EL MUNDO TIENE HAMBRE Y SED DE DIOS, AUNQUE MUCHAS VECES NO LO MANIFIESTE. (Homilía: V Domingo del Tiempo Ordinario. 5.II.2012).

JESÚS RECORRIÓ TODA GALILEA, PREDICANDO Y EXPULSANDO DEMONIOS.

 Todo el mundo te busca, dijeron los Apóstoles al Señor, según el Evangelio de este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Cierto, el mundo tiene hambre y sed de Dios, aunque muchas veces no lo manifieste.

AFÁN DE TRANSMITIR LA VERDAD

Por eso, el afán de que muchos sigan a Cristo ha de empujarnos a poner los medios para acercarlos al Señor. Y sentir además la urgencia de provocar oportunidades, que les ayuden a encontrar al Creador de Cielos y Tierra.

Ahora bien, en este empeño por difundir la fe, siempre con respeto y aprecio a las personas, no cabe transmitir medias verdades, por temor a que la plenitud de la verdad y las exigencias de una auténtica vida  cristiana, puedan chocar con el pensamiento de moda y con el aburguesamiento de muchos. La verdad no tiene términos medios, y el amor sacrificado no admite rebajas ni puede ser objeto de compromisos.

La condición de toda acción es la fidelidad a la doctrina, aunque ésta se presente difícil de cumplir en algunos casos, e incluso exija un comportamiento heroico, o al menos lleno de fortaleza. No se puede pretender agradar a todos disminuyendo, según conveniencias humanas, las exigencias del Evangelio. No es buen camino pretender hacer fácil el Evangelio, silenciando o rebajando los misterios que se han de creer y las normas de conducta que han de vivirse. Hoy, como siempre, -afirmaba San Pablo-, predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero poder de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos. Sin embargo, nos debemos esforzar siempre en adaptarnos a la capacidad y circunstancias de quienes pretendemos llevar hasta el Señor, como Él nos enseña a lo largo del Evangelio, que se hizo asequible a todos.

La fidelidad a Cristo nos lleva también a transmitir fiel y eficazmente lo que hemos recibido. Ahora, igual que en tiempos de los primeros cristianos, cuando comenzaba la primera evangelización de Europa y del mundo, debemos anunciar a todos -amigos y conocidos, colegas, parientes-, la Buena Nueva de la misericordia divina, la alegría de seguir muy de cerca a Cristo, en medio de nuestros quehaceres. Y ese anuncio comporta la nece- sidad de cambiar de vida, de hacer penitencia, de renunciar a sí  mismos, de estar desprendidos de los bienes materiales, de ser castos, de buscar con humildad el perdón divino, de decir sí a la vida humana desde el momento mismo de la concepción, de afirmar con hechos y con palabras que la decisión sobre la hora de la muerte de un ser humano sólo corresponde a Dios.

SED DE SALVAR ALMAS

“Nada hay más frío que un cristiano que no se preocupe por la salvación de los demás”, afirmaba San Juan Crisóstomo. Por tanto, preguntémonos si en nuestro ambiente, en el lugar donde vivimos y donde trabajamos, somos verdaderos transmisores de la fe, si acercamos a nuestros familiares y amigos a una mayor frecuencia de los sacramentos.

Todos estos afanes nacen del convencimiento de poseer la Verdad y el Amor; la verdad salvadora, el único amor que colma las ansias del corazón, siempre insatisfecho. Cuando se pierde esta certeza no se encuentra sentido a la difusión de la fe. Entonces, incluso en ambientes cristianos, se llega a pensar que no se puede influir para que los no cristianos -por ejemplo, ante las leyes del divorcio y el aborto- apoyen una ley recta, según el querer divino. También pierde sentido el llevar la doctrina de Cristo a todos los ambientes.

AL MUNDO NO LE BASTA LA MERA ACCIÓN SOCIAL: NECESITA SANTOS

 Actualmente existe el peligro de convertir, lo que debe ser una  misión apostólica de los católicos, en una mera acción social. Recordamos lo que dice el Papa Benedicto XVI, en la Carta  PORTA FIDEI, del pasado 11 de octubre, convocando el Año de la Fe: “Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común”. Y el Papa, a este propósito, recuerda las palabras que dijo, en el inicio de su Pontificado, en la Homilía de la Misa: “La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo, han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”.

