LA IGNORANCIA RELIGIOSA Y LOS PECADOS SON LAS CARGAS MÁS NECESITADAS DE ALIVIO. (Homilía: XIV Domingo del Tiempo Ordinario. 3.VII.2011).

VENID A MÍ TODOS LOS CANSADOS Y AGOBIADOS.

Jesucristo viene a librar a los hombres de sus cargas más pesadas, que,  de un modo especial, en nuestros tiempos, son la ignorancia religiosa y los ajenos y los propios pecados. Venid a Mí todos los cansados y agobiados –dice el Señor a los hombres de todos los tiempos-, y Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

JUNTO A CRISTO, LAS CARGAS SON AMABLES

Junto a Cristo se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que podría ser más costoso, en el cumplimiento de la voluntad de Dios. El sacrificio junto al Señor no es áspero y rebelde, sino gustoso. Él llevó nuestros dolores y nuestras cargas más pesadas. El Evangelio es una continua muestra de su preocupación por todos: “en todas partes ha dejado ejemplos de su misericordia”, dijo San Gregorio Magno. En efecto, resucita a los muertos, cura a los ciegos, a los leprosos, a los sordomudos, libera a los endemoniados. Alguna vez ni siquiera espera a que le traigan al enfermo, sino que dice: Yo iré y le curaré.

Ahora bien, nosotros debemos imitar a Jesucristo. Nunca deberá parecernos excesiva cualquier renuncia, cualquier sacrificio en bien de los demás. La caridad ha de estimularnos a buscar la ocasión de ser útiles, de aligerar a los demás  de algún peso, de proporcionar alegrías a tantas personas que pueden recibir nuestra ayuda.

Pensemos que debemos liberar a los demás de lo que les pesa, como lo haría Cristo en nuestro lugar. A veces consistirá, tal ayuda, en prestar un pequeño servicio, en dar una palabra de ánimo y de aliento, en ayudar a que esa persona mire al Divino Maestro y adquiera un sentido más positivo de la situación, en la que quizá se encuentra agobiada por hallarse sola.

Al mismo tiempo, podemos pensar en esos aspectos en los que de algún modo, a veces sin querer, hacemos un poco más onerosa la vida de los demás: los caprichos, los juicios precipitados, la crítica negativa, la falta de consideración, la palabra que hiere.

COMPADECERSE DE LA CARGA DEL PECADO

El amor descubre en los demás la imagen divina, a cuya semejanza hemos sido hechos. En todos reconocemos el precio, sin medida, que ha costado su rescate: la misma Sangre de Cristo, como decía el Apóstol Pedro. Cuanto más intensa es la caridad, en mayor estima se tiene al prójimo y, en consecuencia, crece la solicitud ante sus necesidades y penas. No sólo vemos a quien sufre o pasa un apuro, sino también a Cristo, que se ha identificado con todos los hombres: en verdad os digo, cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí lo hicisteis, recoge San Mateo.

En efecto, Cristo se hace presente en nosotros con la caridad. Él actúa constantemente en el mundo a través de los miembros de su Cuerpo Místico. Por eso, la unión vital con Jesucristo nos permite también a nosotros decir: venid a Mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. De ahí que, la caridad es la realización del Reino de Dios en el mundo. Y para ser fieles discípulos del Cristo hemos de pedir continuamente que nos dé un corazón semejante al suyo, capaz de compadecerse de los males que arrastra la humanidad, principalmente el mal del pecado, que, es, sobre todos los males, el que más fuertemente agobia y deforma al hombre.

APOSTOLADO DE LA CONFESIÓN

Pidamos, pues,  al Señor la ayuda de su gracia, para sentir compasión, en primer lugar, por aquellos que sufren el mal inconmensurable del pecado, que les sitúa lejos de Dios. Asi entenderemos que el apostolado de la Confesión, es la mayor de las obras de misericordia. Con ello, damos a Dios la posibilidad de verter su perdón generosísimo sobre quienes se habían alejado de la casa paterna. ¡Qué gran carga quitamos a quienes estan oprimidos por el pecado y se acercan a la Confesión!.

