PARA EL CREYENTE, LA MUERTE ES EL PASO DE ESTE MUNDO AL PADRE. (Homilía: 13º Domingo del Tiempo Ordinario. 1.VII.2012).

EL SEÑOR DEVUELVE LA VIDA A LA HIJA DE JAIRO, EN PRESENCIA DE SUS PADRES Y LOS APÓSTOLES PEDRO, JUAN Y SANTIAGO.

La Liturgia de este Domingo Décimo Tercero del Tiempo Ordinario habla de la muerte y la vida. La Primera Lectura, tomada del Libro de la Sabiduría, enseña que la muerte no entraba en el plan inicial del Creador: Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Dirá San Pablo que es consecuencia el pecado. Y el Beato Juan Pablo II precisará que “Jesucristo la aceptó para vencer el pecado como necesidad de la naturaleza, como parte inevitable de la suerte del hombre sobre la tierra”.

TRAS LA MUERTE, EL ABRAZO DE DIOS

El Evangelio presenta a Jesús que llega a Cafarnaún, donde le espera una gran muchedumbre. Con especial necesidad y fe le aguarda el jefe de la sinagoga, Jairo, que tiene en su casa una hija a punto de morir. Y cuando el Señor se ha decido por ir a su domicilio, le comunican al propio padre: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al Maestro?. Pero Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan para que fueran testigos del milagro que iba a realizar. Llegan a casa de Jairo, el Señor ve el alboroto, los que lloran y las plañideras. Al entrar, les dice: ¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme. Y se reían de Él.

No comprenden que para Dios la verdadera muerte es el pecado, que mata la vida divina en el alma. La muerte terrena es, para el creyente, como un sueño del que despierta en Dios. Así lo consideraban los primeros cristianos. No quiero que estéis ignorantes –exhortaba San Pablo a los cristianos de Tesalónica- acerca de los que durmieron, para que no os entristezcáis como los que no tienen esperanza, porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios, a los que durmieron con Él los llevará consigo. Ciertamente, cuando llegue la muerte cerraremos los ojos a esta vida y nos despertaremos a la Vida auténtica, la que dura por toda la eternidad: al atardecer nos visita el llanto, por la mañana el júbilo, decimos en el Salmo responsorial de este domingo.

Y asi es en realidad, el pecado es la auténtica muerte, pues es la tremenda separación -el hombre rompe con Dios-, junto a la cual, la otra separación, la del cuerpo y el alma, es cosa más liviana y provisional. De esta forma, la muerte se convierte en el último paso tras el cual encontraremos el abrazo definitivo con Dios nuestro Padre, que nos espera desde siempre y que nos destinó para permanecer con Él.

LA MUERTE CORPORAL NO ES UN MAL ABSOLUTO

Comentando  San Beda el Venerable, las palabras del Señor a Jairo sobre la situación de su hija : no ha muerto, sino duerme, afirma que la niña “estaba muerta para los hombres, que no podían despertarla; para Dios, dormía, porque su alma vivía sometida al poder divino, y la carne descansaba para la resurrección. De aquí se introdujo entre los cristianos la costumbre de llamar a los muertos, que sabemos que resucitarán, con el nombre de durmientes”. No es, por tanto, la muerte corporal un mal absoluto. La muerte que hay que temer es el pecado. Cuando el hombre peca gravemente se pierde para sí mismo y para Dios: es la mayor tragedia que puede sucederle, decía el célebre Tanquerey, en el libro de texto por que tuve yo la dicha de estudiar en la asignatura titulada “Teología ascética y mística”.

En efecto, el hombre, en esta situación, se aparta radicalmente de Dios, por la muerte de la vida divina en su alma; pierde los méritos adquiridos a lo largo de su vida y se incapacita para adquirir otros nuevos; queda sujeto de algún modo a la esclavitud del demonio, y disminuye en él la inclinación natural a la virtud. Tan grave es que “todos los pecados mortales, aún los de pensamiento -afirma el Concilio de Trento-, hacen a los hombres hijos de la ira (Efesios, 2, 3) y enemigos de Dios”. Por la fe conocemos que un solo pecado -sobre todo el mortal, pero también los pecados veniales- constituyen un desorden peor que el mayor cataclismo que asolara la tierra, porque, dice Santo Tomás Aquino que “el bien de gracia de un solo hombre es mayor que el bien natural del universo”.

En efecto, el pecado no solo perjudica a quien lo comete: también daña a la familia, a los amigos, a toda la Iglesia. Afirmó el Beato Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Reconciliación y Penitencia que “se puede hablar de una comunión  en el pecado, porque un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aún el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño, en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana”.

