REZO DEL ROSARIO EN FAMILIA Y OTRAS PRÁCTICAS DE PIEDAD. (Homilía: XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. 4.IX.2011).

¡QUÉ HERMOSA ES LA COSTUMBRE DE REZAR EL ROSARIO EN FAMILIA!

En la Iglesia se ha vivido siempre la práctica de la oración en común. Naturalmente, este acto piadoso no se opone ni sustituye la oración personal privada, por la que los bautizados nos unimos íntimamente a Cristo. Pero es muy grata a Dios, de un modo particular, la oración que la familia reza en común. Esta oración es uno de los tesoros que hemos recibido de otras generaciones, para sacar abundante fruto y transmitirlo a las siguientes. Y, una de las prácticas de piedad, en común, que se ha vivido en las familias cristianas desde hace siglos, es el rezo del Santo Rosario.

EL ROSARIO, PLEGARIA FAMILIAR POR EXCELENCIA

Ciertamente, la plegaria familiar por excelencia es el rezo del Santo Rosario. ” La familia cristiana -afirmó el Papa beato Juan Pablo II, en un discurso a las familias- se encuentra y consolida su identidad, en la oración. ¡Qué hermoso resulta que en una familia se rece, al atardecer, aunque sea una sola parte del Rosario!. Una familia que reza unida, se mantiene unida; una familia que ora, es una familia que se salva. ¡Actuad de manera que vuestras casas sean lugares de fe cristiana y de virtud, mediante la oración rezada todos juntos!”.

En otra ocasión, el mismo Papa Juan Pablo II señalaba que “el Rosario y el rezo del Angelus, deben ser para todo cristiano, y aún más para las familias cristianas, como un oasis espiritual en el curso de la jornada, para tomar valor y confianza”. Y concluía en otro momento el mismo Pontífice, diciendo: “¡Ojalá resurja la hermosa costumbre de rezar el Rosario en familia!”.

Como sabemos, la Iglesia ha querido conceder innumerables gracias e incluso indulgencia plenaria al rezo del Santo Rosario, en familia. Y, ciertamente es así porque esta oración es muy grata al Señor y a su Madre María Santísima; y es considerada, en palabras del Papa, el beato Juan XXIII, como “una gran plegaria pública y universal, frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero”.

FORTALECE LA FAMILIA ENTERA

Resulta, por lo tanto, un buen soporte en el que se apoya la unidad familiar y la mejor ayuda para hacer frente a sus necesidades. El mismo Juan Pablo II enseñó -precisamente comentando el Evangelio de este domingo- que el rezo del Rosario, “es una plegaria que tiene como contenido la misma  vida de familia, sus alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, y le comunica una particular fortaleza. Enseña a rezar unos por los otros: por los hijos, por los hermanos, por los demás familiares”.

ENSEÑA A LOS HIJOS A TRATAR A DIOS

Considero que tenemos claro que es una de las obligaciones de los padres con respecto a los hijos -y también de los hermanos mayores con los pequeños- enseñarles los modos prácticos de tratar a Dios. Y esta tarea, hoy, es de tal necesidad que casi resulta insustituible.

Efectivamente, nadie duda, en los ambientes cristianos, los buenos resultados que produce la iniciación a la vida de piedad, hecha desde el hogar. Y así ha sido siempre, desde los primeros siglos del cristianismo: la familia cristiana ha sabido, a lo largo de los años, transmitir, de padres a hijos, oraciones sencillas y breves, fácilmente comprensibles, que forman el primer germen de la piedad. Y, con estas oraciones de siempre a Jesús, a la Virgen, a San José, al Ángel de la Guarda, repetidas mil  y mil veces, se han mantenido vibrantes los hogares cristianos.

LA EMOCIÓN DE UNA GENUFLEXIÓN ANTE EL SAGRARIO

Ciertamente, ¡cuántos niños, ahora hombres y mujeres, recuerdan con emoción la explicación, sencilla pero exacta, que les dio su madre o su hermano mayor de la presencia real de Cristo en el Sagrario de cada iglesia! ¡O la primera vez que vieron a su madre pedir por una necesidad urgente, o a su padre hacer con piedad una genuflexión reverente!. Rezar en una familia, en la que Cristo está presente, debe ser lo más natural, porque el mismo Jesús es un personaje más de la casa, al que se ama sobre todas las cosas.

