EXISTE UN SOLO PADRE, EL CELESTIAL, DEL QUE DERIVA TODA PATERNIDAD. (Homilía: XXXI Domingo del Tiempo Ordinario. 30.X.2011).

JESÚS DICE: "UNO SOLO ES VUESTRO PADRE, EL DEL CIELO".

San Mateo, en el Evangelio de la Misa de este domingo, XXXI del Tiempo Ordinario, recoge estas palabras del Señor: Uno solo es vuestro padre, el del cielo. Por su parte, San Pablo explica: existe un solo Padre, el celestial, del que deriva toda paternidad en el Cielo y en la tierra. Por lo tanto, Dios tiene la plenitud de la paternidad. Pero, participan de ella los padres al traer sus hijos a este mundo, y también aquellas personas que han llevado otras a la vida de la fe.

PATERNIDAD ESPIRITUAL

Ciertamente, según el Catecismo Romano, en la Iglesia son considerados padres quienes nos engendraron en la fe, mediante la predicación y el Bautismo. De esa paternidad espiritual participan también los cristianos, sobre aquellos a quienes han ayudado -a veces con dolor y fatiga- a encontrar a Cristo en su vida. Ella es una porción importante del premio que Dios da a quienes se dedican a tal misión. Y es más plena cuanto más nos esforzamos en cumplir tal tarea. Dice Santo Tomás de Aquino que así manifiesta Dios su paternidad en los cristianos, “como un maestro que no solo enseña a sus discípulos, sino que los hace más capaces de enseñar a otros”.

MATERNIDAD DE MARÍA

Afirma el Concilio Vaticano II que la Virgen Santa María ejerce su maternidad sobre los cristianos y sobre todos los hombres. Ciertamente, de Ella aprendemos a tener un alma grande para las personas que debemos tratar con ternura y sensibilidad. Y esto afecta, en primer lugar a los padres para con sus hijos.

Por tanto, el amor misericordioso es sumamente indispensable entre aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre padres e hijos, entre amigos; es también indispensable en educación y en la pastoral. El Papa, beato Juan Pablo II, en la Encíclica “Dives in misericordia”, afirma: “Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con Él por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual”.

PATERNIDAD Y MATERNIDAD ESPIRITUALES

San Pablo, en la segunda Carta a los Corintios, muestra su preocupación por todos los convertidos a la fe, a través de su predicación. Mantenerlos en el camino y ayudarlos a progresar en él era una de sus mayores sufrimientos. ¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase en dolor?.

Por eso, el Apóstol ha quedado como modelo, siempre actual, para todos los pastores de la Iglesia, en su solicitud por las almas que Dios les ha confiado; y también para todos los cristianos en su apostolado constante, que, como dice el Concilio Vaticano II, “deben cuidar como padres en Cristo a los fieles que han engendrado por el bautismo y por la doctrina”.

Dice un autor espiritual, Perquin, en su célebre libro “Abba Padre”, que, el amor por quienes hemos acercado a Dios no es una simple amistad, “sino el amor de caridad, el mismo amor con el que les ama el Hijo encarnado. Es por esto, y sólo por esto, por lo que el Hijo nos lo ha dado a cada uno de nosotros, para que podamos darlo a los demás. El amor hacia nuestros hermanos genera en nosotros el mismo deseo que genera el del Hijo: el de su santificación y salvación”.

Esto nos lleva a quererlos más y a estar pendientes de ellos; y, con palabras amables, animarles a la alegría, al optimismo. Saber darles consejos que orienten en las dificultades. Y siempre deberán contar con la ayudas más eficaces que les podemos prestar: la oración y la mortificación.

AMOR Y DISPONIBLIDAD APOSTÓLICA

Decía el beato Juan Pablo II que, este amor apostólico “comporta siempre una disponibilidad singular para volcarse sobre cuantos se hallan en el radio de nuestra acción. En el matrimonio, esta disponibilidad -aun estando abierta a todos-, consiste de modo particular en el amor que los padres dan a los hijos. En la virginidad y en el celibato por amor a Dios, el Señor agranda el corazón del hombre y de la mujer para que la paternidad y la maternidad espirituales sean más extensas y profundas. Esta posibilidad está abierta a todo los hombres -mujeres y varones-, abrasados por el amor de Cristo esposo”.