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


SAN JUAN BAUTISTA NACIÓ PURO Y AGRADABLE A LOS OJOS DE DIOS. (Homilía: Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista. Domingo, 24 de junio de 2012).

EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA, OBRA DE TINTORETO, HACIA EL AÑO 1540.

 El ángel que se aparece a Zacarías, anunciándole que su mujer, Santa Isabel, tendrá un hijo, le afirma que ha de ser grande en la presencia del Señor, tal como lo relata San Lucas, en su Evangelio. Y, en efecto, el Precursor fué grande en su nacimiento y lo siguió siendo hasta la hora de su martirio. El mensajero del Cielo era el  Arcángel San Gabriel, quien antes había anunciado a María la Encarnación del Hijo de Dios, la cual después emprenderá viaje a la casa de Zacarías e Isabel, y el Niño que lleva en su seno hará saltar de gozo a Juan, en el vientre de su madre.

 
Por su parte, la Santa Iglesia ha entendido siempre que, en este momento, el niño Juan quedó limpio de toda mancha original. Y, por eso, son sólo tres las fiestas que celebran el Nacimiento de un ser: primero, naturalmente el de Jesucristo, el hijo de Dios hecho carne, el 24 de diciembre; en segundo lugar, el nacimiento de la Virgen María, el 8 de septiembre; y en tercer lugar, la venida al mundo de San Juan Bautista, el 24 de junio. Fiesta en la que ahora estamos.
 
GRANDES MILAGROS CON MOTIVO DEL NACIMIENTO DE JUAN
 
Ciertamente, con motivo del nacimiento de Juan el Bautista se produjeron grandes milagros. En primer lugar, el Cielo reveló a su padre el nombre que había de ponerle. Zacarías recobró el habla que había perdido, entonando el hermoso cántico que se recita en la Iglesia, bajo el título del Benedictus. Por su parte, según San Lucas, los vecinos, extrañados, se preguntaban entre sí: “¿Quién pensáis que ha de ser este niño?” Y además vemos como la Santa Iglesia celebra con gran solemnidad su Nacimiento, desplazando incluso, si cae en domingo, otras celebraciones, como es el caso de San Juan, este año 2012.
 
Tal vez, en el día de hoy podemos pedir al Señor, por la intercesión de San Juan Bautista, que no permita que pongamos nuestra grandeza en la propia estimación o en la vanagloria, cuando sabemos que la propia gloria sólo podremos encontrarla imitando a Jesús, Rey inmortal, y gloriarnos en su Cruz. Como decía San Pablo: lejos de mí gloriarme en otra cosa que no sea la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.
 
FUÉ GRANDE HASTA SU MUERTE
 
Según la tradición, desde la edad de tres años (aunque muy posiblemente no fué hasta los siete años), San Juan Bautista se retiró al desierto, probablemente hacía las cercanías del Mar Muerto. Allí llevó vida sobrehumana, pasando días y noches en oración, descansando poco y alimentándose parcamente. Y cuando llegó la hora de manifestarse como Precursor del Mesías, para ser fiel a su vocación, predicó incansable a las multitudes que acudían a él. Incluso los fariseos, los saduceos y los poderosos del país se acercaban a oír sus discursos. Por su parte, Juan les reprendía por sus vicios y los amenazaba con la condenación, si no se arrepentían y hacían penitencia. Y de lo que sabemos  por los Evangelios, esta libertad de San Juan a la hora de la predicación, convirtió a muchos pecadores.
 
Y un hecho cumbre, en la vida de Juan Bautista, lo supone el momento en el que el mismo Jesucristo se acerca a él para ser bautizado. Juan, al verlo, confesó públicamente la divinidad de Jesús y preparó los corazones de los oyentes para que recibieran su doctrina. De esta forma, el Santo se presenta a todos nosotros como un gran modelo de humildad. Ni los privilegios de que estaba enriquecido, ni el éxito de su predicación, ni el afán con que la gente acudía a oír su palabra, despertaron en su interior sentimientos de envidia por la gloria del Maestro.
 
Por eso, el Señor al hablar de Juan el Bautista, como afirma San Lucas, llegó a decir: ¿Qué habéis salido a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío delante de ti mi mensajero, que vaya preparándote el camino. Os digo, pues, que entre los nacidos de mujer nadie hay mayor que Juan.
 
