“El HOMBRE HA JUZGADO A DIOS, Y ÉSTA HA SIDO SU SENTENCIA: DIOS ES CULPABLE”. (Homilía: Domingo de Ramos, en la Pasión del Señor. 1.IV.2012).

IMAGEN TOMADA DESDE LA IGLESIA “DOMINUS FLEVIT”, DONDE SE PARÓ EL SEÑOR EL DOMINGO DE RAMOS Y LLORÓ POR JERUSALÉN.

 

Jesús mira cómo la Ciudad de Jerusalén se hunde en su pecado, en su ignorancia y en su ceguera: ¡Ay si conocieras, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede traerte la paz! Pero ahora todo está oculto a tus ojos. Jesús llora la impenitencia de Israel, porque ve cómo sobre ella caerán otros días que ya no serán como éste, día de alegría y de salvación, sino de desdicha y de ruina. Pocos años más tarde, la ciudad sería arrasada.

 

Por parte de Jesús, nada quedó por intentar: ni en milagros, ni en obras, ni en palabras; con tono de severidad unas veces, indulgente otras. Ciertamente, Jesús lo ha intentado todo y con todos: en la ciudad y en el campo, con gente sencilla y con  sabios doctores, en Galilea y Judea y en los demás lugares de Israel.

 

EN EL LIBRO “BREVIARIO PARA MI GENERACIÓN”

 

En Madrid, en el año 1949, Miguel Benzo Mestre, con el subtítulo de “Cura de Aldea”, publica el libro “Breviario para mi generación”. En el capítulo de “Cuaresma y Semana Santa”, ofrece un Salmo que llama “de la miseria y la misericordia”, en el que, entre otras cosas, dice: El barro quiso ser Dios, y para que lo fuese, Dios se hizo hombre… Y dijo el hombre: -¿Has venido a sufrir? Pues sufrirás. No se ama al hombre impunemente. Diste vista al ciego. Pero era sábado. Sanaste al manco. Pero era sábado. Curaste al paralítico. Pero era sábado. ¡Reo eres de muerte! El hombre ha juzgado a Dios, y ésta ha sido su sentencia: Dios es culpable. Dijiste al hombre: ¡Amigo! y él respondió: ¡Crucifícale!

 

Y, hacia el final, añade en el mismo salmo: Has venido a cargar con nuestros pecados. ¡Buenas espaldas tendrás! Pues entonces, carga también con la cruz. Clavad sus manos. ¡Que queden bien sujetas! Así no volverán a resucitar muertos, a abrazar niños, a partir el pan. Y los pies clavadlos también. Así no volverán a llevarlo por los caminos polvorientos en busca de la oveja perdida. Atravesémosle el pecho. Ya ha amado bastante. Tú, que eres la Vida, nos das la vida; nosotros, que somos muerte, te damos la muerte. Cada uno da lo que tiene. Y ahora cubramos el sepulcro con una gruesa piedra y pongamos centinelas. ¡No sea que vaya a resucitar Dios cuando tan bien estamos sin El!

 

EL HIJO DE DIOS ME AMÓ Y SE ENTREGÓ POR MÍ

 

También ahora, como en cada época, Jesús entrega la riqueza de su gracia a cada hombre, porque su voluntad es siempre salvadora. ¡Cuantas veces Jesús se ha hecho encontradizo con  cada uno de nosotros! ¡Cuantas gracias ha derramado sobre nuestras vidas!.

 

Dice el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes: “El mismo Hijo de Dios se unió, en cierto modo, con cada hombre por su Encarnación. Con manos humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón de hombre amó. Nacido de María Virgen se hizo de verdad uno de nosotros, igual que nosotros en todo menos en el pecado. Cordero inocente, mereció por nosotros la vida derramando su sangre, y en Él el mismo Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros mismos y nos arrancó de la esclavitud del diablo y del pecado, y así cada uno de nosotros puede decir con el Apóstol: el Hijo de Dios me amó se entregó por mí.

