LA CONFESIÓN LLEVA A LA COMUNIÓN, ASÍ COMO LA EUCARISTÍA CONDUCE AL SACRAMENTO DEL PERDÓN.(Homilía: XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. 31.VII.2011).

EL MILAGRO DE LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES Y LOS PECES, FIGURA DE LA EUCARISTÍA.

El relato del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, obrado por Nuestro Señor Jesucristo, según el Evangelio de este Domingo, comienza con las mismas actitudes con que los Evangelios y San Pablo, nos han transmitido la Institución de la Eucaristía. Y, tanto el texto como el hecho de que el Señor, a los pocos días, hablara en la Sinagoga de Cafarnaúm de la Institución de la Eucaristía, nos desvelan que así como la Confesión lleva a la Comunión, también la recepción del Señor nos conduce al Sacramento del perdón.

ESTE MILAGRO ES FIGURA DE LA EUCARISTÍA

Tal coincidencia -dice la Biblia editada por la Universidad de Navarra- nos hace ver que este milagro, además de ser una muestra de la misericordia de Jesús con los necesitados, es figura de la Sagrada Eucaristía, de la que hablará el Señor poco después, en la Sinagoga de Cafarnaúm.

Así lo han interpretado muchos Padres de la Iglesia. El mismo gesto del Señor, de elevar los ojos al cielo, cuando multiplicaba el pan, nos trae a la memoria la Liturgia de la Santa Misa, en el Canon Romano. Y levantados sus ojos al cielo, a ti Dios Padre suyo todopoderoso, dándote gracias, lo bendijo, lo partió y lo dió a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él: porque este es mi cuerpo. (El sacerdote celebrante, en este momento, imita todos los ademanes de Jesús).

Ahora bien, al recordarlo nos preparamos para asistir a un milagro mayor que la multiplicación de los panes: la conversión del pan en su propio Cuerpo, que es ofrecido, sin medida, como alimento espiritual a todos los hombres.

El milagro de aquella tarde, junto al Lago de Galilea, manifestó el poder y el amor de Jesús a los hombres. Este poder y amor harán posible que encontremos el Cuerpo de Cristo, con su Sangre Alma y Divinidad, bajo las especies sacramentales, para alimentar, a lo largo de la historia, a los fieles que acudirán a recibir la Eucaristía. “Lo tome uno o lo tomen mil, lo mismo tomen éste que aquel, no se agota por tomarlo”, dice Santo Tomás de Aquino, en la secuencia que compuso para la Misa del Corpus Christi.

Por su parte, San Juan Evangelista informa que el milagro produjo un gran entusiasmo en aquella multitud que se había saciado. Y comenta San Josemaría: “Si aquellos hombres, por un trozo de pan -aun cuando el milagro de la multiplicación sea muy grande-, se entusiasman y te aclaman ¿qué deberemos hacer nosotros por los muchos dones que nos has concedido, y especialmente porque te nos entregas sin reserva en la Eucaristía?”.

PREPARAR CADA COMUNIÓN COMO SI FUERA LA ÚNICA DE  NUESTRA VIDA

En la Comunión recibimos cada vez a Jesús, el Hijo de María, el Creador de Cielos y Tierra. “Nosotros poseemos, en la Hostia -dice el teólogo  Philipon, en su libro Los Sacramentos en la vida cristiana-, al Cristo de todos los misterios de la Redención: al Cristo de la Magdalena, del hijo pródigo y de la Samaritana, al Cristo resucitado de entre los muertos, sentado a la diestra del Padre. Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida. Está aquí con nosotros, en cada ciudad, en cada pueblo…”

CONFESION Y EUCARISTÍA

Cada Comunión, ciertamente, es una fuente de gracias, una luz nueva y un impulso nuevo que, a veces sin notarlo, nos da fortaleza para la vida diaria, para afrontarla con garbo humano y sobrenatural, y para que nuestros quehaceres nos lleven a Dios.

La participación en estos beneficios depende, sin embargo, de la calidad de nuestras disposiciones interiores, porque los sacramentos, afirmó el Papa San Pío X, “producen  un efecto mayor cuanto más perfectas son las disposiciones en que se los recibe”.

