“La desordenada atracción de los bienes materiales, el mal ejemplo de algunos cristianos y el descuido o inadecuada exposición de la doctrina cristiana han velado el rostro de Dios y la religión”. (Homilía: Solemnidad de la Ascensión del Señor.2 ó 5.VI.2011).

ASCENSIÓN DEL SEÑOR: ID AL MUNDO ENTERO.

A la profunda y desordenada atracción que los bienes materiales ejercen sobre quienes han perdido todo trato con Dios, se suma el mal ejemplo de algunos cristianos que, ” con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión”. Así se expresa el Concilio Vaticano II, en la Constitución Guadium et spes, número 19.

LA FUERZA DE LA FE

Efectivamente, es mucha la ignorancia a nuestro alrededor, es mucho el error, son incontables los que andan por la vida perdidos y desconcertados porque no conocen a Cristo. Ante esta situación, es oportuno recordar lo que dice el Evangelio de la Solemnidad de la Ascensión, al recoger las palabras que Jesucristo pronunció antes de subir al Cielo: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

Por su parte, la Primera lectura de la Misa, tomada de los Hechos de los Apóstoles, en el relato de la Ascensión, recoge estas palabras del Señor: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.

Ciertamente, en cuanto los Apóstoles comenzaron, con valentía y audacia, a enseñar la verdad sobre Cristo, empezaron los obstáculos, y más tarde la persecución y el martirio. Pero al poco tiempo la fe de Cristo traspasó Palestina, alcanzando Asia Menor, Grecia e Italia, llegando a hombres de toda cultura, posición social y raza.

Debemos pensar que también hoy nosotros tendremos incomprensiones, señal cierta de predilección divina y de que seguimos los pasos del Señor. Y, sin embargo, trataremos siempre bien a a los demás, con comprensión, ahogando el mal en abundancia de bien.

IR CONTRA CORRIENTE

Tampoco nos extrañará que, en muchas ocasiones, hayamos de ir contra corriente, en un mundo que parece alejarse cada vez más de Dios, que tiene como fin el bienestar material, y que desconoce o relega a segundo plano los valores espirituales. Un mundo que algunos quieren organizar completamente de espaldas al Creador.

Consideremos que el campo en el habían de sembrar los Apóstoles y los primeros cristianos, era terreno duro, con abrojos, cardos y espinos. Sin embargo, la semilla que esparcieron fructificó abundantemente. A nosotros nos toca ahora prepararlo, en primer lugar, con la oración, la mortificación y las obras de misericordia, que atraen siempre el favor divino;  y al mismo tiempo con la mistad, la comprensión, la ejemplaridad.

A los católicos de hoy, el Señor nos espera en la familia, en la Universidad, en la fábrica, en las asociaciones más diversas, dispuestos a recristianizar el mundo. Es la nuestra una época en la que Cristo necesita hombres y mujeres que sepan estar junto a la Cruz, fuertes, audaces, sencillos, trabajadores, sin respetos humanos a la hora de hacer el bien, alegres, que tengan como fundamento de sus vidas la oración y un trabajo lleno de amistad con Jesucristo. El Señor cuenta con nuestros propósitos de ser mejores, con nuestra labor entre aquellas personas que más nos relacionamos, por razones de amistad, de trabajo o parentesco, como hacían los primeros cristianos.

ÍMPETU DIVINO DE LA IGLESIA

Ciertamente, la Iglesia, en apariencia pequeña, se presenta a los hombres con una fuerza divina capaz de transformar el mundo, haciéndolo más humano y más cercano a su Creador. Muchos hombres de buena voluntad responden hoy a las frecuentes llamadas del Papa, para dar luz a tantas conciencias que andan en la oscuridad, en tierras en las que en otros tiempos se amaba a Cristo.

Como hicieron los primeros cristianos, debemos tratar a las almas para acercarlas a Dios. Pero para ello nos esforzaremos por estar muy cerca del Señor. Porque sin santidad personal no es posible llevar las almas al Creador, ya que seríamos absorbidos por el ambiente pagano que, con frecuencia, encontramos en quienes quizá en otro tiempo fueron buenos cristianos.

