SÓLO EL SERVIR A DIOS HACE AL HOMBRE FELÍZ. (Homilía: Solemnidad de Todos los Santos. 1.XI.2012).

                         EL SEÑOR EXPONE LAS BIENAVENTURANZAS, A UNA MULTITUD

Sólo el servir a Dios hace al hombre felíz. El verdadero cristiano, en medio de la pobreza, el dolor o el abandono, puede dirigirse a Dios y decirle como afirmaba San Pablo: “sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones”.  Por el contrario, un hombre, al margen de Dios, puede sentirse muy desgraciado en medio de la opulencia y la posesión de todos los goces de la tierra.

 

CAMINOS PARA SER FELICES

Buscar el éxito humano como un fin en sí mismo, es un camino que el Señor no puede bendecir. Es cierto que en todos los hombres existe una tendencia irresistible a ser felices; éste es el fin que todos sus actos se proponen; pero muchas veces buscan la felicidad donde no se encuentra, donde no hallarán  sino  miseria. Por su parte, el Señor nos señala los caminos para ser felices sin límite y sin fin en la vida eterna, y también para serlo en esta vida, viviendo con plena dignidad, como conviene a la condición de persona. Son caminos bien diferentes a los que, con frecuencia, suele escoger el hombre. Buscad al Señor los humildes que cumplís sus mandamientos. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor, se dice en el libro de Sofonías, del Antiguo Testamento.

 

Efectivamente, la pobreza de espíritu, el hambre de justicia, la misericordia, la limpieza de corazón y el soportar ser rechazados por causa del Evangelio manifiestan una misma actitud del alma: el abandono en Dios. Y ésta es la postura que nos impulsa a confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional. Es la postura de quien no se contenta con los bienes y consuelos de las cosas de este mundo, y tiene puesta su esperanza última más allá de estos bienes, que resultan pobres y pequeños para una capacidad tan grande como es la del corazón humano. Por desgracia, ¡cuántos se transforman en hombres vacíos, porque se sienten satisfechos con lo que ya tienen!. Y, sin embargo, el Señor nos invita a no contentarnos con la felicidad que nos pueden dar unos bienes pasajeros, y nos anima a desear aquellos que Él tiene preparados para nosotros.

 

LA FELICIDAD VIENE DE DIOS

 

Así como ninguna cosa de la tierra puede dar la felicidad que todo hombre busca, tampoco nada, si estamos unidos a Dios, puede quitárnosla. Nuestra felicidad y nuestra plenitud vienen de Dios. El Concilio Vaticano II, en un Mensaje a la Humanidad: A los pobres, a los enfermos, a todos los que sufren, dice lo siguiente: “¡Oh vosotros que sentís más pesadamente el peso de la cruz! Vosotros que sois pobres y desamparados, los que lloráis, los que estáis perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; sois los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si queréis, salváis el mundo”.

 

Pensemos que seremos necesariamente felices si estamos abiertos a los caminos de Dios en nuestras vidas, y si aceptamos la buena nueva del Evangelio. No se debe  tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas -dice San Basilio-; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo; ni al sabio por su gran elocuencia. Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad. Sabemos que, muchas veces, estos mismos bienes se convierten en males y en desgracia para la persona que los posee y para los demás, cuando no están ordenados según el querer de Dios. Sin el Señor, el corazón se sentirá siempre insatisfecho y desgraciado.

 

POR LOS CAMINOS, FUERA DE DIOS, SÓLO  SE  ENCUENTRA SOLEDAD Y TRISTEZA

 

Cuando para encontrar esa felicidad los hombres ensayamos otros caminos que no son los de la voluntad de Dios, que no son los que nos ha trazado Jesucristo, al final sólo se encuentra soledad y tristeza. La experiencia de todos los que no quisieron entender a Dios, que les habla de distintas maneras, ha sido la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay felicidad estable y duradera. Lejos del Señor sólo se recogen frutos amargos y, de una forma u otra, se acaba como el hijo pródigo fuera de la casa paterna: comiendo bellotas y apacentando puercos.

 

Sólo son dichosos quienes buscan a Cristo, quienes piden y fomentan el deseo de ser buenos católicos. En Cristo están presentes todos los bienes que constituyen la verdadera felicidad. Alégrense, por tanto, los corazones de los que buscan al Señor. Cuando falta la alegría, la causa está en que en esos momentos no buscamos de verdad al Señor, en el trabajo, en la profesión, en quienes nos rodean, o tal vez en las contradicciones. ¡Que se alegren los corazones que buscan al Señor!

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


IMITEMOS LA FE EN JESUCRISTO DEL CIEGO BARTIMEO. (Homilía: Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario. 28.X.2012).

JESÚS CURA AL CIEGO BARTIMEO,EN JERICÓ.