ALIVIAR LA CARGA DE LA IGNORANCIA

También debemos aliviar, en la medida que nos sea posible, a tantos que soportan la dura carga de la ignorancia, especialmente de la ignorancia religiosa, que, decía mi profesor de Historia del Derecho, J. Orlandis, “alcanza hoy niveles jamás vistos en ciertos países de tradición cristiana. Por imposición laicista o por desorientación y negligencia lamentables, multitudes de jóvenes bautizados están llegando a la adolescencia con total desconocimiento de las más elementales nociones de la Fe y la Moral y de los rudimentos mismos de la piedad. Ahora -añadía-, enseñar al que no sabe significa, sobre todo, enseñar a los que nada saben de Religión, significa también evangelizarles, es decir, hablarles de Dios y de la vida cristiana”.

Ciertamente, ¡Qué peso tan grande es el de aquellos que no conocen a Cristo, que han sido privados de la doctrina cristiana o están imbuidos en error! Y nosotros, si alguna vez nos encontramos con un  peso que nos resulta demasiado duro para nuestras fuerzas, no dejemos de oír las palabras de Jesús: Venid a Mí. Sólo Él restaura las fuerzas. Sólo Él calma la sed. Y, sin duda, el trato continuo con Nuestra Madre Santa María nos facilitará el camino hacia Cristo. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


QUE NO CESE NUESTRA ADORACIÓN A DIOS ESCONDIDO, EN LA SAGRADA HOSTIA. (Homilía: Corpus Christi. Solemnidad. 23 ó 26.VI.2011).

 

ADORACIÓN DE LA SAGRADA HOSTIA. (Claudio Coello,en el Escorial).

El jueves día 23 de junio o el 26 domingo, según los lugares, se celebra esta gran Solemnidad del Corpus Christi, en honor del Misterio Eucarístico. En ella, se unen la liturgia y la piedad popular, que no han ahorrado ingenio y belleza para cantar al Amor de los amores. Para este día, Santo Tomás de Aquino compuso los bellísimos textos de la Misa y del Oficio divino.

ADORACIÓN

Debemos dar gracias al Señor por haberse quedado entre nosotros, desagraviarle y mostrarle nuestra alegría por tenerlo tan cerca: Te adoro con devoción, Dios escondido, le diremos muchas veces, en la intimidad del corazón.

Benedicto XVI explicó, a niños que se preparaban para la Primera Comunión, el significado de la adoración a Dios, con estas palabras: La adoración es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por Él, sólo si sigo el camino que Él me señala. Así pues, adorar es decir: Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo. También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo: Yo soy tuyo y te pido que Tú también estés siempre conmigo.

Por su parte, monseñor Echevarría, en una Carta Pastoral de este mes de junio, afirma que “el sentido de la adoración se ha perdido en grandes estratos de los países, y los cristianos -con optimismo sobrenatural y humano- estamos convocados a reavivar en las demás personas esa actitud, la única congruente con la auténtica condición de las criaturas. Si las gentes no adoran a Dios, se adorarán a sí mismas, en las diversas formas que registra la historia: el poder, el placer, la riqueza, la ciencia, la belleza…; sin percatarse de que todo eso, desvinculado de su fundamento último que es Dios, se esfuma”. Afirma el Concilio Vaticano II que “la criatura sin el Creador desaparece”.

Ciertamente, Nuestro Dios y Señor se encuentra en el Sagrario, allí está Cristo, y allí deben hacerse presentes nuestra adoración y nuestro amor. Este veneración a Jesús Sacramentado se expresa de muchas maneras: bendición con el Santísimo, procesiones, oración ante Jesús Sacramentado, genuflexiones que son verdaderos actos de fe y de adoración.

