CRISTO, MODELO DE TRABAJADOR EN LA VIDA ORDINARIA. (Homilía: Domingo Vigésimo Tercero del Tiempo Ordinario. 9.IX.2012)

JESUCRISTO, TRABAJANDO DE CARPINTERO CON SAN JOSÉ, EN EL TALLER DE NAZARET.

En el Evangelio de la Misa de este Domingo Vigésimo Tercero del Tiempo Ordinario, Cristo se presenta como modelo de la vida corriente, ordinaria y como camino para alcanzar el Cielo.

 

“EL TRABAJO, OBLACIÓN A DIOS”, SEGÚN EL VATICANO II

 

En efecto, la mayor parte de la existencia humana de Jesús fue una vida corriente de trabajo, en un pueblo hasta entonces desconocido. Y allí, en Nazaret, lo hizo todo acabadamente bien y con perfección humana. En su pueblo, se diría de Jesús que era un buen carpintero. Incluso, añadirían que era el mejor que habían conocido.

 

Como sabemos, una buena parte de la vida de cada hombre y de cada mujer se encuentra configurada por la realidad del trabajo, y difícilmente encontraremos a una persona responsable que, por propia voluntad, esté sin ocupación o empleo. Muchos se sienten movidos a trabajar por fines humanos nobles: por ejemplo, mantener una familia o labrarse una mejor fortuna. También hay quienes se dedican a una tarea por el afán de poner en práctica y desarrollar una particular habilidad o afición, o por contribuir al bien de la sociedad, porque sienten la responsabilidad de hacer algo por los demás.

 

Podemos pensar también que otros muchos trabajan por fines menos nobles: riqueza, ambición, poder, afirmar la propia valía, obtener lo necesario para dar satisfacción a sus pasiones. Conocemos a gentes competentes que trabajan muchas horas, a conciencia, por fines exclusivamente humanos. El Señor quiere que quienes le siguen en medio del mundo sean personas que trabajen bien, con prestigio, competentes en su profesión o oficio, sin chapuzas; gentes muy distintas que se mueven por fines humanos nobles y porque el trabajo -sea el que sea- es el medio donde debemos ejercitar las virtudes humanas y las sobrenaturales; pues, como dijo el Concilio Vaticano II, ” sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quién dio al trabajo una dignidad sobreeminente, trabajando con sus propias manos en Nazaret”.

 

COMPETENCIA PROFESIONAL Y ALABANZA A DIOS

 

Cuando Jesús busca a quienes han de seguirle, escoge hombres acostumbrados al trabajo. Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, le dicen aquellos que serían sus primeros discípulos. Toda la noche, en un trabajo duro, porque les es necesario para vivir, porque son pescadores. San Pablo dice a los de Corinto: nos afanamos con nuestras propias manos. Y a los de Tesalónica, les escribe: Ni comimos el pan de balde a costa de otro, sino con trabajo y fatiga, trabajando noche y día. No se dedicaba San Pablo al trabajo por simple recreo y distración -comenta San Juan Crisóstomo-, sino que realizaba un esfuerzo tal con el  que podía subvenir a sus necesidades y a las de los otros.

 

Por lo tanto, nosotros no tenemos excusas para no trabajar con intensidad, con perfección, sin chapuzas. Efectivamente, para trabajar bien es necesario trabajar con laboriosidad, aprovechando bien las horas, pues es difícil que quién no aproveche bien el tiempo pueda acostumbrarse al sacrificio y vivir las virtudes humanas más elementales. Una vida sin trabajo se corrompe, y con frecuencia corrompe lo que haya a su alrededor, decía Santo Tomás de Aquino.

 

El Señor nos pide un trabajo humano bien realizado en el que se ponga intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección. Trabajo serio, que no solo parezca bueno sino que lo sea realmente. Y el cristiano añade algo nuevo al trabajo: lo hace por Dios. Y una tarea realizada de esta manera dignifica al que la realiza y se convierte en una continua alabanza a Dios.

 

PERFECCIÓN EN EL TRABAJO Y OFRECERLO A DIOS

 

Nuestro trabajo bien hecho y ofrecido a Dios y a los demás por Dios,  lo podemos convertir en obra divina. Evidentemente, acabar bien lo que realizamos y ofrecerlo se convierte en algo grato a Dios. El estar en los detalles por amor a Dios no empequeñece el alma sino que la agranda y perfecciona la obra que realizamos. El quehacer profesional, lo mismo que la vida familiar, social y el descanso, nos ofrecen siempre la oportunidad de tener un alma con vida interior y que hace que el pensamiento se escape, de vez en cuando, al Sagrario que está más cerca de nuestro lugar de trabajo.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


PUREZA Y CASTIDAD, EN MEDIO DEL MUNDO. (Homilía: XXII Domingo del Tiempo Ordinario. 2.IX.2012).

