NUESTRA VIDA ES UN CAMINO HACIA EL CIELO. (Homilía: II Domingo de Cuaresma. 4.III.2012).

BASÍLICA EN EL MONTE TABOR, EDIFICADA EN EL LUGAR DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR.

Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero es una vía que pasa a través de la cruz y el sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega cristiana que nos pide Dios Nuestro Señor con una vida fácil y quizá aburguesada, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales.

EL CRISTIANISMO NO ES UNA VIDA MUELLE

El Papa Pablo VI, en una alocución de abril de 1966, se pregunta: “¿No hemos sentido frecuentemente la tentación de creer que ha llegado el momento de convertir el cristianismo en algo fácil, de hacerlo confortable, sin sacrificio alguno; de hacerlo conformista con las formas cómodas, elegantes y comunes de los demás, y con el modo de vida mundano?”.

Y responde el mismo Pontífice: “¡Pero no es así!. El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber. Si tratásemos de quitar esto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida”.

Los Apóstoles quedaron desconcertados cuando el Señor les reveló los hechos crueles de la Pasión. Y, por eso, Él mismo condujo a los tres más íntimos a la cima del Monte Tabor para que contemplaran su gloria. Dice el Papa San León Magno que allí, precisamente en el Tabor, se mostró  Jesús “en la claridad soberana que quiso fuese visible para estos tres hombres, reflejando lo espiritual de una manera adecuada a la naturaleza humana. Pues, a ellos, rodeados todavía de la carne mortal, les era imposible que pudieran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión de la misma divinidad, que está reservada, en la vida eterna, para los limpios de corazón”.

LA ESPERANZA DEL CIELO

Pensemos que esa visión es la que nos aguarda a nosotros si procuramos ser fieles. Y también el Señor, por medio de su Santa Iglesia, nos quiere confortar con la esperanza del Cielo que nos espera, si somos fieles, a pesar de que el camino se nos haga costoso y se pueda asomar el desaliento. Y, el hecho de pensar en lo que nos aguarda, seguro que nos ayudará a ser fuertes y perseverar en el camino recto.

En el Tabor, el Señor, momentáneamente, dejó entrever su divinidad, y los discípulos quedaron fuera de sí y llenos de una gran alegría. Decía el Papa beato Juan Pablo II, precisamente, en el curso de la homilía, del segundo domingo de Cuaresma, del año 1983: “La Transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría en la vida de cada día. Está ante ellos como Alguien en quien se cumple la Alianza Antigua, y, sobre todo, como el Hijo elegido del Eterno Padre al que es preciso prestar fe absoluta y obediencia total”.

CERCA DE JESÚS NADA NOS HARÁ DAÑO

En efecto, el misterio de la Transfiguración no fue sólo un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también un anuncio de la nuestra, tal como enseñó San Pablo, en la Carta a los Romanos: El Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados. Y añade el mismo Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros.

Ciertamente, sabemos que el Señor bendice con la Cruz a sus predilectos. Por eso, si en alguna ocasión llegamos a gustar con más intensidad la misma Cruz, es porque Él nos quiere. En efecto, pueden llegar el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familiares. Pero no es momento entonces de quedarnos tristes, sino de acudir al mismo Señor y a su Santísima Madre y veremos como experimentamos el amor paternal de Dios y el consuelo maternal de la Virgen María.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


DIOS PERMITE LAS TENTACIONES PARA QUE CREZCAMOS EN LAS VIRTUDES. (Homilía: I Domingo de Cuaresma. 26.II.2012).

DÁNDONOS PARA DARNOS EJEMPLO, JESÚS ORA PARA NO CAER EN LA TENTACIÓN.

Dice el Evangelio de este Primer Domingo de Cuaresma que el Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto para que allí se dejase tentar por el diablo. Efectivamente, el Señor, en el Monte de la Cuarentena, resiste al demonio mediante la oración y la mortificación. Con esto, Dios hecho Hombre nos quiere enseñar que el mismo permite las tentaciones para que crezcamos en las virtudes, mediante la vigilancia y la oración.

