Fe en los medios que Dios nos da para nuestra salvación y la alegría de la Cruz. (Homilía: IV Domingo de Cuaresma. 3.IV.2011).

LA CURACIÓN DEL CIEGO DE NACIMIENTO. (El Greco).

Los temas que nos invita a considerar la Liturgia del Cuarto Domingo de Cuaresma son dos: ante la curación del Ciego de Nacimiento, la fe que debemos poner en los medios que Dios nos da para nuestra salvación; y en segundo lugar, la alegría de la Cruz.

FE EN LOS MEDIOS SOBRENATURALES

La fe en los medios que Dios nos da obra milagros. Efectivamente, según narra el Evangelio de este domingo, el Señor se compadeció de un ciego de nacimiento. San Juan dice que Jesús escupió en tierra e hizo lodo con la saliva, y con este barro le untó sus ojos y le dijo: ve, lávate en la piscina de Siloé. El ciego no lo dudó un instante. Fue, pues, y se lavó allí, y volvió con vista.

¡Qué ejemplo nos da este ciego! La ceguera, las flaquezas son males que tienen remedio. Nosotros no podemos nada, pero Jesucristo es omnipotente. El agua de aquella piscina siguió siendo agua; y el barro, barro. Pero el ciego alcanzó la vista, y después, además, una fe viva en el Señor. Y así, tantas veces en los Evangelios, aparecen muestras de la fe de los que tratan a Jesús.

Evidentemente, sin  docilidad no puede haber frutos. Y no podrá ser dócil quien se empeñe en ser tozudo, obstinado, incapaz de asimilar una idea distinta de la que ya tiene o de la que le dicta una experiencia negativa, porque no contó con la ayuda de la gracia de Dios. El soberbio es incapaz de ser dócil. Para aprender esta verdad, hay que estar convencidos que aún hay cosas que desconocemos y que es necesario que alguien nos enseñe.

En temas relacionados con nuestra propia interioridad,  debemos estar prevenidos y desconfiar prudentemente de nuestro propio juicio. Así podremos aceptar otro criterio distinto e incluso opuesto al nuestro. De esta forma, con la docilidad del barro en manos de alfarero, sin poner resistencias y con visión sobrenatural, dejaremos que Dios haga en nosotros su obra a través de acontecimientos e inspiraciones y luces. Con un mínimo de visión  sobrenatural, sabremos  oir a Cristo en las personas que la Santa Iglesia pone para encaminarnos por los senderos que llevan al Cielo. Este es el modo -disponibilidad y docilidad-, de dejarnos hacer y rehacer por Dios cuantas veces sea necesario.

LA ALEGRÍA ES ESENCIAL EN UN CRISTIANO

Si lo pensamos bien en la presencia de Dios, la alegría es y debe ser una característica esencial de los cristianos. La misma  Liturgia de la Iglesia nos recuerda que existe una alegría que se pone de relieve en la esperanza que significa el tiempo de Adviento. Hay otra, viva y radiante, en el tiempo de Navidad. Después viene la alegría de estar junto a Cristo resucitado. Y, finalmente, hay la alegría que consideramos ya en la mitad de la Cuaresma, relativa al gozo de estar junto a Cristo, en la Cruz.

De ahí -de la Cruz-  debe partir nuestra alegría. Precisamente, la Santa Iglesia nos recuerda, en este tiempo de Cuaresma que la alegría debe ser  compatible con el dolor y la mortificación que estaremos viviendo estos días. En efecto, nuestra Redención se acerca; el derroche de amor por los hombres, que es la Pasión, se aproxima; el gozo de la Pascua es inminente. San Pablo, al pensar en lo que Cristo sufrió por nosotros, se emocionaba y escribía a los gálatas: Me amó y se entregó por mí. Y cada uno de nosotros  podremos estar muy unidos a Jesús repitiendo una jaculatoria clásica: que lleguemos, por su Pasión y su Cruz, a la gloria y a la alegría de su Resurrección. Ciertamente, la alegría surge de un corazón que se siente amado por Dios, y también de un corazón que se sabe pecador y acude a la fuente del perdón, que Cristo nos muestra en el Sacramento de la Penitencia.

