PREPARAR EL CAMINO AL SEÑOR: RECTO USO DE LAS CRIATURAS. (Homilía: II Domingo de Adviento. 4.XII.2011)

LA VIRGEN MARIA CON EL NIÑO. ICONO DEL MONASTERIO DE SANTA CATALINA DEL MONTE SINAÍ.

Para preparar el camino al Señor, como dice el Evangelio de este Segundo Domingo de Adviento, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los principios y fundamentos del recto uso de las criaturas.

FIN DE LAS CRIATURAS

Está escrito en el Libro del Génesis: “Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, sobre todos los animales salvajes y todos los reptiles que se mueven por la tierra”.

El fin de las criaturas es, por tanto, el servicio del hombre, aunque, por supuesto, su fin remoto, es siempre, la gloria de Dios. En efecto, las criaturas son los medios que el hombre ha de utilizar para llegar a su fin. Por eso, no pueden considerarse malas. Esto sería un pesimismo impropio de un cristiano. Aunque, sí puede hacerse un mal uso de ellas.

Ni tampoco puede considerarse un obstáculo para llegar a Dios. Únicamente serían malas cuando las prefiriéramos a ellas, por encima del mismo Dios. Y, ciertamente, las criaturas, sólo nos llevarán a Dios, de una manera rápida y directa, cuando veámos en ellas, al mismo Creador de Cielos y Tierra.

USO DE LAS CRIATURAS

El Apóstol San Pablo, dice en la Primera Carta a los Corintios: “Tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Sin embargo existe una deformación, en el sentido de creer que la virtud está en huir de las cosas. Pero no es verdad: la virtud está precisamente en servirse de las cosas, según los planes de Dios, para acercarse a Él mismo.

Incluso es más: el hombre colabora, en los planes de Dios sobre el mundo, transformándolo para recibir la perfección última que el mismo Señor le dará al final de los tiempos. Por eso, todas las actividades que el hombre realiza con perfección, a través de las criaturas, sirven no sólo para aproximar al mismo hombre a Dios, sino que también valen para aproximar el mismo mundo a su Creador.

ILUSIÓN EN LA CRIATURAS

Ciertamente, el secreto está en que el hombre, al usar las criaturas, lo haga por Dios. Y, entonces, no importa que se recree en las mismas criaturas, puesto que han salido de manos del mismo Creador; y, al gozarnos en ellas, gozamos en el Señor. Incluso, además, hay que fomentar esa ilusión en las criaturas, porque de esta forma lo humano sirve de base a lo sobrenatural. Si bien, nunca la entrega a las criaturas debe ser tan total que llegue a desplazar a Dios.

DESPRENDIMIENTO Y LIBERTAD DE ÁNIMO

Sin duda alguna, además el amor a las criaturas es compatible con un desprendimiento, en el que está la clave de toda la felicidad. Aunque esta libertad de ánimo o santa indiferencia del cristiano frente a las criaturas, como dicen los clásicos, no pueden ser la de una persona que tiene el corazón seco. El cristianismo es amor, y “la indiferencia no es tener el corazón seco…como Jesús no lo tuvo”, escribió San Josemaría.

La indiferencia no es tampoco el resultado de un desengaño del mundo o de las criaturas, ni la consecuencia de un desengaño amoroso u otros parecidos. Porque, la indiferencia de un cristiano, ante las cosas, consiste en ver en ellas la voluntad de Dios. Y, vengan como vinieren, se siente contento con los sucesos prósperos y los adversos. Y esto sucede así, porque al mirar las cosas con ojos de eternidad, se sabe no desorbitarlas y situarlas en su lugar justo. Y se aprende también a cultivar la virtud de la santa audacia, que nos lleva a no temer al mundo, con todos sus poderes. Como dice el primer versículo del salmo 27: El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo?.

 De esta forma, un cristiano está decidido a exclamar como escribe San Pablo en la Carta a los Romanos: Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid. nº 253).


DIOS ES EL PRINCIPIO Y EL FIN DE DE NUESTRA VIDA. (Homilía: I Domingo de Adviento. 27.XI.2011).

CON JESÚS, SE HIZO PUENTE SOBRE EL ABISMO QUE SEPARABA AL HOMBRE DE DIOS.