Entre estas devociones y formas de culto, “merece una mención particular la Solemnidad del Corpus Christi –decía el Beato Juan Pablo II-, como acto público tributado a Cristo presente en la Eucaristía. La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento de Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración”.

FIESTA DE ALEGRÍA

El día de Corpus es también fiesta de acción de gracias y de alegría, porque el Señor ha querido quedar con nosotros para alimentarnos, para fortalecernos y para que nunca nos sintamos solos.

La Sagrada Eucaristía es el viático, el alimento para el largo camino de la vida, hacia la verdadera Vida. Ella abre nuestro corazón a una  realidad totalmente nueva. Y aunque celebramos una vez al año esta fiesta, en realidad la Iglesia proclama cada día esta dichosa verdad: Él se nos da diariamente como  alimento y se queda, en nuestros Sagrarios, para ser la fortaleza y la esperanza de una vida nueva, sin fin y sin término. Es siempre un misterio vivo y actual.

LA PROCESIÓN DE CORPUS

Si en tantas ciudades y aldeas donde se tiene la antiquísima costumbre de llevar en procesión a Jesús Sacramentado, alguien preguntara al oir el rumor de las gentes: “¿qué es?”, “¿qué ocurre?”, se podría contestar con las mismas palabras que le dijeron al ciego Bartimeo: es Jesús de Nazaret que pasa.

Es Él mismo, que recorre las calles recibiendo el homenaje de nuestra fe y de nuestro amor.  Y, como a Bartimeo, también se nos debería encender el corazón para gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Y el Señor, que pasa bendiciendo y haciendo el bien, tendrá compasión de nuestra ceguera y de tantos males como a veces pesan en el alma.

La fiesta que celebramos, con exhuberancia de fe y amor, decía el Papa Pablo VI que “quiere romper el silencio misterioso que circunda a la Eucaristía y tributarle un triunfo que sobrepasa el muro de las iglesias, para invadir las calles de las ciudades e infundir en toda comunidad humana el sentido y la alegría de la presencia de Cristo, silencioso y vivo acompañante del hombre, peregrino por los senderos del tiempo y de la tierra”.

Muchos serán los cristianos que en esta Solemnidad acompañen en procesión al Señor, que sale al paso de los que quieren verle, “haciéndose el encontradizo-afirma San Josemaría-con los que no le buscan”. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 

 


EL MISTERIO INEFABLE DE LA VIDA ÍNTIMA DE DIOS. (Homilía: La Santísima Trinidad.Solemnidad. 19.VI.2011).

LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

La liturgia de la Iglesia propone, en este día, el misterio central de nuestra fe: La Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias, misterio inefable de la vida íntima de Dios.

REVELACIÓN DEL MISTERIO

Es Cristo quien revela la intimidad del misterio trinitario y la llamada a participar en Él. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo, dijo el Señor. Él reveló también la existencia del Espíritu Santo, junto con el Padre. Y lo envió a la Iglesia para que la santificara, hasta el fin de los tiempos. Y además, nos reveló también la perfectísima Unidad de vida entre las divinas Personas.

Ciertamente, el misterio de la Santísima Trinidad es el punto de partida de toda la verdad revelada. Y es también la fuente de donde procede la vida sobrenatural y a donde nos encaminamos: somos hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, santificados contínuamente por el Espíritu Santo, para asemejarnos cada vez más a Cristo. De esta forma, crecemos en el sentido de nuestra filiación divina, que es la que nos hace ser templos vivos de la Santísima Trinidad.

Por ser el misterio central de la vida de la Iglesia, la Trinidad Beatísima es invocada seguido, en toda su Liturgia. En efecto, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo fuimos bautizados, y en su nombre se nos perdonan los pecados. También, al comenzar y al terminar muchas oraciones, nos dirigimos al Padre, por medio de Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo. Y, muchas veces al día, repetimos los cristianos: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

PARTICIPACIÓN EN LA VIDA DIVINA

La vida divina -a cuya participación hemos sido llamados- es fecundísima. El Padre engen- dra eternamente al Hijo, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Esta generación del Hijo y lo que llamamos la espiración del Espíritu Santo, no es algo que aconteció en un momento determinado, dejando como fruto estable las Tres Divinas Personas, sino que son  procedencias eternas, a las que los teólogos llaman “procesiones”.