Y también Juan Pablo II, en un Discurso a los Educadores, con fecha 12 de septiembre de 1987, decía: “El mundo no puede contentarse simplemente con reformadores sociales. Tiene necesidad de santos. La santidad no es privilegio de pocos; es un don para todos…Dudar de esto significa no acabar de entender las intenciones de Cristo”.

Ciertamente, la fe es la verdad, e ilumina nuestra razón, la preserva de errores. De ahí proviene la seguridad del cristiano, no sólo de lo que se refiere estrictamente a la fe, sino a todas aquellas cuestiones que están conexas con ella: el origen del mundo y de la vida, la dignidad intocable de la persona humana, la importancia de la familia. La fe es luz que ilumina el caminar del hombre. Esto nos lleva -enseñó el Papa Pablo VI- a tener “una actitud dogmática, sí, que quiere decir que está fundada no en ciencia propia, sino en la Palabra de Dios…Actitud que nos hace fuertes y valientes para defenderla, amorosos para difundirla”.

En efecto, es un inmenso don haber recibido la fe verdadera, pero a la vez una gran responsabilidad. La vibración apostólica del cristiano no es fanatismo: es amor a la verdad, manifestación de fe viva, coherencia entre el pensamiento y la vida; es querer que las almas conozcan la riqueza que Dios ha revelado y se salven.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña ((España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


CRISTO VINO A LIBERARNOS DEL DEMONIO Y DEL PECADO. (Homilía: IV Domingo del Tiempo Ordinario: 29-I-2012).

RUINAS DE LA SINAGOGA DE CAFARNAÚM, DONDE CRISTO LIBERÓ A UN ENDEMONIADO.

La victoria sobre el demonio es señal de la venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo. Él vino a liberar a los hombres de la más temible de las esclavitudes: la de Satanás y la del pecado. El Evangelio de este domingo narra como un hombre atormentado, en Cafarnaún, por el demonio, gritaba: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? ¡Sé quien eres: el Santo de Dios!. Jesús lo increpó: Cállate y sal de él. Y todos quedaron estupefactos.

PRESENCIA DEL DEMONIO, EN EL MUNDO

Es cierto que, desde la llegada de Cristo, el demonio se bate en retirada, aunque es mucho su poder y, como decía Juan Pablo II, “su presencia se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios”. Ya el mismo Concilio de Trento afirmaba que, mediante el pecado mortal, muchos hombres quedan sujetos a la esclavitud del demonio, se alejan del reino de Dios, para penetrar en el reino de las tinieblas, del mal. En un grado o en otro, quedan sometidos a la peor de las esclavitudes. Lo dijo el mismo Señor: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado.

Ciertamente, tras el pecado original, los humanos hemos quedado sujetos a las pasiones y expuestos al asalto de la concupiscencia y del demonio: fuimos vendidos como esclavos al pecado, afirma San Pablo, en las Carta a los Romanos. También, con precisión, dejó escrito el Vaticano II: “Toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como lucha -lucha dramática- entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas”.

Por eso, tiene un inmenso sentido la última de las peticiones que el Señor nos enseñó en el Padrenuestro: líbranos del mal. Es decir: es necesario mantener a raya  la concupiscencia y combatir, con la ayuda de Dios, la influencia del demonio, que inclina al pecado. Ciertamente, con la luz de la fe, podemos ver en el poseso del Evangelio de este domingo, a todo pecador que quiere convertirse a Dios, librándose de Satanás y del pecado. Pues, como decía San Agustín, Jesús no ha venido a liberarnos “de los pueblos dominadores, sino del demonio; no de la cautividad del cuerpo, sino de la malicia del alma”.

LA PEOR DESGRACIA, EL PECADO MORTAL

La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. El cristiano descubre esa huella profunda del mal y ve un mundo esclavizado por el pecado, afirma el Concilio Vaticano II. Por eso, “el primer requisito para desterrar ese mal -afirma san Josemaría, en Amigos de Dios-, es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Reciamente, con sinceridad, hemos de sentir -en el corazón y en la cabeza- horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de abominar el pecado venial, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega”.