Ahora bien, el cristiano, si está unido al Señor, será siempre optimista. Porque si los obstáculos son grandes, también es más abundante la gracia divina. Dios será el que los remueva, siviéndose de cada uno de nosotros como de una palanca. Por tanto, trabajemos por amor a Dios y a las almas, con cariño y con paciencia. De esta forma edificaremos una sociedad más cristiana y más humana.

Hay que recristianizar el mundo de hoy, tal como como nos pide el Romano Pontífice. En nuestros oídos siguen resonando las palabras del Señor: Id al mundo entero. Entonces eran pocos, ahora somos muchos más. Para ello, pidamos a Dios, por la intercesión de María la Virgen, la fe y el amor de aquellos primeros. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613 y Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


EL ALMA EN GRACIA, POR LA PRESENCIA EN ELLA DE LA TRINIDAD, SE CONVIERTE EN UN PEQUEÑO CIELO. (Homilía: VI Domingo de Pascua. 29.V.2011).

INHABITACIÓN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD EN EL ALMA DEL JUSTO.

 El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que ama. Y el que ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él. Así dice el Evangelio de San Juan, en el sexto Domingo de Pascua. Y el mismo evangelista, a continuación, recoge otras palabras del Señor en las que se refiere a la presencia de Dios en cada persona que le ame y que esté en gracia. Si alguno me ama -dice-, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él.

INHABITACIÓN DE LA TRINIDAD

Evidentemente se trata de la Inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma que haya renacido por la gracia. Y esta es una de las enseñanzas fundamentales para la vida cristiana, repetida por San Pablo en su Segunda Carta a los Corintios: Porque vosotros sois templos de Dios.
El Santo español, Juan de la Cruz, citando este pasaje del Apóstol de los Gentiles, en su libro “Cántico espiritual”, comenta: “¿Qué más quieres, ¡oh alma!, y que más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca”.
Por tanto, debemos aprender a tratar cada vez más y mejor a Dios Nuestro Señor, que realmente mora en nosotros. Nuestra alma, por esta presencia, se convierte en pequeño cielo. Como sabemos, en el momento del Bautismo, vinieron a nuestra alma las tres Personas de la Santísima Trinidad, con el deseo de permanecer más unidas a nuestra existencia de lo que puede estar la persona que más queramos en este mundo.
Esta presencia, del todo singular, sólo se pierde por el pecado mortal. Pero los cristianos no debemos contentarnos con no perder a Dios, sino que debemos buscarle en nosotros mismos, en medio de nuestras ocupaciones, cuando vamos por la calle o estamos en casa, para darle gracias, pedirle ayuda, desagraviarle por los pecados que cada día se cometen a nuestro alrededor y en el mundo entero.

DIOS NO ESTÁ LEJOS DE NOSOTROS

Considero que a veces podemos pensar que Dios está muy lejos de nosotros. Y sin embargo, la realidad es que Dios está más cercano, más atento a nuestras cosas que la mejor de las personas que nos ama y nos quiere.
San Agustín, al considerar esta inefable cercanía de Dios, en su libro Confesiones, exclamaba: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!. He aquí que Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba.Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Me tenían lejos de Tí las cosas que, si no estuviesen en Tí, no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera. Brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguedad”.
Ahora bien, debemos tener en cuenta que para hablar con Dios, presente realmente en el alma en gracia, es necesario el recogimiento de los sentidos, que tienden a desparramarse y quedarse apegados a las cosas. Hay que recordar que somos “templos de Dios” y actuar siempre en consecuencia. Y además hay que rodear de amor, de un silencio sonoro, como dicen los autores místicos, esa presencia íntima de la Trinidad en nuestra alma.

