LA REALIDAD DE LA EXISTENCIA DEL INFIERNO ES UNA LLAMADA A SER INSTRUMENTOS DE SALVACIÓN PARA MUCHOS. (HOMILÍA: Domingo Vigésimo Sexto del Tiempo Ordinario: 30.IX.2012).

UNA VISION DEL INFIERNO

La realidad de la existencia del Infierno, que nos enseña la fe, es una llamada a ser, para muchos, instrumentos de salvación. Pidamos, por tanto, a la Virgen María, que nos prepare el camino seguro, que termine en la eterna felicidad del Cielo.  

 

LA ÚNICA META DE NUESTRA VIDA ES LA SALVACIÓN ETERNA  

 

En efecto, entre todos los logros de la vida, uno solo es verdaderamente necesario: llegar hasta la meta que Dios mismo nos ha propuesto, que es el Cielo. Por alcanzarlo, debemos apartar todo lo que se interponga en el camino, por muy valioso o atractivo que pueda parecer. Todo debe estar subordinado a la única meta de nuestra vida: la salvación eterna. Así nos lo dice el Evangelio de este domingo: “Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la Vida que ser echado con los dos pies al abismo. Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado con los dos ojos al Infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.  

 

Con estas imágenes tan gráficas, el Señor nos enseña la obligación que tenemos de evitar los peligros de ofenderle y el deber grave de apartar la ocasión próxima de pecado, pues, como se dice en el Libro del Eclesiástico, el que ama el peligro, en él caerá. Por tanto, todo aquello que nos puede poner cerca del pecado, debe ser echado fuera enérgicamente. No podemos jugar con nuestra salvación, ni con la de los demás. Ciertamente, si tenemos claro el fin de la vida, trataremos de rectificar con tenacidad los obstáculos, para que dejen de serlo y, se conviertan en verdaderas ayudas.  

 

EL INFIERNO EXISTE  

 

Efectivamente, la vida del cristiano ha de ser un continuo caminar hacia el Cielo. Al final de nuestro paso por la tierra, encontramos esta única alternativa: o el Cielo (pasando por el Purgatorio, si hemos de purificarnos)) o el Infierno, el lugar del fuego inextinguible, del que el Señor habló explícitamente en muchas ocasiones. Tenemos que pensar que, si el Infierno no tuviera una entidad real, y si  no hubiera una posibilidad también real de que los hombres terminaran en él, Cristo no nos habría revelado su existencia, con tanta claridad; y no nos hubiera advertido tantas veces, diciendo: ¡estad vigilantes!.

 

Debemos pensar también que el demonio no ha renunciado a lograr la perdición de ningún hombre, de ninguna mujer, mientras peregrine en este mundo hacia su fin definitivo; de ninguno ha desistido, cualquiera que sea el puesto y la misión que haya recibido de Dios. La existencia del castigo eterno, reservado a los que obren el mal y mueran en pecado mortal, está revelada en muchos textos del Antiguo Testamento. Y, en el Nuevo, Jesucristo habló del castigo preparado para el diablo y sus ángeles, que sufrirán también los siervos malos que no cumplieron la voluntad de su señor.  

 

Por lo tanto, no es el Infierno una especie de símbolo para la exhortación moral, más a propósito para ser predicado en otros momentos históricos, en los que la humanidad estaba menos evolucionada. Es una realidad dada a conocer por Jesucristo, tan tristemente objetiva que le llevó a mandarnos vivamente -como leemos en el Evangelio- que dejáramos cualquier cosa, por importante que sea, con tal de no parar allí para siempre. Es una verdad de fe, constantemente afirmada por el Magisterio de la Iglesia. Recuerda el Concilio Vaticano II que “debemos vigilar constantemente, no sea que seamos arrojados al fuego eterno”.

 

Además la existencia del Infierno es una verdad de fe, definida por el Magisterio de la Iglesia.  Sería un grave error no llevar este tema trascendental a nuestra consideración o silenciarlo en la predicación, en la catequesis o en el trato personal. Advertía el beato Juan Pablo II, en la Exhortación Reconciliación y Penitencia, quela Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante catequesis sobre los cuatro novísimos del hombre: Muerte, Juicio (particular y universal), Infierno y Gloria. En una cultura, que tiende a encerrar al hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los Pastores de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine, con la certeza de la fe, el más allá de la vida presente. Más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad de gozo en la comunión con Dios o de pena lejos de Él”.  