Ante esta solemnidad de San Juan Bautista, al ver su humildad, pueden resonar en nuestros oídos aquellas palabras de San Agustín: ¡Dios mío, tarde te amé!. Sí, mi Señor, Juan te conoció y te amó aún antes de su nacimiento; y yo, encambio, ¡qué tarde he empezado a amarte y a servirte!. Él estuvo animado del espíritu de penitencia, desde su más tierna infancia. Yo, por el contrario, no acabo de pertenecerte sin reservas. Apenas quiero luchar contra mi loca imaginación. Además no someto mi razón, ni mi rebelde voluntad, a tus Mandamientos y a tus divinas inspiraciones.
 
Por lo tanto, te suplico Señor que, por la intercesión de la Virgen María, me hagas recuperar el tiempo perdido y vigilarme interiormente con mayor atención, porque cada hora que pasa me va acercando al momento de presentarme ante tu supremo tribunal, para darte cuentas de mi conducta.
 
José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico.Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).
 
 

Lotrisone


DIOS SE VALE DE LO PEQUEÑO PARA INSTAURAR SU REINO EN EL MUNDO. (Homilía: XI Domingo del Tiempo Ordinario. 17.VI.2012).

 

EL REINO DE DIOS SE PARECE A UN HOMBRE QUE ECHA SIMIENTE EN LA TIERRA.

 Dios se vale de lo pequeño para actuar en el mundo y en las almas. Es la enseñanza que Jesús nos propone en el Evangelio del Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario: El Reino de Dios se parece a un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.

 
CADA CRISTIANO DEBE SER ESE GRANO DE MOSTAZA
 
Ciertamente, el Señor eligió a unos pocos hombres para instaurar su reinado en el mundo. La mayoría de ellos eran humildes pescadores de escasa cultura, incluso llenos de defectos y además sin medios materiales. Dice San Pablo en la Primera Carta a los Corintos que el Señor eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes.
 
Pues, con miras humanas, es incomprensible que estos hombres llegaran a difundir la doctrina de Cristo por toda la tierra, en tan corto tiempo y teniendo enfrente innumerables trabas y contradicciones. San Juan Crisóstomo comenta que, con la parábola del grano de mostaza, les mueve el Señor a los Apóstoles a la fe y les quiere hacer ver que la predicación del Evangelio, a pesar de todo, se propagará por el mundo entero.
 
Ahora bien, cada uno de nosotros, es decir, cada cristiano debe ser ese grano de mostaza, en relación con la tarea que el Señor nos encomienda, en medio del mundo. Es verdad que surgirán dificultades, y cada vez seremos entonces más conscientes de nuestra poquedad. Pero esto nos debe llevar también a confiar más en el Señor y en el carácter sobrenatural de la misión que nos encomienda.
 
NO NOS DEBE DESANIMAR EL AMBIENTE
 
Pensemos que los Apóstoles y los cristianos de los comienzos encontraron una sociedad minada en sus cimientos, sobre la que era prácticamente imposible construir ningún ideal. Como dice San Pablo, entonces el mundo pagano en general había oscurecido enormemente, en muchos aspectos, la luz natural de la razón y se había quedado como ciego para ver la misma dignidad del hombre.
 
Ahora bien, sabemos que, desde el seno de esta sociedad, los cristianos la transformaron. Allí cayó la semilla, y de ahí al mundo entero, y aunque era insignificante llevaba una fuerza divina, porque era de Cristo. Los cristianos que llegaron a Roma no eran distintos de nosotros, pero con la ayuda de la gracia ejercieron un apostolado eficaz, trabajando codo a codo, en las mismas profesiones que los demás, con los mismos problemas, acatando las mismas leyes, a no ser que fueran directamente en contra de las de Dios.
 
Los obstáculos del ambiente no nos deben desanimar, aunque veamos en nuestra sociedad signos semejantes, o iguales, a los del tiempo de San Pablo. El Señor cuenta con nosotros para transformar el lugar donde se desenvuelve nuestro vivir cotidiano. No dejemos de llevar a cabo aquello que está en nuestra mano, aunque nos parezca poca cosa, porque el Señor hará crecer nuestro empeño, y la oración y el sacrificio que hayamos puesto darán sus frutos.
 
NO, A LOS RESPETOS HUMANOS
 
San Pablo declara a los cristianos de Roma que él no se avergüenza del Evangelio, porque es una fuerza de Dios para la salvación de  todo el que cree. Y nosotros debemos aprender de ellos  a no tener falsos respetos humanos, a no temer el “qué dirán”, a mantener viva la preocupación de dar a conocer a Cristo en cualquier situación en la que nos encontremos, con la conciencia clara de que es el tesoro que hemos hallado, la perla preciosa que encontramos después de mucho buscar, como dijo el Señor, según el Evangelio de San Mateo.
 