 

El Evangelio de la Misa del Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario relata que Jesús, al salir de Jericó, de camino hacia Jerusalén, pasó cerca de un ciego llamado Bartimeo, que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Tal ciego, al sentir el tropel de gente, preguntó qué era aquello. Y le dicen: Es Jesús de Nazaret.

 

¡HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ!

 

Y, efectivamente, al oír este nombre se llenó de fe el corazón de Bartimeo. Y comenzó a gritar con todas sus fuerzas: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!. El Santo Evangelio dice que quienes le rodeaban le reprendían para que callase. San Agustín comenta que cuando un alma se decide a seguir el Señor, con frecuencia encuentra obstáculos, en las personas que le rodean. Por su parte, Bartimeo no les hace el menor caso. Jesús es su gran esperanza, y no sabe si volverá a pasar de nuevo cerca de su vida. Y, en vez de callar, clama más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!

 

Comentando este pasaje evangélico, dijo el célebre San Agustín, en el curso de un sermón: “¿Por qué has de obedecer los reproches de la turba y no caminar sobre las huellas de Jesús que pasa? Os insultarán, os morderán, os echarán atrás, pero tú clama hasta que lleguen tus clamores a los oídos de Jesús, pues quien fuere constante en lo que el Señor mandó, sin atender el parecer de las turbas y sin hacer caso de los que siguen aparentemente a Cristo, antes prefiere la vista que Cristo ha de darle al estrépito de los que vocean, no habrá poder que le retenga, y Jesús se detendrá y le sanará”.Y sobre este mismo pasaje evangélico, afirmó el Papa San Gregorio Magno que “cuando insistimos fervorosamente en nuestra oración, detenemos a Jesús que va de paso”. Y vemos como la oración del ciego es escuchada. Ha logrado su propósito, a pesar de las dificultades externas, de la presión del ambiente.

 

¡ÁNIMO, JESÚS TE LLAMA!

 

Dice el Evangelio que, entonces, la comitiva se detiene y Jesús manda llamar a Bartimeo: ¡Ánimo!, levántate, te llama. Él arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. El Señor le pregunta: ¿ Qué quieres que haga por ti? Como observamos, Jesús desea que le pidamos, aunque conoce de antemano nuestras necesidades y quiere remediarlas. Y comenta el Papa San Gregorio Magno que “el ciego  contestó enseguida: Señor, que vea. No pide al Señor oro, sino vista. Poco le importa todo, fuera de ver, porque aunque un ciego puede tener otras muchas cosas, sin la vista no puede ver lo que tiene. Imitemos, pues -concluye el Pontífice-, al que acabamos de oír”. Imitémosle, sí, en su fe grande, en su oración perseverante, en su fortaleza, para no rendirse ante el ambiente adverso.

 

Y, por su parte, el célebre Orígenes, en su obra Homilías sobre San Mateo,  sobre este pasaje evangélico, dice: “Ojalá que, dándonos cuenta de nuestra ceguera, sentados junto al camino de las Escrituras y oyendo que Jesús pasa, le hagamos detenerse junto a nosotros con la fuerza de nuestra oración”, que debe ser como la de Bartimeo: personal, directa, sin anonimato. A Jesús le llamamos por su nombre y le tratamos de modo directo y concreto.

 

SEGUIR Y CONFESAR A JESÚS

 

Ahora bien, la historia de Bartimeo puede ser nuestra propia historia, pues también nosotros estamos ciegos para muchas cosas, y Jesús puede estar pasando junto a nuestra vida. Y quizá ha llegado el momento de decirle a Jesús como Bartimeo: Señor, que vea. Y repetirlo muchas veces, sobre todo en materias relacionadas con la fe, o en momentos de oscuridad o cuando la oración se hace más costosa y la fe parece debilitarse. Precisamente, ese es el momento de mostrarle a Dios nuestra lealtad y nuestra fidelidad, redoblando el empeño por agradarle.

 

Lo único que sabemos de Bartimeo por Evangelios después de su curación, es que seguía a Jesús por el camino, glorificando a Dios. Y que todo el pueblo, al presenciarlo, alabó a Dios. Y así tenemos que hacer nosotros porque hemos recibido muchas gracias, incluso mayores que las de Bartimeo. Y es muy posible que Jesús espera que comuniquemos a los demás tales gracias, para que también ellos encuentren a Jesucristo, presente en los caminos de nuestro tiempo.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrd, nº 253).


EXAMINEMOS HOY NUESTRA DISPOSICIÓN DE SERVICIO A LOS DEMÁS EN LA PROFESIÓN, EN EL HOGAR, EN UN CARGO DE RESPONSABILIDAD…(Homilía: Domingo Vigésimo Nono del Tiempo Ordinario. 21.X.2012).