Pensemos que nunca seremos felices si no nos unimos a Cristo en la Cruz, y nunca sabremos amar si no amamos el sacrificio. El dolor, cuando sirve para amar más, produce paz íntima y alegría profunda. Las experiencia de los santos es unánime: Como ejemplo, sirve el mismo San Pablo cuando escribe a los de Corinto: estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones. En este sentido, consideremos que tenemos próxima la Semana Santa y la Pascua, que son tiempos de alcanzar perdón de nuestros pecados en la Confesión. Se nos acerca la Misericordia, la compasión divina, la sobreabundancia de la gracia. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Miembro vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


ES IMPORTANTE SABER DESCANSAR PARA SERVIR MEJOR A DIOS Y A LOS DEMÁS. (Homilía: III Domingo de Cuaresma. 27.III.2011).

Jesús y la Samaritana, en el brocal del pozo de Sicar.

Es importante saber descansar para servir mejor a Dios y a los demás, a los hombres nuestros hermanos. Así nos lo enseña el Evangelio del tercer domingo de Cuaresma.

JESUCRISTO TAMBIÉN SE CANSABA

En efecto, el Evangelio de este domingo nos recuerda como, en una ocasión, Jesús se encuentra  verdaderamente cansado del camino y se sentó junto a un pozo -el pozo de Jacob o de Sicar- porque no puede dar un paso más. El Señor sintió algo tan propio de la naturaleza humana como es la fatiga. Sintió el cansancio, en su trabajo, durante los treinta  años de su vida de su vida oculta y, después, en la vida pública, como nosotros lo experimentamos cada día.

En muchas ocasiones, terminaba la jornada extenuado. Los Evangelistas narran cómo, durante una tempestad en el Lago de Galilea, el Señor se durmió en el extremo de la barca: había pasado todo el día predicando; era tan intenso su cansancio que no se despertó a pesar de las olas. Estaba realmente rendido de fatiga. En otras ocasiones, le vemos invitar a los Apóstoles a descansar: Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Los Apóstoles, igual que el Señor, sienten el natural cansancio y el desgaste de las fuerzas. Jesús se da cuenta enseguida y cuida de ellos: Se fueron en una barca a un sitio tranquilo y apartado.

¡Qué gran consuelo contemplar al Señor agotado! ¡Qué cerca de nosotros está en esos momentos de desgaste físico, en los que también está redimiendo a la humanidad! Pensemos que su debilidad debe ayudarnos a sobrellevar la nuestra y corredimir con Él. El padre dominico, Martinez Puche, en su “Evangelio 2011”, se emociona ante la escena, en el pozo de Jacob, y exclama: “Cristo, eres maravilloso. Estás cansado, agotado del camino, pero eso no es obstáculo para emplearte a fondo en salvar del sinsentido de su vida a la pobre Samaritana”. El Señor entiende bien nuestra fatiga porque pasó por situaciones similares. Y nosotros debemos aprender a recuperarnos junto a Él: Venid a Mí todos los que andáis cansados y agobiados, y Yo os aliviaré. Efectivamente, Él aligerará nuestra carga; nos aliviará a cuidar la caridad con quienes nos rodean o también, en los momentos que cuesta más. Pero nunca debemos olvidar que, en nuestra vida, no debemos buscar parcelas aisladas, ni compensaciones egoistas o buscarnos simplemente a nosotros mismos. No olvidemos que el Amor no tiene vacaciones.

