¿ALCANZAMOS VIRTUDES O PRODUCIMOS AGRAZONES?. (Homilía: XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. 2.X.2011).

POR MEDIO DE LA CONFESIÓN, JESÚS NOS LIBERA DE LOS AGRAZONES; ES DECIR, DE NUESTROS PECADOS.

Consideremos este domingo, junto al Señor, si Él encontrará frutos abundantes en nuestra vida. Virtudes que mejoran nuestra caridad, el trabajo, la preocupación por el crecimiento cristiano de familiares y amigos. Si aceptamos bien las contradicciones. Si hacemos pequeños servicios a quienes comparten el mismo trabajo o el mismo hogar. Pero también debemos examinar si, a la vez somos origen de uvas  agrias –agrazones- que son los pecados, la tibieza, la mediocridad espiritual aceptada como normal, o aquellas faltas o pecados de los que no hemos pedido perdón al Señor, pasándolos por el Sacramento de la Confesión.

LOS CUIDADOS DE DIOS Y NUESTROS PECADOS

Dice el Evangelio de este domingo: había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda. Y comenta San Ambrosio: “La cercó de vallado, esto es, la defendió con la muralla de la protección divina, para que no sufriera fácilmente por las incursiones de las alimañas espirituales, y cavó un lagar donde fluyera, espiritualmente, el fruto de la uva divina”.

Ciertamente, son muchos los cuidados divinos que hemos recibido. La cerca, el lagar y la casa del guarda significan que Dios no ha escatimado nada para cultivar y embellecer nuestra alma. ¿Qué pasó, entonces -se pregunta el profeta Isaías, en la primera lectura de este domingo- que esperando que diese uvas, dio agrazones?

Y así es. El pecado es el fruto agrio de nuestras vidas. La experiencia de las propias flaquezas está siempre presente, en la historia de la humanidad y en la vida de cada hombre. Afirma el Concilio Vaticano II, en el decreto Ad gentes, que “nadie se ve enteramente libre de su debilidad, de su soledad y de su servidumbre, sino que todos tienen necesidad de Cristo, modelo, maestro, salvador y vivificador.”

En efecto, nadie debe dudar que nuestros pecados están íntimamente relacionados con la muerte del Hijo amado, Jesús, que nos describe el Evangelio de este domingo: Y, agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.

ABORRECIMIENTO DEL PECADO

Para producir los frutos de vida que Dios espera de cada uno (mayor caridad, preocupación por la salvación de los demás, trabajo bien hecho, vida de piedad intensa que debe incluir Misa y Rosario diarios, lectura de algún libro espiritual y algún trocito del Evangelio u otro texto del Nuevo Testamento), necesitamos, en primer lugar, pedir al Señor un santo aborrecimiento de todos los pecados, incluídos los veniales, que ofenden a Dios.

Las faltas de caridad, los juicios negativos sobre los demás, las impaciencias, los agravios guardados, la dispersión de los sentidos internos y externos, el trabajo mal hecho, hacen mucho daño a nuestra alma; por eso, advierte muy bien el Libro del Cantar de los Cantares, que es necesario cazar las pequeñas alimañas que destruyen las viñas. De ahí que, el alma que no lucha por eliminar el pecado venial deliberado, fácilmente caerá en pecados más gordos.

Y ¿qué tenemos que hacer?. Debemos convencernos de que las flaquezas han de ayudarnos a fomentar los actos de reparación y de desagravio, y al arrepentimiento sincero por nuestros pecados. Pues, así como normalmente pedimos perdón por una ofensa a una persona querida, mucho mayor ha de ser nuestro deseo de reparación cuando el ofendido es Dios Nuestro Señor. Y cuando lo hacemos de esta forma, comprobaremos como el mismo Jesús devuelve la paz a nuestra alma.

DAR FRUTOS PARA DIOS

En la Segunda lectura de la Misa de este domingo leemos las siguientes palabras de San Pablo a los cristianos de Filipos: Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito tenedlo en cuenta.

Efectivamente, las realidades terrenas y las cosas nobles de este mundo son buenas y pueden llegar a tener un valor divino. Porque, como afirma San Ireneo, “por el Verbo de Dios, todo está bajo la influencia de la obra redentora, y el Hijo de Dios ha sido crucificado por todos, y ha trazado el signo de la Cruz sobre todas las cosas”.