LA VIRGEN DE LA PUREZA Y LA CASTIDAD.

 

 En el Evangelio de este Domingo Vigésimo Segundo del Tiempo Ordinario, la pureza de corazón aparece como condición para acercarse a Dios, pues las acciones del hombre provienen primero del corazón. Y si éste está manchado, el hombre entero queda manchado.

 

IMPUREZA Y DESORDENADO DESEO DE BIENES 

 

En efecto, la impureza, es decir, lo contrario de la pureza, no sólo se refiere al desorden de la sensualidad, aunque este desorden -es decir, la lujuria- deje una huella profunda, sino también al deseo inmoderado de bienes materiales, a la actitud que lleva a ver a los demás con malos ojos, con torcida intención, a la envidia, al rencor, a la inclinación egocéntrica de pensar en uno mismo con olvido de los demás; a la abulia interior, causa de ensueños y fantasías, que impiden la presencia de Dios y un trabajo honrado. 

 

Jesús rechaza también la mentalidad que se ocultaba detrás de aquellas prescripciones, que con frecuencia había perdido todo contenido interior, en el pueblo judío; y nos enseña a amar la pureza de corazón que nos permitirá ver a Dios en medio de nuestras tareas. Él quiere reinar en nuestros afectos, acompañarnos en nuestra actividad y darle un nuevo sentido a todo lo que hacemos.

 

 LA PUREZA DEBE SER BUSCADA CON ALEGRÍA: CONFESIÓN FRECUENTE 

 

Ciertamente, la pureza de alma -castidad y rectitud interior en los afectos y sentimientos- tiene que ser plenamente amada y buscada con alegría y con empeño, apoyándonos en la gracia de Dios. La limpieza interior, condición de todo amor, se va logrando mediante una lucha alegre y constante, prolongada a lo largo de la vida, que se mantiene vigilante por el examen de conciencia diario, para no pactar con actitudes y pensamientos que alejan de Dios y de los demás, y es también el fruto de un gran amor a la Confesión frecuente bien hecha, donde ” lavamos” nuestro corazón.  

 

Con la ayuda de la gracia, que el Señor nos concede, si no ponemos obstáculos, es tarea de todos los cristianos mostrar, con una vida limpia y con la palabra, que la castidad es virtud esencial para todos -hombres y mujeres, jóvenes y adultos-, que cada uno ha de vivirla de acuerdo con  las exigencias del estado al que le llamó el Señor. Decía el beato Juan Pablo II: “es exigencia de amor. Es la dimensión de su verdad interior en el corazón del hombre”, y sin ella no sería posible amar, ni al Señor ni a los demás. Es evitar las ocasiones de peligro para la salud del alma y para la integridad de la vida espiritual. Es dejar de oír o ver determinados programas de radio o televisión. Es, cuando sea necesario, guardar los sentidos. Es no participar en una conversación que rebaja la dignidad de los presentes. Es no descuidar los detalles de pudor y de modestia en el vestir, en el aseo personal, en el deporte. Es no asistir a lugares que desdicen de un buen cristiano, aunque estén de moda o asistan la mayor parte de nuestros compañeros. Es manifestar, sin complejos, la repulsa ante espectáculos obscenos. 

 

Es verdad que, en algunas ocasiones, no será fácil vivir como buenos cristianos en ambientes que han perdido el sentido moral de la vida, pero el Señor nunca nos prometió un camino cómodo, sino las gracias necesarias para vencer. Dejarse arrastrar por respectos humanos o por miedo a parecer poco naturales, con una  “naturalidad pagana”, revelaría una personalidad débil, vulgar, y, sobre todo, poco amor a Dios. 

 

VIRGINIDAD, CELIBATO Y CASTIDAD MATRIMONIAL 

 

Tengamos en cuenta que, también ahora, como en tiempo de los primeros cristianos, muchos hombres y mujeres en medio del mundo -sin ser mundanos- procuran vivir la virginidad y el celibato por amor del Reino de los Cielos; y una gran muchedumbre de esposos cristianos -padres y madres de familia- viven santamente la castidad, según su estado matrimonial. Unos y otros son testigos de un mismo amor cristiano, que se adecúa a la vocación de cada uno, como enseña la Iglesia. 