Estas disposiciones de alma y cuerpo, se especifican acudiendo a la Confesión, no sólo cuando tenemos un pecado grave, sino también cuando nuestra alma, tal vez ayudada espiritualmente por un sacerdote, lo considere necesario o conveniente. Pero, no olvidemos que siempre el amor será el que nos lleve a tener una honda piedad eucarística.

“Esta devoción -señaló el ahora beato Juan Pablo II en su primer viaje a España- os acercará cada vez más al Señor; y os pedirá el oportuno recurso a la Confesión Sacramental, que lleva a la Eucaristía, como la Eucaristía lleva a la Confesión”. En efecto, los Sacramentos -Confesión y Comunión-, que hacen al alma más delicada y más fino el amor, están íntimamente relacionados.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


LA IGLESIA ES SANTA POR LA ACCIÓN DE DIOS EN ELLA, NO POR EL COMPORTAMIENTO DE LOS HOMBRES. (Homilía: XVII Domingo del Tiempo Ordinario. 24.VII.2011).

LA RED ECHADA EN EL MAR ES IMAGEN DE LA IGLESIA, EN CUYO SENO HAY JUSTOS Y PECADORES.

La red echada en el mar, que recoge toda clase de peces, unos buenos y otros malos, que describe el Evangelio de este domingo décimo séptimo del Tiempo Ordinario, es figura de la Iglesia, en cuyo seno hay justos y pecadores. Efectivamente, en ella, hasta el final de los tiempos habrá santos y gente que se ha marchado de la casa paterna, malgastando la herencia del Bautismo.

LA IGLESIA ES MADRE

Escribió Journet, en su obra, Teología de la Iglesia, que la misma Iglesia “sigue viviendo en sus hijos que no poseen ya la gracia. Lucha en ellos contra el mal que les corroe. Se esfuerza por retenerlos en su seno, por vivificarlos continuamente al ritmo de su amor. Los conserva como se conserva un tesoro del que no se desprende uno más que cuando se ve obligado a ello. Y no es que quiere cargar con un peso muerto. Tan sólo espera que a fuerza de paciencia, de mansedumbre, de perdón, el pecador que no se haya separado totalmente de ella volverá para vivir en plenitud. Que la rama adormecida, por la poca savia que en ella quedaba, no será cortada ni arrojada al fuego eterno, sino que tendrá tiempo para volver a florecer”.

La Iglesia no se olvida un solo día de que es Madre. Continuamente reza por sus hijos que se hallan desviados, espera con infinita paciencia, trata de ayudarles con caridad sin límites.

SIEMPRE BELLA Y JOVEN

En virtud de la santidad de su Fundador, la Iglesia, Esposa de Cristo, es siempre joven y siempre bella, sin mancha ni arruga, como dice San Pablo. Y es digna siempre de la complacencia divina. De esta forma, la santidad de la Iglesia es algo permanente, que no depende del número de cristianos que viven su fe hasta las últimas consecuencias, porque es santa por la acción constante del Espíritu Santo, y no por el comportamniento de los hombres. Por eso, aún en los momentos más graves, “si las claudicaciones superaran numéricamente las valentías -decía San Josemaría-, quedaría aún esa realidad mística -clara, innegable, aunque no la percibamos por los sentidos- que es el Cuerpo de Cristo, el mismo Nuestro Señor, la acción del Espíritu Santo, la presencia amorosa del Padre”.

Ciertamente, aunque en el Pueblo de Dios existan miembros alejados de la gracia santificante y sean incluso causa de escándalo para muchos, la Iglesia misma, sin embargo, está libre de todo pecado. De ella se puede decir, de modo analógico y acomodado, lo que se dice de Cristo: es de arriba, no de abajo; es de origen divino.

Dice el Concilio Vaticano II que “Cristo la tomó como a su esposa, entregándose a Sí mismo por ella para santificarla, la unió a Sí mismo como su cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo, para gloria de Dios. Esta santidad de la Iglesia se manifiesta continuamente y debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles. Se expresa de las maneras más diversas en que cada uno de los que, según su condición de vida, tienden a la perfección de la caridad, edificando a los demás”.