Hoy, cuando el ambiente es o puede ser menos favorable para la oración y la piedad, es el momento en el que  debemos luchar por conservar, como el tesoro más grande, estas prácticas que hacen más fuerte el amor humano y nos acercan también más a nuestro Padre Dios.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional del Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


¿DE QUÉ SIRVE AL HOMBRE GANAR EL MUNDO ENTERO SI PIERDE SU ALMA?, advierte Jesús. (Homilía: XXII Domingo del Tiempo Ordinario. 28.VIII.2011).

EL SEÑOR EXPONE EL TEMA CENTRAL DE LA EXISTENCIA HUMANA.

¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, ¿o qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? . Con estas palabras del Evangelio del XXII Domingo del Tiempo Ordinario, el Señor advierte sobre el tema central de nuestra existencia. Ya se viva el celibato o la virginidad, sirviendo a Dios y a la sociedad en la profesión que trabajemos, o en el matrimonio ordenándolo al fin primario para el que fue instituido: dar hijos a Dios y educarlos para Él.

¡QUE PENA CUANDO SE PONE EN PELIGRO LA SALVACIÓN!

Sin embargo ¡qué pena cuando se ve que tantos ponen en peligro su salvación eterna y su misma felicidad aquí en la tierra por cuatro cosas que nada valen!. Ya lo decía San Josemaría, en el curso de una Homilía: “¿Qué aprovecha al hombre todo lo que puebla la tierra, todas las ambiciones de la inteligencia y de la voluntad? ¿Qué vale esto, si todo se acaba, si todo se hunde, si son bambalinas de teatro todas las riquezas de este mundo terreno; si después es la eternidad para siempre, para siempre, para siempre?”.

DIOS ES EL CENTRO DE NUESTRA VIDA

El mundo y los bienes materiales nunca son fin último para el hombre. Ni siquiera el bien temporal, que los cristianos tenemos obligación de procurar, consiste propiamente en las obras externas -en las realizaciones de la técnica, de la ciencia, de la industria-, sino en el hombre mismo, en su vivir humano, en el perfeccionamiento de sus facultades, de sus relaciones  sociales, de su cultura, mediante los bienes materiales y el trabajo, que están siempre al servicio de la dignidad de la persona.

En realidad, sólo con un amor recto, que la templanza custodia y garantiza, sabremos dar verdadero sentido a la necesaria preocupación por los bienes materiales. Incluso los espectáculos y el arte serán dignos del hombre, que es medio y expresión de la riqueza de su espíritu. También sólo así se entenderá el fundamento objetivo de la moral, y las leyes de los pueblos serán fiel reflejo de la ley divina.

Igualmente, sólo así superará el hombre sus temores, y en el inevitable sufrimiento hallará un medio de purificación y de corredención con Cristo. Y de este modo, con un amor grande, enraizado en la generosidad y en el sacrificio, alcanzará el Cielo, al que ha sido destinado desde la eternidad.

PREDICACIÓN DE LA CRUZ

Sin embargo, los Apóstoles no entendían bien este lenguaje. En efecto, tras el anuncio que hizo el Señor de su muerte violenta y su resurrección el tercer día, Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: Lejos de Ti, Señor, de ningún modo te ocurrirá eso. Y Jesús responde al discípulo con una gran fuerza, le trata como lo hizo con el tentador en el desierto: ¡Apártate de Mí, Satanás! Eres escándalo para Mí, pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.

Ciertamente, la predicación de la Cruz, de la mortificación, del sacrificio, como un bien, como medio de salvación, chocará siempre con quienes la miren, como Pedro en esta ocasión, con ojos humanos. Ya San Pablo hubo de prevenir a los primeros cristianos contra quienes andan como enemigos de la cruz de Cristo. El fin de esos – les dice– será su perdición, su dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas.

EL SENTIDO DEL DOLOR

 En efecto, pensándolo sólo humanamente, es difícil  de entender que el dolor, el sufrimiento, aquello que se presenta como costoso, pueda llegar a ser un bien. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que esas realidades, que vamos encontrando a nuestro paso, nos purifican, nos enrecian, nos hacen mejores.

