Señor, a través de la Iglesia, nos entrega para que podamos alcanzar la salvación.
PRUDENCIA CON LAS LECTURAS Y LOS MEDIOS AUDIOVISUALES
Esta riqueza de verdades se protege especialmente con la piedad (oración y sacramentos), con una seria  formación doctrinal, y también ejercitando la prudencia en las lecturas, en el uso de los medios de comunicación en general y de un modo especial en los medios audiovisuales.
Por eso, la Iglesia reafirma su doctrina sobre la necesidad de evitar aquellas lecturas que sean dañinas para la fe y la moral, y ejerce su derecho y su deber de examinar, juzgar y, en casos extremos, reprobar los libros contrarios a la verdad religiosa. Así se afirma en el Código de Derecho Canónico.
En realidad, incluso la ley natural, que el Señor ha inscrito en nuestros corazones, nos impulsa desde dentro a valorar los dones del Cielo y, en consecuencia, obliga a evitar en lo posible todo lo que atenta contra la virtud de la fe, como por ejemplo puede ser el hecho de poner voluntariamente en peligro la fe con lecturas o imágenes perniciosas, que serían realmente un pecado.
Ya en los siglos primeros del cristianismo, recomendaba un padre de la Iglesia, como San Basilio, la prudencia en las lecturas, tras su larga experiencia de convivir y estudiar autores paganos o desconocedores de la fe.
Por lo tanto, la prudencia en las lecturas es manifestación de fidelidad a las enseñanzas de Jesucristo. La fe es nuestro mayor tesoro, y por nada del mundo nos podemos poner en peligro de  perderlo o a deteriorarlo. Nada vale la pena en comparación de la fe. Debemos vigilar, por tanto, por nosotros mismos  y por los demás, pero de modo particular por aquellos que tenemos más directamente encomendados, como pueden ser los hijos, los alumnos, los hermanos, los amigos…
OJO CON LA APARIENCIA DE VERDAD EN LOS ERRORES
Efectivamente, está claro que debemos avivar nuestra disposición de seguir fielmente a Jescristo. Y en ocasiones particularmente delicadas, que pueden poner en peligro la integridad de la fe. El Papa Pío XI afirmaba  que la Iglesia ha señalado siempre la lectura de libros que atentan directa o indirectamente contra las verdades religiosas y contra las buenas costumbres, pues la historia atestigua con evidencia que, aun con todas las condiciones de piedad y de doctrina, no es raro que el cristiano se deje seducir por la parte o apariencia de verdad que hay siempre en todos los errores.
Ahora bien, si somos humildes y prudentes, si tenemos “sentido común”, no seremos, decía San Basilio, “como los que toman el veneno mezclado con miel”. De esta forma, si permanecemos fieles a las enseñanzas del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, detectaremos lo que sea contrario a una visión cristiana de la vida.
Pidamos a la Santísima Virgen, Asiento de la Sabiduría, ese discernimiento en el estudio, en las lecturas, y en todo el ámbito de las ideas y de la cultura. Y pidámosle también que nos enseñe a valorar y a  amar siempre el tesoro de nuestra fe cristiana.
José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho  Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Nacional de Periodistas, nº 3.613. Miembro de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).
 

SI LOS CRISTIANOS DEJAN DE SER SAL Y LUZ, EL MUNDO SE CORROMPE. (Homilía: V Domingo del Tiempo Ordinario. 6-II-2011).

Dice Jesús a sus discípulos: vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo.

Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo, dice el Señor a cada cristiano, a los que queremos ser sus discípulos. La sal, símbolo de la sabiduría divina, preserva de la corrupción. La luz es símbolo del mismo Señor, del Cielo y de la Vida. Las tinieblas, por el contrario, significan la muerte, el infierno, el desorden y el mal.

DEFECCIÓN DE LOS CRISTIANOS

En efecto, los discípulos de Cristo debemos ser la sal de la tierra. Esto da sentido alto a todos los valores humanos. Pero los cristianos  son también luz del mundo. Es decir, deben orientar y señalar el camino, en medio de la oscuridad. Efectivamente, cuando se vive según la fe, con nuestro comportamiento, irreprochable y sencillo -dijo San Pablo-, brillamos como luceros en el mundo, en medio del trabajo y de los quehaceres de la vida ordinaria.

