DIOS HABITA EN NOSOTROS. (Homilía: Domingo de la Santísima Trinidad. 3-VI-2012).

 

“VOSOTROS SOIS TEMPLO DE LA TRINIDAD BEATÍSIMA”.
En el Evangelio de la Misa de este Domingo de la Santísima Trinidad, San Mateo recoge el gran mandato apostólico del Señor, que seguirá vigente para siempre: Se me ha dado pleno poder en el Cielo y en la Tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
 
DAR DOCTRINA
 
Desde entonces, los Apóstoles comenzaron a dar testimonio de lo que han visto y oído, y a predicar en el nombre de Jesús la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Y, en ellos, todos los cristianos de todos los tiempos, hemos recibido el gozoso mandato de comunicar a quienes encontramos, en nuestro caminar, que Cristo vive, que en Él ha sido vencido el pecado y la muerte, que nos llama a compartir una vida divina y que todos nuestros males tienen solución.
 
El mismo Cristo nos ha dado este derecho y este deber. Nadie puede impedir el ejercicio de este derecho, el cumplimiento de este deber. Ni tampoco podemos callar, pues es mucha la ignorancia a nuestro alrededor, es mucho el error, son incontables los que andan por la vida perdidos y desconcertados, porque no conocen a Cristo. Y la fe y la doctrina que hemos recibido debemos comunicarla.
 
REEVANGELIZAR EL MUNDO
 
Sabemos que, en cuanto los Apóstoles comenzaron, con valentía y audacia, a enseñar la verdad sobre Cristo, empezaron los obstáculos, y más tarde la persecución y el martirio. Pero, al poco tiempo, la fe de Cristo traspasará Palestina, alcanzando Asia Menor, Grecia e Italia, llegando a hombres de toda cultura, raza y posición social.
 
También nosotros debemos contar con las incomprensiones. Y las recibiremos con alegría, como permitidas por Dios. Y las acogeremos como ocasiones para actualizar nuestra fe, esperanza y amor, tratando siempre bien a los demás, con comprensión, ahogando el mal en abundancia de bien, como dijo San Pablo en la Carta a los Romanos. Y no nos extrañará que en muchas ocasiones hayamos de ir contra corriente en un mundo que parece alejarse cada vez más de Dios, que tiene como fin el bienestar material, y que desconoce o relega a segundo plano los valores espirituales. Un mundo, por cierto, al que algunos quieren organizar completamente de espaldas a su Creador.
 
Por otra parte, a la profunda y desordenada atracción que los bienes materiales ejercen sobre quienes han perdido todo trato con Dios, se suma el mal ejemplo de algunos cristianos que, como dijo el Concilio Vaticano II, “con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado, más bien que revelado, el genuino rostro de Dios y de la religión”.
 
Evidentemente, el campo en el que habían de sembrar los Apóstoles y los primeros cristianos era un terreno duro, con abrojos, cardos y espinas. El Señor nos espera ahora en la familia, en la Universidad, en la Enseñanza en general, en las asociaciones más diversas. Y siempre dispuestos a recristianizar el mundo. Es por tanto, la nuestra, una época en la que Cristo necesita hombres y mujeres audaces, sencillos, trabajadores, sin respetos humanos a la hora de hacer el bien; alegres y que tengan como fundamento de sus vidas la oración y un trato amistoso con Jesús.
 
OPTIMISMO
 
Pensamos que muchos hombres y mujeres de buena voluntad responden hoy a las frecuentes llamadas del Sucesor de Pedro, el Papa, para dar luz a tantas conciencias que andan en la oscuridad, en tierras en las que en otro tiempo se amaba a Cristo. Pero pensemos, sin embargo, que, sin santidad personal no es posible el apostolado y la levadura viva se convertiría en masa inerte, porque seríamos absorbidos por el ambiente pagano que, con frecuencia, encontramos en quienes en otro tiempo fueron buenos cristianos.
 