 LAS TRES TENTACIONES

“Todo lo que hay en el mundo, dice el Apóstol San Juan, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida”. Por concupiscencia de la carne se entiende todo aquello que halaga a los sentidos, fuentes abundantes de pecados. La concupiscencia de los ojos es la sed inmoderada de los bienes de este mundo, fundamentalmente de las riquezas. La soberbia u orgullo de la vida es el excesivo amor a nuestra persona, que nos hace vanidosos, pretenciosos y olvidadizos de Dios. Afirma San Agustín que Jesucristo quiso afrontar los tres enemigos a los que tenemos que combatir, como son  la sensualidad, la soberbia u orgullo y la avaricia, para merecernos para nosotros la victoria en nuestras tentaciones.

 El demonio tuvo el atrevimiento de incitar al Señor a realizar un milagro, para aliviar el hambre que sufría. Por eso, no nos hemos de extrañar de que el diablo nos tiente con la gula y la intemperancia o que provoque en nuestro interior pensamientos o deseos sensuales. Pero nosotros los resistiremos, pronto y constantemente, recurriendo a la oración.

¡Qué audacia la de Satanás al decirle al Señor que se eche abajo desde lo más alto del templo, pues los ángeles le recibirán en las palmas de sus manos!. Y Jesús al rechazarle victorioso nos alcanzó la gracia de superar nosotros la vanidad y los deseos de figurar y ser alabados.

Ante tantos fracasos, el demonio quiso hacer una última oferta. Y así, le ofreció todos los reinos del mundo, si postrado le adoraba. Entonces, el Señor rechazó con desdén este insensato ofrecimiento, echando al demonio de su presencia. ¡Qué lección para nosotros, tan aficionados al lujo y a las riquezas del mundo! Y dijo  el Señor a Satanás: “Está escrito: adorarás al Señor tu Dios y sólo a él servirás”.

 UTILIDAD DE LAS TENTACIONES

Sucede muchas veces que algunos se impacientan o desalientan porque son tentados, temiendo que la tentación los aleje para siempre de la santidad. Sin embargo sucede lo contrario. Y esto es así, porque la tentación, al enfrentarnos con nuestras pasiones, nos hace adquirir conocimiento de nosotros mismos, experiencia de nuestra debilidad, y nos enseña sobre todo a ser humildes.

 Además, si no tuviéramos que luchar contra las tentaciones, estaríamos expuestos a relajarnos en la vida de piedad y de mortificación. Decía el citado San Agustín:  “las aguas estancadas pronto se corrompen”. Por tanto, la tentación nos preserva de la tibieza, del embotamiento espiritual, y nos despega de esta vida de peligros. Ya exclamaba San Pablo, en su lucha consigo mismo: “Quién me librará de este cuerpo mortal?”.

Las virtudes adquieren solidez al ser probadas. Por eso admiramos la fe de Abrahán, la castidad de José, la mansedumbre de Moisés y la resignación de Job, acrisolados en la tentación. Cada victoria vale al alma un grado más de gracia en la virtud contraria a la tentación. Así podemos adquirir esperanza firme, obediencia generosa, paciencia invencible y resistencia frente a los ataques del mundo, del infierno y de las pasiones. El Apóstol Santiago el Menor escribe en su Carta del Nuevo Testamento: Bienaventurado el hombre que soporta con paciencia la adversidad, porque, una vez probado, recibirá como corona la vida que Dios prometió a los que le aman.