Los asuntos de cada día, lo que tenemos entre manos (el trabajo, la familia, la amistad, las preocupaciones que la vida lleva consigo, las pequeñas alegrías) son lo que hemos de convertir en frutos para Dios. Todo lo humano noble puede y debe ser santificado y ofrecido a Dios.

Por lo tanto, cada jornada se nos presenta con incontables posibilidades de ofrecer frutos agradables a Dios Nuestro Señor. Y de esta forma debemos hacerlo; es decir, desde el vencimiento primero de la mañana al levantarnos con puntualidad, hasta esa mortificación que supone el llevar con buen ánimo el excesivo tráfico o un ligero malestar que  nos mantiene indispuestos. Seguro que encontraremos cada día muchas ocasiones de sonreír a los demás, de decir una palabra amable, de disculpar un error.

Debemos tener, por tanto, la confianza de que el Señor, en el trabajo de cada día, espera de nosotros esos frutos que nacen de mantenernos en la presencia de Dios a lo largo de la jornada, de los actos de amor, de pequeñas oraciones que decimos a modos de jaculatorias. A veces, será la mirada a una imagen de la Virgen o al crucifijo o también acordándonos del Sagrario más cercano al lugar donde nos encontramos. Y allí sabemos que el Señor nos está  esperando y amando siempre.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA OBEDIENCIA CRISTIANA ES OBEDECER POR AMOR.(Homilía: XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. 25.IX.2011).

 

LA OBEDIENCIA HA DE SER TAN PRONTA COMO LA ALEGRÍA DE ESTOS JÓVENES.

Cristo obedece por amor. Ése es el sentido de la obediencia cristiana: la que se debe a Dios, la que debemos prestar a la Iglesia, a los padres, a los superiores, la que de un modo u otro rige la vida profesional y social. Dios no quiere servidores de mala gana, sino hijos que quieran cumplir su voluntad con alegría, que obedezcan. Cierto día, Santa Teresa dudaba entre obedecer al confesor o imitar a una mujer conocida suya que hacía grandes penitencias. Y, entonces, oyó al Señor que le decía: “Eso no, hija; buen camino llevas y seguro. ¿Ves toda la penitencia que hace?; en más tengo tu obediencia”.

LA OBEDIENCIA, EN EL EVANGELIO

Según el Evangelio de este domingo, dijo el Señor: Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: hijo, ve hoy a trabajar a mi viña. Pero él contestó: no quiero. Sin embargo, se arrepintió después y fue. Lo mismo le dijo al segundo. Y éste respondió: Voy, señor; pero no fue. Entonces, preguntó Jesús: ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre?. Y todos contestaron: el primero, el que de hecho fue a trabajar a la viña. Y así es, prosiguió Jesús, porque en la obediencia está la virtud.

En efecto, el hijo que al principio dijo “no voy”, pero que en realidad fue a trabajar a la viña, obedeció y agradó a su padre con las obras. Y así, nos dió ejemplo el mismo Señor de cómo hemos de llevar a cabo su querer divino, que se nos manifiesta de formas muy diversas, “pues -como dice el Concilio Vaticano II-, en el cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos, nos reveló su misterio y efectuó la Redención, con la obediencia”.

Por su parte, San Pablo, en la Segunda lectura de la Misa de este domingo, nos pone de manifiesto el amor de Jesucristo a la virtud de la obediencia: siendo Dios, se humilló a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por tanto, la expresión máxima de su amor a los planes salvíficos del Padre consistió en obedecer hasta la muerte y muerte de cruz.

LA OBEDIENCIA ES CONTRARIA A LA SOBERBIA

Ciertamente, la obediencia de Jesús no consistió en dejarse someter simplemente a la voluntad del Padre, sino que fue Él mismo quien se hizo obediente: su obediencia activa asumió, como propios, los designios del Padre y los medios para alcanzar la salvación del género humano.

Dice Santo Tomás de Aquino que una de las señales más claras de andar en el buen camino, es el deseo de obedecer, porque tal hecho pertenece a la virtud de la humildad. Y siempre la obediencia es lo contrario de la soberbia. Por eso Cristo, para salvarnos y sanarnos de la misma soberbia, se hizo obediente hasta la muerte de cruz.

Ahora bien, la obediencia nace de la libertad y conduce a una mayor libertad. Cuando el hombre entrega su voluntad, en la obediencia, conserva la libertad en la determinación radical y firme de escoger lo bueno y lo verdadero.

