MARÍA, CORREDENTORA Y MADRE ESPIRITUAL DE LA HUMANIDAD.(Homilía: Solemnidad de Santa María Madre de Dios. (1.I.2012).

LA VIRGEN, SAN JOSÉ, LOS PASTORES Y EL NIÑO.

Por voluntad de Dios, Cristo ha sido puesto como fuente primera de la gracia. Según San Juan, lo dijo el mismo Señor al afirmar: nadie va al Padre si no es a través de Mí. Pero ha sido dispuesto por Dios también que Cristo, en su tarea redentora -tanto en su estado de realización como en el de aplicación- tuviera asociada a una criatura cuidadosamente preparada, por dones especiales, para cumplir su misión. Esta criatura es la Santísima Virgen María, Madre de Dios y también, por voluntad del Cielo, madre nuestra espiritual.

MADRE ESPIRITUAL

En efecto, de esta forma, María se hace corredentora y Madre espiritual de la humanidad. La Virgen consiente -el Cielo, por medio del Arcángel San Gabriel, le ha pedido su consentimiento- en ser la Madre de Dios Salvador de los Hombres. Y lo hace con las palabras con que responde al Arcángel: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y, desde este momento, Ella empieza a colaborar en la Obra de la Redención de los Hombres.

En un momento cumbre, se la ve al pié de la Cruz, en el Calvario, sufriendo con Cristo y ofreciéndose en holocausto para traer la alegría al mundo: Dijo a su madre: Mujer aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: Aquí tienes a tu madre”. Así lo relata el mismo San Juan. Y así ella es Corredentora y Madre Nuestra, al asociarse a la Pasión y ver en Juan representada toda la humanidad.

Y de esta manera, así como Cristo, desde el Cielo, continúa la aplicación de la Obra Redentora, María, como mediadora secundaria y dependiente de Cristo, sigue ejerciendo su función maternal y causando en nosotros la vida de la gracia. Por tanto, la Santísima Virgen María es Medianera de todas las Gracias.

FUNCIÓN MATERNAL

Por tanto, es Madre nuestra y tiene una función maternal -amorosa y cercana- en la obra de nuestra santificación. Y, entonces, nosotros, ante Dios, podemos y debemos vernos como niños pequeños, débiles y desvalidos, que acuden a su Madre con confianza. Y acudiremos a Ella en todas las cosas, pero de un modo especial, en nuestra vida espiritual.

Y como ante Ella, somos niños, hacemos lo que hacen los pequeños que es aprender de su madre. Y así nosotros aprendemos de la vida de la Virgen las virtudes cristianas que hemos de vivir. En primer lugar, aprenderemos su humildad, como Ella misma lo dijo en el canto del Magnificat: Y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.

Y también nos dió ejemplo de cuidar los detalles de modestia para vivir la santa pureza. El evangelista San Lucas dice que Ella se turbó al oír las palabras de saludo que la dirigió el Arcángel. “¡Para que yo quiera echar por la borda esos detalles de modestia, que son salvaguardia de mi pureza!”, dejó escrito San Josemaría, en uno de sus libros titulado Camino.

La caridad de María brilla de un modo especial en las Bodas de Caná, atenta a las necesidades y apuros que podrían pasar los novios, al comprobar que faltaba el vino. Y, solícita, lo comunica al Señor. También la vemos, manteniendo firmes a los Apóstoles, después de la Ascensión de Cristo al Cielo, en la espera de la venida del Espíritu Santo.

Otra virtud de la Santísima Virgen es la sencillez y naturalidad con que obró siempre. En el anuncio del Arcángel San Gabriel, sólo dice: Aquí está la esclava del Señor. Y eso que, ante unas palabras tan sublimes del Cielo, el Hijo de Dios se hizo Hombre en sus mismas entrañas. Ella trata siempre de pasar inadvertida, y actúa como modelo para los grandes santos. También su discreción es proverbial. San Lucas añade que, después de tantos acontecimientos sobrenaturales, Ella guardaba todo en su corazón. E igualmente es un modelo de reciedumbre. Con inmensa fortaleza se la ve al pié de la Cruz, junto a su Hijo. Algo que todos podemos y debemos aprender de Ella, y pedirle que nos enseñe a estar junto a las cruces diarias, que normalmente nos pueden llegar.

