LA DIVINA MISERICORDIA, UN MENSAJE LLENO DE ESPERANZA. (Homilía: Domingo de la Octava de Pascua. 1-V.2011).

ANTE LA DIVINA MISERICORDIA, EL BEATO JUAN PABLO II.

Precisamente, en el mismo día de la Fiesta de la Divina Misericordia, en el Domingo de la Octava de Pascua, el primero de mayo del año 2011, es beatificado el Papa Juan Pablo II, gran promotor de esta devoción en la Iglesia.

ORIGEN DE LA DEVOCIÓN

Dios es esencialmente Misericordioso, según la Revelación. El mismo se manifiesta como “Misericordioso y Clemente” (Ex 34, 5-7). Así le presenta la Sagrada Escritura más de trescientas veces. Por el Evangelio sabemos que Dios nos ama inmensamente, pero ahora gran parte de la Humanidad va errada y ha caído en las tinieblas de la confusión, de la violencia y del pecado. Para recordárnoslo, con un mensaje lleno de esperanza, Nuestro Señor se apareció, desde 1931 a 1938, a Santa Faustina Kowalska, religiosa de las Hermanas de la Virgen de la Misericordia, en Polonia, confiándole la difusión del culto y la devoción a su Misericordia. La Santa fué canonizada el 3o de abril del año 2000, por el Papa Juan Pablo II, beatificado precisamente ahora en este primer día de mayo de 2011.

EL CUADRO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Santa Faustina Kowalska, el 22 de febrero de 1931, tiene una visión del Señor Jesús que le encomienda pintar una imagen, según modelo que ella ve, con la invocación (en polaco, “JEZU UFAM TOBIE”): “JESÚS, CONFÍO EN TÍ”. “Los rayos que salen de mi Corazón -la dijo el Señor- significan la Sangre y el Agua que brotaron el día de mi Sacrificio en la Cruz. El pálido significa el Agua, que purifica las almas. El rojo, la Sangre que les da la vida”.

PROMESAS A LOS QUE DIFUNDAN ESTA DEVOCIÓN

Jesús promete la salvación eterna y grandes progresos en el camino de la santidad, a los que le den culto con este Cuadro. “Yo protegeré las casas y ciudades en donde se encuentre y venere la imagen de este Cuadro”. Por tanto, en nuestros hogares y en nuestros bolsos o carteras, pongámoslo en lugar preferente.

“A las almas que propaguen la devoción a mi Misericordia, las protegeré durante toda su vida, como una madre a su hijito recién nacido. En la hora de la muerte no seré para ellas un Juez, sino un Redentor Misericordioso”. (Palabras del Señor a Santa Faustina).

MISERICORDIA TAMBIÉN CON EL PRÓJIMO

La Misericordia divina es infinita, pero la podemos limitar con nuestra falta de confianza en Dios o nuestra falta de misericordia con el prójimo. “Si un alma no practica la  misericordia de alguna manera, tampoco la alcanzará en el día del Juicio”.

FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

“Deseo que el primer Domingo, después de Pascua, se celebre la Fiesta de la Divina Misericordia”. El alma que ese día confiese y comulgue obtendrá la remisión completa de sus culpas y penas. “Que nadie tema acercarse a Mí, aun cuando sus culpas fuesen muy atroces. Derramaré todo el océano de mis gracias sobre las almas que se acerquen a mi Misericordia”. “Cuando un gran pecador implora mi Misericordia, me rinde la mayor gloria”. (El 30 de mayo del año 2ooo, el ahora Beato Juan Pablo II instituyó oficialmente esta Fiesta para la Iglesia Universal).

PENITENCIA Y EUCARISTÍA

La devoción a la Divina Misericordia, con obras de piedad y amor al prójimo, implica un corazón arrepentido y humilde, un retorno a los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, un propósito de seguir a Jesús “Camino, Verdad y Vida”, cumpliendo los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia y el Santo Evangelio, a fin de conseguir una verdadera renovación espiritual del mundo.