Por otra parte, el amor es lo que hace que la obediencia sea plenamente libre. Para quien quiere seguir a Cristo, la ley no es pesada. Si resultara a veces cargante, puede ser que haya que mejorar nuestro empeño en seguir a Cristo.

LA OBEDIENCIA Y EL MISTERIO DE LA CRUZ

Enseña el papa San Gregorio Magno que “por la obediencia se inmola la propia voluntad”. Y esto es así porque es lo más difícil de entregar, dado que pertenece a lo más íntimo y propio que tenemos. Por eso, es tan grata al Señor; y de ahí su empeño por enseñarnos, con su palabra y con su vida, que el camino del bien, de la paz del alma y de todo progreso interior, pasa por el ejercicio de la virtud. Con el texto de la Sagrada Escritura, podemos afirmar que quien obedece, vence, porque obtiene la gracia y la luz necesaria, pues recibe el Espíritu Santo, que Dios da a los que obedecen. “¡Oh virtud de obedecer, que todo lo puedes!”, exclamaba Santa Teresa.

Sin embargo, por ser tantos los bienes que se derivan del ejercicio de esta virtud y el camino que lleva más derechamente a la santidad, el demonio tratará de interponer muchas falsas razones y excusas para no obedecer, exclama también Santa Teresa, en su libro Fundaciones.

Con todo, afirma el citado Tomás de Aquino, la necesidad de obedecer es parte esencial del misterio de la Cruz. Y el que pretendiera poner límites a la obediencia querida por Dios, limitaría su unión con Cristo y difícilmente podría identificarse con Él, fin de toda vida cristiana. Por lo tanto, el deseo de imitar a Cristo nos ha de llevar a preguntarnos con frecuencia: ¿hago en este momento lo que Dios quiere, o me dejo llevar por el capricho, la vanidad, el estado de ánimo? ¿Sé oír la voz del Señor en los consejos de quien lleva mi alma? ¿Es mi obediencia sobrenatural, interna, pronta, alegre, humilde y discreta?.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


APOSTOLADO: “ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA”, dice el Señor. (Homilía: XXV Domingo del Tiempo Ordinario. 18.IX.2011).

LA VIÑA ES EL MUNDO ENTERO, DONDE LOS CRISTIANOS TENEMOS QUE HACER APOSTOLADO.

 Id también vosotros a mi viña, dice el Señor, en el Evangelio de este vigésimo quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Sin duda, entre los males que aquejan a la humanidad, hay uno que sobresale por encima de todos: son pocas las personas que de verdad, con intimidad y trato personal, conocen a Cristo. Muchos quizá mueren sin saber apenas que Cristo vive y trae la salvación a todos.

¿Los cristianos podemos permanecer indiferentes ante tantos que no conocen a Cristo?. “Examine cada uno lo que hace -exhortaba, el Papa San Gregorio Magno-, y vea si trabaja ya en la viña del sembrador. Porque el que, en esta vida, procura el propio interés no ha entrado todavía, en la viña del Señor. Pues para Él trabajan los que se desvelan por ganar almas y se dan prisa por llevar a otros a la viña”.

HAY TRABAJO PARA TODOS

En el campo del Señor hay lugar y trabajo para todos: jóvenes y mayores, ricos y pobres, para hombres y mujeres que se encuentran en la plenitud de la vida y para quienes ya ven acercarse su atardecer, para los que parecen disponer de mucho tiempo libre y para los que han de hacer grandes esfuerzos y sacrificios para estar cada día con la familia.

Incluso los niños, afirmó el Concilio Vaticano II, en el Decreto Apostolicam actuositatem, “tienen su propia capacidad apostólica”, y ¡que fecundidad la de su apostolado en tantas ocasiones! Y los enfermos, ¡cuánto bien pueden hacer!. “Por consiguiente -añade el decreto citado-, se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino, de la salvación, sea conocido y aceptado por todos los hombres, de cualquier lugar de la tierra”.

Ciertamente, nadie que pase junto a nosotros, en la vida, deberá decir que no se sintió alentado, por nuestro ejemplo y por nuestra palabra, a amar más a Cristo. Ninguno de nuestros amigos, ninguno de nuestros familiares debería decir al final de su vida que nadie se ocupó de ellos.