PROVECHO DE LAS TENTACIONES

Dice el Apóstol San Pablo que “nadie será coronado sin lucha”. Por eso, lo primero que debemos hacer es no perder nunca la paz. Jamás existirá pecado mortal mientras nuestra voluntad no consienta plenamente y la materia no sea grave. Y si Dios Nuestro Señor permite estos combates es para aumentar nuestra virtud. De ahí que, debamos mantener la lucha en rezar, despreciar la tentación y distraer el pensamiento, como enseña San Alfonso María de Ligorio. No hay que permitir que la tentación se afirme. Para ello, hay que oponerle los nombres de Jesús y María, y vivir un plan de vida diario, oraciones de la mañana y la noche. Examen de conciencia a última hora del día. Un tiempo diario de oración. Santa Misa también diaria. Un buen libro de lectura espiritual. Rezar el Ángelus; o en Pascua, el Regina coeli. Trabajar intensamente. Saber descansar. Y hacer cada día algún apostolado con otras personas, para acercarlas a Dios, sobre todo llevándolas a la confesión.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


URGE RECRISTIANIZAR LA SOCIEDAD ACTUAL. (Homilía: VII Domingo del Tiempo Ordinario. 19.II.2012).

JESÚS CURA UN PARALÍTICO QUE CUATRO HOMBRES LE PRESENTAN, DESCOLGÁNDOLO EN UNA CAMILLA POR EL TEJADO DE LA CASA DONDE JESÚS PREDICABA, EN CAFARNAÚN.

 Urge recristianizar la sociedad actual. Esta tarea se asemeja a la que emprendieron los primeros cristianos, y supone poner medios análogos a los que utilizaron aquellos hermanos en la fe. Tales como fueron la ejemplaridad en sus actuaciones privadas y públicas, la oración, la amistad y la nobleza humana, el propio prestigio, el compartir los afanes de los demás, el hondo deseo de hacerles felices, junto al convencimiento de que no existe paz -ni personal, ni familiar o social- al margen de Dios.

AYUDAR AL BIEN DE LOS DEMÁS

Según el Evangelio de la Misa del Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario, cuatro amigos conducen a un paralítico, para llevarle a donde está Jesús y oyen las palabras que dirige a su amigo: Tus pecados te son perdonados.

Estos amigos comprendieron que Jesús había otorgado al amigo postrado el bien más grande: la liberación de sus pecados. Y esto nos ayuda para que no olvidemos la cooperación al bien que significa poner todos los medios para desterrar el pecado del mundo. Ciertamente, el mayor beneficio que podemos otorgar a un amigo, al hermano, a los padres, a los hijos, es ayudarles a que tengan en mucho el Sacramento de la Misericordia divina, que es la Confesión. Este Sacramento es un bien para la familia, para la Iglesia, para la humanidad entera, aunque aquí en la tierra apenas se enteren unas pocas personas, o ninguna.

NO COOPERAR AL MAL

No es raro observar cómo muchos en la vida social adoptan una postura de meros espectadores, ante los problemas que afectan a los hijos o a su entorno. Tienen la impresión equivocada de que son otros quienes deberían tomar iniciativas para frenar el mal y para hacer el bien, y no ellos mismos. Se contentan con un lamento ineficaz.

Sin embargo, existe una positiva obligación de cooperar al bien, de contribuir con  todas las fuerzas a informar, con el mensaje de Cristo, todos los campos de la actividad profesional. Lógicamente, la cooperación al bien incluye no cooperar al mal, no sólo en decisiones importantes, sino también en aquel poco que está al alcance de nuestras manos. Por ejemplo, no gastar dinero en revistas, periódicos, libros, espectáculos, etc. que, por su carácter sectario anticristiano o inmoral, hacen daño a las almas. No comprar el periódico en aquel quiosco que distribuye publicaciones que atacan a nuestra Madre la Iglesia o a la moral. Lo mismo decimos sobre las farmacias que anuncian anticonceptivos; o no comprar aquel producto que patrocina un programa inmoral o anticatólico en la televisión o en la radio.

Ciertamente, si los cristianos tibios dejaran de comprar determinadas revistas y publicaciones, muchas no podrían subsistir. Y da pena pensar que, en ocasiones, gran parte del inmenso daño que producen lo realizan gracias a los medios económicos de muchos cristianos flojos que, a su vez, se quejan de la ruina moral de la sociedad.