SÓLIDA DEVOCIÓN A MARÍA

Considero que, tal vez, hemos de aumentar y hacer más sólida nuestra devoción a la Virgen María. Pienso que la necesitamos cada uno y que Ella es el camino más fácil para conocernos tal como somos y llegar mejor a Jesús, fin de toda nuestra vida. Y para conocer las virtudes de María e imitarlas, hemos de tratarla mucho, y tenerla muy presente para acordarnos de acudir a ella en todas nuestras necesidades y dificultades.

Pero, sin embargo, nuestra devoción a María, no puede ser vaga y sentimental. Aunque es cierto que en la devoción a la Virgen, el corazón -Ella es Madre- tiene un papel principalísimo. Sin embargo, debemos tener en cuenta que, nuestro amor, no será amor de verdad, si no se concreta en obras, en oración y mortificación, que nos pueden costar, pero que le ofreceremos con perseverancia.

Pienso que podemos fijarnos, por ejemplo, en rezar todos los días el Santo Rosario. Y no olvidemos que el mejor sitio para rezarlo bien es la Iglesia o en familia. En ambos lugares se puede lucrar indulgencia plenaria. También debemos rezar el Ángelus, al mediodía, uniéndonos al saludo el Arcángel san Gabriel y al hágase de María, pidiéndola que nos haga ser fieles en nuestra lucha diaria. También es bueno coger la costumbre de rezar las Tres Avemarías, por la noche, antes de acostarnos, para que la Virgen cuide por nosotros cada noche y vele nuestro sueño.

Igualmente es bueno tener impuesto el Escapulario del Carmen y llevarlo habitualmente, como seguro de salvación eterna. Y finalmente, dedicar el sábado a la Virgen, ofreciéndole alguna mortificación pequeña, que nos cueste, haciendo un rato de oración con Ella. Y también buscar algo especial para ofrecerle los días del mes de mayo y en sus festividades especiales.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


“NI EN ESPAÑA, NI EN NINGUNA PARTE, HABRÁ REGENERACIÓN ECONÓMICA, SIN REGENERACIÓN MORAL”: “La salud de una sociedad se mide por la salud moral de sus familias”.(Homilía: Fiesta de la Sagrada Familia. 30-XII-2011).

La Sagrada Familia: El Niño Jesús, la Virgen María y San José.

Nuestro Señor Jesucristo quiso comenzar su tarea redentora en el seno de una familia sencilla y normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fué un hogar. José era el cabeza de familia. Él era quien sostenía a Jesús y a María con su trabajo. De él aprendió Jesús su propio oficio, el medio de ganarse la vida. Jesús le manifestaría muchas veces su admiración y su cariño. Y de María, el Niño Jesús aprendió formas de hablar, dichos populares llenos de sabiduría, que más tarde empleará en su predicación.

LA FAMILIA DE JESÚS, MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES

Entre José y María había cariño santo, espíritu de servicio, comprensión y deseos de hacerse mutuamente la vida feliz. Así es la familia de Jesús: sagrada, santa, ejemplar, modelo de virtudes humanas, dispuesta a cumplir con exactitud la voluntad de Dios. Y el hogar cristiano debe ser imitación de la Sagrada Familia de Nazaret: un lugar donde quepa Dios, y pueda estar en el centro del amor que todos se tienen.

Mientras contemplamos a Jesús, a María y a José, en la fiesta que este año le dedica la Santa Madre Iglesia, el próximo día 30 de diciembre, dentro de la Octava de Navidad, le dedica la Iglesia, sería bueno hacernos algunas preguntas que pueden ser muy oportunas: ¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás?.

LOS PADRES, PRIMEROS EDUCADORES DE LA FE

Según el Concilio Vaticano II, en la familia, “los padres deben ser para sus hijos los primeros educadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo”. Pues bien, esto se cumplió de manera singularísima en la Sagrada Familia. Efectivamente, Jesús aprendió de sus padres el significado de las cosas que le rodeaban.