APRENDER A SANTIFICAR EL CANSANCIO

Vemos como el Señor se vale de los momentos, en que toma nuevas fuerzas, para remover las almas. Mientras descansa junto al pozo de Jacob, una mujer -la Samaritana- se acercó para llenar su cántaro de agua. Jesús aprovecha esa oportunidad para moverla a un cambio radical de vida.  También nosotros sabemos que ni siquiera nuestros momentos de fatiga deben  pasar en vano. El autor inglés Chevrot, en su libro “El pozo de Sicar”, escribe: “Sólo después de la muerte sabremos a cuántos pecadores les hemos ayudado a salvarse con el ofrecimiento de nuestro cansancio. Sólo entonces comprenderemos que nuestra inactividad forzosa y nuestros sufrimientos pueden ser más útiles al prójimo que nuestros servicios efectivos”. En realidad, el cansancio nos enseña a ser humildes y a vivir mejor la caridad. San Pablo aconsejaba llevar los unos las cargas de los otros. En este sentido, entendemos que cualquier ayuda a quienes vemos algo agobiados es siempre una gran manifestación de caridad.

La fatiga es buena para alentar el desprendimiento, nos ayuda a crecer en la virtud de la fortaleza y la correspondiente virtud humana de la reciedumbre. Nos acostumbra, a veces, a tener que trabajar cansados o, al menos, a no estar físicamente bien para desempeñar nuestras tareas. Y saber que si lo hacemos por el Señor, Él lo bendice de una manera particular.

Pero, sin embargo, un buen cristiano considera la vida como un bien inmenso que ha de cuidar. Hemos de vivir los años que Dios quiera, habiendo dejada realizada la tarea que se nos ha encomendado. En consecuencia, por Dios y por los demás, debemos vivir las normas de prudencia en el cuidado de la salud propia y de la de aquellos que dependen de nosotros. El Concilio Vaticano II dijo que, entre estas normas están “los oportunos descansos para distracción del ánimo y para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo”. Ciertamente, debemos tener en cuenta que, una persona mínimamente ordenada encuentra habitualmente el modo de vivir un prudente descanso, en medio de una actividad exigente y abnegada.

EL DEBER DE DESCANSAR

Tratemos de aprender a descansar. Y si podemos evitar el agotamiento, no debemos dejar de hacerlo. Dios quiere que cuidemos la salud, que sepamos recuperar fuerzas. Esto es parte del quinto Mandamiento. El descanso es necesario para restaurar las energías perdidas y para que el trabajo sea más eficaz. Y, sobre todo, para servir mejor a Dios y a los demás. Cuando se está muy cansado se tiene menos facilidad para hacer las cosas bien, como Dios quiere, y también pueden ser más frecuentes las faltas de caridad. San Jerónimo señala con buen humor: “Me enseña la experiencia que cuando el burro va cansado se apoya en todas las esquinas”.

 Juan Pablo II señalaba que el descanso significa dejar las ocupaciones cotidianas, despegarse de las normales fatigas del día, de la semana y del año, pero no es “andar en vacio”. Y convendrá entonces -añadía- ir al encuentro de la naturaleza, con las montañas, con el mar y con el arbolado. Y, por supuesto, será necesario que el descanso se llene de un contenido nuevo, el que da el encuentro con Dios: abrir la vista interior del alma a su presencia en el mundo, abrir el oído interior a su Palabra de verdad. Lejos de nosotros, por tanto, el dejarnos arrastar por un ambiente, más o menos extendido, de elegir viajes o lugares de vacaciones al margen del cumplimiento de los deberes de un cristiano.

Las vacaciones son siempre también tiempo de preocuparse de los demás, de atenderlos, de ayudarles, de interesarnos por sus aficiones. Y, siempre, es tiempo de amar. El Amor no admite espacios en blanco. Nunca hemos de movernos por miras egoístas; tampoco a la hora de parar y recuperar fuerzas. En estos momentos también estamos junto a Dios. No es un tiempo pagano, ajeno a la vida de un cristiano.

