“¡CUÁNTO NOS AMA CRISTO, BUEN PASTOR, Y SU REPRESENTANTE EN LA TIERRA, EL PAPA!”. (Homilía: IV Domingo de Pascua: 29.IV.2012).

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CRISTO, BUEN PASTOR, CARGA LA OVEJA SOBRE LOS HOMBROS.

Las lecturas de este Cuarto Domingo de Pascua, y de modo especial el Evangelio, pregonan que Jesús es el Buen Pastor. Da la vida por sus ovejas y no lo hace como el asalariado que, cuando ve venir el lobo, huye dejando que las devore y disperse de su rebaño. Además dejó al Papa, como representante suyo en la tierra, que nos guía y protege. Por eso, podemos decir, llenos de alegría: ¡Cuanto nos ama Cristo, Buen Pastor, y su representante en la tierra, el Papa!

 
CARICIAS DIVINAS
 
Y eso que,  y ahora también muchas veces, los hombres éramos y seguimos siendo ovejas rebeldes. Y hasta tal punto podemos ser insensatos que nos hace caricias divinas. Y aún nos las hizo en aquel terrible momento, en el que fue ultrajado por los hombres, en el Calvario. Incluso, cuando estaba para espirar nos entregó a su Madre. Y pocas horas antes, Él mismo se nos daba en la Santísima Eucaristía.
 
IMAGEN CONMOVEDORA
 
En efecto,el Evangelio relata que el mismo Jesús es el Buen Pastor. ¡Qué imagen más conmovedora y amorosa ver a Nuestro Señor cargando, sobre sus espaldas, la oveja perdida; es decir el alma arrepentida! Viendo este día, el profeta Isaías dijo: “Sí, pueblo de Sión que habitas en Jerusalén, no llorarás ya más; de cierto que tendrá piedad de tí, cuando oiga tu clamor. En cuanto lo oyere te responderá”.
 
Seguro que al recordar nuestro pasado y al traer a la memoria el presente, veremos cuantas veces el Señor ha vuelto y vuelve a nosotros por el Sacramento de la Penitencia o Confesión. ¡Qué grande es el amor de Dios! El mismo Jesucristo quiere demostrarnos hasta donde llega su alegría y amor infinito, por medio de la parábola de la oveja que regresa al redil. Incluso más: no sólo se alegra Él sino que también lo hacen los Ángeles del Cielo.
 

TERNURA DE CRISTO CON LA OVEJA, ES DECIR CON CADA ALMA

 Y podemos profundizar más en la ternura del Señor, siguiendo la lectura del Evangelio de este domingo, cuando dice: “mis ovejas me conocen”. Y, en correspondencia a tanto amor, también nosotros debemos ahondar en el conocimiento de Jesús, por medio de la lectura de la Sagrada Escritura, y, de un modo especial, leyendo el Nuevo Testamento. El Señor dice también que sus ovejas oyen su voz. Pero, para oírla, sin duda alguna, debemos tener miras y fines sobrenaturales, con espíritu de oración.

 
MISIÓN DE CRISTO Y DEL PAPA
 
Queda claro que Jesucristo es el Buen Pastor. Pero Él mismo aquí en la tierra, encargó a San Pedro y a sus sucesores que continuasen su misión en la tierra, mediante el gobierno de la Iglesia. Por tanto, donde está el Papa se encuentra la Iglesia.
 
Por eso, los cristianos, desde los primeros días, después de la Muerte del Señor, han mantenido gran reverencia a Pedro y sus sucesores, los Papas. Y esto es así, porque junto al Santo Padre conocemos con certeza el camino que conduce a la salvación. Ciertamente, sobre el Primado del Papa está asentada, hasta el fin del mundo,  la Santa Madre Iglesia; y también se asienta el camino que conduce a la salvación.
 
Los Papas son la firme seguridad de la Iglesia frente a todas las tempestades que ha sufrido y padecerá a lo largo de los siglos. El amor al Papa se remonta a los mismos comienzos de la Iglesia. Por tanto, lo indicado es que recemos mucho por el Santo Padre y sus intenciones. No olvidemos que lleva sobre sus hombros el peso de la Iglesia. En el Romano Pontífice, debemos ver siempre a quien está en lugar de Cristo en la tierra: “al dulce Cristo en la tierra”, como decía Santa Catalina de Siena. De esta forma, los cristianos consideraremos, como tarea primordial, dar a conocer sus enseñanzas.
 