LA CONFESIÓN

“Cada vez que vas a confesarte sumérgete en mi Misericordia, con gran confianza. Cuando te confiesas, debes saber que Yo mismo te espero en el Confesonario; estoy oculto en el sacerdote, pero Yo mismo actúo en el alma”. Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose, el milagro de la Misericordia la restaura totalmente. A los sacerdotes que proclamen y ensalcen mi Misericordia, les otorgaré un poder extraordinario y ungiré sus palabras y tocaré los corazones de aquellos con quienes hablen”. (Palabras del Señor, a Santa Faustina).

LA EUCARISTÍA

La Eucaristía es un explosión de amor de Dios por la Humanidad. “La Eucaristía -dijo el Beato Juan Pablo II, en Montmartre- es el centro del culto que rendimos al Amor Misericordioso de Cristo, manifestado en su Sagrado Corazón”.

Por ello, todos los devotos de la Divina Misericordia hemos de amar profundamente este Sacramento, procurando asistir a menudo -mejor, a diario- a la Santa Misa y visitarle en el Sagrario, en donde nos espera para otorgarnos abundantes gracias. El Señor dijo a Santa Faustina: “A través de tí como de la Hostia Santa, los rayos de mi Misericordia se expandirán por el mundo”.

Efectivamente, el Beato Juan Pablo II, el 3o de mayo del año 2000, en la homilía de la canonización de Santa Faustina, dijo: “La luz de la Misericordia Divina que el Señor quiso volver a enviar al Mundo, a través de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio”.

LA CORONILLA

El Señor enseñó a Santa Faustina el rezo de unas oraciones que conocemos como Coronilla, con las siguientes palabras: A quien rece esta Coronilla, me complace darle todo lo que me pida”. “Quien la reza, alcanzará gran misericordia en la hora de la muerte. Aunque sea un pecador empedernido, si reza esta Coronilla, aunque sea una sola vez, logrará la gracia de mi infinita misericordia”. “Cuando un agonizante rece esta Coronilla o bien la recen los demás a su lado se aplaca la Justicia Divina y mi insondable Misericordia envuelve aquella alma. Los sacerdotes ofrezcan esta Coronilla a los pecadores, como último socorro”.

LA HORA DE LA MISERICORDIA

El Señor dijo también a Santa Faustina: “A las tres de la tarde, suplica mi Misericordia, especialmente para los pecadores, y aunque sea un brevísimo instante, absórbete en mi Pasión, en particular en mi desamparo en el momento de la Agonía. Este es el momento de la gran Misericordia hacia el mundo. En tal hora, nada le será negado al alma que me lo pida por los méritos de mi Pasión”. (Esta hora es un gran momento para rezar la Coronilla, si bien se puede hacer a cualquier otra hora del día).

MODO DE REZAR LA CORONILLA

Primero se reza un Padrenuestro, un Avemaría y un Credo. Después, con las cuentas del Rosario, siguen cinco decenas. Cada decena comienza así: Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, en expiación de nuestros pecados y por los del mundo entero.

Sigue e implora al Padre eterno 10 veces, en cada decena: Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Terminadas las 5 decenas, dí 3 veces: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Es bueno terminar con una SALVE a la Virgen. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 

 

 

 


“TRATÁDMELO BIEN, TRATÁDMELO BIEN”, decía un obispo al ordenar a sus sacerdotes. (Homilía: Jueves Santo. 21.IV.2011).

LA ÚLTIMA CENA DE JESÚS CON SUS DISCÍPULOS

“¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien!, decía entre lágrimas, un anciano Prelado a los nuevos sacerdotes que acababa de Ordenar”. -“¡Señor!: ¡Quien me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!”. Así escribe San Josemaría, en uno de sus libros titulado “Camino”.