El Señor nos deja en Evangelio de este domingo una muestra muy particular de amor: junto al pozo de Sicar, extenuado, nos dio un formidable ejemplo: no dejó pasar la oportunidad de preocuparse del bien espiritual de los demás, de convertir a la mujer samaritana. Y esto, a pesar de que no había trato entre judios y samaritanos. Cuando hay amor, ni el agotamiento es excusa. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información.(Inscrito en el Registro Profesional de Pariodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 

 


“LA EXISTENCIA DE LOS HOMBRES ES UN CAMINAR HACIA EL CIELO”. (Homilía: II Domingo de Cuaresma. 20.III.2011).

La Transfiguración del Señor, en el Monte Tabor. (Obra de Raphael).

La existencia de los hombres es un caminar hacia el Cielo, nuestra morada. Así se expresa San Pablo en la Segunda Carta a los Corintios. Este camino, en ocasiones, es áspero y dificultoso. Con frecuencia, hemos de ir contra corriente y tendremos que luchar con muchos enemigos, dentro y fuera de nosotros mismos.

LA ESPERANZA DEL CIELO

Pero el Señor quiere confortarnos con la esperanza del Cielo, de modo especial en los momentos duros o cuando la flaqueza de nuestra condición se hace más patente, pensando en esa dicha inmensa y fomentando la virtud de la esperanza. Hablando del Cielo, precisamente San Juan Crisóstomo dijo: “Allí todo es reposo, alegría, regocijo; todo serenidad y calma, todo paz, resplandor y luz. Y no una luz como ésta de que  gozamos ahora y que, comparada con aquélla, no pasa de ser una lámpara junto al sol. Allí no hay noche, ni tarde, ni frío, ni calor, ni mudanza alguna en el modo de ser, sino un estado tal que sólo entienden quienes son dignos de gozarlo. No hay allí vejez, ni achaques, ni nada que semeje corrupción, porque es el lugar y aposento de la gloria inmortal”.

Nuestra vida en el Cielo estará definitivamente exenta de todo posible temor. No sufriremos la inquietud de perder lo que tenemos, ni desearemos algo distinto. Entonces, verdaderamente, podremos decir como San Pedro en el Tabor: Señor, ¡qué bien estamos aquí!. Vamos a pensar, por tanto, en lo que será el Cielo, como nos dijo el Apóstol: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman.

ESTAR SIEMPRE CON JESÚS

Seis días llevaban los Apóstoles entristecidos por la predicación en Cesarea de Filipo, en la que Jesús les anunció su Pasión y Muerte en la Cruz. Más, la ternura del Señor hace que contemplen su glorificación. San León Magno dice que “el principal fin de la transfiguración era desterrar del alma de los discípulos el escándalo de Cruz”. Los Apóstoles nunca olvidarían este regalo que Jesús les dió, en medio de la amargura. Muchos años más tarde, San Pedro recordará estos momentos, cuando desde aquella extraordinaria gloria se le hizo llegar esta voz: Éste es mi Hijo querido, en quien me complazco. Esta voz, enviada del Cielo, la oímos nosotros estando con  Él en el monte santo. Este destello de la gloria divina transportó a los Apóstoles a una inmensa felicidad, que hace exclamar a San Pedro: Señor, ¡bueno es permanecer aquí! Hagamos tres tiendas.

San Beda, comentando este pasaje del Evangelio de la Misa de este segundo domingo de Cuaresma, dice que el Señor, “en una piadosa permisión, les permitió (a Pedro, a Santiago y a Juan) gozar, durante un tiempo muy corto, la contemplación de la felicidad que dura siempre, para hacerles sobrellevar con mayor fortaleza la adversidad”.

Por lo tanto, a cada uno de nosotros debe espolearnos, en nuestra lucha diaria, el pensamiento de la gloria que nos espera. Nada vale tanto como ganar el Cielo. Decía Santa Teresa de Jesús, en su libro Camino de perfección: “Y con ir siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar al fin del camino, si os llevare el Señor con alguna sed en esta vida, daros ha de beber con toda abundancia en la otra y sin temor de que os haya de faltar”.