 

El Señor quiere que nos movamos por amor, pero, dada la debilidad humana, consecuencia del pecado original y de los pecados personales, ha querido manifestarnos a dónde conduce el pecado, para que tengamos un motivo más que nos aparte de él: el santo temor de Dios. Por su parte, los santos han tenido como un gran bien las revelaciones que Dios les hizo acerca de la existencia del Infierno y de la enormidad de sus penas. Efectivamente, escribe Santa Teresa de Jesús: “fué una de las mayores mercedes que Dios me ha hecho, para perder el miedo a las tribulaciones de esta vida”.  

 

DESAGRAVIO Y REPARACIÓN  

 

El Evangelio de la Misa de este domingo recoge también estas palabras de Jesús: al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen en Mí, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Ciertamente, pocas palabras encontramos en el Evangelio tan fuertes como éstas; pocos pecados tan graves como el de causar la ruina de un alma. Y, los pequeños, para Jesús, son en primer lugar los niños, en cuya inocencia se refleja de una manera particular la imagen de Dios. Pero también lo son esa inmensa muchedumbre de personas sencillas, con menos formación y, ciertamente, más fáciles de escandalizar.  

 

Ahora bien, ante las muchas causas de escándalo que diariamente se dan en el mundo, el Señor nos pide desagravio y reparación por tanto mal, y que seamos ejemplos vivos que arrastren a otros a ser buenos cristianos; y que movamos a muchos a que acudan al Sacramento de la Penitencia o Confesión, donde se enderecen los pasos torcidos. 

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, n 253).    


LA AUTORIDAD, TANTO EN LA IGLESIA COMO EN LA SOCIEDAD, ESTÁ PARA SERVIR. (Homilía: Domingo Vigésimo Quinto del Tiempo Ordinario. 23.IX.2012).

EL PAPA BENEDICTO XVI,”EL SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS”,”EL DULCE CRISTO EN LA TIERRA”.

 

La Autoridad, tanto en la Iglesia como en la Sociedad, está para servir. Santa Catalina de Siena decía del Papa que “es el dulce Cristo en la Tierra”. Y desde muy antiguo los Romanos Pontífices han adoptado el título de Servus servorum Dei, es decir, El siervo de los siervos de Dios.

 

EJERCER LA AUTORIDAD ES UN SERVICIO

 

En determinada ocasión, los discípulos discutían, a espaldas del Señor, sobre quien sería el mayor. Al llegar a Cafarnaún, estando ya en casa, Jesús les preguntó por la discusión que habían mantenido en el camino. Ellos, avergonzados, callaban. Entonces Jesús se sentó y, llamando a los Doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. Y, para hacer más gráfica la enseñanza, tomó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como éste, en mi nombre, me acoge a Mí; y el que me acoge a Mí, no me acoge a Mí, sino al que me ha enviado.

 

Con esto, el Señor quiere enseñar a los que han de ejercer la autoridad en la Iglesia, en la familia, en la sociedad, que esa facultad es un servicio que se presta. Nos habla igualmente a todos de humildad y abnegación, para saber acoger en los más débiles a Cristo mismo. Y podemos pensar también, como dicen varios autores espirituales, que en ese niño que abraza Jesús, en cierto modo, están representados todos los niños del mundo, y también todos los hombres necesitados, desvalidos, pobres y enfermos.

 

OBEDECER POR AMOR A CRISTO

 

En primer lugar, en el Evangelio de este Domingo, el Señor quiere enseñar, principalmente a los Doce, como han de gobernar la Iglesia. Les indica que ejercer la autoridad es servir. La palabra autoridad procede del vocablo latino auctor, es decir, autor, promotor o fuente de algo. En segundo lugar, el mismo Señor precisa que la autoridad es necesaria en toda sociedad; y en la Iglesia ha sido querida directamente por Jesucristo. Porque, cuando en una sociedad no se ejerce, o se manda indebidamente, se hace un daño a sus miembros, que puede ser grave, sobre todo si el fin de esa corporación o grupo social es esencial para los individuos que la componen.

 

Por su parte, en la Iglesia, la autoridad se ha de ejercer como lo hizo Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir, como Él mismo dijo en unas palabras que recoge San Mateo, en su Evangelio. Ciertamente, su servicio a la humanidad va encaminado a la salvación, pues vino a dar su vida en redención de muchos, es decir, de todos. Y los Apóstoles fueron entendiendo estas enseñanzas del Maestro y las comprenderían en toda su plenitud, después de la venida del Espíritu Santo, en los días de Pentecostés.