Sin embargo, la esencia de Dios Padre está en que todo su ser consiste en dar la vida al Hijo. Y eso es lo que lo determina como Persona divina, distinta de las demás. Y la esencia del Unigénito de Dios es precisamente ser Hijo. Y aquí nos encontramos con la gran maravilla: que es el hecho de como, a través de Él (el Hijo), haciéndonos semejantes a Él, por un impulso constante del Espíritu Santo, nosotros alcanzamos y crecemos en el sentido de nuestra filiación divina.

 Dice un Cartujo -así firma-, en un libro titulado “La Trinidad y la vida interior”, que, en Dios, la Paternidad, la Filiación y la Espiración constituyen todo el Ser del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo. En efecto, desde que el hombre es llamado a participar de la misma vida divina, por la gracia recibida en el Bautismo, está destinado también a participar, cada vez más, en esta Vida. Es un camino que es preciso andar continuamente. Y, del Espíritu Santo recibimos constantes impulsos, mociones, luces, e inspiraciones para ir más de prisa, por ese camino que lleva a Dios. Y para estar cada vez en una “órbita” más cercana al Señor.

EN LA INTIMIDAD DEL ALMA

Sabemos que la Trinidad Santa habita en nuestra alma en gracia, como en un templo. Ya San Pablo nos decía, en su Carta a los Romanos, que el amor de Dios ha sido derramado, en nuestros corazones, con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Por eso, en la intimidad del alma, nos hemos de acostumbrar a tratar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Y nosotros, con Santa Catalina de Siena, podemos decir: “Tú, Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro, más descubro, y cuanto más descubro, más te busco”.

Y la carmelita, Beata Isabel de la Trinidad, en un arrobamiento de enamorada, añadía: “¡Oh, Dios mío, Trinidad Beatísima! Sacad de mi pobre ser el máximo rendimiento para vuestra gloria y haced de mí lo que queráis, en el tiempo y en la eternidad. Quisiera ofreceros todo cuanto soy y tengo; y que, mi pobre vida, fuera, en unión íntima con el Verbo Encarnado, un sacrificio incesante de alabanza y de gloria de la Trinidad Beatísima”.

“Quisiera -añadía- incendiar el corazón de todas vuestras creaturas y la Creación entera, en las llamas de vuestro amor. Quisiera amaros con el corazón de San José, con el Corazón Inmaculado de María, con el Corazón adorable de Jesús”.  Y tomando textos de la Sagrada Escritura, concluía: “¡Oh Espíritu de Amor!, enseñadnos todas las cosas y formad con María, en nosotros, a Jesús, hasta que seamos consumados en la unidad, en el seno del Padre”. José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional del Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


“LA ERA DE IGLESIA EMPEZÓ CON LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE MARÍA Y LOS APÓSTOLES”. (Homilía: Solemnidad de Pentecostés. 12.VI.2011).

 

LA VIRGEN PRESIDE EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA, EN PENTECOSTÉS.

Todos están en el Cenáculo. En el centro de los Apóstoles y de las Santas Mujeres se encuentra la Madre de Dios. “La era de la Iglesia -decía el Beato Juan Pablo II- empezó con la “venida”, es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, junto con María, la Madre del Señor”.

MARÍA PRESIDE EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA

“María, que concibió a Cristo por obra del Espíritu Santo, el amor de Dios vivo, preside el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés -afirmó el Papa Pablo VI-, cuando el mismo Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y vivifica, en la unidad y en la caridad, el Cuerpo místico de los cristianos”.