El cristiano debe cooperar al bien buscando y ofreciendo soluciones positivas. Pues, la peor derrota sería el silencio y la inhibición, como si fueran asuntos que no nos concernieran. Un buen cristiano no debe limitarse a no dar su voto a un partido o a un proyecto que ataca el ideal de la familia cristiana o a la libertad de enseñanza o a la vida desde su concepción. Es preciso realizar, en el ámbito que a cada uno compete, un apostolado doctrinal constante, intenso, sin falsas prudencias, sin miedo a navegar contra corriente sobre temas vitales para la misma sociedad y sobre los que existe una completa desorientación o, en el mejor de los casos, una verdad parcial, que a veces confunde aún más por la parte de verdad que tiene. 

Ahora bien, ese apostolado doctrinal ha de ser amable, queriendo a las personas, cada una en su ámbito, haciendo llegar la doctrina de Cristo, a los familiares, amigos, vecinos, clientes, etc. sin desaprovechar ninguna ocasión.

FAVORECER LO BUENO Y DESTACAR LO POSITIVO

Los primeros cristianos, si bien no dejaron de hacer oír su voz contra aquellas costumbres en las que se había perdido hasta la misma dignidad humana, no gastaron sus mejores energías en la queja y en la denuncia del mal. Por el contrario, prefirieron emplearlas en difundir el tesoro que llevaban en su alma, con un testimonio alegre y fraternal, sirviendo a la sociedad con numerosas iniciativas de cultura, asistencia social o enseñanza.

Ciertamente, para percibir el mal no se requiere una gran agudeza. En realidad, para lo que se requiere un espíritu cristiano es para describir la presencia de Dios en todo momento. Señalemos, por tanto, lo bueno y destaquemos las virtudes. Fomentemos todo cuanto de positivo nace a nuestro alrededor: unas veces con una palabra de aliento, otras con una colaboración efectiva de tiempo y dinero. Ante tanta lectura inútil o perjudicial, difundamos la noticia de la aparición de los libros buenos que se editan, de las revistas que pueden estar con dignidad en la sala de estar de un hogar. Escribamos una carta  alabando y agradeciendo un buen programa o un buen artículo.

Es cierto que Dios no pide a sus hijos la ingenuidad ante los duros acontecimientos de la vida. Pero sí les exige que no sean nunca resentidos, agrios, que tengan ojos para ver lo bueno de las personas y de las realidades sociales, que no pasen lo mejor de su vida con la queja o la denuncia, sino entregando el inmenso tesoro de su fe, que es capaz de transformar a las personas y a la sociedad. El bien es siempre atractivo. Por ejemplo, una familia numerosa, con todas sus exigencias y sacrificios, reporta siempre más felicidad que aquella que por puro egoísmo buscó la felicidad en una mayor comodidad o en un poco más de bienestar material.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de la Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA LEPRA, EL PECADO Y LA CONFESIÓN. (Homilía: VI Domingo del Tiempo Ordinario. 12.II.2012).

UN LEPROSO, DE RODILLAS, SUPLICA A JESÚS QUE LO CURE.

 La enfermedad de la lepra fue considerada, por los Santos Padres, imagen del pecado. Así lo afirma San Juan Crisóstomo. Y la curación del leproso, por parte del Señor, que describe el Evangelio de este Sexto Domingo del Tiempo Ordinario, fué objeto frecuente de la predicación de los Apóstoles.

FE Y CONFIANZA EN LA CONFESIÓN

Ciertamente, al mismo Jesús de Nazaret, que curó a este leproso que narra el Evangelio de este domingo, lo encontramos todos los días en el Sagrario más cercano, en la intimidad del alma en gracia, en el Sacramento de la Penitencia. El leproso dijo a Jesús: “Señor, si quieres puedes curarme”. Y podemos preguntarnos: ¿nos acercamos nosotros con estas disposiciones de fe y  de confianza al Sacramento de la Penitencia o Confesión?. ¿Deseamos la limpieza del alma?. ¿Cuidamos con esmero la frecuencia con que hayamos previsto recibir este Sacramento?. ¿Recordamos, al menos, la obligación que todo cristiano tiene de confesar los pecados mortales, al menos una vez al año?.