Las lecturas de este primer Domingo de Adviento insisten en que Dios es nuestro Padre, nuestro Redentor, nuestro principio y nuestro fin. Y que debemos estar vigilantes, pues no sabemos en que momento vendrá, para llevarnos.

DIOS ES EL CENTRO DE NUESTRA VIDA

En efecto, Dios es el centro de nuestra vida. Es el principio que nos creó, nos dió el ser y la vida, y nos mantiene en ella. Y nos creó para Él: para amarle y servirle, y para gozar de Él en la eternidad. Toda nuestra existencia es, por tanto, un caminar hacia Dios, como soldados escogidos que militamos en sus filas; y a Dios se llega por el camino que Él ha marcado y con los medios que nos ha dado. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, dijo Jesús, según narra el Evangelista San Juan.

Por tanto, Dios es el principio, el fundamento y el fin del hombre. Según el Apocalípsis, dice el Señor Dios: Yo soy el Alfa y la Omega, aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso, el primero y el último, el principio y el fin.

DIOS ES LA ÚNICA RAZÓN DE NUESTRA VIDA

Ciertamente, este es el orden de la creación, en el que estamos situados: Dios nos creó, por Amor, y al Amor nos destinó, poniéndose Él mismo como posesión definitiva y fin nuestro. Dios es, por tanto, la única razón de nuestra vida, el único camino y la única posible plenitud.

De esto es fácil concluir que, si no hemos colocado a Dios como centro de nuestra existencia, lo lógico es que nuestra vida no tenga sentido y esté vacía, viagra le falta lo único que puede llenarla. Sin centrarla en Dios, la vida no es camino, sino descamino. Y, fuera del camino, lo inevitable es estrellarse.

COLOCAR A DIOS EN EL PRIMER LUGAR

Ahora bien, no basta con no apartarse totalmente de Dios. Es también una postura descentrada colocar a Dios en segundo lugar, en un lugar marginal, en nuestra vida. Nuestra existencia estaría desviada si hemos hecho una alteración de ese orden esencial: si en vez de poner a Dios como centro, nos hemos colocado nosotros. Sin duda, esta es la primera materia que debemos examinar al empezar un nuevo año litúrgico, en este primer domingo de Adviento.

Para ello, podemos preguntarnos: ¿hacemos las cosas porque nos son útiles?; ¿buscamos sólo lo que nos complace?; ¿cumplimos sólo lo que no nos cuesta?; ¿nos buscamos sólo a nosotros mismos?. No dudemos de que muchas veces hasta en lo más noble, como puede ser el amor conyugal o el amor a los hijos, podemos meter un egoísmo, que nos lleva a buscar ese amor por nosotros mismos. Y esto es ponerse como centro y medida de los propios actos. Y, entonces, se necesita un cambio: es urgente poner a Dios como razón y centro  de todo nuestro modo de actuar. Recordemos las palabras del Señor que nos ofrece el Evangelio de San Lucas: Nadie puede servir a dos señores.

NUESTRA SITUACIÓN ES LA DE CRIATURAS

Ante la realidad, no podemos ser tan ciegos que no veamos que nuestra situación es la de criaturas. Y esta realidad reclama sumisión y adoración, al Dios Creador, que nos ha dado además todos los medios para que podamos llegar al fin: la felicidad eterna con Él. Por tanto, como dice San Juan, refiriéndose a Jesús: El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir.

Sin embargo, nuestras relaciones con Dios no son sólo como siervos, ni sólo de adoración, que es en realidad la virtud de la religión, sino que deben ser, fundamentalmente, relaciones de hijos. Puesto que, después de la Redención, Cristo se hizo puente, es decir, mediador, sobre el abismo que separaba al hombre de Dios y nos convirtió en sus hijos adoptivos. Como dice San Juan en su Evangelio: a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios.

Es verdad, como dice el Señor, según el Evangelista San Lucas, somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer. Pero también somos hijos, participando de la filiación de Cristo, que nos unió a Él -en su Cuerpo Místico- como el sarmiento a la vid. Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!, exclama admirado San Juan, en su Primera Carta.