SANTIAGO Y JUAN LE DIJERON A JESÚS:”CONCÉDENOS SENTARNOS, EN TU GLORIA, UNO A TU DERECHA Y OTRO A TU IZQUIERDA”.

Examinemos si tenemos una disposición de servicio en el ejercicio de la profesión, si realmente servimos a la sociedad a través de ella, si en nuestro hogar, en el lugar de trabajo, imitamos al Señor, que no vino a ser servido, sino a servir. De modo particular, este espíritu de servicio se ha de poner de manifiesto si ejercemos un cargo de responsabilidad, de autoridad o de formación.

 

SERVICIOS QUE PODEMOS PRESTAR

 

En efecto, el Evangelio de la Misa del Domingo Vigésimo Nono del Tiempo Ordinario recoge la petición de los hijos de Zebedeo de ocupar los puestos primeros en el nuevo Reino. Jesús les dice que ellos no han de comportarse como los reyezuelos que oprimen y avasallan a sus súbditos. No será así la autoridad de la Iglesia; por el contrario, quien quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero sea esclavo de todos.

 

Es un nuevo señorío. La vida de Cristo es una constante ayuda a los hombres, y  su doctrina, una invitación a servir a los demás. Él es el ejemplo que debe ser imitado por quienes ejerzan la autoridad en su Iglesia y por todos los cristianos. Siendo Dios y Juez que ha de venir a juzgar al mundo, no se impone, sino que sirve por amor hasta dar su vida por todos.

 

UN INCANSABLE SERVICIO

 

Ciertamente, la vida de Jesús es un incansable servicio -incluso material- a los hombres: los atiende, los enseña, los conforta. Y, por nuestra parte, nosotros servimos al Señor cuando procuramos ser ejemplares en el cumplimiento de los propios deberes, y cuando nos esforzamos en dar a conocer las enseñanzas de la Iglesia, con claridad y con valentía, en un mundo confuso, ignorante y frecuentemente errado en puntos claves, incluso de la ley natural.

 

Por su parte, el ejercicio de la profesión hemos de entenderlo, no sólo como un medio de ganar lo necesario y para desarrollar noblemente la propia personalidad, sino como un servicio a la sociedad, un medio de contribuir al desarrollo y al necesario bienestar. Algunas profesiones -como lo es la medicina-, constituyen un servicio directo a las personas y dan mayor posibilidad de ejercitar una serie de virtudes que vuelven al corazón más generoso y humilde. La figura de Cristo atendiendo a quienes se le acercan, lavando los pies a los discípulos, etc., ha de ser un poderoso estímulo para atender a aquellos que, por deber profesional, nos son encomendados.

 

La consideración frecuente de las palabras del Señor –no he venido a ser servido, sino a servir- nos ayudará a no detenernos ante los trabajos más molestos -a veces más necesarios-: así serviremos como Él lo hizo. La vida familiar es un excelente lugar para manifestar el espíritu de servicio en multitud de detalles que pasarán frecuentemente inadvertidos, pero que ayudan a fomentar la convivencia grata y amable, en la que está Cristo presente. El Señor nos llama también con ocasión de las necesidades ajenas, particularmente de los enfermos, los ancianos, y de quienes de alguna manera son más indigentes. Estas ayudas son particularmente gratas al Señor, cuando se realizan con humildad y tal finura que apenas se advierten, y que no piden ser recompensadas.

 

SERVIR CON ALEGRIA Y COMPETENCIA PROFESIONAL

 

El Señor sirve con alegría, amablemente, en tono cordial. Y así debemos hacer nosotros cuando realizamos esos quehaceres que son un servicio a Dios, a la sociedad o a quienes tenemos próximos. Y el Señor promete la alegría, la felicidad, a quienes sirven a los demás. Precisamente, aquello que entregamos con una sonrisa, con una actitud amable, parece como si adquiriera un valor nuevo y se apreciara más. Igualmente, para servir, hemos de ser competentes en nuestro trabajo, en el oficio que realizamos. Sin esta competencia, poco valdría la mejor buena voluntad.

 

Y, sería bueno que nos examinemos también si procuramos evitar, de ordinario, que los demás nos presten servicios no debidos al cargo y que nosotros mismos podemos realizar. Esto nos llevará a tener una actitud muy distinta de aquellos que se valen de la autoridad, del prestigio, de la edad, para pedir o, mucho peor, exigir unas prestaciones que resultarían intolerables, incluso desde el punto de vista exclusivamente humano. Y, esta misma disposición debemos tenerla también con las personas con quienes convivimos, sea cual sea el puesto que ocupemos, con las personas que tratamos en el ejercicio de nuestra profesión o también con aquellas que se acercan a pedirnos una información o un pequeño favor en medio de la calle.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


CÓMO SER BUENOS CRISTIANOS, CON ALEGRÍA Y LIBERTAD, EN MEDIO DEL MUNDO. (Homilía: Domingo Vigésimo Octavo del Tiempo Ordinario. 14.X.2012).