PRESENCIA VIVA DE LA TRINIDAD

Es muy importante destacar que la presencia de las tres Divinas Personas, en el alma en gracia, es una presencia viva, abierta a nuestro trato, ordenada al conocimiento y al amor con que podemos corresponder. Se preguntaba San Agustín en el libro citado de las Confesiones: “¿Por qué andar corriendo por las alturas del firmamento y por los abismos de la tierra en busca de Aquel que mora en nosotros?”.
En este sentido, enseñaba también el Papa San Gregorio Magno: “Mientras nuestra mente estuviere disipada en imágenes carnales, jamás será capaz de contemplar a Dios, porque la ciegan tantos obstáculos cuantos son los pensamientos que la traen y la llevan. Por tanto -precisa el Santo Pontífice-, el primer escalón, para que el alma llegue a contemplar la naturaleza invisible de Dios, es recogerse en sí misma”.
Y recogerse es “juntar lo separado”, restablecer el orden interior perdido, evitar la dispersión de los sentidos y potencias, incluso en cosas en sí buenas o indiferentes, y tener, por tanto, como centro a Dios, en la intención de lo que hacemos y proyectamos.
Precisamente, lo contrario del recogimiento interior es  la disipación y la frivolidad. De esta forma, los sentidos y las potencias se quedan en cualquier charca del camino, y como consecuencia, la persona anda sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia. Sin recogimiento no es posible el trato con Dios, afirmaba San Josemaría.
Por lo tanto, en la medida en que purifiquemos nuestro corazón y nuestra mirada, en la medida en que, con la ayuda del Señor, procuremos ese recogimiento, que es riqueza y vida interior, nuestra alma ansiará el trato con Dios, como el ciervo las fuentes de las aguas, dice el Libro de los Salmos. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional del Periodistas, nº 3.613. Miembro de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


CRISTO, IMAGEN DEL PADRE, ES EL CAMINO DEL CIELO. (Homilía: V Domingo de Pascua: 22.V.2011).

JESÚS NOS SEÑALA Y ES EL CAMINO DEL CIELO.

En el Evangelio del Quinto Domingo de Pascua leemos que Jesús enseña a sus discípulos, durante la Última Cena, que en el Cielo tiene un lugar preparado para ellos, para que estén con Él, por toda la eternidad.

LOS OJOS PUESTOS EN EL CIELO

Por su parte, la Iglesia nos invita a tener los ojos puestos en el Cielo, nuestra Patria definitiva, a la que el Señor nos llama. Y debemos tener en cuenta que, del trato habitual con Jesucristo nace el deseo de encontrarnos con Él. La fe lima muchas asperezas de la muerte. El amor al Señor cambia, por completo, el sentido de ese momento final que llegará para todos.

Y debemos recordar que la felicidad de la vida eterna consistirá, ante todo, en la visión directa e inmediata de Dios. Y esta visión no es sólo un perfectísimo conocimiento intelectual, sino también comunión de vida con Dios, Uno y Trino. Ver a Dios es encontrarse con Él, ser felices con Él. De la contemplación amorosa de las Tres divinas Personas se seguirá en nosotros un gozo ilimitado. Todas las exigencias de felicidad y de amor de nuestro pobre corazón quedarán colmadas, sin término y sin fin.

LA GLORIA ACCIDENTAL

Además del inmenso gozo de contemplar a Dios, de ver y estar con Jesucristo glorificado, existe una bienaventuranza accidental, por la que gozaremos de los bienes creados, que responden a nuestras aspiraciones: la compañía de las personas justas que más hemos querido en este mundo: familia, amigos; y también la gloria de nuestros cuerpos resucitados, porque nuestro cuerpo resucitado será numérica y específicamente idéntico al terreno.

“Importa mucho -afirma el Catecismo Romano- estar persuadidos de que este mismo cuerpo que ha sido propio de cada uno, aunque se haya corrompido y reducido a p0lvo, sin embargo de eso ha de resucitar.” Y San Agustín afirma con toda claridad: “Resucitará esta carne, la misma que muere y es sepultada. La carne que ahora enferma y padece dolores, esa misma ha de resucitar”.