Efectivamente, la Virgen es la única que en el Adviento vive la promesa realizada en su seno. En Pentecostés, aguarda en compañía de los Apóstoles y de las Santas Mujeres. Y en esta espera compartida, la Iglesia empieza a manifestarse públicamente alrededor de Nuestra Señora y presidida por Ella misma.

Nuestra Madre es la “que implora con sus oraciones -dice el Concilio Vaticano II- el don del Espíritu Santo, que, en la Anunciación, ya la había cubierto a Ella con su sombra”, convirtiéndola en el Tabernáculo de Dios. Así, María, en los comienzos de la Redención, nos dio a su Hijo. Ahora; “por medio de sus eficacísimas súplicas -en palabras del Papa Pío XII-, consiguió que el Espíritu del divino Redentor, otorgado ya en la Cruz, se comunicara, con sus prodigiosos dones, a la Iglesia, recién nacida el día de Pentecostés”.

LA VIRGEN ES LA OBRA MAESTRA DE DIOS

Consideremos que la Virgen Santísima recibió el Espíritu Santo, con una plenitud única, el día de Pentecostés. Y esto sucedió porque el corazón de María era el más puro, el más desprendido, el que de modo incomparable amaba más a la Trinidad Beatísima. Por eso, el Paráclito descendió sobre el alma de la Virgen y la inundó de una manera nueva. De ahí que, Ella, preparada por el Espíritu Santo para ser tabernáculo vivo del Hijo de Dios, puede ser calificada como “la obra maestra de Dios”, como decía San Josemaría. Porque, en realidad, ninguna criatura se dejó llevar y guiar por el Espíritu Santo como nuestra Madre Santa María. Ninguna vivió la filiación divina como Ella.

Y debemos afirmar también que la Virgen es la Criatura más amada de Dios, pues, el Espíritu Santo, que ha habitado en María desde el Misterio de su Concepción Inmaculada, en el día de Pentecostés vino a fijar en Ella su morada, de una manera nueva.

MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA

Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que, todo cuanto se ha hecho en la Iglesia, desde su nacimiento hasta nuestros días, es Obra del Espíritu Santo: la evangelización del mundo, las conversiones, la fortaleza de los mártires, la santidad de sus miembros, etc. Enseñaba San Agustín que “lo que el alma es al cuerpo del hombre, eso es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia. El Espíritu Santo hace en la Iglesia lo que el alma hace en los miembros de su cuerpo”.

Ciertamente, El Espíritu Santo es además el santificador de nuestra alma. Todas las obras buenas, las inspiraciones y deseos que nos impulsan a ser mejores y las ayudas necesarias para llevarlas a cabo, todo es obra del Paráclito. Un padre de la Iglesia, como San Cirilo de Jerusalén, que  dijo maravillas sobre el Espíritu Santo, entre otras muchas cosas, escribió: “Su actuación en el alma es suave, su experiencia es agradable y placentera, y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Se acerca con la verdad del genuino protector. Pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar la mente del que lo recibe y después, por las obras de éste, la mente de los demás”.

La costurera castellana, Javiera del Valle, dejó escrito, sobre el Espíritu Santo, lo siguiente: “Este divino Maestro pone su escuela en el interior de las almas, que se lo piden y ardientemente desean tenerle por Maestro”. Ciertamente, al que es hallado digno del don  del Espíritu Santo, se le ilumina el alma y es levantado por encima de su razón natural; ve lo que antes ignoraba.

El célebre dominico, Garrigou-Lagranje, en su libro “La Madre del Salvador”, afirma que, después de Pentecostés, la Virgen es “como el corazón de la Iglesia naciente”. En efecto, el Espíritu Santo que la había preparado para ser Madre de Dios, la dispone, en Pentecostés, para ser Madre de la Iglesia y de cada uno de nosotros. Y por eso, fue proclamada con el título de Madre de la Iglesia, por el Papa Pablo VI, en un discurso al Concilio Vaticano II, el 2 de septiembre de 1964. José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).