José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

ANTE EL SAGRARIO: “JESÚS MÍO, TE ADORO Y TE AMO CON TODO MÍ CORAZÓN”. (Homilía: III Domingo de Pascua. 22.IV.2012).

REZANDO DELANTE DEL SAGRARIO DE LA IGLESIA DE SAN NICOLÁS DE VALLADOLID (ESPAÑA).

Cuentan que San Alfonso María de Ligorio, cuando entraba en una iglesia, se estremecía, sobrecogido de inmenso respeto. Y, santiguándose con agua bendita, lleno de fe y recogimiento, avanzaba humilde hacia el altar, donde Dios Nuestro Señor está en el Sagrario.

 

La actitud de este santo y de tantos buenos cristianos nos recuerda la presencia de Jesucristo, en los Sagrarios de nuestras iglesias y la piedad y reverencia con que debemos tratarle.

 
Ciertamente, la presencia de Jesucristo, en nuestros Sagrarios, nos trae a la  memoria varias cosas: Primero, el respeto que debemos tener al Santísimo Sacramento. Segundo, la santa confianza que, por muchísimos motivos, debemos observar con la Santísima Eucaristía. Tercero, el examen que debemos llevar a cabo: si al hacer la genuflexión ante el altar donde está el Sagrario, avivamos la fe, haciendo un acto interior de adoración y amor. Por ejemplo, podemos decir: “Jesús mío, te adoro y te amo con todo mi corazón”.
 
A JESÚS LO TENEMOS MUY CERCA
 
En las naciones cristianas, donde existen muchos Sagrarios, a Jesús lo tenemos muy cerca. Al pasar por la ciudad, al viajar por una carretera o autopista, al ir en tren, seguro que divisamos una iglesia. Pués, digamos: ¡Allí está Cristo! Ese será el grito de nuestra fe y amor. Porque el Señor se encuentra allí, con una presencia real y sustancial. Es el mismo que se apareció a los Apóstoles y se mostró solícito con todos, como nos relata el Evangelio de este domingo tercero de Pascua.
 
En efecto, Jesucristo se quedó entero en la Sagrada Eucaristía. La Iglesia, para recalcarlo bien, nos dice: en este memorable  sacramento se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, junto con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor y, por consiguiente, Cristo entero. Como dijo el Concilio de Trento, esta presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía es real y permanente, porque acabada la Misa, queda el Señor, en cada una de las partículas consagradas y no consumidas. Y este Jesús es el mismo que nació, murió y resucitó en Palestina, y el mismo que está en Cielo, a la diestra de Dios Padre.
 
Por su parte, el beato Juan Pablo II, en el curso de una alocución, en el año 1982, dijo lo siguiente: “La piedad eucarística ha de centrarse en la celebración de la Santa Misa, pero tiene además su lógica prolongación en la adoración a Cristo en este divino Sacramento, en la Visita al Santísimo, en la oración ante el Sagrario y en los ejercicios de devoción, privados y públicos, que se practicaron durante siglos”. 
 
En este orden de actos de adoración, pensamos que se encuentran, en la actualidad, las iniciativas de adoración perpétua al Santísimo Sacramento, que se están llevando a cabo en varias diócesis españolas.
 

EL SAGRARIO, DONDE ESTÁ EL SEÑOR.

 

LA VISITA AL SANTÍSIMO, SIGNO DE AMOR Y DEVOCIÓN

 
“La Visita al Santísimo es una prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración, a Cristo Señor, allí presente”, afirma el Papa Pablo VI en la Encíclica Mysterium fidei.
 
Por tanto, cuando nos encontremos delante de un Sagrario, podemos decir con toda verdad y realidad: “Dios está aquí”. Y, ante tamaño misterio no cabe otra actitud que la adoración, el respeto y el asombro. Delante del Sagrario, sacamos fuerzas para llevar con garbo las contrariedades de la jornada, se enciende el deseo de trabajar mejor y nos llenamos de paz y alegría, para la vida social y de familia.
 
VISITA AL SANTÍSIMO DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS
 
Desde que tuvieron iglesias y reserva del Santísimo Sacramento, los primeros cristianos ya vivían la piadosa costumbre de la Visita al Santísimo. De ello habla San Juan Crisóstomo, cuando comenta las palabras del Evangelio: Y entró Jesús en el templo. “Esto -dice el santo- era lo propio de un buen hijo: pasar enseguida a la casa de Su Padre, para tributarle allí el honor de todo. Como tú, que debes imitar a Jesucristo, cuando entres en una ciudad, debes lo primero, ir a la Iglesia”.
 