LA VIRGINIDAD Y EL CELIBATO AGRANDAN EL CORAZÓN

En la virginidad y en el celibato por amor a Dios, el Señor agranda el corazón del hombre y de la mujer, para que la paternidad o la maternidad espirituales sean más extensas y profundas. La entrega a Dios de ninguna manera limita el corazón humano; por el contrario, lo enriquece y lo hace más capaz de realizar estos sentimientos profundos de paternidad y de maternidad que el Señor mismo ha puesto en la naturaleza humana.

Y si se diera el caso de que resultara difícil vivir esa maternidad y paternidad espirituales, nuestro Padre Dios nos hará ver el desvelo que Él tiene sobre cada uno de nosotros. En muchas ocasiones será, además, un buen motivo para mantener firme la propia fidelidad al Señor y un estímulo para procurar “ir adelante”, en el camino de santidad que Dios nos ha abierto.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA ALEGRÍA VERDADERA PROCEDE DE UN CORAZÓN ENAMORADO DE DIOS. (Homilía: XXX Domingo del Tiempo Ordinario. 23.X.2011).

LA ALEGRÍA VERDADERA ESTÁ EN AMAR A DIOS Y NO EN ADORAR UN BECERRO DE ORO.

Las lecturas de este Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario invitan a la alegría, porque son una llamada al amor. El mandamiento del amor es el precepto de la verdadera alegría. Pues, como dice Santo Tomás de Aquino, esta virtud “no es distinta de la caridad, sino cierto acto y efecto suyo”. De ahí que, el sentido de nuestra unión con Dios está señalado por la alegría que ponemos en el cumplimiento de nuestros deberes y en el trato con los que nos rodean.

LO QUE NECESITAMOS ES AMAR

Los fariseos se acercaron a Jesús para preguntarle por el mandamiento principal de la Ley. Nuestro Señor Jesucristo respondió : Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Y añadió: El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Sin duda alguna, esto es lo que todos necesitamos hoy y siempre: dirigirnos a Dios con lo que tenemos y somos, servir al prójimo, abrirnos a él, olvidarnos de nosotros mismos, huir de las excesivas preocupaciones, dejar a un lado nuestra vanidad y orgullo y poner la mirada más lejos de nosotros. En definitiva, lo que precisamos hoy los cristianos es amar.

Muchos piensan, en estos tiempos, que van a ser más felices cuando posean muchas cosas, cuando sean admirados de todos. Se olvidan de que realmente sólo seremos felices cuando tengamos un corazón enamorado de Dios y de las criaturas también por Dios. Ciertamente, ningún amor de aquí abajo es capaz de llenar nuestro corazón, que fue creado por Dios para alcanzar su plenitud con los bienes eternos, mediante el Amor de Dios. Y sólo los amores limpios en este mundo, tienen su auténtico sentido cuando buscamos a Dios sobre todas las cosas.

De otra forma, ni el egoísta, ni el envidioso, ni el que tiene puesta su alma en los bienes de la tierra, gustarán de aquella alegría que prometió el Señor a los suyos –nadie os quitará vuestro gozo-, porque no sabrán querer, en el sentido más profundo, real y noble de la palabra. Ya decía Santa Teresa de Jesús, en su libro Fundaciones: “Mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto: que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así, que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces”.

EL CAMINO DE LA ALEGRÍA

En efecto, los textos de la Misa de este Domingo nos invitan a la alegría y, al mismo tiempo, nos señalan el camino para encontrarla: Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro, dice la Antífona de entrada, tomada del Salmo 104. En realidad, cuando no buscamos a Dios es imposible estar contentos. La tristeza nace del egoísmo, del afán de compensaciones, del descuido de las cosas de Dios y de nuestros hermanos. En definitiva, de estar pendientes sólo de nosotros mismos.

Y, sin embargo, Dios nos ha creado para la alegría. Realmente, para los cristianos, la alegría es una auténtica necesidad. Un alma que está alegre se vierte hacia fuera y tiene alas para volar e ir a Dios. E incluso está dispuesta a “excederse” en el servicio de los demás. Y se nota, efectivamente, que un corazón alegre está cerca de Dios, y se encuentra dispuesto para realizar grandes empresas, siendo siempre estímulo para los demás.