 

Decía el papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica “Familiaris consortio” que, “el matrimonio, la virginidad y el celibato son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo”. Por lo tanto, nosotros, cada uno en su estado -soltero, casado, viudo, sacerdote- en que ha sido llamado, debemos pedir al Señor que nos conceda un corazón bueno, limpio, capaz de comprender a todas las criaturas y de acercarlas a Dios; capaz también de una bondad sin límites para quienes acuden, quizá rotos por dentro, pidiendo y a veces mendigando luz y aliento para salir a flote. 

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de la Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA LIBERTAD ES LA POSIBILIDAD DE HACER EL BIEN; DETERMINARSE POR EL MAL ES FALTA DE LIBERTAD. (HOMILÍA: XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. 26.VIII.2012).

SEÑOR, ¿A QUIEN VAMOS A ACUDIR? TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA.

Nosotros, los católicos, desde el Bautismo, hemos dicho que sí, para siempre, a Jesús. Hemos abrazado la Verdad, la Vida, el Amor. Y tal vez en algunas ocasiones de duda hemos tenido que acercarnos y decirle como San Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Sin Ti nada tiene sentido. Sin embargo, para muchos, desgraciadamente, la libertad significa seguir los impulsos o los instintos, dejarse llevar por las pasiones o por lo que les apetece en un momento dado. En realidad, estos hombres -¡tantos!- por desgracia, están olvidando que, como dijo el beato Juan Pablo II, “la libertad es ciertamente un derecho humano y básico, pero ella no se caracteriza por el poder de elegir el mal, sino por la posibilidad de hacer responsablemente el bien, reconocido y deseado como tal”. Un hombre que tenga un equivocado y pobre concepto de la libertad rechazará toda verdad, que proponga una meta válida y obligatoria para todos los hombres, porque le parecerá como un enemigo de su libertad. 

 

SERVICIO DE LA AUTORIDAD, EN LA IGLESIA 

 

Si hemos elegido a Cristo, si Él es el verdadero objetivo de nuestros actos, por encima de cualquier otro, todo aquello que nos indique cómo progresar hacia Él o nos señale los obstáculos que de Él nos separan, lo veremos como un bien inmenso, como una valiosa orientación por la que nos sentimos hondamente agradecidos. 

 

Ciertamente, la autoridad de la Iglesia, en sus enseñanzas de fe o de moral, es un servicio. Es la señalización del camino que lleva al Cielo. Merece toda confianza, porque goza de una autoridad divina. No se impone a nadie. Se ofrece, sencillamente, a los hombres. Y cada uno puede, si quiere, apropiarse de ella, hacerla suya. 

 

LA LIBERTAD ESTÁ EN EL SEGUIMIENTO DE CRISTO

 

 Las señales que el Señor nos va dando son de fiar: son brillantes puntos que iluminan el camino. Quién trata de responder sinceramente a las gracias de Dios experimenta que, en el seguimiento de Jesús, encuentra la libertad. “Los Mandamientos entonces no se sienten ya como una imposición que viene de fuera sino como una exigencia que nace de dentro, y a la cuál, por tanto, la persona se somete de buen grado, libremente, porque sabe que, de este modo, puede realizarse en plenitud”. Así lo afirmó el papa beato Juan Pablo II en el mensaje para la Jornada de la Paz, del año 1980. “El hombre -añade el papa Juan Pablo II- no puede ser auténticamente libre ni promover la verdadera libertad si no reconoce y no vive la trascendencia de su ser por encima del mundo y su relación con Dios, pues la libertad es siempre la del hombre creado a imagen de su Creador”. 

 

La libertad radical del hombre se sitúa, pues, al nivel más profundo: el de la apertura a Dios por la conversión del corazón, ya que es en el corazón del hombre donde se sitúan las raíces de toda violación de la libertad.  Efectivamente, cada día que seguimos a Cristo experimentamos, con más fuerza, la alegría de nuestra elección y el ensanchamiento de nuestra libertad. Y vemos, a nuestro alrededor, cómo viven en servidumbre quienes un día volvieron la espalda a Dios o no quisieron conocerle.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


JESÚS REVELA EL GRAN MISTERIO DE LA EUCARISTÍA. (Homilía: XX Domingo del Tiempo Ordinario. 19.VIII.2012).

JESUCRISTO REVELA EN LA SINAGOGA DE CAFARNAÚN SU PRESENCIA REAL EN LA EUCARISTÍA.

Jesús revela el gran misterio de la Sagrada Eucaristía, cuando, en la sinagoga de Cafarnaún dijo:Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

 

FE EN LA PRESENCIA REAL DE CRISTO

 

Las palabras del Señor son de un realismo tan grande, que excluyen cualquier otra interpretación. Sin la fe, estas palabras no tienen sentido. Por el contrario, aceptada por la fe la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la revelación de Jesús resulta clara e inequívoca, y nos demuestra el infinito amor que Dios nos tiene.