 

Ciertamente, la historia de cada hombre es la historia de la contínua solicitud de Dios sobre él. Cada hombre es objeto de la predilección del Señor. Jesús lo intentó todo en Jerusalén, pero la ciudad no quiso abrir las puertas a la misericordia. Es el misterio profundo de la libertad humana, que tiene la triste posibilidad de rechazar la gracia divina. Es lo que el Señor expresa a Santa Teresa de Jesús: Teresa, yo quise. Pero los hombres no han querido.

 

Recordemos estos días de Semana Santa que María estuvo en Jerusalén junto a su Hijo. Y procuremos no separarnos de Ella. La Virgen nos enseñará a ser constantes, a luchar, a crecer en el amor a Dios, contemplando la Pasión, la Muerte y la Resurrección de su Hijo. Veamos como al bajar a Jesús de la Cruz, aquellos santos varones, José de Arimatea y Nicodemo  pusieron en los brazos de María su Sagrado Cuerpo. Pero, ¡que diferencia! ¿No es cierto? Es que desde entonces acá ha pasado por otras manos que las tuyas: por las nuestras, exclama, con toda humildad, el citado sacerdote don Miguel Benzo. ¡De verdad! Pongamos los medios, en esta Semana Santa, para que no sea así.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, n 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


SÓLO UNA VIDA CRISTIANA DE PIEDAD NOS HARÁ FUERTES ANTE UN MUNDO QUE SE SEPARA DE DIOS A PASOS AGIGANTADOS. (Homilía: Domingo V de Cuaresma. 25.III.2012).

EL LUGAR DEL CALVARIO, DENTRO DE LA BASÍLICA DEL SANTO SEPULCRO, EN JERUSALÉN.

 Ante el acoso de un mundo que se separa más y más de Dios, a pasos agigantados, los cristianos sólo seremos fuertes, con una vida cristiana de mucha piedad.

NO APARTAR LA VISTA DE DIOS

En efecto, no podemos apartar la vista de Dios, Nuestro Señor, y de su Madre Santísima, porque el enemigo hace cada día más estragos, a nuestro alrededor. Y no nos hagamos valientes, pensando que estamos inmunes. No es cierto. Nadie está libre de peligro. Como dice un Salmo: tengamos deseos de ver el rostro de Dios. Busquemos en Él nuestra fortaleza, manteniéndonos continuamente en la presencia de Dios, dedicando cada día un tiempo a orar, a hablar con Dios. Mantengámonos en su presencia durante todo el día. Hagamos el esfuerzo de la Misa diaria, el rezo del Santo Rosario y el cuidado de la Visita al Santísimo Sacramento.

No hay otro medio. Los cristianos debemos buscar el remedio y el antídoto, en el único lugar donde se encuentra: en Jesucristo y en su doctrina salvadora. No podemos dejar de mirarlo -como nos dice el Evangelio de este domingo-, elevado sobre la Cruz y atrayéndonos hacia Él. Y seguro que, al final de este camino corto que es la vida en la tierra, lo contemplaremos y llegaremos a la Tierra Prometida, que es el Cielo.

¡Qué hermoso es poder contemplar a Jesucristo! ¡Que satisfacción poner ante nuestros ojos su Humanidad Santísima! ¡Para ello, pasemos por la experiencia de verlo y contemplarlo en los Misterios del Santo Rosario, en el Ejercicio del Vía Crucis, en los pasajes de los Santos Evangelios, en el Sagrario más cercano a nuestra casa o al lugar de trabajo!

PERO, METIDOS EN LA ENTRAÑA DE LA SOCIEDAD

Ahora bien, este espíritu de piedad nos animará a vivir metidos en la entraña de la sociedad, como personas laboriosas, trabajando las horas que debemos. Y también Dios Nuestro Señor espera que nos acordemos de Él no sólo en los tiempos de oración, sino también mientras trabajamos; de la misma manera que no nos olvidamos de las personas que queremos ni de las cosas importantes de nuestra vida. Y esto resulta así, porque ciertamente estamos convencidos de que Jesucristo es lo más importante de cada día. Y Dios no abandona nunca. Por tanto, no es cristiano pensar sólo, en la amistad divina, como un recurso extremo.