El Jueves Santo es una buena ocasión para que todos repasemos como tratamos a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, presente en todos los Sagrarios, de todas las iglesias católicas del mundo. Si al entrar en una iglesia lo primero que buscamos es el Sagrario y si también nos acercamos a adorar al Señor, doblando la rodilla derecha hasta el suelo. Esto es lo que llamamos hacer la genuflexión ante Jesús Sacramentado. Y si nunca salimos de la Iglesia sin hacer también la genuflexión. Lo primero que debe hacer todo cristiano es cuidar el trato con Dios, presente en el Sagrario.

COMULGAR EN GRACIA DE DIOS

También debemos repasar como hacemos nuestras comuniones. Cuando comulgamos recibimos a Dios, realmente presente en cada partícula consagrada. En primer lugar, debemos examinar si estamos en gracia de Dios, y si no lo estamos, el camino es acudir al Sacramento de la Confesión. “Nadie con conciencia de pecado mortal, se puede acercar a la Sagrada Comunión sin previa Confesión Sacramental”. Asi lo dice el Concilio de Trento y lo ha recordado varias veces el Papa  Juan Pablo II. Pongamos un ejemplo sencillo: si alguien ha faltado a Misa el domingo anterior, sin una causa grave, proporcionada a la obligación grave también de asistir a Misa los domingos y demás días de precepto, no puede acercarse a la Comunión, sin previa Confesión Sacramental.

Si se comulgare en pecado mortal, se cometería un gravísimo pecado que se llama sacrilegio. Precisamente, la beata Teresa de Calcuta decía que causa más daño al mundo una Comunión sacrílega que una guerra atómica.

Por otra parte, también es necesario que se comulgue con piedad y devoción, haciéndonos cargo de lo que recibimos, que es al mismo Dios. El Papa Benedicto XVI da  la Sagrada Comunión de rodillas y en la boca. Y el ayudante pone debajo de la barbilla del comulgante una bandeja, por si se diera el caso de que cayera una partícula o fragmento. Pues bien, esto no lo podemos considerar sólo como algo admirable. Todo buen cristiano sabe que al Papa hay que seguirle no sólo en lo que dice sino también en lo que hace, es decir, en los hechos. El Santo Padre, el Papa es el Vicario de Cristo en la tierra. Y esto no pertenece al terreno de las opiniones, sino que es doctrina clara de la Santa Madre Iglesia.

TEXTOS DEL MAGISTERIO Y DE LOS SANTOS

Recordemos algunos textos del Magisterio de la Iglesia y de los Santos sobre la Eucaristía: El Concilio de Trento llama a la Eucaristía, aquella en la que Cristo quiso derramar sobre los hombres todos los tesoros y riquezas que su pecho atesoraba. Santo Tomás de Aquino dice: “La Eucaristía es sacramento de amor, prenda de Caridad”. San Bernardo la llama “Amor de los amores”. Santa Magdalena de Pazzi llega a decir: “Después de habérseme dado en la Comunión, Dios nada más tiene que darme”.

San Juan Crisóstomo afirma: “A Él nos unimos hasta quedar hechos un cuerpo y una carne con Cristo”. San Esiquio llama “fuego divino” a Jesucristo encerrado en el Sagrario. Y San Francisco de Sales predicó: ” En ninguna otra acción, como la Eucaristía, puede considerarse a Jesucristo ni más tierno ni más amante que en la Comunión, en la cual se aniquila, por decirlo así, y se convierte en manjar deleitoso, para entrar en nuestras almas y unirse estrechamente al corazón de sus hijos”. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Miembro Vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº253).

 


EL DOMINGO DE RAMOS, EXPRESIÓN DEL MISTERIO DE LA CRUZ: ALEGRÍA Y DOLOR. (Homilía: Domingo de Ramos. 17.V.2011).

ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN, EL PRIMER DOMINGO DE RAMOS.