A modo de ejemplo, podemos pensar con que devoción la Sagrada Familia recitaría las oraciones tradicionales, que se rezaban en todos los hogares israelitas. Y, al meditar tales escenas, los padres y madres les resultará muy oportuno considerar con frecuencia unas palabras del Papa Pablo VI que, además, recogió Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio: “¿Enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: Confesión, Comunión, Confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los Santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? ¿Sabéis rezar con vuestros hijos? Vuestro ejemplo, apoyado por alguna oración en común, vale una lección de vida; lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos y así edificáis la Iglesia”.

Los hogares cristianos, si imitan el que formó la Sagrada Familia de Nazaret, serán hogares luminosos y alegres. Y será así, porque cada miembro de la familia se esforzará en su trato con el Señor y procurará una convivencia cada día más amable. De esta forma, la familia será escuela de virtudes y el lugar ordinario donde hemos de encontrar a Dios. Porque, la caridad lo llenará todo, llevará a compartir las alegrías y los sinsabores; a saber sonreír, atender a los demás, escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia, que el egoísmo podría convertir en montañas.

LA FAMILIA, FORMA BÁSICA DE LA SOCIEDAD

Conviene que no olvidemos que cada hogar cristiano tiene su ejemplo más acabado, en la Sagrada Familia. Y el hecho de contar con la fidelidad de los esposos a su vocación matrimonial, les llevará incluso a pedir la vocación de sus hijos para dedicarse con abnegación al servicio del Señor. Y es oportuno que también tengamos en cuenta principios fundamentales que nos dejó dichos el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes, en el sentido de que la familia es la forma básica y más sencilla de la sociedad. Y también afirmó: “la familia es la principal escuela de todas las virtudes sociales”; es el semillero de la vida social, pues, en la familia, es donde se ejercita la obediencia, la preocupación por los demás, el sentido de responsabilidad, la comprensión, la ayuda y la coordinación amorosa entre las diversas maneras de ser. Y también el mismo Concilio afirmó, en el citado documento, que “esto se realiza especialmente en las familias numerosas, siempre alabadas por la Iglesia”.

De hecho, se ha comprobado que la salud de una sociedad se mide por la salud moral de las familias. De aquí que los ataques a la familia -como lo son los casos de la introducción del divorcio y del aborto en la legislación- sean ataques directos a la sociedad misma, cuyos resultados, por desgracia, no se hacen esperar. Precisamente, y con referencia a España, sobre la situación de la familia, en el Semanario “Alfa y Omega”, dice Gonzalo de Berceo, que los nuevos gobernantes han recibido una herencia difícil y que sería de desear que cuanto antes aclarasen si van “a suprimir la sectaria asignatura de Educación para la ciudadanía”, si van “a derogar la Ley del aborto” y si van “a defender la dignidad del matrimonio y de la familia”. El mismo articulista, afirma tambén, con muy buen sentido, que “no habrá en España, ni en ninguna parte, regeneración económica, cultural, política, social, si antes no hay regeneración moral”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


EL NACIMIENTO: POBREZA DE ESPÍRITU. (Homilía: Solemnidad de la Natividad del Señor. 25-XII.2011).

EL NACIMIENTO DEL NIÑO JESÚS, EN LA CUEVA DE BELÉN.

Salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Como José es de la Casa de David, va con la Virgen María, desde Nazaret a la ciudad de Belén. Y allí nació Nuestro Señor Jesucristo. Pero, como no había lugar para ellos en la posada, el Niño Dios nace en una cueva, que más bien es un establo. Y su Madre lo envuelve en pañales y lo recuesta en un pesebre, lugar donde los animales recibían su alimento. Era Invierno. En esa época, en Belén hace mucho, muchísimo frío. Y dos son, por tanto, las primeras enseñanzas que nos ofrece este impresionante texto evangélico de San Lucas: mucho frío y muchísima pobreza.