COMO MANTENER LA PRESENCIA DE DIOS

Y, para tener a Jesús presente durante el día necesitaremos echar mano de oraciones, jaculatorias, actos de amor y desagravio, comuniones espirituales, miradas a una estampa o imagen de la Virgen. Y también a veces nos hará falta usar medios humanos que nos recuerden que ya ha pasado demasiado tiempo sin que hayamos acudido al Señor, a la Virgen o al Ángel de la Guarda. Pienso también en que es bueno llevar en el coche, en la cartera o en el bolso una estampa de la Virgen, a la que miramos alguna vez. También podemos tener a mano un crucifijo que nos ayuda. Por ejemplo, besarlo discretamente en el estudio o durante el trabajo.

Poco a poco, trabajando, cosiendo, cocinando o estudiando, si hacemos estas cosas, llegaremos a estar en presencia de Dios, como algo normal y natural. Y notaremos que, si lo hacemos con frecuencia, ya no nos hará falta ni siquiera pronunciar palabras, porque las jaculatorias, los actos de amor, brotarán naturales, como el respirar; y de esta forma, alimentarán nuestra unión con Dios. Precisamente, Santa Teresa de Jesús, en el Libro de su Vida, recuerda la huella que dejó en su vida una jaculatoria: “Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto y gustábamos de decir muchas veces: ¡Para siempre, siempre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase, en esta niñez, impreso el camino de la verdad.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº  3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


SÓLO LA HUMILDAD DESCUBRE EL INMENSO AMOR DE DIOS A LOS HOMBRES. (Homilía: Domingo IV de Cuaresma.18.III.2012).

 

NICODEMO ACUDE DE NOCHE A HABLAR CON EL SEÑOR.

Para entender la acción y el amor de Dios Nuestro Señor sobre nuestra alma es necesario ser humildes. En la conversación de Jesús con Nicodemo, veremos el inmenso amor de Dios Nuestro Señor a los humanos, según narra el Evangelio del Domingo Cuarto de Cuaresma.

NICODEMO

En efecto, Nicodemo era miembro del Sanedrín de Jerusalén, hombre culto y doctor de la Ley. Jesús, le llama maestro de Israel. Se trata, por tanto, de un hombre que razona, indaga y busca la verdad como una de las tareas fundamentales de su vida. Y lo hace según los planteamientos propios de la mentalidad judía de su época. Pero, para entender las cosas divinas, hace falta la virtud de la humildad. No basta la razón. Por eso, Nuestro Señor Jesucristo lo eleva al plano de esta virtud. Así será capaz de entender las cosas divinas. Y Nicodemo, entonces reconocerá que, no obstante sus estudios, es todavía ignorante en las cosas de Dios. Y, de esta forma, se coloca ante Jesús como un discípulo ante el Maestro; es decir, da el paso de la humildad. Entonces, el Señor le descubre los misterios de la fe, y le enseña lo pequeña que es la ciencia humana ante las verdades divinas, que llamamos artículos de la fe.

LAS SERPIENTES DEL DESIERTO

Y, tras otras cosas, comenzó el Señor a decirle: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el cree en Él tenga vida eterna.

Sabemos por el Libro de los Números que, en el desierto del Sinaí, los israelitas murmuraron contra el Señor y Moisés. Y Dios, como castigo, envió serpientes venenosas que los mordían, y murieron muchos israelitas. Pero el pueblo acudió a Moisés reconociendo su pecado, y Moisés intercedió ante Dios para que les librara de las serpientes. El Señor le mandó que hiciera una serpiente de bronce y la colocara en un estandarte. Y todos los que la miraban, tras ser mordidos por tal animal, quedaban curados.

Y, en la íntima conversación con Nicodemo, Jesús hace referencia directa a este relato: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.