Ciertamente, el pecado mortal es la peor desgracia que le puede suceder a un cristiano. Cuando éste se mueve por el amor, todo sirve a la gloria de Dios y para el servicio de sus hermanos los hombres, y las mismas realidades terrenas son santificadas: el hogar, la profesión, el deporte, la política…; por el contrario, cuando uno se deja seducir por el demonio, su pecado introduce en el mundo un principio de desorden radical, que lo aleja de su Creador y es causa de todos los horrores que en él se encuentran.

En efecto, el pecado, un solo pecado, ejerce, de una forma a veces oculta y otras visible y palpable, una misteriosa influencia sobre la familia, los amigos, la Iglesia y sobre la entera humanidad. Por tanto, amemos mucho el Sacramento de la Penitencia y meditemos, con frecuencia, la Pasión del Señor para entender más la malicia del pecado. Pidamos al Señor que sea una realidad, en nuestras vidas, esa sentencia popular llena de sentido: antes morir que pecar.

LA CONFESIÓN LIBERA

Nunca penetraremos bastante en la realidad del misterio de iniquidad que es el pecado y en la malicia que conlleva como ofensa a Dios. Y es bueno no plantear la lucha en si es mortal o leve, porque incluso los pecados veniales realizan un funesto efecto en las almas que no luchan por evitarlos. Y constituyen siempre un excelente aliado del demonio. Si lo consideramos bien y con cierta paz, observaremos que este tipo de pecados son la causa de la mediocridad espiritual, de la tibieza y del caminar dificultoso en la vida interior. Los santos han recomendado siempre la Confesión frecuente, sincera y contrita como medio eficaz y seguro para ir adelante. “Ten siempre verdadero dolor de los pecados que confiesas, por leves que sean -aconseja San Francisco de Sales, en su libro Introducción a la vida devota-, y haz firme propósito de la enmienda para en adelante. Muchos hay que pierden grandes bienes y mucho aprovechamiento espiritual porque, confesándose de los pecados veniales como por costumbre y cumplimiento, sin pensar enmendarse, permanecen toda la vida cargados de ellos”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 


CUANDO EL CORAZÓN SE LLENA DE LOS BIENES DE LA TIERRA, YA NO QUEDA LUGAR PARA DIOS. (Homilía: III Domingo del Tiempo Ordinario. 22.I.2012).

PEDRO Y ANDRÉS INMEDIATAMENTE DEJARON LAS REDES Y SIGUIERON A JESÚS.

El Evangelio de la Misa de este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario relata la llamada de Cristo a cuatro de sus discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Los cuatro eran pescadores. Y, al instante, lo dejaron todo para seguir al Maestro.

DESPRENDIMIENTO EFECTIVO

Para seguir a Cristo, es necesario tener el alma libre de todo apegamiento: del amor a sí mismo en primer lugar, de la excesiva preocupación por la salud, del futuro, de las riquezas y de los bienes materiales. Porque el corazón, cuando se llena de los bienes de la tierra, ya no le queda lugar para Dios. Y a todo el que quiera seguirle, Cristo le exige un desprendimiento efectivo de sí mismo y de las cosas que tiene y usa.

Advierte el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen gentium: “Vigilen, pues, todos para ordenar rectamente sus afectos, no sea que, en el uso de las cosas de este mundo y en el apego a las riquezas, encuentren un obstáculo que les aparte, contra el espíritu de pobreza evangélica, de la búsqueda de la perfecta caridad, según el aviso del Apóstol: Los que usan de este mundo, no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan (1ª Corintios 7, 31)”. La renuncia que pide el Señor ha de ser efectiva y concreta. Es imposible servir a Dios y a las riquezas, como dijo el mismo Jesucristo. 

UN CORAZÓN DIVIDIDO PRONTO DESALOJARÁ A CRISTO

El desasimiento cristiano supone hacer realidad, en la propia vida, aquel consejo del Señor: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Evidentemente, un corazón tibio y dividido, dado a compaginar el amor a Dios con el amor a los bienes, a la comodidad y al aburguesamiento, muy pronto desalojará a Dios de su corazón y se encontrará prisionero de los bienes, que entonces se han convertido para él en males.