 

Precisamente, San Pedro escribirá años más tarde, a los presbíteros, que debían apacentar el rebaño de Dios a ellos confiado, no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo.Y San Pablo afirmará, en su primera Carta a los de Corinto, que no está sometido a nadie, sino que se hace siervo de todos para ganarlos a todos. En efecto, una profunda conciencia de esta verdad se refleja en el título adoptado, desde antiguo, por los Romanos Pontífices: Servus servorum Dei, el siervo de los siervos de Dios.

 

Decía el venerable Álvaro del Portillo que los buenos Pastores, en la Iglesia, han de saber “armonizar perfectamente la entereza que, en el seno de la familia, descubrimos en el padre con la amorosa intuición de la madre, que trata a sus hijos desiguales de desigual manera”. Por lo tanto, hemos de pedir que no falten nunca buenos pastores en la Iglesia que sepan servir a todos con abnegación y especialmente a los más necesitados de ayuda. Y nuestra oración ha de ser diaria por el Romano Pontífice, los obispos, los sacerdotes,  y todos aquellos constituidos en autoridad.

 

EL BIEN DE LA AUTORIDAD

 

Se sirve al ejercer la autoridad, como sirvió Cristo. Y se sirve obedeciendo, como el Señor, que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Y para obedecer hemos de entender que la autoridad es un bien, un bien muy grande, sin el cual no sería posible la Iglesia, tal como Cristo la fundó.

 

 Ciertamente, cualquier comunidad que quiera subsistir tiende naturalmente a buscar alguien que la dirija, sin lo cual pronto dejaría de existir. La vida ordinaria ofrece numerosos ejemplos de tal tendencia, en el espíritu comunitario, de buscar la autoridad. Ciertamente, tal autoridad no es objeto de temor, sino de respeto y acatamiento. Y así debe pasar también en la Iglesia, donde además la vida de fe y el sentido sobrenatural nos deben hacer ver, en sus mandatos y consejos, al mismo Cristo.

 

Finalmente, para obedecer tenemos que aprender a ser humildes, pues en cada uno de nosotros existe un principio disgregador, herencia del pecado original, que puede encontrar cualquier excusa para no someter la voluntad a quienes el Señor ha puesto para conducirnos a Él. Para ello, hemos de amar y vivir la obediencia, la sencillez, la sinceridad, la lealtad. Y, todo, con sentido sobrenatural, para que la virtud de la obediencia sea auténtica. Acudamos a Santa María que quiso ser la Ancilla Domini, la Sierva del Señor. Y Ella nos enseñará de verdad a servir –como dijo el Concilio Vaticano II-, tanto al ejercer la autoridad como al obedecer.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


EL CENTRO DE LA VIDA DE UN CRISTIANO ES LA SANTA MISA. ( Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. 16.IX.2012).

VISIÓN DE LA PIEDAD CON QUE SE VIVE LA SANTA MISA EN EL CIELO (ARRIBA) Y EN LA TIERRA (ABAJO).

Jesús pregunta a sus discípulos ¿ Quién dice la gente que soy yo?. Los apóstoles le cuentan que unos decían que era Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los profetas. ¿Y vosotros quién decís que soy yo?, pregunta el Maestro. Y Pedro sin titubeos respondió: Tú eres el Mesías.

 

LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES EN LA SANTA MISA

 

También el Señor tiene derecho a pedirnos a nosotros una clara confesión de fe, con palabras y con obras, en medio de un mundo en el que se convierte en normal la confusión, la ignorancia y el error. Los cristianos tenemos un vínculo con Jesucristo que nació en el Bautismo, y que ha de crecer día a día. En este sacramento se estableció una íntima y profunda unión con Cristo, porque en Él recibimos su mismo espíritu y fuimos elevados a la dignidad de hijos de Dios.

 

Cristo mismo nos enseñó, la forma en que estamos unidos a Él cuando dijo: Yo soy la Vid. Vosotros los sarmientos. Y es tan fuerte la unión a la que podemos llegar los cristianos, que San Pablo la expresó con esta frase: Vivo, pero no yo; es Cristo quién vive en mí.

 

En cada misa, Cristo se ofrece, en primer lugar, por todos los bautizados. Y, por esta unión con Cristo, a través de la Iglesia, los fieles ofrecen el sacrificio juntamente con Él, y con el Señor se ofrecen también a si mismos. Participan, por tanto, de la Misa como oferentes y como ofrendas. Y, sobre el altar, Jesucristo, hace presentes a Dios Padre los padecimientos redentores que soportó en la Cruz, y también los de sus hermanos. Por lo tanto, en la Santa Misa conocemos bien a Cristo, se hace firme nuestra fe y nos fortalecemos para confesar abiertamente que Jesucristo es el Mesías, el Unigénito de Dios, que ha venido para la salvación de todos los hombres.