Y así debe ser, en efecto. Localizada la iglesia, debemos dirigir primero nuestra atención al Sagrario, que estará indicado por una pequeña lámpara que, como signo de honor al Santísimo, arderá de contínuo en este lugar. Y allí haremos la Visita al Santísimo, que es un acto de piedad ante el Señor, que nos ayudará a vivir mejor la presencia de Dios a lo largo del día y sacaremos fuerzas para trabajar mejor y sembrar paz y alegría, en la familia, o ante aquellos con los que convivimos o nos relacionamos.
 
 
Esta Visita puede incluir, por ejemplo, rezar tres veces el Padrenuestro, Ave María y Gloria; y un deseo de recibir al Señor, por medio de lo que llamamos hacer una comunión espiritual, es decir, de deseo de recibir al Señor.
 
José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

“HAZ TODO LO QUE PUEDAS PARA PROPAGAR LA DEVOCIÓN A MI MISERICORDIA”. (Homilía: II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordía.15.IV.2012).

 

CUADRO DE LA DIVINA MISERICORDIA

 

“Haz todo lo que puedas por propagar la devoción a mi misericordia y Yo supliré lo que te falte”, dijo el Señor a Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca, a la que, al mismo tiempo, añadió que hiciera que pintaran un cuadro, tal como ella le veía a Él. Así lo hizo esta religiosa. Y se realizó un cuadro tal como lo contemplamos, unido al texto de esta homilía, de la Fiesta de la Divina Misericordia.
 
APARICIONES DEL SEÑOR A FAUSTINA KOWALSKA
 
Efectivamente, para facilitar a los hombres de hoy la conversión, por medio de la Misericordia Divina, Jesús se apareció, en Polonia, desde 1931 a 1938 a Sor Faustina Kowalska, religiosa de las hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, encomendándole la misión de recordar a los hombres toda la verdad de la Misericordia de Dios y, a la vez, enseñar nuevas formas de devoción y culto, para implorar y lograr de Dios nuestra conversión de vida, mediante la plena confianza en Él y la práctica de la misericordia con el prójimo.
 
 
JUAN PABLO II CANONIZÓ A SANTA FAUSTINA KOWALSKA
 

LA DIVINA MISERICORDIA, SANTA FAUSTINA Y EL BEATO JUAN PABLO II.

El 30 de abril del año 2000, el ahora Beato Juan Pablo II, canonizó a Sor Faustina, y designó como “Domingo de la Divina Misericordia” al Segundo Domingo de Pascua, así llamado litúrgicamente el primer Domingo después de la Pascua de Resurrección. Y el mismo Papa dijo: “Y tu, Faustina, don de Dios a nuestro tiempo, concédenos que tu mensaje de luz y esperanza mueva a la conversión, abra a los hombres la práctica de la fraternidad y hoy, nosotros, hacemos nuestra oración de abandono confiado, diciendo con firme esperanza: JESÚS, CONFIO EN TI”.

 
LA MISIÓN DE SANTA FAUSTINA
 
“A través de ti, como por la Hostia Santa -le aseguró Jesús- los rayos de mi misericordia se expandirán por el mundo”. Y es cierto que la humanidad, especialmente en los tiempos actuales se ha alejado de Dios, en muchas partes. Por este motivo, a pesar del progreso de la civilización, se siente cada día más afligida e infeliz. Para salvar esta humanidad extraviada, el cielo ha enviado, en estos tiempos, avisos extraordinarios. La Santísima Virgen en las apariciones de la Salete, Lourdes, Fátima y otras en más lugares, exhorta a la oración, a la penitencia y a una vida de fe y caridad.
 
 
Y dentro de estas grandes apariciones, debemos incluir las del Señor a Santa Faustina. Y así, en una de ellas, le advertía: La humanidad no tendrá paz hasta que se vuelva con confianza a la Divina Misericordia. Y, entre otras cosas, le dijo también: Pinta un cuadro según el modelo que ves, y escribe debajo: JESÚS CONFÍO EN TI. Deseo que esta imagen sea venerada, en primer lugar, en vuestra capilla y luego en el mundo entero.
 
Después de la manifestación de este deseo, Santa Faustina señala dos promesas hechas por Jesús: Prometo que no se perderá el alma que venere esta imagen. Le prometo ya desde esta vida la victoria sobre sus enemigos, y particularmente en la hora de la muerte. Yo, el Señor, la defenderé como a mi gloria.
 