En cambio, cuando el cristiano no actúa en la familia, en la sociedad, en la vida pública de los pueblos, cuando no lleva la doctrina de Cristo allí donde se desarrolla su vida, los mismos valores humanos quedan insípidos, sin trascendencia alguna, y muchas veces se corrompen. Y sucede que cuando miramos a nuestro alrededor, parece como si, en ocasiones, muchos bautizados hubieran perdido el ser la sal y la luz Cristo.

A este propósito, en un discurso, pronunciado en 1982, decía el Papa Juan Pablo II: “La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de las ideologías secularizadas, que van, desde la negación de Dios o la limitación de la libertad religiosa, a la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un “nihilismo” que desarma la voluntad para afrontar los problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, mientras arma las manos el terrorismo”. Hay muchos males -añadió el mismo Papa- que se derivan de “la defección de bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida, que garantiza el equilibrio a personas y comunidades”. Con pena, señalaba  Juan Pablo II, en 1985, que se ha llegado a esta situación -en la que es necesario evangelizar de nuevo Europa y el Mundo- por el cúmulo de omisiones de tantos cristianos que no han sido sal y luz, como el Señor les pedía.

 Pero Jesucristo nos dejó su doctrina y su vida para que los hombres encuentren sentido a su existencia y hallen la felicidad y la salvación. Y para eso es necesario, en primer lugar, el jemplo de una vida recta, la limpieza de conducta, el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas en la vida sencilla de todos los días. La luz, el buen ejemplo, han de ir por delante.

PUREZA Y HONRADEZ QUE ANEGUEN EL MATERIALISMO REINANTE

Frente a esa marea de materialismo y sensualidad que ahoga a los hombres, el Señor “quiere que de nuestras almas salga otra oleada -blanca y poderosa, como la diestra del Señor- que anegue, con su pureza, la podredumbre de todo materialismo y neutralice la corrupción, que ha inundado el Orbe”.

Realmente, transformaremos de verdad el mundo, si somos ejemplares, competentes y honrados en el trabajo profesional: en la familia, dedicando a los hijos, a los padres, el tiempo que necesitan; si nos ven alegres, también en medio de la contradicción y del dolor; si somos cordiales. Tengamos en cuenta que el ejemplo prepara la tierra en la que fructificará la palabra. Así podemos mostrar lo que significa seguir al Señor en el quehacer cotidiano, como hicieron los primeros cristianos. San Pablo lo urgía  a los fieles de Éfeso: Os conjuro a que os portéis bien de una manera  digna de la vocación a la que habéis sido llamados.

EJEMPLARIDAD DE TODOS LOS BAUTIZADOS

Efectivamente, los demás nos han de conocer como hombres y mujeres leales, sencillos, veraces, alegres, trabajadores, optimistas. Nos hemos de comportar como personas que cumplen con rectitud sus deberes y que saben actuar en todo momento como hijos de Dios, que no se dejan arrastrar por cualquier corriente. La vida del cristiano constituirá entonces una señal, por la que conocerán el espíritu de Cristo. “El -dijo el Papa Juan Pablo II- tiene necesidad de vosotros. De algún modo le prestáis vuestro rostro, vuestro corazón, toda vuestra persona. Convencidos, entregados al bien de los demás, servidores fieles del Evangelio”. De esta forma, los demás han de ver a Cristo en nuestro sencillo y sereno comportamiento diario: en el trabajo, en el descanso, al recibir buenas o malas noticias, cuando hablamos o permanecemos en silencio.

Por su parte, la práctica de las Obras de Misericordia, darán al cristiano la posibilidad de manifestar la caridad de su corazón, que consisten en amar a los demás como nos ama el Señor. La caridad ejercida a nuestro alrededor, en las circunstancias más diferentes, será un testimonio que atraerá a muchos a la fe de Cristo, pues el mismo dijo: En esto conocerán que sois mis discípulos. Caridad que se manifestará en muchos casos a través de las formas usuales de la educación y de la cortesía.

Otro aspecto importante, en el que los cristianos hemos de ser esa sal y luz de la que nos habla el Señor, es la templanza y la sobriedad, que manifiestan el señorío de los hijos de Dios, utilizando los bienes “según las necesidades y deberes, con la moderación del que los usa, y no del que los valora demasiado y se ve arrastrado por ellos”, como afirma San Agustín. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Nacional de Periodistas, nº 3.613 y asociado de la Asociación de Prensa de Madrid nº 253).