Sin embargo, a los Apóstoles se les ve seguros, sin complejos, con el optimismo que da el ser amigos de Cristo. Y esa amistad crece día a día si llevamos una vida cristiana, pensando que si los obstáculos son grandes también es abundante la gracia divina. Ya en los primeros siglos, un padre de la Iglesia, como San Cirilo de Alejandría decía que, después de la venida de Jesucristo, nosotros hemos recibido la Persona misma del Espíritu Santo. Y siglos después, Santo Tomás de Aquino precisaba que  la Persona de este mismo Espíritu divino habita en nosotros, por la presencia real y permanente de su infinita Majestad.
 
Así que, vamos a recristianizar el mundo de hoy, tal como el Papa Benedicto XVI nos pide. En nuestros oídos siguen resonando las palabras del Señor: Id al mundo entero. Entonces eran Once. Ahora somos muchos más. Y con la fe y el amor de aquellos primeros cambiaremos el mundo.
 
José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

“Hay que volver a lo esencial en la fe y en la vida cristiana”, dijo el Papa Benedicto XVI

(ROMA).-“Nuestra situación requiere un renovado impulso dirigido a aquello que es esencial en la fe y la vida cristiana”, ha dicho Benedicto XVI, a los obispos italianos, y en ellos a toda la Iglesia.

El Papa añadió: “en un tiempo en el que Dios se ha convertido para muchos en el gran Desconocido y Jesús es simplemente un personaje del pasado, la acción misionera no puede ser relanzada sin que renovemos nuestra fe y nuestra oración. No sabremos conquistar a los hombres para el Evangelio si no somos nosotros mismos los primeros en volver a una profunda experiencia de Dios”.

El Pontífice terminó diciendo que “Dios es el garante de nuestra felicidad, y donde entra el Evangelio el hombre experimenta que es objeto de un amor que purifica, renueva y hace capaces de amar y servir al hombre con amor divino”. (Aropress).


EL DÍA DE PENTECOSTÉS, EL ESPÍRITU SANTO SE CONCENTRÓ ESPECIALMENTE EN MARÍA. (Homilía de la Solemnidad de Pentecostés: Domingo 27 de mayo de 2012).

EN PENTECOSTÉS, EL ESPIRITU SANTO SE CONCENTRÓ ESPECIALMENTE EN MARÍA.
 
El día de Pentecostés, en el momento solemne en que bajó el Espíritu Santo  sobre los Apóstoles, en unión con María Santísima, congregados en el Cenáculo, el Espíritu divino se concentró, de manera especial, en el alma de María.
 
COLMADA DE DONES
 
Ciertamente, la Virgen María, desde el momento de su Inmaculada Concepción, recibió al Espíritu de Dios con tal intensidad que no alcanzaron nunca los ángeles ni los santos todos juntos. Pero, además, cuando el Verbo divino, por obra y gracia del Espíritu Santo, se encarnó en sus purísimas entrañas, la infusión de gracia llevada a cabo sobrepasó a cuanto nosotros seamos capaces de imaginar. En Ella no existió jamás la más leve sombra de mancha, al ser investida de la sublime dignidad de Madre de Dios.
 
Tal dignidad es superior a toda grandeza creada. A Ella, se le confiere, por parte del Cielo, el llevar a cabo la noble y difícil misión de contribuir a la Redención del género humano, con luces, dones y privilegios dignos de tan alta vocación. San Bernardino de Siena llegó a decir que únicamente Dios Nuestro Señor pudo concebir el tesoro inmenso de gracias, con que fué enriquecida la Madre de Dios, en el día de la Encarnación del Verbo. Sin embargo, a pesar de ello, la santidad de María Santísima no dejó de crecer, ni un solo instante de su vida, llenándose incluso de más gracia, si cabe, por las virtudes que tuvo que practicar sobre todo en el Calvario, al pie de la Cruz.
 
MARIA ES EL CAMINO PARA SER DÓCILES AL ESPÍRITU SANTO
 
A fin de preparar nuestros corazones para la venida del Espíritu Santo, trabajemos con su ayuda para purificarnos, mortificándonos con la virtud de la humildad, con la  grandeza del alma y la delicadeza de la conciencia, amando mucho el Sacramento de la Confesión. Y subamos de la mano de María hasta Dios, por la pureza de corazón y la lucha por ser almas de oración. Así alcanzaremos la gracia necesaria para combatir la propia estimación, el amor a la comodidad, al bienestar y la sensualidad.
 