LA IGLESIA NO ES UNA INSTITUCIÓN POLÍTICA: ES UNA CREACIÓN DEL PADRE CELESTIAL

La Iglesia sabe que no es una formación de este mundo, ni un poder cultural religioso, ni una institución política, ni una escuela científica, sino una creación del Padre celestial por medio de Jesucristo. Como dijo el citado Concilio Vaticano II, “en ella ha depositado Cristo, el Enviado del Padre, su palabra y su obra, su vida y su salvación, y en Ella los dejó para todas las generaciones venideras”.

Y los pecadores pertecen a la Iglesia, a pesar de sus pecados. Todavía pueden volver a la casa paterna, aunque sea en el último instante de su vida. Por el Bautismo, llevan en sí una esperanza de reconciliación que ni aún los pecados más graves pueden borrar. El pecado que la Iglesia encuentra en su seno no es parte de ella. Es, por el contrario, el enemigo contra el que habrá que luchar hasta el final de los tiempos, especialmente a través del Sacramento de la Confesión.

Sí. En efecto, pertecen a la Iglesia sus hijos manchados por el pecado, pero no sus manchas. Sería triste que nosotros, si somos sus hijos, dejaramos que se juzgara a la Iglesia precisamente por lo que no es. Recordaba  el Beato Juan Pablo II, en un discurso al Simposio de Obispos Europeos, que la Iglesia “es Madre, en la que renacemos a la vida nueva en Dios; una Madre debe ser amada. Ella es santa en su Fundador, medios y doctrina, pero formada por hombres pecadores; hay que que contribuir positivamente a mejorarla, a ayudarla hacia una fidelidad siempre renovada, que no se logra con críticas corrosivas”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de la Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrd, nº 253).


“DEJAN DE ODIAR, QUIENES DEJAN DE IGNORAR”, dijo el célebre Tertuliano.(Homilía: XVI Domingo del Tiempo Ordinario.17.VII.2011).

Dejan de odiar, quienes dejan de ignorar, escribió el célebre autor cristiano Tertuliano, que nació en Cartago hacia el  año 155  y murió con posterioridad al 220. Para Dios cada hombre es único, y para salvarlo tomó nuestra naturaleza humana, y nos dió su doctrina salvadora. “Pero -nos dice el Evangelio de este domingo-, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró la cizaña en medio del trigo, y se fué”.

VINO EL ENEMIGO Y SEMBRÓ CIZAÑA EN MEDIO DEL TRIGO.

 LA PARÁBOLA DE LA CIZAÑA, HOY

La cizaña es una planta parecida al trigo, que es muy difícil al ojo experto del labriego, distinguirla del propio trigo. Y, mezclada con harina buena, contamina el pan y es perjudicial para el hombre. Sembrar cizaña entre el trigo era un caso de venganza personal, que se dió muchas veces en Oriente.

Los Santos Padres han visto en la cizaña una imagen de la mala doctrina, del error, que se puede confundir con la verdad misma, “porque es propio del demonio mezclar el error con la verdad”-afirma San Juan Crisóstomo-, y difícilmente se distinguen; pero, después, el error siempre produce consecuencias catastróficas en el pueblo de Dios

Hoy, esta parábola no ha perdido nada de actualidad: muchos cristianos se han dormido y han permitido que el enemigo sembrara la semilla, en la más completa impunidad. Y así han surgido errores sobre casi todas las verdades de fe y moral.

Por lo tanto, hemos de estar vigilantes con aquellas publicaciones, programas de televisión, lecturas, y otras muchas cosas más que siembran el error y la mala doctrina. Es necesario vigilar para no dar cabida al error, que pronto lleva a la esterilidad y al alejamiento de Dios.

APREMIA CAMBIAR EL RUMBO

En efecto, el error y la ignorancia han producido muchos estragos. El profeta Oseas escribió: languidece mi pueblo. Y, en nuestros tiempos, no podemos negar que andan muchos sumidos en la tristeza, en el pecado, en el desconsuelo, en la desorientación más grande, por falta de la verdad sobre Dios. Son muchas las personas que se dejan arrastrar por las modas y por las ideas impuestas por unos pocos que están en lugares de gran influencia, o se ven deslumbrados por falsos razonamientos, con complicidad de las malas pasiones.