El Domingo de Ramos expresa, por medio de dos ceremonias, una de alegría y otra de tristeza, los dos aspectos del misterio de la Cruz. En primer lugar, la bendición y la procesión de las Palmas y los Ramos, en las que se respira un santo júbilo, nos permite, aún después de veinte siglos, reproducir la escena grandiosa de la entrada triunfal de Jesús, en Jerusalén. Después, viene la celebración de la Eucaristía o Santa Misa, cuyos cantos y lecturas, se relacionan exclusivamente, con el doloroso revivir de la Pasión del Señor.

BENDICIÓN DE LOS RAMOS Y PROCESIÓN

En Jerusalén, en el siglo IV, se leía en este Domingo de Ramos, y en el lugar mismo donde sucedió, el texto evangélico que relata a Cristo aclamado por multitudes como rey de Israel y tomando posesión de la capital de su reino. Porque, en efecto, Jerusalén es figura e imagen de la nueva Jerusalén, la Jerusalén celestial.

Después, el obispo, cabalgando sobre un jumento, iba desde la cima del Monte de los Olivos hasta la iglesia de la Resurrección, rodeado de la muchedumbre de los cristianos, que llevaban en sus manos ramos y palmas y cantaban himnos y antífonas.

Tal ceremonia iba precedida de la lectura del paso del Éxodo, relativo a la salida de Egipto. En aquel tiempo, el pueblo de Dios, acampado a la sombra de las palmeras, junto a las doce fuentes en que Moisés les prometió el maná, era figura del pueblo cristiano que ahora cortaría ramos y palmeras, para manifestar que su Rey, Jesucristo, viene a libertar a los hombres del pecado y a conducirles a  las fuentes bautismales, para  alimentarles después con su Cuerpo y Sangre, mediante la Sagrada Eucaristía.

EXTENSIÓN A TODA LA IGLESIA

Hacia el siglo IX, a nivel universal, la Iglesia adoptó tan bello uso, añadiéndole los ritos de la Bendición de Ramos. Con esta bendición, la Santa Iglesia implora sobre todos los cristianos y sobre todo el mundo, la salud del alma y del cuerpo.

Podemos pensar que ese cortejo de cristianos, con palmas y ramos  en la mano y entonando cantos, que aclama en el mundo entero, y a través de todas las generaciones, la realeza de Cristo, está compuesto por fieles que los Sacramentos del Bautismo, de la Eucaristía y de la Penitencia, van a asociar, en las solemnidades Pascuales, al glorioso triunfo de Cristo.

Precisamente una antigua oración de la Bendición de Ramos, decía: “Viendo por la fe ese hecho y su significación, roguemos al Señor, lo que el pueblo hizo exteriormente, nosotros lo cumplamos también espiritualmente, ganando la victoria sobre el demonio”.

Y también es bueno que conservemos religiosamente, en nuestras casas, uno de los ramitos bendecidos. Se trata de un sacramental que nos alcanzará gracias, por virtud de la oración de la Iglesia, y afianzará nuestra fe en Jesús, vencedor del pecado y de la muerte.

UN MUNDO ENEMIGO DE SU SALVADOR

El día de Ramos, los judíos se precipitan al encuentro de Jesús y le llenan de alabanzas. Sin embargo, dentro de pocos días enviarán guardias para prenderlo, amarrarle y llenarle de golpes e injurias. Tal es la inconstancia del mundo, que maldice al día siguiente a quien exaltó la víspera. El mismo día de Ramos Jesús estuvo todo el día en Jerusalén predicando, sanando enfermos y derramando la gracia de sus beneficios. Sin embargo, cuando llegó la noche, ningún habitante de la ciudad le ofreció albergue en su casa.

¡Qué ingratitud tan grande!. Sí. Pero ¿acaso es menor la mía? ¡Oh Jesús!, soy quizá más ingrato, ya que, después de haberte recibido en mi corazón por la Sagrada Eucaristía, te olvido, no te honro como debo, son mis acciones de gracias poco fervorosas y vuelvo después de haber comulgado a mis malos hábitos: impaciencias, vanidad, sensualidad, distraciones voluntarias durante la oración, la Misa o el rezo del Santo Rosario.