Efectivamente, nuestra personalidad seguirá siendo la misma, y tendremos el propio cuerpo, pero revestido de gloria y esplendor, si hemos sido fieles. Nuestro cuerpo tendrá las cualidades propias de los cuerpos gloriosos: agilidad y sutileza -es decir, no estar sometidos a las limitaciones del espacio y del tiempo-, la impasibilidad –no habrá ya muerte, ni llanto ni gemido, ni habrá más dolor, ni tendrán ya más hambre, ni más sed, enjugará Dios toda lágrima de los ojos (dice el Apocalipsis)- y la claridad y la belleza. Por eso, pensar en el Cielo da una gran serenidad. Nada aquí es irreparable, nada es definitivo, todos los errores pueden ser reparados. El único fracaso defenitivo sería no acertar con la puerta que lleva a la Vida.

JESÚS ES EL CAMINO

En la Última Cena, la conversación se alarga y el Apóstol Tomás dice: “Señor, no sabemos a donde vas ¿Cómo podremos saber el Camino?” En respuesta, Jesús contesta: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Y así es: Jesucristo invitó a los discípulos y nos llama a todos a tener puestos los ojos en el Cielo, nuestra Patria definitiva, a la que el Señor nos llama. En efecto, Jesucristo es para el hombre Camino, verdad y Vida, como nos anuncia el Evangelio de este domingo. Quien le conoce, sabe la razón de su vida y de todas las cosas. Nuestra existencia es un constante caminar hacia Él. Por eso, la Santa Madre Iglesia insiste en que debemos leer con frecuencia el Santo Evangelio. Y el Concilio Vaticano II “recomienda insistentemente, a todos los fieles, la lectura asídua de la Sagrada Escritura, pues “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (San Jerónimo)”.

IMAGEN DEL PADRE

Y estando el Señor en estas conversaciones con  los Apóstoles, interviene Felipe, con una petición que a todos nos podría parecer insólita: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta. Y Jesús, con un reproche cariñoso, le contesta: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido?. El que me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?.

Jesús revela al Padre. La Humanidad Santísima de Cristo es el camino para conocer y tratar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Es la contemplación de Jesús el camino ordinario para llegar a la Trinidad Beatísima. En Cristo, tenemos la suprema revelación de Dios a los hombres. “Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su Muerte y gloriosa Resurrección, con el envío del Espíritu de la Verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino: a saber, que Dios está con nosotros para librarnos del pecado y la muerte, y para hacernos resucitar a una vida eterna” (Vaticano II). José Manuel Ardións, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información.


Domingo del Buen Pastor:”EN EL PAPA DEBEMOS VER A QUIEN ESTÁ EN LUGAR DE CRISTO, EN LA TIERRA”. (Homilía:Cuarto Domingo de Pascua.15.V.2011).

BENEDICTO XVI, COMO VICARIO DE CRISTO, ES EL BUEN PASTOR.

La figura del Buen Pastor orienta los textos de la liturgia de este Cuarto Domingo de Pascua. Los primeros cristianos manifestaron una entrañable predilección por la imagen del Buen Pastor. De ello nos han quedado muchos testimonios en pinturas murales, relieves, dibujos que acompañan epitafios, mosaicos y esculturas, en las Catacumbas y en  venerados edificios de la antigüedad.

PASTOR UNIVERSAL

En su última aparición, poco antes de la Ascensión, Cristo constituye a Pedro pastor de su rebaño y guía de la Iglesia. Confía en él, a pesar de las negaciones. Sólo le pregunta si le ama. Tantas veces lo hace cuantas han sido las negaciones. En este sentido, se ve como la imagen del pastor que Jesús se había aplicado a sí mismo pasa a Pedro: él ha de continuar la misión del Señor, ha de ser su representante en la tierra.

Las palabras de Jesús a Pedro –apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas- indican que la misión de Pedro será la de guardar todo el rebaño del Señor, sin excepción. Pedro queda constituído pastor y guía de la Iglesia entera. Como señala el Concilio Vaticano II, Jesucristo “puso al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpétuo y visible, de la unidad de fe y de comunión”. Por tanto, donde está Pedro se encuentra la Iglesia de Cristo. Junto a él conocemos con certeza el camino que conduce a la salvación. Sobre el Primado de Pedro -la roca– estará asentado, hasta el fin del mundo, el edificio de la Iglesia. La figura de Pedro se agranda de modo inconmensurable, porque realmente el fundamento de la Iglesia es Cristo, y, desde ahora, en su lugar estará Pedro. De aquí que el nombre posterior que reciban sus sucesores será el de Vicario de Cristo, es decir, el que hace las veces de Cristo.