Y sin embargo, no estamos hechos para sufrir, aspiramos a la felicidad. El miedo al dolor es un impulso arraigado en nosotros. Por eso la mortificación, la penitencia cristiana, tropieza con dificultades. Sin embargo, la fe nos hace ver, y experimentar, que sin sacrificio no hay amor, no hay alegría verdadera, no se purifica el alma, no encontramos a Dios. El camino de la santidad pasa por la Cruz, y toda acción de acercar a los demás a Dios, se fundamenta en ella. Este es el libro que está siempre abierto. Y cada día debemos acercarnos a él y leerlo. En él aprenderemos quién es Cristo, su amor por nosotros y el camino para seguirle. Quien busca a Dios sin sacrificio, sin Cruz, no lo encontrará.

Los cristianos sabemos, como le pasó a San Pedro, que en la aceptación amorosa del dolor y del sacrificio está nuestra salvación y el camino del Cielo. ¿Acaso hay una vida humana plenamente fecunda sin sufrimiento?.  Como escribió Leclerq, en su libro Treinta meditaciones sobre la vida cristiana: “¿Están los esposos seguros de su amor antes de haber sufrido juntos? ¿No se estrecha la amistad por pruebas comunes o simplemente por haber sufrido juntos el calor del día o por haber compartido la fatiga y el peligro de una ascensión?”

Para resucitar con Cristo, hemos de acompañarle en su camino hacia la Cruz: aceptando las contrariedades y tribulaciones con paz y serenidad. Siendo generosos en la mortificación voluntaria, que nos purifica interiormente, se nos hace entender el sentido trascendente de la vida y se afirma el señorío del alma sobre el cuerpo. Como en los tiempos apostólicos, tal como lo dice san Pablo en la primera Carta a los Corintios, debemos tener en cuenta que la Cruz que anuncia Jesús es escándalo para unos, y parece locura y necedad a los ojos de otros.

SUFRE LA HUMANIDAD UNA OLA DE MATERIALISMO

Hoy sufre la humanidad una ola de materialismo que parece querer invadirlo y penetrarlo todo. Este paganismo contemporáneo se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier precio y cualquier coste. La ideología hedonista, según la cual el placer es el fin supremo de la vida, impregna las costumbres y los modos de vida de las naciones. Tal materialismo radical ahoga el sentido religioso de los pueblos y de las personas, se opone directamente a la doctrina de Cristo, que nos invita una vez más, en el Evangelio de la Misa de este domingo, a tomar la Cruz, como condición necesaria para seguirle. Si alguno quiere venir en pos de Mí -nos dice- niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

Dios cuenta con el dolor, con el sacrificio voluntario, con la enfermedad que viene sin avisar. Eso, lejos de separarnos, nos puede unir más íntimamente a Él. Como dice el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes,“por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


“EL PAPA ES EL DULCE CRISTO EN LA TIERRA”.(Homilía: XXI Domingo del Tiempo Ordinario.21.VIII.2011).

EL PAPA BENEDICTO XVI, CON UNA EXPRESIÓN QUE INFUNDE ALEGRÍA Y SEGURIDAD.

En expresión de Santa Catalina de Siena, el Papa, el Vicario de Cristo, es el “dulce Cristo en la tierra”. Ciertamente, el amor al Papa no sólo es producto de un afecto humano, fundamentado en su santidad, en su simpatía o en sus innumerables cualidades humanas. Cuando vemos al Papa o escuchamos su palabra, lo hacemos por ver, tocar y oír al Sucesor de Pedro, al Vicario de Cristo en la tierra.

UN POCO DE HISTORIA

En efecto, desde los comienzos de la Iglesia, los cristianos han venerado al Papa. El Príncipe de los Apóstoles -es decir, San Pedro- es nombrado siempre en primer lugar, en las Sagradas Escrituras. Y el mismo Apóstol hace frecuente uso de una especial autoridad sobre los demás. Por ejemplo, propone la elección de un nuevo Apóstol que ocupe el lugar de Judas, toma la palabra en Pentecostés y convierte a los primeros cristianos. También responde ante el Sanedrín en nombre de todos, castiga con plena autoridad a Ananías y Safira, admite en la Iglesia a Cornelio, el primer gentil; preside el Concilio de Jerusalén, en el que se rechazan las pretensiones de algunos cristianos, provenientes del judaísmo, que pretendían la necesidad de la circuncisión. Entonces, Pedro afirmó rotundamente que la salvación sólo se obtiene en Jesucristo, como se relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Naturalmente, estos poderes espirituales tan grandes son concedidos a San Pedro, para el bien de la Iglesia. Y, además, como la misma Iglesia ha de perdurar hasta el fin de los tiempos, tales poderes se transmitirán a quienes sucedan a San Pedro, a lo largo de la historia.

EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

Por su parte, el Magisterio de la Iglesia ha enseñado siempre esta verdad. La Constitución dogmática sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, afirma: “este santo Concilio, al seguir las huellas del Vaticano I, enseña y declara con él, que Jesucristo, Pastor eterno, puso en Pedro el principio visible y el perpetuo fundamento de la Unidad de la Fe y de la Comunión. Esta doctrina de la institución, perpetuidad, fuerza y razón del ser sagrado del primado del Romano Pontífice, y su magisterio infalible, este santo Concilio la propone nuevamente como objeto firme de la fe a todos los fieles”.

Por tanto, el Romano Pontífice, el Papa, es el sucesor de San Pedro. De ahí que, unidos a él estamos unidos a Cristo. Por eso, el Papa es su Vicario. Es el que hace las veces de Nuestro Señor Jesucristo, en la tierra.

DESPUÉS DE DIOS Y LA VIRGEN, NUESTRO MAYOR AMOR ES AL PAPA

Vistas así las cosas, como realmente son, nuestro más grande amor, nuestra mayor estima, nuestra más honda veneración, nuestra obediencia más rendida, nuestro mayor cariño y nuestro más gran afecto ha de ser para el que hace las veces de Cristo en la tierra, que es el Papa. Precisamente, San Josemaría, en uno de sus libros titulado Forja, dice: “Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de Nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre”.

DONDE ESTÁ EL PAPA ALLÍ ESTÁ LA IGLESIA

Ya en el siglo IV, un padre de la Iglesia como San Ambrosio de Milán, resumía en muy pocas palabras, el contenido de la doctrina de la Iglesia sobre el Romano Pontífice, con una antigua fórmula, que no me resisto a transcribirla en latín. Decía así: ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus. Es decir, donde está Pedro, allí está la Iglesia, y allí también encontramos a Dios.

Por su parte, el citado Concilio Vaticano II enseña que “el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles. Y ya en el siglo XIX, el gran Papa Gregorio XVI, que condenó muchos de los errores que todavía pululan en nuestros ambientes, dejó dicho lo siguiente: “Y ¿qué sería de esta unidad si no hubiera uno puesto al frente de toda la Iglesia, que la bendijese y la guardase, y que uniese a todos sus miembros en una sola profesión de fe y los juntase con un lazo de caridad y de unión?”.

Con un mínimo de sentido común, cualquiera sabe responder que, si no fuera así, quedaría rota la unión en mil pedazos y andaríamos como ovejas dispersas, sin una fe segura en que creer, sin un camino claro que andar.

UNIDOS CON EL PAPA Y SUS ENSEÑANZAS

Se dice en los Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos sacaban los enfermos a las plazas, para que, al pasar Pedro, al menos su sombra alcanzase a alguno de ellos, porque sabían muy bien que, muy cerca de Pedro, estaba Cristo. Y ahora nosotros también queremos estar  con el Sucesor de San Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Cristo. Sin él, no encontramos a Dios. Porque amamos a Cristo, amamos al Papa. Y lo hacemos con la misma caridad. Y, como estamos pendientes de Jesús, de sus deseos, de sus gestos, de su vida toda, así queremos estar unidos al Romano Pontífice: le amamos sobre todo por Aquel a quien representa y de quien es instrumento. De la boca del Papa, recibimos su palabra, en medio de tantos falsos profetas y equivocados doctores que pretenden sembrar doctrinas confusas. Y, en el Papa, nosotros tenemos la luz que ilumina las conciencias del mundo entero.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Dere cho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, n. 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA CANANEA, MODELO ACABADO DE LA ORACIÓN DE PETICIÓN. (Homilía: XX Domingo del Tiempo Ordinario. 14.VIII.2011).

JESÚS LIBERA DEL DEMONIO A LA HIJA DE LA MUJER CANANEA.

Las buenas madres que aparecen en los Santos Evangelios manifiestan siempre solicitud por sus hijos. Saben dirigirse a Jesús en petición de ayuda y de dones. Una vez será la madre de Santiago y de Juan la que se acerque al Señor para pedirle que reserve un buen puesto para sus hijos. Otra vez será la viuda de Naín que llora detrás de su hijo muerto y consigue de Cristo que se lo devuelva con vida Y ahora, la mujer que nos presenta el Evangelio de este Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario es el modelo acabado de constancia, que es bueno que consideremos quienes nos cansamos pronto de pedir.