Los Santos Padres vieron en la lepra la imagen del pecado, por su fealdad y repugnancia, por la separación que ocasiona de los demás. Con todo, el pecado, aun el venial, es incomparablemente peor que la lepra, por su fealdad, por su repugnancia y por sus trágicos efectos en esta vida. Exclamaba el Santo Cura de Ars: “Si tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror”.

Por su parte, el beato Juan Pablo II, en el curso de una homilía, en febrero de 1985, decía: “Al sanar, al curar la lepra, el Señor realiza grandes signos. Estos signos servían para manifestar la potencia de Dios ante las enfermedades del alma, ante el pecado. Jesús sana de la enfermedad física, pero al mismo tiempo libera del pecado. Se anuncia de esta forma como el Mesías anunciado por los Profetas, que tomó sobre Sí nuestras enfermedades y asumió nuestros pecados, para liberarnos de toda enfermedad espiritual y material. Así, pues, un tema central de la liturgia de hoy es la purificación del pecado, que es como la lepra del alma“.

EL SACERDOTE PERDONA EN NOMBRE DE CRISTO

De esta forma, Jesús nos dice que ha venido para perdonar, para redimir, para liberarnos de esa lepra del alma, del pecado. Y señala su perdón como signo de omnipotencia, como señal de un poder que sólo Dios puede ejercer. Por eso cada Confesión es expresión del poder y de la misericordia de Dios. Los sacerdotes ejercitan este poder no en virtud propia, sino en nombre de Cristo, como instrumentos en manos del Señor. Es el propio Cristo quien, en el Sacramento de la Penitencia, pronuncia la palabra autorizada y paterna: Tus pecados te son perdonados. Es decir, oímos a Cristo en la voz del sacerdote.

Ciertamente, en la Confesión nos acercamos, con veneración y agradecimiento, al mismo Cristo. En el sacerdote debemos ver a Jesús, el único que puede limpiarnos de nuestros pecados. Y notaremos como el Señor nos trata con suprema delicadeza y amor, cuanto más necesitados nos encontremos a causa de nuestros pecados.

CONFESARNOS Y ANIMAR A OTROS

Del leproso del Evangelio de este domingo hemos de aprender su sinceridad ante el Señor: hincándose de rodillas reconoce su enfermedad y pide que le cure. Esta ha de ser nuestra actitud ante la Confesión. Pues en ella, no sólo quedamos libres de nuestros pecados, sino que también el alma adquiere una gracia nueva: se produce en nosotros una renovación de la vida de Cristo. Y quedamos unidos al Señor de una manera particular y distinta, que los clásicos de la espiritualidad llaman: “Una juventud nueva”.

Y esto nos debe animar a llevar a muchos a la Confesión. Consideremos que es un encargo que Cristo nos hace en estos momentos en que verdaderas multitudes se han alejado de la Confesión; es decir, de aquello que más necesitamos: el perdón de los pecados. Y es bueno que les ayudemos a descubrir que su tristeza y su vacío interior proceden de la ausencia de Dios en sus vidas. Con mucha comprensión, les animaremos a que acudan al sacerdote, a que sean sencillos y humildes y cuenten todo lo que les aleja de Dios, que les está esperando. Y también el hecho de confesarnos nosotros con frecuencia atraerá de Dios gracias eficaces para tantas personas que deseamos que se acerquen al Sacramento de la Penitencia, que es llevarlos a Cristo mismo. Y veremos, con satisfacción, como ellos mismos se convertirán a su vez en apóstoles que propagarán la Buena Nueva, la alegría de confesarse bien.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).