La abundancia y el disfrute de bienes materiales nunca darán la felicidad al mundo; el corazón humano sólo encontrará en Dios la plenitud para la que fue creado. Cuando no se actúa con la necesaria fortaleza para vivir ese desprendimiento, “el corazón -dice San Josemaría- queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento y acaba esclavizado ya en la tierra, víctima de esos mismos bienes que quizá se han logrado a base de esfuerzos y renuncias sin cuento”.

Ciertamente, la pobreza y el desasimiento cristianos no tienen nada que ver con la suciedad y dejadez, con el desaliño o la falta de educación. Jesús va bien vestido. Su túnica, confeccionada seguramente por su Madre, es en el Calvario objeto de sorteo, porque era sin costura y de un solo tejido de arriba abajo. La casa de la Sagrada Familia en Nazaret era modesta, limpia, sencilla, ordenada, alegre, agradable, donde daba gusto estar.

En efecto, la pobreza del cristiano que se ha de santificar en medio del mundo está muy ligada al trabajo del que vive y sostiene la familia. En el estudiante, su pobreza se relaciona con un estudio serio y un tiempo bien aprovechado; y la pobreza de la madre de familia estará íntimamente unida al cuidado del hogar, de la ropa, de los muebles, etc., para que duren; al prudente ahorro, que la llevará a evitar los caprichos personales, al examen de calidades en lo que compra. Y, en relación a los hijos, ¡cómo agradecen luego el haber sido educados con esa cierta austeridad, que entra por los sentidos y que no necesita demasiadas explicaciones cuando se ve hecha vida en los padres!. Ciertamente, los padres les dejan una gran herencia cuando les descubren que el trabajo es el mejor y más sólido capital.

LOS BIENES TERRENOS SON MEDIOS, NO FIN

El estilo de vida cristiana supone un cambio radical de actitud frente a los bienes terrenos: se procuran y se usan no como si fueran un fin, sino como medio para servir a Dios, a la familia, a la sociedad. Porque, el fin de un cristiano no es tener cada vez más, sino amar más y más a Cristo, a través de su trabajo, de su familia, y también a través de los bienes.

Además, un cristiano nunca podrá contemplar  con indiferencia las necesidades espirituales o materiales de los demás, y debe poner los medios para contribuir generosamente a solucionar esas necesidades. Unas veces será con su aportación económica y otras cediendo su tiempo para obras buenas.

La generosidad en la limosna a personas necesitadas o a obras buenas ha sido siempre una manifestación, no la única, del desprendimiento real de los bienes y del espíritu de pobreza evangélica. Limosna, no sólo de lo supérfluo, sino aquella que se compone principalmente a base de sacrificios personales.

La limosna brota de un corazón misericordioso. Y dice San Agustín que “es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe; porque quien la ejerce saca de allí un provecho espiritual, mientras quien la recibe sólo temporal”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA PUREZA Y LA CASTIDAD SON INDISPENSABLES PARA AMAR A DIOS. (Homilía: II Domingo del Tiempo Ordinario. 15.I.2012).

LA MADRE DEL AMOR HERMOSO, AYUDA EFICAZ PARA LA PUREZA Y LA CASTIDAD.

El Evangelio de este domingo señala cómo el Señor buscó a los tres primeros discípulos que le siguieron: Pedro, Santiago y Juan. Y seguir a Cristo, siempre significó entregar el corazón; es decir, lo más íntimo y profundo de nuestro ser y de nuestra vida. Ciertamente, para seguir al Señor es necesario guardar la santa pureza, vivir la castidad y purificar el corazón. Decía el Papa Juan Pablo II: “La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano”.

CONDICIÓN INDISPENSABLE

Efectivamente, la castidad, fuera o dentro del matrimonio, es absolutamente necesaria para seguir a Cristo y exige, junto a la gracia de Dios, la lucha y el esfuerzo personal. Las heridas del pecado original -en la inteligencia, en la voluntad, en las pasiones y afectos-, no desaparecen cuando fuimos bautizados; por el contrario, introducen, en el alma y en el cuerpo, un principio de desorden.