MAESTRO, ¿QUÉ HE DE HACER PARA CONSEGUIR LA VIDA ETERNA?

DIOS LLAMA A TODOS

Dice el Evangelio de la Misa del Vigésimo Octavo Domingo el Tiempo Ordinario que salía Jesús de una ciudad y vino un joven corriendo y se detuvo ante el Señor y le hizo una pregunta fundamental para todo humano: Maestro, ¿qué de hacer para conseguir la vida eterna?. Jesús comienza dándole una respuesta general: Guarda los mandamientos. Y los enumera: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás… El respondió: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia… ¿Qué me falta aún?. El Maestro le dijo: Una cosa te falta. Anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres… Luego ven y sígueme.

 

Ciertamente, Dios llama a todos: a sanos y a enfermos; a personas con grandes cualidades y a las de capacidad modesta; a los que poseen riquezas y a los que sufren estrecheces; a los jóvenes, a los ancianos y a los de edad madura. Cada hombre, cada mujer debe saber descubrir el camino peculiar al que Dios le llama. Y a todos nos llama a la santidad, a la generosidad, al desprendimiento, a la entrega; a todos nos dice en nuestro interior: ven  y sígueme. Pero aquel joven no quiso corresponder a la gracia. Y se marchó lleno de tristeza, porque la alegría sólo es posible cuando hay generosidad y desprendimiento. Entonces la vida  se llena de gozo en esa disponibilidad ante el querer de Dios.

 

SEGUIR A JESÚS Y DESPRENDIMIENTO

 

“La tristeza de este joven -dijo el Papa Beato Juan Pablo II, en Boston, en 1979- nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo, puede hacernos felices. En cambio, vemos en el caso del joven del Evangelio que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús a seguirlo: ¡No estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo, a decir sí al amor, y no a la huida! El amor verdadero es exigente, porque fue Jesús quien dijo: Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. EL amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Significa sacrificio y disciplina, pero significa también alegría y realización humana. Con la ayuda de Cristo y a través de la oración, vosotros podréis responder a su llamada. Abrid vuestros corazones a este Cristo del Evangelio, a su amor, a su verdad, a su alegría. ¡No os vayáis tristes!”

 

La llamada del Señor a seguirle pide una correspondencia dócil y generosa a lo largo de la existencia. Por eso debemos ponernos delante del Señor y preguntarle: ¿qué exigencias tiene hoy mi vocación de cristiano?. Y es en medio de este diálogo con el Señor como un hombre puede escuchar esa voz divina que le pide tomar decisiones definitivas. La Palabra de Dios puede llegar con el huracán o con la brisa, como se dice en el Libro Primero de los Reyes. Pero para seguirla debemos estar desprendidos de toda atadura: sólo Cristo importa. Todo lo demás, en Él y por Él.

 

SALVACIÓN Y APEGAMIENTO A LAS RIQUEZAS

 

Aquel joven se levantó, esquivó la mirada de Jesús y se marchó con la tristeza en el rostro. El Señor vio con pena cómo se alejaba. Y después de este incidente, la comitiva emprendió su camino. Y Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!. Ellos quedaron impresionados por sus palabras. Y el Señor repitió con más fuerza: Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino.

 

Hemos de considerar con atención la enseñanza de Jesús y aplicarla a nuestra vida: no se pueden conciliar el amor a Dios y el apegamiento a los bienes materiales: en un mismo corazón no caben esos dos amores. El hombre puede orientar su vida proponiéndose como fin a Dios, al que se alcanza con la ayuda de la gracia, también a través de las cosas materiales, usándolas como medios, que eso son; o puede, desgraciadamente, poner en las riquezas la esperanza de su plenitud y felicidad: deseo desmedido de bienes, de lujo, de comodidad, ambición, codicia.

 

Esta puede ser una buena ocasión para que examinemos valientemente en la intimidad de nuestro corazón, que es lo que nos mueve en nuestro actuar; dónde tenemos puesto el corazón. Si estamos vigilantes para reaccionar ante un detalle que manifieste aburguesamiento y comodidad, servidos a menudo por los reclamos de la sociedad de consumo. Si nos creamos falsas necesidades de las que podríamos prescindir, con un poco de buena voluntad. Si actuamos con la conciencia clara de ser sólo administradores que han de dar cuenta a su verdadero Dueño, Dios Nuestro Señor. Si llevamos con alegría las incomodidades y la falta de medios. Si somos generosos en la limosna a los necesitados, y en el sostenimiento de la Iglesia y de obras buenas. Sólo así viviremos con la alegría necesaria para ser discípulos del Señor, en medio del mundo.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).