Desgraciadamente, el enemigo de Dios y de las almas ha utilizado todos los medios posibles. Se desfiguran unas noticias. Se silencian otras. Se propagan ideas demoledoras sobre el matrimonio, a través de seriales de televisión de gran alcance. Se ridiculiza el valor de la castidad y del celibato. Se propugna el aborto y la eutanasia. Se siembra la desconfianza ante los sacramentos. Y se da una idea pagana de la vida, como si Cristo no hubiera venido a redimirnos y a recordarnos que nos espera en el Cielo. Y esto, además, se hace con una constancia y un empeño increíbles. Se puede decir, en verdad, que el enemigo no descansa.

Sin embargo, debemos considerar que a la historia se le puede imprimir un rumbo distinto. No está predeterminada al mal y Dios nos ha dado la libertad para que sepamos conducirla a Él. Y ésta es tarea de todos: a cada cristiano, esté donde esté, le atañe la misión de sacar a los hombres de la ignorancia y de sus errores.

Es cierto que hay profesiones que pueden tener una mayor influencia en la vida pública. Sin embargo, todos podemos y debemos sembrar buena semilla con simpatía, con amabilidad, con oportunidad, en la propia familia, entre los amigos, en el ámbito en el que nos movemos, mostrando con valentía la belleza de la verdad y desenmascarando el error. Otras veces, aconsejando un buen libro, con contenido doctrinal  católico. También animaremos a los demás, con el propio ejemplo, a que se comporten como buenos cristianos.

Sería bueno que nos convenciéramos de que debemos sacar el máximo provecho, a las muchas oportunidades que se nos presentan en la vida ordinaria, paras sembrar la buena semilla de Cristo. Unas veces será con motivo de un viaje. Otras, al leer el periódico, al charlar con los vecinos, a propósito de la educación de los hijos, al participar en un Colegio profesional, o al emitir el voto en unas elecciones. Pensemos que así servimos a Cristo y seremos su voz en el mundo.

VENCER EL MAL CON EL BIEN

La abundancia de cizaña sólo puede contrarrestarse con abundancia de buena doctrina: vencer al mal con el bien, decía San Pablo en la Carta a los Romanos. Y también lo debemos hacer con el ejemplo de vida, la coherencia de conducta,-que es naturalidad-,  y con la presencia activa en las realidades humanas nobles que nos atañen. Porque no basta con lamentarse ante los errores y los medios tan poderosos que hay para difundirlos. Es la hora de salir al descubierto con todos los medios, pocos o muchos, que tengamos a nuestro alcance. Y disponernos a no desaprovechar una sola ocasión que se nos presente.

Debemos preguntarnos: ¿ qué puedo hacer yo en mi familia, en el trabajo, en la escuela, en la agrupación social o deportiva a la que pertenezco?. Reflexionemos: las modas pasan, y aquellos aspectos contrarios a la doctrina de Jesucristo que perduren, los cambiaremos los cristianos con empeño, con alegría, con una santa tozudez humana y sobrenatural. Nada es inevitable, todo puede llevar otro rumbo, si hay hombres y mujeres que aman a Cristo y están santamente empeñados en que las costumbres sean más conformes con el querer de Dios. Debemos estar absolutamente convencidos de que la doctrina de Jesucristo es la única que puede traer la felicidad y la alegría al mundo.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 

 


LA SEMILLA DIVINA: ¿Qué lugar ocupa Dios y la doctrina cristiana, en nuestra vida?.(Homilía: XV Domingo del Tiempo Ordinario. 10-VII.2011).

DIOS VINO A SEMBRAR SU DOCTRINA EN EL MUNDO.

Jesús se sentó junto al lago de Galilea. Se acercó mucha gente para oír su palabra, hasta tal punto que, tuvo que subir a una barca, mientras la multitud le escuchaba en la orilla. Y, entonces, el Señor comenzó a enseñarles: Salió el sembrador a sembrar, y la semilla cayó en terrenos distintos. Tales terrenos son figura de la actitud de cada hombre, ante la doctrina que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo. Y, así, surgirá la pregunta: ¿qué lugar ocupa Dios y la doctrina cristiana, en nuestra vida?.

ALMAS VACÍAS

Efectivamente, la semilla, en parte, cayó junto al camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Estos son los que oyen la palabra de Dios, pero viene luego el Maligno, y arrebata lo sembrado en su corazón.