Por su parte, la tristeza no se origina por dificultades o sufrimientos, sino por dejar de seguir a Jesús. El mismo Santo Tomás de Aquino enseña que este mal del alma es un verdadero vicio causado por el desordenado amor de uno mismo, y es causa de otros muchos males. Por su parte, el Papa benedictino, San Gregorio Magno, dice que “la tristeza mueve a la ira y al enojo. Y así, experimentamos que, cuando estamos tristes, fácilmente nos enfadamos y nos airamos por cualquier cosa. Y más, hace al hombre sospechoso y malicioso, y algunas veces turba de tal modo que parece que quita el sentido y saca fuera de sí”.

LLEVAR ALEGRÍA A LOS DEMÁS

En el Salmo responsorial, rezamos al Señor con estas palabras: Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Y respondemos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza. Y así es: siempre, en Dios, encontramos la seguridad, la alegría y la paz. Y, por eso, no dejaremos de tratarlo, cada día, con la mayor intimidad. Porque, además, la alegría y la paz que bebamos en esa fuente inagotable de Cristo, trataremos de llevarla a quienes el mismo Dios ha puesto cerca de nosotros y a nuestros hogares, que no han de ser tristes, ni oscuros, ni tensos por las incomprensiones y los egoísmos.

Cuando se dice en cualquier conversación, “esa casa parece un infierno”; naturalmente en la mente de los que hablan así, está el hecho de que se dan cuenta de que en ese hogar no hay amor, ni alegría, ni está Dios. Sin embargo, un hogar cristiano ha de ser alegre, porque en él está el Señor y porque entre las personas que lo componen se viven las virtudes humanas y sobrenaturales, a las que tan íntimamente está unida la alegría. Tales  son la generosidad, la cordialidad, el espíritu de sacrificio, la simpatía y el empeño por hacer la vida más agradable a aquellos con los que se convive.

Ahora bien, esta alegría serena, que debe ser también resultado del trato con Dios, la debemos llevar igualmente a los lugares de trabajo, a la calle, a las relaciones con los demás. Se ha de convertir, por tanto, en gozo cristiano para cumplir con nuestras obligaciones y comunicarlo a todos los que podamos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


“¡HAY DE LOS QUE DAN LEYES INICUAS!”, clama el Señor por boca del Profeta Isaías. (Homilía: XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. 16.X.2011).

“PUES PAGADLE AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS”.

 “¡Ay de los que dan leyes inicuas!”, clama el Señor por boca del Profeta Isaías, autor de la Primera Lectura de este Vigésimo Noveno Domingo del Tiempo Ordinario. Por su parte, en el Evangelio, se ofrece la replica del Señor a la pregunta de los fariseos y herodianos sobre la licitud o no de pagar tributos al César: Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Jesús da una respuesta de una hondura divina, más allá de lo que le habían preguntado, y, al mismo tiempo, contesta con toda exactitud a la cuestión que le han planteado: hay unos deberes para con el Estado y unos deberes para con Dios.

EL ESTADO NO TIENE DOMINIO ABSOLUTO

Ciertamente, la respuesta del Señor no se limita al o al no. Con la frase pagadle al César lo que es del César, nos enseña el Maestro que al Estado le corresponden los tributos y la obediencia a las leyes justas. Pero no más allá de ello. Porque el Estado no tiene una potestad y un dominio absolutos.

Es cierto que los cristianos, como ciudadanos normales -dice el Concilio Vaticano II- tienen “el deber de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común”. Pero, por su parte, las autoridades civiles están gravemente obligadas a comportarse, con equidad y justicia, en la distribución de las cargas y beneficios, y a servir al bien común, sin buscar el provecho personal.

Y también están obligadas las autoridades civiles a legislar y gobernar con el más pleno respeto a la ley natural y a los derechos de las personas, como lo es, en primer lugar, el respeto a la vida desde el momento de su concepción, que es el primero de todos los derechos. Del mismo modo tienen la obligación de proteger a la familia, que es el origen de la sociedad. E igualmente deben respetar y defender la libertad religiosa y el derecho de los padres a la educación de los hijos, de acuerdo con sus creencias.

DEBERES DE LOS CRISTIANOS

Por su parte, todos los cristianos tienen el deber de rezar y rogar a Dios por los que están constituidos en autoridad, pues nadie debe dudar de la responsabilidad que pesa sobre sus espaldas.

Pero, por nuestra parte, los cristianos debemos ser ciudadanos que cumplimos con exactitud nuestros deberes para con la sociedad, para con el Estado, para las empresas en las trabajamos y en la relación  con la vecindad y  los ciudadanos. No deben existir colaboradores más leales que los cristianos, en la promoción del bien común.