Cuando, Santa Faustina, por mandato de su confesor, pidió durante la oración el significado de las apariciones, recibió en respuesta del Cielo, la siguiente explicación: “Los rayos de luz de la imagen representan la Sangre y el Agua que brotaron de lo íntimo de la Misericordia, cuando en la Cruz mi Corazón agonizante fue abierto con la lanza. Los rayos pálidos representan el Agua, que justifica a las almas; los rojos la Sangre, que es vida de las almas. Estos rayos protegen a las almas de la indignación de mi Padre Celestial. Feliz será el que viva a la sombra de ellos, ya que la mano de la Justicia divina no llegará a tocarlo”.
 
LA PUERTA DE LA MISERICORDIA
 
En otros momentos, el Señor dijo a Santa Faustina: Escribe que antes de venir como Juez, abriré de par en par la gran puerta de mi Misericordia. Quien no quiera pasar por esta puerta, tendrá que pasar por la de mi Justicia.
 
Consta que el Señor dio a conocer varias veces a Santa Faustina la enormidad de los pecados de los hombres. Ella, consternada a la vista de tal monstruosidad, le preguntó a Jesús como podía soportar tan terribles ultrajes: “Para el castigo –respondió el Señor– tengo la eternidad, ahora prolongo el tiempo de la misericordia. En otro momento, le dijo: Escribe que cuanto más grande es su miseria, tanto mayor derecho tienen a Misericordia. La fuente de la Misericordia ha sido abierta para todas las almas, con el golpe de la lanza en la Cruz.
 
LA CORONILLA Y LA NOVENA A LA DIVINA MISERICORDIA
 
A la devoción de la Coronilla, le dedicó el Señor 14 revelaciones, en sus encuentros con Santa Faustina. En síntesis la dijo: “A quien rece esta Coronilla, me complace todo lo que me pida”. “Quien la reza, alcanzará gran misericordia en la hora de la muerte. Aunque sea un pecador empedernido, si reza esta Coronilla, aunque sea una sola vez, logrará la gracia de mi infinita misericordia”.”Cuando un agonizante rece esta coronilla o bien la recen los demás a su lado se aplaca la Justicia Divina y mi insondable Misericordia envuelve aquella alma”. “Los sacerdotes ofrezcan esta Coronilla a los pecadores, como último socorro”.
 
MODO DE REZAR LA CORONILLA
 
En primer lugar, se reza un Padrenuestro, un Avemaría y un Credo. Después, con las cuentas del Rosario, siguen cinco decenas. Y cada decena comienza así:
Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, en expiación de mis pecados y por los del mundo entero.
Sigue y se implora al Padre Eterno 10 veces, en cada decena:
Por su dolorosa Pasión, /ten misericordia de nosotros y del mundo entero.
Terminadas las 5 decenas, se dice 3 veces:
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.
Es bueno terminar con una Salve a la Virgen.
 
LA HORA DE LA MISERICORDIA
 
“A las tres de la tarde, suplica mi misericordia, especialmente por los pecadores, y aunque sea un brevísimo instante, absórbete en mi Pasión, en particular en mi desamparo en el momento de la Agonía. Este es el momento de la gran Misericordia hacia el mundo. En tal hora, nada le será negado al alma que me lo pida por los méritos de mi Pasión”. (Palabras del Señor a Santa Faustina). Nota: las tres de la tarde es un buen momento para rezar la Coronilla, aunque se puede hacer a cualquier hora.
 
 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).
 
 
 
 
 

“CUANTOS HICIERON EL BIEN SALDRÁN DE SUS SEPULCROS PARA LA RESURRECCIÓN DE LA VIDA; LOS QUE HICIERON EL MAL, PARA LA RESURRECCIÓN DE LA CONDENACIÓN”. (Homilía: Domingo de Pascua. 8.IV.2012).

EL JUICIO FINAL, SEGÚN FRAY ANGÉLICO.

 

El mismo Jesucristo habló de la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos, mediante la unión del alma con su propio cuerpo. Así lo relata San Juan, en el cuarto Evangelio, capítulo 5, versículos 28 y 29: “cuantos hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; los que hicieron el mal, para la resurrección de la condenación”. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 658, dice: Cristo, ” el primogénito de entre los muertos” (Carta de San Pablo a los Colosenses 1,18),  es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (Ver Carta a los Romanos, 6, 4), más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (Romanos, 8, 1).