Ciertamente, Cristo en la Cruz es la salvación del género humano, el remedio para nuestros males. Fué voluntariamente al Calvario para que el que crea tenga vida eterna. Porque las serpientes y el veneno que atacan en todas las épocas al pueblo de Dios, peregrino hacia la Tierra Prometida, el Cielo, son muy parecidos: egoísmo, sensualidad, confusión y errores en la doctrina, pereza, envidias, murmuraciones, calumnias… Ciertamente, la gracia recibida en el Bautismo, llamada a su pleno desarrollo, está amenazada por los mismos enemigos de siempre. En todas las épocas se dejan notar las heridas del pecado de origen y de los pecados personales. Por eso, los cristianos debemos buscar el remedio, en el único lugar donde se encuentra: en Jesucristo y en su doctrina salvadora.

TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO…

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Èl, sino que tengan vida eterna. El Papa Pablo VI, en la Homilía de la Fiesta del Corpus Christi de 1975, afirmaba: “como dice el Apóstol San Juan en su primera Carta, Jesucristo es una revelación de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios por nosotros. Dios es amor (afirmó San Juan), es decir, amor que se difunde y se prodiga; y todo se resume en esta gran verdad que todo lo explica y todo lo ilumina. Es necesario ver la historia de Jesús bajo esta luz. El me ha amado, escribe San Pablo, y cada uno de nosotros puede y debe repetírselo a sí mismo: Èl me ha amado y sacrificado por mí”.

 Efectivamente es así: la entrega de Cristo constituye una llamada apremiante para corresponder a ese amor: amor con amor se paga. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, dice el Libro del Génesis. Y, repito:  Dios es amor. Por eso el corazón del hombre está hecho para amar, y cuanto más ama, más se identifica con Dios. Sólo cuando ama puede ser feliz. Dios nos quiere felices, también aquí en la tierra. Y el hombre no puede vivir sin amor.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

 

 

 

 
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EXAMINEMOS SI LO PRIMERO QUE HACEMOS AL ENTRAR EN UNA IGLESIA ES SALUDAR A JESÚS EN EL SAGRARIO. (Homilía: III Domingo de Cuaresma. 11.III.2012).

AL ENTRAR EN LA IGLESIA SALUDARON, EN PRIMER LUGAR, A JESÚS PRESENTE EN EL SAGRARIO.

 Podemos examinar, en la homilía de este domingo, si al entrar en una iglesia nos dirigimos enseguida a saludar a Jesús en el Sagrario, si nos comportamos siempre como corresponde a un lugar donde Dios habita de una manera particular, si las genuflexiones ante Jesús Sacramentado son un verdadero acto de fe, si nos alegramos siempre que pasamos cerca de un templo, donde Cristo se halla realmente presente.

JESÚS, SANTAMENTE INDIGNADO

El Evangelio de la Misa nos muestra a Jesús santamente indignado al ver la situación en que se encontraba el Templo de Jerusalén, de tal manera que expulsó de allí a los que vendían y compraban. En el Èxodo Moisés ya había dispuesto que ningún israelita se presentase en el Templo sin nada que ofrecer. Para facilitar el cumplimiento de esta disposición a los que venían de lejos, se había habilitado en los atrios del mismo Templo un servicio de compra-venta de animales para ser sacrificados, que terminó siendo un verdadero mercado de ganado para el sacrificio.

Lo que en un principio pudo ser tolerable y hasta conveniente, había degenerado de tal modo que la intención religiosa inicial se había subordinado a los beneficios económicos de aquellos comerciantes, que quizá eran los mismos servidores del templo. Esto llegó a parecer más una feria de ganado que un lugar de encuentro con Dios.

RESPETO Y DEVOCIÓN, EN LOS TEMPLOS CRISTIANOS

El señor, movido por el celo de la casa de su Padre, por una piedad que nacía de lo más hondo de su Corazón, no pudo soportar aquel deplorable espectáculo y los arrojó a todos de allí con sus mesas y ganados.