Por eso, la relación justa del cristiano con Dios es una relación filial, de piedad. Y esto hace que la virtud y el don de la piedad lleven consigo el que nos consideremos ante Dios, con el amor y la confianza de un hijo. Y por eso, nuestra vida debe ser un servicio filial a Dios. Y, desde la Redención, el modo práctico de dirigirla a Dios es centrarla en Cristo, como dice el Apóstol San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios: Cristo murió por todos para que los que vivan ya no vivan para sí, sino para Él, que murió por ellos y resucitó”.

CRISTO ES EL CAMINO PARA IR AL PADRE

Por tanto, Cristo es el mediador, el camino para ir al Padre. Serviremos a Dios sirviendo a Cristo, uniéndonos a Él. Y el medio para unirnos a Cristo es estar unidos con la Iglesia -Cuerpo Místico de Cristo- y aprovechar los medios sobrenaturales de los que ella es dispensadora, que son los Sacramentos.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San  Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


VENGA A NOSOTROS EL REINO DE CRISTO. (Homilía: XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (20.XI.2011).

VENGA A NOSOTROS TU REINO.

“Venga a nosotros tu reino”, decimos en el Padrenuestro. Y, al pronunciar estas palabras, queremos que Jesús reine en nosotros y que Él sea nuestro Rey para siempre.

QUE CRISTO REINE EN NOSOTROS

Efectivamente, cuando pedimos que venga a nosotros el Reino de Cristo, nosotros deseamos ardientemente su reinado. Queremos que reine en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de las verdades reveladas.

Ciertamente, es necesario que Cristo reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique, cada vez mas plenamente, con la voluntad de Dios. Es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún otro amor se interponga al amor de Dios. Es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo; en nuestro trabajo, en nuestra vida entera.

LLAMADA Y ACICATE

La fiesta de este domingo es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, pero es a la vez una llamada y acicate para que el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas. Aunque haya que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso terreno, en cuanto puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios.

Pues, como dice el Concilio Vaticano II, “los bienes de la dignidad humana, de la comunión fraterna -es decir, todos los bienes de la naturaleza y los frutos de nuestro esfuerzo- los volveremos a encontrar, después de que los hayamos propagado, y esta vez ya limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva al Padre el Reino eterno y universal. Este Reino que está ya presente misteriosamente en la tierra y cuando el Señor venga alcanzará su perfección”.

Y, en efecto, así es ciertamente, pues nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que frecuentamos cada día.

A la pregunta de Pilato, Cristo declara que no ha venido a reinar con el objeto de procurarse riquezas y honores. Sino que vino para revelarnos la verdad, para decirnos que, por encima de los bienes efímeros de la tierra, existe Dios y la vida eterna, en la que encontrarán plena satisfacción nuestros deseos de felicidad y de paz. Cristo vino a establecer, en nosotros, el reinado de la gracia y desterrar, de nuestras almas, la servidumbre del pecado.

GRACIA Y PECADO

De esta forma, queda claro que, en nuestra alma está la gracia y puede estar también el pecado. En ella disputan Jesús y Satanás por establecer su reinado. Pero Jesucristo no quiere reinar en nosotros por otro medio que no sea el amor. Él deja la justicia para el día del Juicio, del cual ya no se podrá apelar.

Por tanto, seríamos unos miserables si no aprovecháramos el tiempo de la tierra, que es de amor y misericordia. Para ello, podemos hacer algunos propósitos: acudir con frecuencia al Sacramento de la Penitencia. Es decir, confesarnos con un sacerdote. También podemos aprovechar, al pasar por delante de una iglesia, para saludar al Señor. Y si nos resulta asequible entrar, hacer una genuflexión, llena de amor y de adoración, dirigiendo la mirada al Sagrario, donde sabemos está, Nuestro Dios y Señor, Creador de Cielos y Tierra.

Y, para hacer que nuestros deseos se conviertan en realidad, es bueno que acudamos, una vez más, a Nuestra Señora, Santa María, la Madre Santa del Rey, la Reina de nuestro corazón, la Madre compasiva, el trono de la gracia, y pedirla, con todo el corazón, que Cristo reine en nuestras almas.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA VIDA, TIEMPO PARA ADMINISTRAR LOS DONES QUE DIOS NOS DIÓ, Y ASÍ GANAR EL CIELO. (Homilía: XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. 13.XI.2011).