Y esta fidelidad nace, a la vez, de nuestra conciencia, pues, tales prestaciones deben ser también, para nosotros los cristianos, camino de santidad; es decir, la senda que nos lleve al Cielo. De esta forma, debemos pagar los impuestos justos, ejerceremos responsablemente el derecho al voto, colaboraremos con las iniciativas que lleven a una mejora de la sociedad o del pueblo; intervendrán también en la política, aquellos que se sientan llamados a ello o lo consideran oportuno para el bien de la sociedad. En fin, un cristiano debe estar siempre decidido a mostrarse ejemplar en la colaboración, con sentido positivo, en el modo de promover el bien de todos.

LOS DERECHOS DE DIOS SON SUPERIORES A LOS DEL PODER CIVIL

En la respuesta que da al Señor, a la pregunta de los fariseos y herodianos, vemos que reconoció el poder civil y sus derechos, pero advirtió también claramente que deben respetarse los derechos superiores de Dios, como dice el citado Concilio Vaticano II.

En realidad, no se debe olvidar que la actividad del hombre no se reduce a lo que cae bajo el ámbito de la ordenación social o política. Pues, sabemos que existe en todo ser humano una dimensión religiosa profunda, que informa todas las cosas que lleva a cabo y que constituye su máxima dignidad. Por eso, el mismo Señor, sin que nadie le preguntara, añadió: dad a Dios lo que es de Dios.

En efecto, cuando un cristiano actúa en la vida pública, en la enseñanza, en cualquier empeño cultural, etc, no puede ni debe guardar su fe para otra ocasión, ni la ordenación de los asuntos humanos ha de hacerse sin tener en cuenta las leyes divinas y cristianas.

Según la doctrina de Jesucristo, los cristianos han de ser luz y sal allí donde se encuentren. Han de convertir el mundo -empezando por el pequeño mundo en el que se desarrolla su vida-, procurando que sea un lugar más humano y habitable, donde a los hombres les resulte más asequible encontrar el camino que les lleve a Dios.

Dice el Concilio Vaticano II que los cristianos seglares cumplen “la misión de la Iglesia en el mundo, ante todo, con la concordancia entre su vida y su fe, con la que se convierten en luz  de la sociedad; con la honradez en todos los negocios, la cual atrae a todos hacia el amor de la verdad y el bien; con la caridad fraterna, por la que, participando en las condiciones de los hermanos, dispone insensiblemente los corazones de todos  hacia la gracia salvadora”.

VIVIR LA FE, EN LA VIDA PÚBLICA

El cristiano, al ctuar en la vida pública, al expresar su opinión ante temas fundamentales que configuran una sociedad, debe saber que lleva consigo la luz poderosa de la fe. Y debe igualmente conocer muy bien que las enseñanzas de Dios, expuestas por el Magisterio de la Iglesia, no son un obstáculo para el bien de las personas, de la sociedad o el progreso científico. Por el contrario, son una guía para su realización.

Por ejemplo, cuando un cristiano advierte la índole indisoluble que por su naturaleza tiene todo verdadero matrimonio, está señalando una pista de bien social, una garantía para que se conserve sana una sociedad. Tal cristiano está aportando, en ese momento, un dato importantísimo para el bien de todos. Por eso, no tiene una postura encogida, preocupada por las opciones que le están vedadas. Por tanto, es mucho lo que tiene que aportar hoy un católico al mundo, como lo hicieron los primeros cristianos. Hoy, un buen católico, con una conciencia bien formada en los criterios básicos, puede proporcionar al mundo, un bien inmenso.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


EL CIELO ES PRESENTADO COMO UN BANQUETE PERENNE, EN LAS LECTURAS DE ESTE DOMINGO. (Homilía: XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. 9.X.2011).

EL MILAGRO DE LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES, FIGURA DEL FESTÍN ETERNO DEL CIELO.

¡Amigo! Para cada uno de nosotros la llegada del Señor no puede estar muy lejos. Un día, se acercará, nos tocará en el hombro y nos dirá: Deja, ya has trabajado bastante, ven conmigo a descansar. Y alzaremos maravillados la cabeza. Y Él nos tomará de la mano y nos conducirá a su Casa, al banquete perenne con los otros hermanos.