Debemos tener en cuenta que la Santísima Virgen recibió el Espíritu Santo, con una plenitud única, el día de Pentecostés, porque su corazón era el más puro, el más desprendido, el que de modo incomparable amaba más a la Trinidad Beatísima. Así, el Paráclito descendió sobre el alma de la Virgen y la inundó de una manera nueva. De esta forma, decimos que el Espíritu Santo es el “dulce Huésped” del alma de María. Ya Nuestro Señor había prometido al que ame a Dios: Vendremos sobre él y en él haremos nuestra morada. Pues bien, esta promesa se realiza, ante todo, en Nuestra Señora.
 
Por nuestra parte, debemos agradecer los abundantes socorros que habremos de recibir, por intercesión de la Santísima Virgen María. Decía  el citado San Bernardino de Siena que “todos los dones, todas las virtudes, todas las gracias, son dispensadas por las manos de María, que las otorga a quien ella quiere y como quiere”. Y debemos tener la certeza de que la Virgen quiere colmarnos de beneficios, mucho más de lo que nosotros deseamos recibirlos. Dice San Alfonso  que así como el fuego penetra en el hierro y lo inflama totalmente, asi el Espíritu Santificador penetra el alma de María Santísima, que no tiene más que inclinarse hacia nosotros, para llenarnos de ese mismo Espíritu Divino.
 
 
MARÍA Y LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA Y LAS ALMAS
 
 
Dicen los Hechos de los Apóstoles que “al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del Cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y se llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos”. En ese momento recibieron los Apóstoles las gracias necesarias para su misión. Y podemos suponer que siendo María como es Medianera de todas las gracias, recibieron seguramente las gracias necesarias para su misión, por mediación de María que, como una Reina, se encontraba en medio de Ellos.
 
 
En efecto, la oración de la Virgen, unida a las disposiciones interiores de los Apóstoles, ayudaría de modo eficacísimo a que sobre ellos se derramara la plenitud de santidad y sabiduría, que alcanzaron aquel día. San Bernardino de Siena dice que “todos los dones, todas las virtudes, todas las gracias, son dispensadas por las manos de María”. Por su parte, San Alfonso María de Ligorio afirma que asi como el fuego penetra el hierro y lo inflama totalmente, así el Espíritu Santificador penetra el alma de María, que no tiene más que inclinarse hacia nosotros para llenarnos de ese mismo Espíritu Divino.
 
Un autor espiritual, tan conocido como Garrigou Lagrange, dice que, después de Pentecostés, la Virgen es “como el corazón de la Iglesia naciente”. Es cierto que, todo cuanto se ha hecho en la Iglesia desde su nacimiento hasta nuestros días, es obra del Espíritu Santo. Pero la misma Tercera Persona de la Trinidad Beatísima que la había preparado para ser Madre de Dios, ahora, en Pentecostés, la dispone para ser Madre de la Iglesia y de cada uno de nosotros. Y así lo ha proclamado la Santa Iglesia, por medio del Papa Pablo VI, al finalizar el Concilio Vaticano II.
 
José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

“HAY QUE DEFENDER LA VIDA HUMANA DESDE SU PRIMER INSTANTE HASTA SU FIN NATURAL”, acaba de decir el Papa

(Roma: 16.V.2012) El Papa Benedicto XVI, acaba de decir en su visita a Arrezo que “Testimoniar el amor de Dios en la atención a los últimos se conjuga también con la defensa de la vida, desde su primer instante hasta su fin natural. En esta región el asegurar a todos dignidad, salud y derechos fundamentales se considera, efectivamente, un bien irrenunciable. La defensa de la familia, a través de leyes justas y capaces de tutelar también a los más débiles, ha de constituir siempre un punto importante para mantener un tejido social sólido y ofrecer perspectivas de esperanza para el futuro. Como en la Edad Media los fueros de estas ciudades fueron una herramienta para asegurar a muchos los derechos inalienables, también hoy debe continuar el compromiso por promover una ciudad del rostro cada vez más humano. La Iglesia brinda su contribución para que el amor de Dios esté siempre acompañado por el amor al prójimo”, concluyó el pontífice.