Pedro es la firme seguridad de la Iglesia frente a todas las tempestades que ha sufrido y padecerá a lo largo de los siglos. El fundamento que le proporciona y la vigilancia que ejerce sobre ella, como buen pastor son la garantía de que saldrá victoriosa, a pesar de que estará sometida a pruebas y tentaciones. Pedro morirá unos años más tarde, pero su oficio de pastor supremo “es preciso que dure eternamente por obra del Señor, para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, que, fundada sobre roca, debe permanecer firme hasta la consumación de los siglos”, dice el Concilio Vaticano II.

AMOR AL PAPA

El amor al Papa se remonta a los mismos comienzos de la Iglesia. Cuando San Pedro es encarcelado por Herodes Agripa, que espera darle muerte después de la Pacua, mientras tanto “la iglesia oraba incesantemente por él a Dios, dicen los Hechos de los Apóstoles.

 Sobre esta actitud de los primeros cristianos, San Juan Crisóstomo comenta: “Observad los sentimientos de los fieles hacia sus pastores. No recurren a disturbios ni a rebeldía, sino a la oración, que es el remedio invencible. No dicen: como somos hombres sin poder alguno, es inútil que oremos por él. Rezaban por amor y no pensaban nada semejante”.

Esto significa que nosotros los católicos debemos rezar mucho por el Papa, que lleva sobre sus hombros el grave peso de la Iglesia, y por sus intenciones. Dejó escrito San Josemaría: “Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón”. Ojalá cada uno de nosotros podamos decir diariamente que este amor y veneración por el Papa es uno de los grandes dones que el Señor nos ha dejado.

Junto a nuestra oración, ha de estar nuestro amor y nuestro respeto para quien hace las veces de Cristo en la tierra. “El amor al Romano Pontífice -en palabras de San Josemaría- ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo”.

Por esto, dice el autor inglés Chevrot, en su libro Simón Pedro: “no cederemos a la tentación, demasiado fácil, de oponer un Papa a otro. No seremos de aquellos que añoran al Papa de ayer o que esperan al de mañana para dispensarse de obedecer al jefe de hoy. Precisamente, los textos del ceremonial de la inauguración del Pontificado de los papas, no confieren al elegido por el Cónclave los poderes de su dignidad. El sucesor de Pedro tiene esos poderes directamente de Cristo. Por tanto, cuando hablemos del Sumo Pontífice eliminemos expresiones tomadas de las asambleas parlamentarias o de la polémica de los periódicos y no permitamos que hombres extraños a nuestra fe, se cuiden de revelarnos el prestigio que tiene sobre el mundo el jefe de la Cristiandad”.

Y ciertamente no habría respeto y amor verdadero al Papa si no hubiera una obediencia fiel, interna y externa a sus enseñanzas y a su doctrina.

“EL DULCE CRISTO EN LA TIERRA”

Ciertamente, en el Papa debemos ver a quien está en lugar de Cristo en la tierra: al “dulce Cristo en la tierra”, como solía decir Santa Catalina de Siena; y amarle y escucharle, porque en su voz está la verdad. Y debemos procurar que sus palabras lleguen a todos los rincones del mundo, sin deformaciones, para que, lo mismo que cuando Cristo andaba sobre la tierra, muchos desorientados por la ignorancia y el error descubran la verdad y muchos afligidos recobren la esperanza. Dar a conocer sus enseñanzas es parte de la tarea de todo buen hijo de la Iglesia.

 Si estamos muy unidos al Papa, no nos faltarán motivos para el optimismo, porque el porvenir es seguro. Lo que realmente nos es necesario es estar totalmente unidos con el Papa, por medio de la oración, los sacrificios y la acción. José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registo Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 287).