Pues debemos tener en cuenta que hoy muchos que se dicen cristianos, con una postura poco valiente a la hora de dar testimonio de su fe, parecen valorar más la opinión de los demás que la de Jesucristo, o se dejan llevar por la fácil postura de seguir la corriente, de no significarse, etc. Y sabemos que tales actitudes revelan debilidad de carácter, falta de convicciones profundas, poco amor de Dios. Pero no olvidemos las palabras con las que San Pablo exhortaba a Timoteo, a quien él mismo había acercado a la fe: no nos ha dado Dios un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de templanza. No te avergüences jamás del testimonio de Nuestro Señor.
 
 José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).
 

EN UN “EXCESO” DE AMOR, DIOS SE HACE ALIMENTO ESPIRITUAL DE CADA ALMA EN GRACIA. (Homilía: Solemnidad del Corpus Christi: el 7 ó el 10 de junio de 2012, según los lugares).

CUADRO DE LA ADORACIÓN DE LA EUCARISTÍA: EN EL CENTRO, LA VIRGEN MARÍA.
Todos los días, sobre los altares de nuestras iglesias, se inmola Jesucristo, nuestro Dios, por nosotros pecadores. Además, permanece en los sagrarios, bajo las especies sacramentales. Y, en un “exceso” de amor, Dios se hace alimento espiritual de cada alma en gracia, en la Sagrada Comunión. Y, hasta tal punto entra en nosotros, que, en vez de hacerse sustancia nuestra, nos transforma en Él.
 
NADA TAN ADMIRABLE COMO LA EUCARISTÍA
 
En el mundo, se admiran los progresos de las ciencias y las artes. Se admiran las grandes fortunas, los hermosos palacios, los preciosos jardines, pero pocos piensan en el prodigio de la Eucaristía.
 
Posiblemente, nosotros mismos que nos maravillamos de las bellezas naturales, del esplendor del firmamento y el espectáculo del mundo creado, permanecemos indiferentes ante el Sagrario de las iglesias, donde habita Dios mismo, hermosura increada.
 
Enseña San Agustín que Dios Todopoderoso, autor del universo, podría sacar de la nada millones de mundos más ricos y hermosos que el actual; y, sin embargo, no ha podido crear nada tan admirable como el Sacramento de la Eucaristía, ni otorgarnos ningún otro don que igualara a su presencia real en los Sagrarios.
 
¡SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS!
 
El gran tormento del corazón humano es la sed y el afán de gloria, de riquezas e incluso de inmortalidad. Mas el mundo, en vez de saciar tal sed, la excita. Pero, el alma, creada para el Cielo, no ha perdido, a pesar de su caída, la conciencia de su gran destino. La tierra no puede satisfacerle plenamente.
 
Por eso, Dios mismo se encarnó y nos prometió bienes proporcionados a nuestras aspiraciones. Acordémonos de aquellos momentos en los que el Señor, sentado junto al Pozo de Jacob, le dice a aquella mujer samaritana: “¡Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber!”
 
Examinémonos, pues, si visitamos diariamente, a ser posible, al Señor, en los Sagrarios de nuestros templos; si recibimos también a diario al Señor, o al menos los domingos y festivos, precedidos siempre de la recepción frecuente del Sacramento de la Penitencia; si vivimos la Santa Misa con gran devoción.
 
LA EUCARISTÍA, EN MILLARES DE IGLESIAS
 
 El profeta Isaías, dirigiéndose al pueblo de Israel, con palabras del Cielo, dice: “He hecho brotar aguas en el desierto, dice el Señor, y ríos en despoblado, para que beba mi pueblo, mi pueblo escogido”. Efectivamente, al multiplicar el divino Salvador su presencia en millares de iglesias, ha hecho brotar fuentes de agua viva en medio del desierto de la vida, haciéndolas correr hasta los extremos del mundo.
 
Consideremos, por tanto, si nos aprovechamos de las ventajas que poseemos, al tener tan cerca de nosotros a Jesús, en la divina Eucaristía. ¡Es tan grande el regalo, que, en cierto modo, nos envidian los ángeles!
 
Pidamos a la Santísima Virgen que nos obtenga del Señor el perdón a tanta frialdad por parte nuestra. Y oigamos las voces que, desde el Sagrario, nos dirige Jesucristo: “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba del agua de la Santa Misa, de la Confesión,  de la Comunión y de la oración”.
 
José Manuel Ardións Neo. Párroco de la Parroquia-Santuario de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

Glucophage