HOY, DIOS NOS HABLA A TRAVÉS DE LA IGLESIA

Efectivamente, dice el Evangelio que una nube envolvió a Cristo en el Tabor, y de ella surgió la voz poderosa de Dios Padre: Este es mi Hijo, el Amado, escuchadle a Él. Y así es: Dios Padre habla a través de Jesucristo a todos los hombres y de todos los tiempos. Su voz se oye en cada época, de modo singular a través de las enseñanzas de la Iglesia, que “busca continuamente -decía Juan Pablo II- los caminos para acercar este misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular”.

Y, a este Jesús lo encontramos en nuestra vida ordinaria, en medio del trabajo, en la calle, en quienes nos rodean, en la oración, cuando perdona, en el Sacramento de la Penitencia, y, sobre todo, en la Sagrada Eucaristía, donde se halla verdadera, real y sustancialmente presente.

No debemos olvidar nunca que, aquel Jesús con el que estuvieron el Monte Tabor, aquellos tres primeros privilegiados, es el mismo que está junto a nosotros cada día. Escribió San Alfonso María de Ligorio, en su libro Cómo conversar continua y familiarmente con Dios, lo siguiente: “Los amigos del mundo tienen horas que pasan conversando juntos y horas en que están separados; pero entre Dios y vosotros, si queréis, jamás habrá una hora de separación”. Sin duda alguna, pienso que nuestra vida sería distinta si actualizaramos más frecuentemente esa presencia divina en lo habitual de cada día, si hablaramos más con Dios. *José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


EL DIABLO EXISTE: HAY RASGOS DE UNA INTENSA MALICIA, EN NUESTROS DÍAS. (Homilía: I Domingo de Cuaresma. 13.III.2011).

"Vete, Satanás. Entonces se acercaron los ángeles y le servían".

Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu de Dios para ser tentado por el diablo. Así comienza del Evangelio del primer Domingo de Cuaresma.

EL DIABLO EXISTE

Efectivamente, el Evangelio de este primer Domingo de Cuaresma nos enseña que el diablo existe. La Sagrada Escritura habla de él desde el primero al último de sus libros. Pero algunos, inclinados a un superficial optimismo, piensan que el mal es simplemente una imperfección incidental, en un mundo en continua evolución hacia días mejores. Sin embargo, la historia del hombre ha padecido la influencia del diablo.

Efectivamente, hay rasgos, en nuestros días, de una intensa malicia, que no se explican por una sola actuación humana. El demonio, en formas muy diversas, causa estragos en la Humanidad. Dice el Concilio Vaticano II que, “através de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final””. De tal manera que el demonio, según afirmó Juan Pablo II, “provoca numerosos daños de naturaleza espiritual e, indirectamente, de naturaleza incluso física en los individuos y en la sociedad”.

Ahora bien, la actuación del demonio es misteriosa, real y eficaz. Desde los primeros siglos, los cristianos tuvieron conciencia de esa actividad diabólica. San Pedro advertía a los primeros cristianos: sed sobrios y estad en vela, porque vuestro enemigo el diablo anda girando alrededor de vosotros como león rugiente, en busca de presa que devorar. Resistidle firmes en la fe.

Es cierto que con Jesucristo ha quedado mermado el dominio del diablo, pues como dice el citado Vaticano II, Él “nos ha liberado del poder de Satanás”. Sabemos que por razón de la obra redentora de Cristo, el demonio sólo puede causar verdadero daño a quienes libremente le permitan hacérselo, consintiendo en el mal y alejándose de Dios. En numerosos pasajes del Evangelio, el Señor se manifiesta como vencedor del demonio, librando a muchos de la posesión diabólica. En Jesús está puesta, por tanto, como decía San Pablo, nuestra confianza; y sabemos que Él no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas.