SER SAL Y LUZ

Precisamente, el Papa Juan Pablo II, comentando el Evangelio de este domingo, invitaba a mirar cara a cara este mundo nuestro, con sus inquietudes y esperanzas: un mundo -decía- cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y culturales presentan problemas y dificultades más graves que las que describía el Concilio Vaticano II, en uno de sus documentos. “De todas formas -comentaba el Papa-, es ésta la viña, y es éste el campo en el que los fieles laicos están llamados a vivir su misión. Jesús les quiere, como a todos sus discípulos, sal de la tierra y luz del mundo (San Mateo, 5)”.

NO, A LAS QUEJAS ESTÉRILES

Por supuesto, no son gratas al Señor las quejas estériles, que suponen falta de fe, ni tampoco un sentido negativo y pesimista de lo que nos rodea, sean cuales fueran las circunstancias en las que se desarrolle nuestra vida. Es ésta la viña, y es éste el campo donde el Señor quiere que estemos, metidos en medio de esta sociedad, con sus valores y sus deficiencias. Es, en la propia familia -ésta y no otra-, en la que nos hemos de santificar y la que hemos de llevar a Dios, en el trabajo que cada día nos espera, en la Universidad, en el Instituto, en la fábrica, entre nuestros vecinos…

Esa es la viña del Señor donde Él quiere que trabajemos, sin falsas excusas, sin añoranzas, sin agrandar las dificultades, sin esperar oportunidades mejores. Y, para realizar todo ese apostolado, tenemos las gracias necesarias. En esto se fundamenta todo nuestro optimismo. Dios nos llama y nos envía como obreros a su viña. Nos llama y nos envía a trabajar para el advenimiento de su Reino en la historia.

RECHAZAR EL PESIMISMO Y LA TRISTEZA

Debemos tener el convencimiento de que, cada día, cada jornada, somos llamados por Dios para llevar a cabo sus planes de redención. En cada situación recibimos ayudas sobrenaturales eficaces para que las circunstancias que nos rodean, nos sirvan de motivo para amar a Dios y para realizar un apostolado fecundo.

San Pablo, en la Segunda lectura de la Misa de este domingo, escribe a los cristianos de Filipo: Me encuentro en esta alternativa: por un lado deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. ¡Tanta era su esperanza en Cristo, tanto su amor a aquellos primeros cristianos que había llevado a la fe! Y, escribía esto, estando en la cárcel. Por tanto, rechacemos el pesimismo y la tristeza, si alguna vez no obtenemos los resultados que esperábamos. Por eso, pregona Dios Nuestro Señor, por boca del Profeta Isaías, en la Primera lectura de este domingo: Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes más altos que vuestros planes. De ahí que, ¡tantas veces nos quedemos cortos ante las maravillas que Dios nos tiene preparadas!. Y, ¡en tantos momentos, nuestros planteamientos se queden pequeños!.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 

 

 


EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN, ESCUELA DE PERDÓN Y AMOR. (Homilía: XXIV Domingo del Tiempo Ordinario. 11.IX.2011).

HAY QUE PERDONAR SIEMPRE, DICE EL SEÑOR A PEDRO.

El Sacramento de la Penitencia o Confesión es una gran escuela de amor y generosidad, por parte de Nuestro Señor Jesucristo. Efectivamente, la Confesión agranda el corazón para comprender los defectos y errores de los demás. Todos los cristianos debemos salir del confesionario con más capacidad de querer,  perdonar y deseos de proclamar la misericordia ilimitada que hemos recibido de Cristo. Y, al mismo tiempo, con ganas de pedir a Nuestra Señora un corazón grande, para aumentar nuestro espíritu de reparación por las ofensas al Corazón misericordioso de Jesús.

PERDONAR CON PRONTITUD

“Cincuenta mil enojos que te hagan, tantos has de perdonar. Más adelante ha de ir tu paciencia que su malicia. Antes se ha de cansar el otro de hacerte mal que tú de sufrirlo”. Así decía en un sermón el nuevo Doctor de la Iglesia, San Juan de Ávila.

Ciertamente, Dios concede su perdón a quien perdona. La indulgencia que empleemos con los demás es la que tendrán con nosotros, según el sentido de los textos de la Misa de este vigésimo cuarto Domingo del Tiempo Ordinario.

Vemos, en el Evangelio, como Pedro pregunta a Jesús si debe perdonar, hasta siete veces, a su hermano que le ofende. Pero el Señor le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete; es decir, siempre.