LA ENTREGA DE DISTINTOS TALENTOS ES FIGURA DE LOS DONES QUE RECIBIMOS DE DIOS.

 La Iglesia nos alienta a considerar las verdades eternas, con la parábola de la entrega de distintos talentos. Porque la vida en la tierra es un tiempo para administrar la herencia que nos dió el Señor, y así alcanzar el Cielo. Efectivamente, el Evangelio de este domingo dice que un hombre, al irse de viaje llamó a sus empleados y les dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata; a otro, dos; a otro uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó.

SOMOS ADMINISTRADORES, NO DUEÑOS

El significado de la parábola es el siguiente: los siervos somos nosotros. Los talentos son las condiciones con que Dios nos ha dotado. El tiempo que dura el viaje del amo es la vida. El regreso inesperado, la muerte. La rendición de cuentas, el juicio. Entrar en el banquete, el Cielo.

Nosotros, por lo tanto, no somos dueños, sino administradores de unos bienes de los que hemos de dar cuenta. Dios nos dió un cuerpo, y sus sentidos, y un alma con sus potencias. Y debemos examinarnos si realmente hacemos el bien con los talentos recibidos. Cómo usamos los bienes materiales, la capacidad de trabajo, la relación con los demás y la misma amistad.

NO VALEN EXCUSAS

El que había recibido un talento fue, cavó bajo tierra y lo escondió. Y cuando el Señor le pidió cuentas, el empleado aquel  no sólo intenta excusarse sino que arremete contra quien le ha dado lo que posee.

Empleado negligente y holgazán, le llama el dueño al escuchar las  excusas que inventa el empleado para demostrar por qué no hizo nada. Y así es porque este hombre ha olvidado una verdad esencial: que “el hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y después verle y gozarle en la otra”.

AL MALO Y PEREZOSO LE FALTÓ AMOR

Este empleado no trabajó realmente para su jefe, por falto de amor. Por algo enseña el Catecismo que lo contrario de la pereza es precisamente la diligencia, palabra que tiene su origen en el verbo latino diligere, que significa amar, elegir después de un estudio atento.

La experiencia enseña que, en realidad, el amor da alas para servir a la persona amada. En cambio, la pereza, que es fruto del desamor, lleva consigo un gran desamor. Y por eso, el Señor condena, en esta parábola, a los que no desarrollan los dones que Él  mismo les dió, y también a aquellos que los emplean en su propio interés, en vez de utilizarlos para el servicio de la causa de Dios y de sus hermanos los demás humanos.

SABER APROVECHAR EL TIEMPO

No debemos olvidar que es nuestro deber aprovechar la vida, que además es breve. Y aprovecharla incluso hasta el último instante, para crecer en el amor y en el servicio a Dios. La misma Bibilia nos advierte que nuestra vida en la tierra es corta. Si repasamos algunos textos veremos que se la compara con el humo, con una sombra, con el paso de las nubes, e incluso con la nada. ¡Y que, por tanto, sería perder el tiempo o malgastarlo como si no tuviera valor!.

“Cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo”, dejó escrito San Josemaría. Aprovechar el tiempo es, por supuesto, llevar a cabo lo que Dios tiene dispuesto que hagamos en cada momento. Unas veces será pasar una tarde a los pies de la cama de un enfermo, dedicar un rato a cuidar los niños de unos vecinos o encontrarse con un amigo para preparar juntos un examen; y tantas otras cosas buenas que se pueden hacer.

Porque, en realidad, aprovechar el tiempo es vivir con plenitud el momento actual, poniendo la cabeza y el corazón en lo que hacemos, aunque humanamente parezca que tiene poca entidad, y sin preocuparnos excesivamente por el pasado, o inquietarnos demasiado por el futuro.

Dios quiere que vivamos y santifiquemos el momento presente, cumpliendo con responsabilidad ese deber que corresponde al instante que vivimos, liberándonos de preocupaciones futuras inútiles, que quizá nunca llegarán, y si se presentan, ya nuestro Padre Dios nos dará la gracia sobrenatural para superarlas y la gracia humana para llevarlas con garbo. Y esta forma de vivir así con plenitud el tiempo presente, nos hace más eficaces y nos librará de muchas ansiedades inútiles.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).