Ciertamente, el camino son las almas disipadas, vacías, abiertas por completo a lo externo, incapaces de recoger sus pensamientos y guardar los sentidos, sin orden en sus afectos, poco vigilantes en los sentimientos, con la imaginación puesta, con frecuencia, en pensamientos inútiles. Son almas acostumbradas también a vivir de espaldas de Dios. Son corazones duros que escuchan la palabra divina, pero el diablo, con suma facilidad, la arranca de sus almas. San Juan Crisóstomo dice que son personas “negligentes, tibias y desdeñosas”.

ALMAS INCONSTANTES

Más, dice el Evangelio, otra parte cayó en pedregal, donde no había mucha tierra, y brotó pronto por no ser hondo el suelo. Pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz.

Este pedregal representa a las almas superficiales, inconstantes, incapaces de perseverar. Tal vez tienen buenas disposiciones, incluso reciben la gracia con  alegría, pero, llegado el momento de hacer frente a las dificultades, retroceden. No son capaces de sacrificarse por llevar a cabo los propósitos que hicieron.

Hay algunos, enseña Santa Teresa, que después de vencer a los primeros enemigos de la vida interior, “acabóseles el esfuerzo, faltóles el ánimo”, dejaron de luchar, cuando sólo estaban “a dos pasos de la fuente de agua viva, que -dijo el Señor a la Samaritana-, quien la bebiere no tendrá sed”. Por su parte, San Juan de la Cruz afirma que “el alma que ama a Dios de veras no deja, por pereza, de hacer lo que puede para encontrar al Hijo de Dios, su Amado”.

ALMAS VOLCADAS EN LO MATERIAL

Otra parte cayó entre espinos. Crecieron los espinos y la sofocaron. Son los que oyen la palabra de Dios, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril.

El amor a las riquezas, la ambición desordenada de influencia o de poder, una excesiva preocupación por el bienestar y el confort, y la vida cómoda, son duros espinos que impiden la unión con Dios. Son almas volcadas en lo material, envueltas en una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar. Y así quedan ciegas para lo que importa verdaderamente.

Sin duda alguna, dejar que el corazón se aficione al dinero, a las influencias, al aplauso, a la última comodidad que pregona la publicidad, a los caprichos, a la abundancia de cosas innecesarias, es un grave obstáculo para que el amor de Dios arraigue en el corazón. Es difícil que quien está poseído por la afición a tener más, a buscar siempre lo más cómodo, no caiga también en otros pecados.

Por su parte, enseña San Pablo, en la Carta a los Colosenses, que quien pone su corazón en los bienes terrenos, como si fueran bienes absolutos, comete una especie de idolatría. Y este desorden lleva a la sensualidad, a apartar las mirada de los bienes sobrenaturales, pues se cumplen siempre aquellas palabras del Señor: donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón.

ALMAS QUE ACOGEN LA GRACIA DE DIOS

Lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta. 

Realmente, Dios espera de nosotros que seamos un buen terreno, que acoja la gracia y dé frutos. “Lo único que nos importa -afirma San Juan Crisóstomo- es no ser camino, ni pedregal, ni cardos, sino tierra buena. Y que el corazón no sea tampoco camino, ni peñascal, ni abrojal de pasiones humanas y cuidados de la vida”.

La verdad es que todos los hombres nos podemos convertir en terreno preparado para recibir la gracia, cualquiera que haya sido nuestra vida pasada, si estamos dispuestos a cambiar y a corresponder. Cualquier alma se puede convertir en un vergel, aunque antes haya sido desierto, porque la gracia de Dios no falta. Y supuesta la gracia, el fruto sólo depende del hombre, que es libre de corresponder o no. Lo dice también San Juan Crisóstomo al comentar esta parábola: “Ya véis que no tienen culpa el labrador, ni la semilla, sino la tierra que la recibe. Y no es por causa de la naturaleza, sino por la disposición de la voluntad”. Por tanto, examinemos si nos aplicamos al crecimientoo de la buena semilla, si limpiamos la hierbas dañinas mediante la Confesión, si fomentamos los actos de contrición, que disponen muy bien al alma para recibir las gracias e inspiraciones de Dios.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).