Con ello, nos enseña Jesús que el mal, los resentimientos, el rencor, el deseo de venganza, han de ser vencidos por la capacidad ilimitada que se manifiesta en el perdón incansable de las ofensas. Sin duda, para perdonar de corazón, con total olvido de la injuria recibida, hace falta una gran fe, alimentada por la caridad. Por eso, las almas que están cerca de Cristo, normalmente no tienen necesidad de perdonar porque, por grandes que puedan ser las injurias, o las calumnias, no se sienten personalmente ofendidas, porque saben que el único mal es el moral, es decir, el pecado. Los demás agravios no hieren.

TENER UN CORAZÓN GRANDE

Efectivamente es cierto que, para perdonar con rapidez, sin que nada quede en el alma, se necesita tener un corazón grande, orientado hacia Dios. Se pregunta un clásico castellano, el célebre Francisco de Osuna: “¿No suelen ser amados más tiernamente los enfermos que los sanos?”. Y aconseja: “Sé médico de tus enemigos y los bienes que les hagas serán brasas que pongas sobre sus cabezas y les enciendan en el amor (como dice San Pablo). Piensa en los medios de perfección que te suministra el que te persigue. Más aprovechó Herodes a los niños inocentes, con su odio, que el amor de sus propios padres, pues los hizo mártires”.

LA DEFENSA JUSTA Y LA MANSEDUMBRE

La actitud del perdón cristiano y, cuando sea necesario, la defensa justa y serena de los propios derechos, servirán para acercar a Dios a quienes hayan podido cometer injusticias. Así lo hicieron los primeros cristianos, cuando hubieron de soportar calumnias y persecuciones.

 San Ignacio de Antioquía, poco después del año 100, aconsejaba a sus fieles, mientras él se encaminaba al martirio: “Permitidles que, al menos por vuestras obras, reciban instrucción de vosotros. A sus arrebatos de ira responded con vuestra mansedumbre. Oponed, a sus blasfemias, vuestras oraciones; a su extravío, vuestra firmeza en la fe; a su fiereza, vuestra dulzura; y no pongáis empeño alguno en comportaros como ellos. Mostrémonos hermanos suyos por nuestra amabilidad. En cuanto a imitar, sólo hemos de esforzarnos en imitar al Señor”.

De ahí, que sea muy importante tener en cuenta que, si aprendemos a disculpar ni siquiera tendremos que perdonar, porque no nos sentiremos ofendidos. Mal viviríamos nuestro camino de discípulos de Cristo si al menor roce -en el hogar, en la oficina, en el tráfico…- se enfriase nuestra caridad y nos sintiéramos ofendidos. Y, si a veces nos sucediera, en materias más graves, donde se hace más difícil la disculpa, tendremos que decir las palabras de Jesús: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Pero, generalmente, debemos tener en cuenta que nos bastará con sonreír, devolver el saludo, tener un detalle amable para restablecer la amistad o la paz perdida. Las pequeñeces diarias no pueden ser motivo para que -casi siempre por soberbia o por susceptibilidad- perdamos la alegría, que debe ser algo habitual y profundo en la vida de un buen cristiano.

¡QUE GRANDE ES HOY LA NECESIDAD DE PERDÓN!

No olvidemos que debemos tener, sobre todo, una capacidad ilimitada de perdón. Esto quiere decir que debemos perdonar siempre y todo, porque es mucho -sin medida- lo que Dios nos perdona, ante lo cual, lo que debemos tolerar a los demás, apenas tiene importancia. De ahí que sólo sepan perdonar las almas humildes, conscientes de lo mucho que se les ha perdonado.

Y ¡qué grande es la necesidad de perdón y reconciliación en nuestro mundo de hoy, en nuestras comunidades y familias, en nuestro mismo corazón!. Por esto, el Sacramento específico de la Iglesia para perdonar, el Sacramento de la Penitencia o Confesión, es un don sumamente preciado.

LA CONFESIÓN PERDONA DE MODO PERSONAL

Decía el Papa Juan Pablo II: “En el Sacramento de la Penitencia, el Señor nos concede su perdón de modo personal. Por medio del ministerio del sacerdote, vamos a nuestro Salvador con el peso de nuestros pecados. Manifestamos nuestro dolor y pedimos perdón al Señor. Entonces, a través del sacerdote, oímos a Cristo que nos dice: Tus pecados quedan perdonados: Anda y en adelante no peques más”.

Sin duda alguna, llenos de alegría, podemos repetir: ¡Qué gran escuela de amor y de generosidad es el Sacramento de la Penitencia o Confesión!. Por eso, el Sacramento del perdón nos mueve a ser misericordiosos con los demás.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).