Por su parte, los fariseos se decían entre sí: “¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos así, todos creerán en Él”. ¡Qué injusto es el mundo y qué difícil contentarle!. Pero al acusar al mundo, nos acusamos a nosotros mismos, pues ¡cuántas veces hemos arrojado a Jesús de nuestro corazón después de haberle recibido en él, y cuántas veces en la vida le hemos devuelto mal por bien y ultraje por amor!.

¡Oh Redentor mío! Me arrepiento de haberte ofendido tantas veces a tí, que tanto me has amado. Y por intercesión de tu Santísima Madre, concédeme la gracia de servirte con fidelidad. Inspírame constante agradecimiento por todos tus beneficios, y aumenta en mí el amor que te debo y que me induzca a sacrificarlo todo por tí y a buscar siempre tu gloria. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información(Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253). 


“El Dolor de María fue tanto en el calvario que, repartido entre todos los hombres, hubiera bastado para causarles la muerte al instante”. (Consideraciones, ante el Viernes de Dolores:15.IV.2011).

               IMAGEN DE LA DOLOROSA, EN LA IGLESIA DE SAN BENITO DE LA CORUÑA

 

“Fue tan grande el dolor de la Santísima Virgen al pie de la Cruz, en el Calvario, viendo a su Hijo morir por nuestra salvación, que, repartido entre todos los hombres, hubiese bastado para causarles la muerte instantáneamente”. Así se expresa San Bernardino de Siena, al referirse a la Virgen Dolorosa.

Por su parte, la Virgen dijo a Santa Brígida: “Yo contemplaba el doloroso espectáculo de Jesús agonizante: sus ojos hundidos, entreabiertos, apagados. Anhelante la boca. Las mejillas caídas. El rostro pálido y la cabeza pendiendo sobre el pecho”. Cualquier cristiano, con un mínimo de sentimientos, sin duda alguna exclama: ¡Qué dolor hubo de sentir esta Madre, la más tierna de las madres!

VALOR REDENTOR DEL DOLOR

Y podemos preguntarnos: ¿qué hacía la Purísima Virgen María en medio de tantas angustias?. San Juan dice que estaba, junto a la Cruz, soportando, con su divino Hijo, el peso inmenso de nuestros pecados y los golpes abrumadores de la Justicia de Dios. Y Ella, lo mismo que Jesús, preveía la inutilidad de tan acerbos dolores, para gran número de almas. Y este hecho pesaba como una losa sobre su corazón de Madre. El evangelista insiste en que María se acercó a la Cruz, no como aquellos que se horrorizan de las penas, sino como la Santa Madre que considera el dolor como el más precioso tesoro. Y quiere, a este precio, merecer aún más para nuestra salvación.

En este Viernes de Dolores, cada uno de nosotros, hijos de la más afligida de las Madres, considerémosla sufriendo mil torturas por cada llaga y dolor de su Hijo. Ella oyó las blasfemias que le dirigían y presenció los escarnios de que fué objeto. Cada uno de aquellos insultos, cada una de aquellas burlas atravesaban, como puñales agudos, su corazón de Madre.

ACEPTACIÓN DE LA CRUZ

Jesús y María son modelos perfectos de aceptación y amor a la cruz. Por tanto, pidamos a la Virgen que nos ayude a conocer el misterio de la cruz, en vez de quejarnos cuando nos prueba el dolor, cuando las penas cruzan nuestro camino. La Santísima Virgen reveló también a Santa Brígida que, después de haber sido el Señor desenclavado de la cruz, pudo ella cerrar los ojos a su Hijo, aunque no le fue posible conseguir que sus brazos se plegasen. Sin duda, con esto, el Salvador y su Santísima Madre quieren darnos a entender que los brazos del Redentor están siempre abiertos par acogernos y obtener misericordia. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España).