Por algo el Salmista, refiriéndose a Dios hecho Hombre, dijo en Salmo 39: “Yo viví pobre y criéme en trabajos desde mi tierna edad”. Efectivamente, Jesús nació pobre y vivió pobremente. El evangelista San Mateo llega a precisar que no tuvo donde reclinar la cabeza. Así nos enseña, con su vida, a amar la virtud de la pobreza ya desde el momento de su Nacimiento y después lo enseñará con su palabra al comienzo de su Vida Pública: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos”.

 Efectivamente, Jesús enseña y vive la pobreza. San Juan, en su Evangelio, recoge las palabras del Señor: “Ejemplo os he dado”. Por lo tanto, vive y ama la pobreza, pero no vive miserablemente. Pasó inadvertido entre los de su condición social. Viste correctamente, llevando una túnica de una sola pieza. Sabe comportarse socialmente con distinción, y es invitado a comer, bastantes veces, con los principales fariseos, con Zaqueo, Jefe de recaudadores. Y cuando le exigen el tributo, no regatea, sino que manda a Pedro que eche las redes y que pague con lo que encuentre en el vientre del pez. Y así en muchas otras ocasiones.

DESPRENDIMIENTO

Con todo esto, el Señor nos quiere enseñar la importancia del espíritu de pobreza. Y nos indica claramente que el espíritu de pobreza consiste fundamentalmente en estar desprendidos, aunque se puedan tener generosos bienes.

 Esto es así, porque el Señor sabe que el corazón del hombre se apega fácilmente a las riquezas; y  precisamente, en ello, está el desorden. Es decir, en poner en primer plano, lo que no tiene sino el carácter secundario de un instrumento. De ahí que nos dé doctrina clara y habla incluso de que es muy difícil que un rico entre en el reino de los Cielos, como relata San Mateo. Y esto no es una metáfora, sino una realidad, que ha de hacernos pensar y sacar consecuencias, para vivir el espíritu de pobreza cristiana, como Cristo nos enseñó.

VIVIR DESPEGADOS

“Si las riquezas llegan a tu mano, no quieras poner en ellas tu corazón”, enseña la Sagrada Escritura. Y es cierto que, para vivir despegados de las riquezas se necesita, por ejemplo, ir mortificando la comodidad, no crear un montón de necesidades. Y aprender a saber mortificarse muchas veces privándose de lo supérfluo. E incluso alegrarnos, al menos alguna vez, si notamos que las consecuencias de la pobreza llegan a nosotros, porque realmente nos falta algo de lo que necesitamos o de lo que nos es conveniente.

Evidentemente, sin ser mezquinos -porque no se trata de vivir la miseria espiritual, sino la santa pobreza- debemos aprender a saber ahorrar, cuidar y aprovechar las cosas que tenemos. Porque andar en desorden y descuido, perdiendo o estropeando las cosas, no es vivir la pobreza cristiana.

Y también incluye la pobreza el saber dar generosamente. Y éste es un terreno que muchas veces se puede abrir al heroismo. Por ejemplo, no hemos de taparnos los ojos ante la miseria de los demás. Existe y es real, y ha de movernos el corazón. Recordemos las palabras del mismo Señor, según nos narra San Mateo: “Porque tuve hambre y me diste de comer. ¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber?”. Respondió el Señor: “En verdad os digo que, cuantas veces hicistéis esto a uno de mis hermanos menores, a Mí me lo hicísteis”.

Ciertamente, hay obligación de dar limosna. Ha sido siempre tradicción de la Iglesia y se vivió desde los primeros tiempos del cristianismo. Los primeros cristianos vendieron todo lo que tenían y distribuyeron el precio entre los pobres. Posiblemente no se trata hoy de hacer esto, pero tampoco podemos quitar valor y cuerpo a la limosna. A este propósito, dice el Apóstol Santiago el Menor: “Si tu hermano o tu hermana están desnudos, y  necesitan alimento, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciáos, pero no les da lo que necesitan para el cuerpo ¿de qué le aprovecha?. Así, la fe, si no se manifiesta en obras, es fe muerta”.