LA ESCENA DE LA MUJER CANANEA

En efecto, el evangelista San Mateo cuenta que Jesús se retiró, con los Apóstoles, a la región de Tiro y Sidón, entonces pagana y hoy perteneciente al Líbano, en la ribera del Mediterráneo. Allí se le acercó una mujer gentil, perteneciente al antiguo país de Canaán, donde se asentaron  los israelitas, tras su salida de Egipto. Y este madre, a grandes voces, le decía: ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! ¡Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio!

A pesar de los gritos de la mujer, el Señor no respondió palabra. Y una vez que Jesús ha salido de la casa donde estaba, y encontrándose ya en el camino, la pobre madre persevera en su clamor, y el Redentor se limitó a decirle: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de Israel. La madre no se dio por vencida: se acercó y se postró ante Él diciendo: ¡Señor, ayúdame!

Jesús le dice: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. Pero la mujer le contesta: Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de las mesas de sus amos. Entonces, el Corazón de Cristo se conmueve y realiza el milagro diciendo: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sana su hija en aquel instante. Y así es realmente como Dios premia la perseverancia en la oración de petición.

LAS LÁGRIMAS DE UNA MADRE

San Agustín cuenta, en su libro “Confesiones”, como su madre, Santa Mónica, preocupada por la conversión de su hijo, no cesaba de llorar y rogar a Dios por Él. Y tampco dejaba de pedir a las personas buenas y doctrinalmente seguras que hablasen con él, para que abandonase sus errores. Precisamente un día, San Ambrosio de Milán, su confesor le dijo: “¡Vete en paz, mujer!, pues es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. Pasado un tiempo, el mismo San Agustín escribirá: “Si no perecí en el error, fue debido a las lágrimas diarias, llenas de fe, de mi madre”.

Tenemos por cierto que Dios oye de modo especial la oración de quienes saben amar, aunque alguna vez nos parezca que no nos atiende. Tal vez el Señor espera que nuestra fe se haga más firme, nuestra esperanza más grande y nuestro amor sea más confiado. Dios quiere siempre de nosotros un deseo más ferviente y una mayor humildad, como tienen las buenas madres.

Por otra parte, Santo Tomás de Aquino afirma también que el Señor tardó en responder a la madre cananea, porque quería que los Apóstoles intercedieran por ella. Y añade el Santo que esto lo hizo Jesucristo para hacernos ver lo necesaria que es, para conseguir cosas, la intercesión de los santos.

Por lo tanto, hemos de pedir con fe. Dice también San Agustín que la misma fe “hace brotar la oración y la oración, en cuanto brota, alcanza la firmeza de la fe”. Ciertamente, esta mujer tenía una fe grande, dice el mismo Santo Tomás, porque “cree en la Divinidad de Cristo, cuando le llama Señor; y en la Humanidad cuando le dice Hijo de David. No pide en nombre de sus méritos. Invoca sólo la misericordia de Dios, diciendo: “Ten piedad. Y no dice ten piedad de mi hija, sino de mí, porque el dolor de la hija es el dolor de la madre”.

En definitiva, la constancia en la oración nace de una vida llena de fe, de confianza en Dios que nos oye incluso cuando parece que calla.

PEDIR, ARREPENTIDOS DE LOS PECADOS

Lo que hace más eficaz la oración de petición es el hecho de que estemos arrepentidos de nuestros pecados y los pasemos humildemente por el Sacramento de la Confesión. No dudemos que el Señor desea que le pidamos muchas cosas. Pero, en primer lugar, quiere que le pidamos lo que se refiere al alma. Ya decía San Juan Crisóstomo que “grandes son las enfermedades que la aquejan, y éstas son las que principalmente quiere curar el Señor. Y, si cura las del cuerpo, es porque quiere desterrar las del alma”. Y añade el santo que “a Jesús le agrada especialmente que pidamos por otros, porque es cierto que la necesidad nos obliga a rogar por nosotros mismos, pero la caridad fraterna nos debe conducir también a pedir por lo demás, porque la oración recomendada por la caridad es más aceptable a Dios”.

Y no olvidemos igualmente que nuestros peticiones, presentadas a Dios a través de Nuestra Madre Santa María, nuestra Abogada en el Cielo, son singularmente atendidas, tal como afirmó San Bernardo, en un Sermón en la celebración de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).