Es cierto que el demonio tratará de seducir y apartar el espíritu humano para viole los preceptos de Dios, como dice San Ireneo. Y lo hará de mil maneras diferentes, pero el Señor nos ha dado los medios para vencer en todas las tentaciones. Por tanto, nadie peca por necesidad. Además, para librarnos del influjo diabólico, también ha dispuesto Dios un ángel -el Ángel de la Guarda-, para que nos ayude y proteja. “Ángel de Dios –decimos en una oración-, bajo cuya custodia me puso el Señor con amorosa piedad, a mí que soy vuestro encomendado, alumbradme hoy, guardadme, regidme y gobernadme. Amén.”

¿QUIÉN ES EL DEMONIO?

El demonio es un ser personal, real y concreto, de naturaleza espiritual e invisible, y que por su pecado se apartó de Dios para siempre. Es el padre de la mentira, dice San Juan, y del pecado, de la discordia, de la desgracia, del odio, de lo absurdo y malo que hay en la tierra. Es el enemigo que siembra el mal en el corazón del hombre, y al único que hemos de temer si no estamos cerca de Dios. Su único fin en el mundo, al que no ha renunciado, es nuestra perdición. Y cada día intentará llevar a cabo ese fin a través de todos los medios a su alcance.

El demonio es el primer causante del mal y de los desconciertos y rupturas que se producen en las familias y en la sociedad, como decía el cardenal Newman. En sus tentaciones, el demonio utiliza el engaño, ya que sólo puede presentar bienes falsos y una felicidad ficticia, que se torna siempre soledad y amargura. Bien sabemos que fuera de Dios no existen, no pueden existir, ni el bien ni la felicidad verdaderos. Fuera de Dios sólo hay oscuridad, vacío y la mayor de las tristezas.

Pero el poder del demonio es limitado, y también él está bajo el dominio y la soberanía de Dios, que es el único Señor del universo. El demonio -tampoco el ángel- no llega a penetrar en nuestra intimidad si nosotros no queremos. Decía Casiano que “incluso los mismos pensamientos que ellos nos sugieren, la acogida que les damos, la reacción que causan en nosotros, todo esto no lo conocen (los demonios) por la misma esencia del alma, sino, en todo caso, por los movimientos y manifestaciones externas”.

JESUCRISTO, VENCEDOR DEL DEMONIO

La vida de Jesús quedó resumida en los Hechos de los Apóstoles con estas palabras: Pasó haciendo el bien y librando a todos los oprimidos del demonio. Ciertamente, Cristo es el verdadero vencedor del demonio: ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, dijo Jesús en la Última Cena. Según frases del Concilio Vaticano II, Dios “dispuso entrar en la historia humana de modo nuevo y definitivo, enviando a su Hijo en carne nuestra, a fin de arrancar por Él a los hombres del poder de la tinieblas y de Satanás”.

No obstante, el demonio continúa detentando cierto poder sobre el mundo, en la medida en que los hombres rechazan los frutos de la redención. Tiene dominio sobre aquellos que, de una forma u otra, se entregan voluntariamente a él, prefiriendo el reino de las tinieblas al reino de la gracia, como dijo Juan Pablo II.

Por eso, no debe extrañarnos el ver, en tantas ocasiones, triunfar aquí el mal y quedar lesionada la justicia. Pero debe darnos dar gran confianza saber que el Señor nos ha dejado muchos medios para vencer y para vivir en el mundo, con la paz y la alegría de un buen cristiano. Entre estos medios están: la oración, la mortificación, la frecuente recepción de la Sagrada Eucaristía y la Confesión, y el amor a la Virgen.

El uso del agua bendita es también eficaz protección contra el influjo del diablo. Dice Santa Teresa de Ávila que “de ninguna cosa huyen más los demonios, para no tornar, que del agua bendita”. Y Juan Pablo II nos exhortó a rezar dándonos más cuenta de lo que decimos en la última petición del Padrenuestro: “no nos dejes en la tentación, libranos del Mal, del Maligno. Haz , oh Señor, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el comienzo”. José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, Nº 253).