 

LA RESURRECCIÓN DE LOS JUSTOS

 

Los justos forman parte de lo que llamamos el Cuerpo Místico, cuya cabeza es Jesucristo. Su Resurrección lleva consigo la nuestra, del mismo modo que nuestra resurrección exige la suya; porque no es posible que el cuerpo subsista sin la cabeza, ni que los miembros se muevan de manera coordinada, sin la ayuda de ella. Se queja San Pablo, en su Carta Primera a los Corintios, con las siguientes palabras: Si se predica a Cristo, como resucitado de  entre los muertos, ¿cómo es que algunos de vosotros andan diciendo que no hay resurrección de los muertos?

 

En este sentido, debemos observar que la resurrección de los justos no es sólo consecuencia de la Resurrección de Cristo, sino que también es conforme a ella, según dice San Pablo en la Carta a los Filipenses: Pero nosotros vivimos ya como ciudadanos del Cielo, de donde asimismo estamos aguardando al Salvador Jesucristo Señor nuestro, el cual transformará nuestro cuerpo vil, y lo hará conforme al suyo glorioso, con la misma virtud eficaz con que puede también sujetar a su imperio todas las cosas.

 

Los cuerpos resucitados, a semejanza del Cuerpo de Jesús, gozarán de las cuatro cualidades gloriosas: Primera, la Impasibilidad, que los librará de todo sufrimiento, de la muerte y cualquier alteración; Segunda, la Sutileza, que les hará en cierto modo espirituales, para que se hagan visibles o invisibles, según la voluntad del alma; Tercera, la Agilidad, gracias a la cual podrán trasladarse de un sitio a otro, con la rapidez del rayo; Cuarta, la Claridad, que los hará luminosos como soles, cuyos resplandores no harán daño a los ojos.

 

Y podemos preguntarnos: y si todo esto acontece con los cuerpos de los justos después de la Resurrección, ¿qué acontecerá con sus almas bienaventuradas?. Ciertamente, cada una de ellas sobrepasará en esplendor y belleza a todos los cuerpos gloriosos juntos. Se puede decir incluso que, la superioridad del alma sobre el cuerpo es infinita. Y ello nos debe animar a todos a tener deseos de mortificar los sentidos y a renunciar a inclinaciones que puedan resultar viciosas.

 

COMO ALCANZAR LA RESURRECCIÓN GLORIOSA

 

Para alcanzar la resurrección gloriosa, hemos de evitar todo lo que pueda manchar nuestro cuerpo y nuestra alma. El cuerpo se reunirá al alma para participar de su gloria, porque ambos han recibido los Sacramentos del Bautismo, de la Penitencia, de la Eucaristía y de la Santa Unción. San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, dice: ¿No sabéis vosotros que sois templos de Dios, y que el espíritu de Dios mora en vosotros? Pues si alguno profanare el templo de Dios, perderlo ha Dios a él. Porque el templo de Dios, que sois vosotros, es santo.

 

Además, no debemos olvidar nunca que nuestra alma fue creada por Dios a su imagen y semejanza. Ha sido redimida por Jesús, al precio de su propia sangre, y está destinada, junto con su cuerpo, a contemplar, después de esta vida, la Divinidad, para amarla y poseerla eternamente. Los clásicos decían: por siempre jamás. Y así es de verdad. Digámosle al Señor, hoy, en el día en que celebramos su gloriosa Resurrección: Jesús mío resucitado, por la intercesión de tu Santísima Madre, dame fuerzas para que cumpla con todos mis deberes, que practique constantemente la virtud, ame mucho el Sacramento de la Confesión y soporte con paciencia las contrariedades de los humanos y del demonio, sin perder jamás tu gracia y la serenidad del alma.

 

¿QUÉ PASARÁ CON LOS CONDENADOS?

 

Con los que hicieron malas obras y no se confesaron ni se arrepintieron de ellas, el Evangelio dice que serán condenados. Con ellos sucederá lo contrario de lo que habrá de acontecer con los justos. Los condenados serán horribles, repugnantes y miserables en sus cuerpos y en sus almas. Estarán abrumados bajo el peso de males incomprensibles, oprimidos por la tristeza y el remordimiento, llenos de vergüenza, y en vez de trasladarse velozmente por los aires como los elegidos, se arrastrarán penosamente hasta el lugar donde será pronunciada la sentencia final, que acabará de hundirlos para siempre, en un abismo de oprobios y tormentos inenarrables. ¡Sic transit gloria mundi!

 

José Manuel  Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613.  Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).