Dice Santo Tomás de Aquino que la santa pureza, como parte de la virtud de la templanza, nos inclina prontamente y con alegría a moderar el uso de la facultad generativa, según la luz de la razón ayudada por la fe. Lo contrario sería la lujuria, que destruye la dignidad del hombre, debilita la voluntad hacia el bien y entorpece el entendimiento para conocer y amar a Dios, y también para las cosas humanas rectas.

Por su parte, la impureza lleva consigo, frecuentemente, una carga fuerte de egoísmo, y coloca a la persona en situaciones cercanas a la violencia y a la crueldad. Además, si no se le pone remedio, hace perder el sentido de lo divino y trascendente, porque un corazón impuro no ve a Cristo que pasa y llama como hizo con Juan y Santiago, sino que queda ciego para lo que realmente importa.

LA ESENCIA ESTÁ EN EL AMOR

En efecto, los actos de renuncia –no mirar, no hacer, no desear, no imaginar-, aunque sean imprescindibles, no lo son todo en la castidad, porque la esencia de la castidad es el amor: es decir, la delicadeza y la ternura con Dios y el respeto hacia las personas, a quienes se deben ver como hijos de Dios. Por su parte, la impureza destruye el amor, también el  mismo amor humano, mientras que la castidad “mantiene la juventud del amor, en cualquier estado de vida”, afirma San Josemaría, en su libro “Es Cristo que pasa”. Por su parte, el teólogo José Luís Soria, en un libro titulado Amar y vivir la castidad, señala también que la pureza es requisito indispensable para amar. Porque, aunque no es la primera ni la más importante de las virtudes, ni la vida cristiana se puede reducir a ella, sin embargo, sin castidad no hay caridad, y es ésta la primera virtud y la que da su perfección y el fundamento a todas las demás. Ya  San Pablo decía a los primeros cristianos que tenían que glorificar a Dios en su cuerpo y que evitaran el contagio del ambiente pagano, lleno de corrupción. No os engañéis-les decía-. Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros… heredarán el reino de Dios.

LA PUREZA Y CASTIDAD SE PUEDEN VIVIR SIEMPRE

Debemos tener la convicción de que, si se ponen los medios que Dios nos da y se evitan las ocasiones de peligro, la pureza y la castidad se pueden vivir siempre. Pero, para vivirlas, es indispensable tener buena formación y tratar con finura y sentido sobrenatural estos temas en la Confesión y dirección espiritual.

Y no olvidemos que, el cristiano que de verdad quiere seguir a Cristo ha de unir la pureza de alma a la pureza del cuerpo, y tener de tal manera ordenados los afectos, que Dios ocupe el centro de su alma, en todo momento. Pero, no basta guardar el corazón, porque esta lucha necesita también del hecho de vivir la humildad, teniendo auténtica conciencia de la propia debilidad y apartarse decididamente de las ocasiones peligrosas. Entre ellas, pueden estar las lecturas, programas de televisión, faltas de guarda de la vista o una excesiva sensibilidad, que precisa de más mortificación. También existen campos relacionados con los sentidos internos, como son la imaginación y la memoria o la falta de la guarda del corazón, e igualmente la vanidad, la tendencia a llamar la atención o el afán desmedido de respuestas afectivas por parte de los demás.

Por su parte, entre las virtudes humanas que ayudarán a vivir la pureza y la castidad, están la laboriosidad, el trabajo constante e intenso, porque muchas veces los problemas surgen del ocio o de la pereza. Y también son necesarias la valentía y la fortaleza para huir de las ocasiones, la sinceridad plena en la confesión y la dirección espiritual; aunque ningún medio sería suficiente si no acudimos al trato con el Señor, en la oración y en la Sagrada Eucaristía. Finalmente, si queremos entender el amor a Jesucristo, como lo entendieron los Apóstoles, los primeros cristianos y los santos de todos los tiempos, es necesario vivir esta virtud. De otra forma, nos apegaríamos a la tierra y no entenderíamos nada. ¡Qué Santa María, Madre del Amor Hermoso, nos ayude!.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).