 

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias, decimos con el himno a la Sagrada Eucaristía que compuso Santo Tomás de Aquino y que , desde hace siglos, fue adoptado por la liturgia de la Iglesia. Es una expresión de fe y de piedad, que puede servir para manifestar nuestro amor, porque constituye un resumen de los principales puntos de la doctrina católica sobre este sagrado Misterio.

 

Quienes estaban aquel día en la sinagoga entendieron el sentido profundo y realista de las palabras del Señor. De haberlo entendido en un sentido simbólico o figurado no les hubiera causado la extrañeza y confusión que San Juan describe en su Evangelio y no hubiera sido ocasión de que muchos le dejaran aquel día. Dura es esta enseñanza, dicen mientras se marchan. Es dura – sigue siendo dura- para quienes no están dispuestos, para quienes no admiten sin sombra alguna que Jesús de Nazaret, Dios, que se hizo hombre y se comunica de este modo a los hombres por amor. Decirle Te adoro, Dios escondido, es una actitud imprescindible para acercarnos a este misterio de amor.

 

Y, al ver la desorientación y la confusión en que andan tantos cristianos que se separaron del tronco de la fe o que tienen el alma como adormecida para lo sobrenatural, nuestra fe en la presencia real de la Eucaristía debe ser muy firme. Como dijo el Papa Pablo VI, en el Credo del Pueblo de Dios: “Creemos que, como el pan y el vino, consagrados por el Señor en la Última Cena, se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que enseguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la Cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sentado gloriosamente en el Cielo; y creemos que la presencia misteriosa del Señor, bajo la apariencia de aquellos elementos, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y substancial”.

 

ESTE ES EL MISTERIO DE NUESTRA FE

 

“Este es el misterio de nuestra fe”, se proclama inmediatamente después de la Consagración, en la Santa Misa. Por la transubstanciación, las especies de pan y vino “ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, signo de un alimento espiritual; pero adquieren un  nuevo significado y un  nuevo fin en cuanto contienen una “realidad”, que con razón denominamos ontológica, porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes sino una cosa completamente diversa, el Cuerpo y Sangre de Cristo. Bajo ellas, Cristo todo entero está presente en su realidad física aún corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en un lugar”, dijo el mismo Pablo VI en la encíclica ” Mysterium fidei”.

 

Nuestra fe y nuestro amor se deben poner particularmente de manifiesto en el momento de la Comunión. Recibimos a Jesucristo, Pan vivo que ha bajado del Cielo, el alimento absolutamente necesario para llegar a la meta. En la Sagrada Comunión se nos entrega el mismo Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Cuando le recibimos en este sacramento, su divinidad actúa en nuesta alma, mediante su Humanidad gloriosa. Y, los efectos que produce este Pan vivo, Jesús, en nuestra alma, son incontables y de una riqueza infinita. La Iglesia lo sintetiza en estas palabras que son del Concilio de Florencia, en el año 1322: ” Todo el efecto que la comida y la bebida material obran en cuanto a la vida del cuerpo, sustentando, reparando y deleitando, eso lo realiza este sacramento en cuanto a la vida espiritual”.

 

EFECTOS DE LA COMUNIÓN

 

La Comunión sustenta la vida del alma de modo semejante a como el alimento corporal sustenta al cuerpo. La recepción de la Sagrada Eucaristía mantiene al cristiano en gracia de Dios, pues el alma recupera las fuerzas del continuo desgaste que sufre, debido a las heridas que permanecen en ella por el pecado original y los propios pecados personales. Mantiene la vida de Dios en el alma librándola de la tibieza; y ayuda a evitar el pecado mortal y a luchar eficazmente contra los pecados veniales.

 

La Sagrada Eucaristía aumenta también la vida sobrenatural, la hace crecer y desarrollarse. Y, a la vez, da al alma más deseos de los bienes eternos. También la gracia que recibimos en cada Comunión deleita a quien comulga bien dispuesto. Nada se puede comparar a la alegría de la Sagrada Eucaristía, a la amistad y cercanía de Jesús presente en nosotros. Decía el Santo Cura de Ars :” Jesucristo durante su vida mortal, no pasó jamás por lugar alguno sin derramar sus bendiciones en abundancia, de lo cual deducimos cuán grandes y preciosos deben ser los dones de que participan quienes tienen la dicha de recibirle en la Sagrada Comunión; o mejor dicho, que toda nuesta felicidad, en este mundo, consiste en recibir a Jesucristo en la Sagrada Comunión”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).