De esta forma, Jesús subraya la finalidad del Templo con un texto de Isaías bien conocido de todos: Mi casa será casa de oración. Y añadió: pero vosotros habéis hecho de ella una cueva de ladrones. Quiso el Señor inculcar a todos cuál sería el respeto y la compostura que se debía manifestar en el Templo por su carácter sagrado. Examinemos, por tanto, cómo habrá de ser nuestro respeto y devoción en el templo cristiano-en nuestras iglesias-donde se celebra el sacrificio eucarístico y donde Jesucristo, Dios y Hombre, está realmente presente en el Sagrario.

Mi casa será casa de oración. ¡Qué claridad tiene la expresión que designa el templo como la casa de Dios! Como tal hemos de tenerla. A ella hemos de acudir con amor, con alegría y también con gran respeto, como conviene al lugar donde está, ¡esperándonos!, el mismo Dios.

Con frecuencia tenemos noticia o asistimos a actos y ceremonias de la vida política, académica, deportiva: una recepción, un desfile, unas Olimpiadas… Y se advierte enseguida que el protocolo y una cierta solemnidad no son supérfluos. Estos detalles, a veces mínimos -las precedencias, el modo de vestir, el ritmo pausado de andar…-, entran por los ojos y dan al acto una buena parte de su valor y de su ser.

También entre las personas, el cariño se demuestra en pequeños pormenores, en atenciones y cuidados. La alianza que se regalan los futuros esposos u otras atenciones no son en sí mismas el amor, pero en ellas se manifiesta. Es el rito sencillo que el hombre necesita para expresar lo más íntimo de su ser. El hombre, que no es sólo cuerpo ni sólo alma, necesita también manifestar su fe en actos externos y sensibles, que expresen bien lo que lleva en su corazón.

Cuando se ve a alguien, por ejemplo, hincar la rodilla ante el Sagrario es fácil pensar: tiene fe y ama a su Dios. Y este gesto de adoración, resultado de lo que se lleva en el corazón, ayuda a uno mismo y a otros a tener más fe y más amor. El Papa Juan Pablo II señaló, en este sentido, la influencia que tuvo en él la piedad sencilla y sincera de su padre: “El mero hecho de verle arrodillarse -afirmó- tuvo una influencia decisiva en mis años de juventud”.

MANIFESTACIONES Y HOMENAJE A DIOS DEL PUEBLO CREYENTE

El incienso, las inclinaciones y genuflexiones, la dignidad de la música sacra, de los ornamentos y objetos sagrados, el trato y decoro de estos elementos de culto, su limpieza y cuidado, han sido siempre la manifestación de un pueblo creyente. El mismo esplendor de los materiales litúrgicos facilita la comprensión de que se trata, ante todo, de un homenaje a Dios.

Al Señor tampoco le es indiferente el que vayamos a saludarle -¡lo primero!- al entrar en una iglesia, o el empeño por llegar puntuales a la Santa Misa -mejor unos minutos antes de que comience-, la genuflexión bien hecha delante de Él presente en Sagrario, las posturas o el recogimiento que guardamos en su presencia…Podemos preguntarnos: ¿Es para nosotros el templo el lugar donde damos culto a Dios, donde le encontramos con una presencia verdadera, real y substancial?

Hoy asistimos tristemente, en muchos lugares, a un ambiente de desacralización. En esas actitudes late una concepción atea de la persona, para la cual, como se quejaba el Papa Beato Juan XXIII, “el sentido religioso, que la naturaleza ha infundido en los hombres, ha de ser considerado como pura ficción o imaginación, y que debe, por tanto, arrancarse totalmente de los espíritus por ser contraria absolutamente al carácter de nuestra época y al progreso de la civilización”.

Por eso, la Santa Madre Iglesia nos recuerda que sólo Dios es nuestro único Señor. Y ha querido determinar muchos detalles y formas de culto, que son expresión del honor debido a Dios y de un verdadero amor. Y no sólo enseña que la Santa Misa es el centro de toda la Iglesia y de la vida de cada cristiano, sino que ha dispuesto, además, que nuestras iglesias sean verdaderas  casas de oración y que se note con signos claros donde está el Sagrario, y que cerca de él arda constantemente una lámpara.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).