 

EL SACERDOTE Y LOS FIELES

 

En la misma Santa Misa, sólo por las palabras del sacerdote -en cuanto representa a Cristo-, en el momento de la Consagración, se hace presente el mismo Cristo sobre el altar, y los fieles participan en esa oblación que se hace a Dios Padre, para bien de toda la Iglesia. Y, juntamente con el sacerdote ofrecen el sacrificio, uniéndose a sus intenciones de petición, de reparación, de adoración y de acción de gracias; más aún, se unen al mismo Cristo, Sacerdote eterno, y a toda la Iglesia. Así lo explica el papa Pío XII, en la Encíclica Mediator Dei.

 

Decía el papa Pablo VI en la Instrucción Eucharísticum mysterium que, en la Misa, podemos ofrecer cada día todas las cosas creadas y todas nuestras obras: el trabajo, el dolor, la vida familiar, la fatiga y el cansancio, y las iniciativas de apostolado que queremos llevar a cabo en ese día. El Ofertorio es un momento muy adecuado para presentar nuestras ofrendas personales que se unen entonces al sacrificio de Cristo. Y no solo ofreceremos las realidades de nuestra existencia, sino que nos ofreceremos a nosotros mismos en lo más íntimo de nuestro ser.

 

Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso. En efecto, acudimos a la Misa para hacer nuestro el Sacrificio único de Cristo, de infinito valor. Nos lo apropiamos y nos presentamos ante la Trinidad Beatísima revestidos de los incontables méritos de Jesucristo, aspirando, con certeza, al perdón, a una mayor gracia en el alma y a la vida eterna. Adoramos con la adoración de Cristo, satisfacemos con los méritos de Jesús, pedimos con su voz. Todo lo suyo se hace nuestro. Y todo lo nuestro se hace suyo: oración, trabajo, alegrías, pensamientos y deseos.

 

Y cuanto hacemos adquiere valor, en la medida en que se ofrece con Cristo, Sacerdote y Víctima, sobre el altar. Nuestra participación en la Misa culmina con la Sagrada Comunión, la más plena identificación con Cristo que jamás pudimos soñar. Pensemos cómo es nuestra Misa, como son nuestras comuniones. ¿Nos confesamos con frecuencia?. ¿Sabemos que no se puede comulgar en pecado mortal?. ¿Procuramos prepararnos bien?. ¿Rechazamos con prontitud cualquier distracción voluntaria?. ¿Hacemos actos de fe y de amor?

 

VIVIR LA MISA: EN, ANTES Y DESPUÉS

 

Toda la Trinidad se encuentra presente en la Santa Misa y, por eso, el Sacrificio Eucarístico es el mejor modo de corresponder al amor divino. La Misa, decía San Josemaría “es el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano”. Durante la Misa ofrecemos todo lo que vamos haciendo en el transcurso de la jornada. Y así, nuestro día, de un modo misterioso pero real, forma parte de la Misa: es, en cierto modo, una prolongación del Sacrificio del Altar. E, incluso, las mismas flaquezas se purifican, en cuanto forman parte de una vida ofrecida a Dios. Y el trabajo estará mejor realizado si pensamos que lo hemos puesto en la patena del sacerdote. Y, a la vez, el mismo trabajo y todas las incidencias de la jornada son excelente preparación de la Misa del día siguiente.

 

Finalmente, para conseguir los frutos que el Señor nos quiere dar en cada Misa, debemos además cuidar la preparación del alma. Y, la preparación en los ritos litúrgicos, ha de ser consciente, piadosa y activa, como afirma el Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium. Para ello, debemos cuidar la puntualidad que es muestra de delicadeza para con Dios y para con los demás fieles, el arreglo personal, el modo de estar de rodillas, cuando indica la Santa Madre Iglesia, y como quién está ante su Dios y su Señor, con la reverencia y el respeto debido, que son señal de fe y de amor. Y, según los ritos de la acción litúrgica, se deben hacer propias las aclamaciones, los cantos, los silencios (oración callada) y sin prisas, llenando de actos de fe y amor toda la Misa, pero particularmente el momento de la Consagración, estando de rodillas, salvo los impedidos para ello.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado Vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).

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