ACEPTACIÓN O RECHAZO DE LA LLAMADA

En efecto, las lecturas de este Vigésimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario, presentan la salvación como un gran banquete, símbolo de todos los bienes, al que Dios nos invita. Ciertamente, y desde antiguo, mediante símbolos, los Profetas anunciaron el Cielo como destino definitivo de la humanidad. Y Jesús nos invita a ir a la patria celestial. Pero los hombres podemos rehusar este ofrecimiento.

Precisamente, el Evangelio de la Misa nos habla de este rechazo. El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Y envió a sus siervos para recordar a los invitados  que ya estaba todo preparado y que les esperaba. Pero éstos no quisieron ir. Y nuevamente envió a otros criados ordenándoles: Decid a los invitados. mirad que tengo ya preparado mi banquete.

Podemos observar como la bondad de Dios se expresa en esta divina insistencia y la exhuberancia de los bienes preparados: He matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Pero, a pesar de todo, los convidados no hicieron caso y se lanzaron a algo mucho peor: echaron mano de los criados y los maltrataron hasta matarlos.

Como vemos, el Señor nada exige, más bien lo da todo, y sin embargo es rechazado. Dios ofrece bienes inimaginables, y los hombres, en muchas ocasiones, no los valoramos. ¡Con qué pena debió Jesús contar esta parábola!. Y sin embargo, así es, a través de los siglos, el rechazo de los hombres, al amor de Dios. Y aún hoy, estos convidados pueden estar representados por hombres que, cuando son avisados de que el Cielo les espera, reaccionan con violencia. Y, sin embargo, un buen cristiano seguirá avisándoles, porque sabe que estos han olvidado que existen tales bienes. Y, cuando los conozcan, muchos responderán y llegarán a tiempo al banquete.

EL BANQUETE, SÍMBOLO DE INTIMIDAD Y SALVACIÓN

El banquete es considerado en muchos lugares de la Biblia como símbolo de intimidad y salvación. Una y otra vez se repite la solicitud de Dios, el afán divino por una intimidad que culminará con el encuentro con Dios en el Cielo.

Por lo tanto, realmente, sería muy grave resistir la invitación divina. Sería vivir como locos rechazar a Dios como lo más importante e incluso considerar que el encuentro definitivo con Él es algo tan lejano, que no vale la pena prepararse para él. Sin embargo, amigo mío, ante la salvación que es el bien absoluto, no hay ninguna excusa razonable: ni campos, ni negocios, ni salud, ni bienestar. Los pretextos que se aducen, para no acudir a las invitaciones del Señor, son los mismos que leemos en la parábola: preocupaciones terrenas, como si estas fueran lo definitivo.

Pero Dios quiere que se llene su casa, su actitud es siempre salvadora. Él mismo dice a sus siervos: Id a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a todos los que encontréis. Nadie, por tanto, queda excluído de la intimidad divina. Sólo lo hará quien se aparta a sí mismo o resiste la amable e insistente invitación del Señor.

“Ayúdanos, Señor -exclama San Agustín-, a dejarnos de malas y vanas excusas para ir a esa cena. No sea la soberbia impedimiento para ir al festín, ni nos apegue a la tierra una curiosidad mala, distanciándonos de Dios, ni nos estorbe la sensualidad”.

CRISTO NOS QUIERE SALVAR

Cristo, en su Amor por los hombres, busca la conversión de cada alma  con infinita paciencia, hasta el extremo de morir en la Cruz. Cada hombre, en realidad, puede decir de Jesús aquellas mismas palabras que citó San Pablo, en su Carta a los Gálatas: me amó y se entrego a Sí mismo por mí.

Por lo tanto, ante esta actitud de Cristo, nos urge a los cristianos llevar las almas, una a una, hasta el Señor. La misma solicitud con que Cristo nos anima y nos conforta, sería bueno que la tuviésemos con quienes tratamos todos los días, cumpliendo el consejo de San Ignacio de Antioquía, a principios del siglo segundo: “lleva a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor.”

De esta forma, actuaremos de tal manera que nadie pueda pasar a nuestro lado sin que nuestras palabras y nuestras obras le hayan hablado de Dios. El pensamiento de su salvación eterna nos empujará a buscar la ocasión oportuna para que, con paciencia, les llegue la llamada de Dios. Porque tiene que dolernos su ignorancia religiosa, su visión pobre y terrena de las cosas.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional del Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).