VER EN EL POBRE A CRISTO

Por supuesto, hay que tener en cuenta que la caridad ha de estar abierta a la generosidad. Pero sin olvidar, que la limosna no consiste sólo en dar. Dicho con más claridad: “no consiste sólo en dar calderilla”. Hay que ver en el pobre a Cristo, y hacerlo con caridad: en el sentido auténtico de la palabra; es decir, con amor. Por eso, muchas veces será mejor limosna, que dar unas monedas, la sonrisa, el darla personalmente con buena cara, y no refunfuñando y como para quitarnos de encima al que pide, el visitar a los pobres o enfermos, llevándoles cosas que, aunque no sean de valor, los alegran, como pueden ser unos pastelillos.

Ya lo dijo San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios: “Lo que os digo es que quien escasamente siembra, escasamente cosechará; y quien siembra a manos llenas, a manos llenas recojerá. Haga cada cual la oferta conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o como por fuerza; porque Dios ama al que da con alegría”.

JERARQUIA EN LA LIMOSNA

Finalmente, se debe tener una jerarquía en la limosna. Y darse cuenta de que en primer lugar está la Iglesia de Dios. Los primeros cristianos recogían limosnas -de las que nos habla San Pablo-, para ayudar a otras iglesias, aún muy lejanas. Nosotros las podemos incluso tener cercanas, y hemos de contribuir y colaborar económicamente en diversas obras de la Iglesia: caridad, apostolado o enseñanza de la doctrina cristiana.

También es bueno que vivamos la pobreza cristiana en modo muy positivo. Por ejemplo, es noble la ambición de trabajar para ganar y elevar el nivel de la propia familia. Es virtud  trabajar con empeño. Además, así se puede tener ocasión de poder ayudar mejor a los demás. Y nunca se debe olvidar que el trabajo es el más seguro capital.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


PECADO MORTAL Y SANTIDAD. (Homilía: IV Domingo de Adviento. 18.XII.2011).

EL ARCÁNGEL GABRIEL ANUNCIA A MARÍA QUE SERÁ LA MADRE DE DIOS HECHO HOMBRE.

El Arcángel San Gabriel anuncia a María que va a concebir al Redentor. El profeta Natán ya había anunciado al rey David que Dios acabaría con todos sus enemigos. Y nuestro enemigo es el pecado. Y la lucha contra los propios pecados es la santidad. Por eso, la homilía del IV Domingo de Adviento, que nos ofrece tales lecturas, trata del pecado mortal y la santidad.

ESENCIA Y CONSECUENCIAS DEL PECADO

En realidad, la esencia del pecado mortal constituye un misterio, en razón de su malicia infinita. Pero podemos definirlo como la “aversión a Dios y la conversión a las criaturas”. Porque el hombre, al cometer el pecado, en vez de eligir a Dios elige a las mismas criaturas. La consecuencia es que el hombre, entonces, queda despojado de la naturaleza divina con que le revestía la gracia, convirtiendo su vida en una cruz estéril, que no puede conducirle a su fin sobrenatural. Y el pecado mortal, además, lleva consigo un castigo eterno, que es el Infierno.

Ciertamente, en resumen, el pecado convierte al hombre, de hijo de Dios, en enemigo de Dios. Por lo tanto, ya no resulta beneficiario y partícipe de los méritos de la Cruz de Cristo, sino que se une a la muchedumbre de los que le crucificaron.

CONDICIONES PARA EL PECADO MORTAL

La primera condición para que exista pecado mortal es que se trate de materia prohibida y grave. Como ejemplo, podemos aportar que, al menos en sus circunstancias, son siempre graves, por su materia, los pecados de lujuria. En segundo lugar, es necesario plena advertencia de que el acto cometido es pecado grave. Y una tercera condición es que haya habido consentimiento pleno y libre, porque cuando no hay plena advertencia o el consentimiento es deficiente, no habría pecado mortal, sino solo venial. Y, por supuesto, la ignorancia invencible exime siempre de pecado. Ahora bien, en la apreciación de la materia se debe tener una conciencia que podemos calificar de “delicada” y evitar lo que vulgarmente se llama “manga ancha”.

CLASES DE PECADOS

Por su causa, el primer tipo de pecado es el de ignorancia. Si bien, ésta eximiría de pecado siempre que sea total. Y la solución, para no estar en el desconocimiento, es alcanzar una buena formación religiosa. En segundo lugar, están los pecados por fragilidad, cuya solución está en la huída de las ocasiones y la frecuencia de los Sacramentos, principalmente de la Confesión y la Sagrada Eucaristía. En tercer lugar, están los pecados de frialdad e indiferencia; en estos casos hay que buscar la conversión, por ejemplo con la lectura de un buen libro o recluirse en unos Ejercicios Espirituales. En cuanto a los pecados de obstinación y malicia, que normalmente se producen en personas amargadas contra Dios y que atacan a Dios y a la Iglesia, en general debemos tener en cuenta que se trata de un pecado demoníaco, porque se va al mal por el mal. Y las almas que quieran ganar de Dios su conversión, el camino se encuentra en la oración y el sacrificio. De todas formas, podemos decir que, de verdad, la causa más profunda de todos los pecados está en el orgullo y la soberbia, que lleva a despreciar a Dios y a exaltar las propias pasiones.

EL PECADO MORTAL Y LA SANTIDAD

Pero, en realidad, lo que más interesa es enfocar el pecado mortal desde un punto de vista positivo. Porque el temor, si no va unido al amor, encoge y paraliza o, a lo más, da lugar a una piedad, fría y seca, propia de los fariseos, no de  los hijos de Dios. Jesucristo superó la Ley Antigua, con su mensaje de amor y dijo a lo suyos: Ya no os llamo siervos sino amigos, dice el Evangelista San Juan.

Para el hombre que ama a Dios sobre todas las cosas -única manera de amarle proporcionada a lo que es-, el pecado mortal es, sobre todo, el único obstáculo verdadero en su camino de amor. Porque le aparta de Jesús e hiere a éste -que le redimió con su muerte- con una ofensa tan grave que escapa a nuestra percepción. Y fuerza al Señor, en fin, a no permanecer, con el Padre y el Espíritu Santo, en su alma. En cambio, al hombre enamorado de Dios, no le preocupa el fracaso que supone el pecado en su perfección humana. Se alegra incluso de ser tan miserable para que Dios lo ponga todo en él.

MODOS DE COMBATIR EL PECADO MORTAL

El mejor modo de prevención del pecado es hacerlo positivamente, queriendo mucho a Dios: enamorarse de Dios. Vivir en definitiva el primer Mandamiento de la Ley de Dios. Todos sabemos que para no  pasar frío en una casa hay que tapar las grietas; pero, al mismo tiempo, se precisa encender un gran fuego interior. Es decir, se debe adquirir una sólida formación religiosa, porque el peor enemigo para nuestras relaciones con Dios es la ignorancia religiosa.

Y también puede decirse que, para no llegar a pecar mortalmente es muy importante luchar contra los pecados veniales y fomentar en nuestro interior, el odio contra el pecado no dialogando con él. Y, si se diera el caso de que exista el hábito de pecar, el mejor modo de resistirlo es el examen de conciencia diario o un examen particular o específico sobre una determinada caída.

La reparación de la pena debida por el pecado se logra con la penitencia que nos imponga el confesor; pero a ello podemos unir el dolor de amor y obras, con obras pequeñas. Y siempre se debe confiar filialmente en Dios, y servirse de las caídas para adelantar en nuestra vida cristiana, sin estar obsesionados por un solo tipo de pecado, porque esto paralizaría nuestro avance en la vida cristiana.

Finalmente, debemos tener siempre espíritu de lucha, considerando que en esta batalla contra el pecado, que es la Redención, hemos de ser buenos soldados de Cristo, con un gran espíritu de lucha, sin dejarnos ganar por el ambiente, y acudiendo siempre a la Virgen María, que es Madre Inmaculada.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).