MARIA, MADRE DE DIOS HECHO HOMBRE. (Homilía de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios: 1-I-2013).

SAN JOAQUIN Y SANTA ANA CON SU HIJA MARÍA QUE SERÁ LA MADRE DE DIOS HECHO HOMBRE.

 

El pasado día 25 de diciembre hemos contemplado a María con el Niño en sus brazos. Y hoy celebramos la Maternidad de María, el hecho central que ilumina toda la vida de la Virgen y es el fundamento de los otros privilegios con los que Dios la adornó. 

 

LA BENDITA ENTRE TODAS LAS MUJERES 

 

La Sagrada Escritura habla de María como la más excelsa de todas las criaturas, la bendita entre todas las mujeres, la llena de gracia, la que las generaciones llamarán bienaventurada. La Iglesia nos enseña que María ocupa, después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano a nosotros, en razón de su maternidad divina.

 

Como sabemos, Jesús no apareció de repente en la tierra venido del cielo, sino que se hizo hombre, como nosotros, tomando la naturaleza humana en las entrañas de la Virgen María. Jesús, en cuanto Dios, es engendrado eternamente, no hecho, por Dios Padre desde toda la eternidad. En cuanto hombre, nació “fue hecho”, de Santa María. Por eso, Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin confusión- la naturaleza humana.

 

De ahí que a la Virgen María, a Nuestra Señora le será muy grato que le repitamos muchas veces, a modo de jaculatoria -es decir de oración corta-, las palabras del Avemaría: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

 

MADRE DE LA IGLESIA Y DE TODOS LOS HOMBRES

 

Ahora bien, sobre esta maternidad de María, el Concilio Vaticano II afirmó que “perdura sin cesar, hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que, con su múltiple intercesión, continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligro y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada”.

 

Y Jesús nos dio a María como Madre nuestra en el momento en que, clavado en la Cruz, dirige a su Madre estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu Madre. “Así, de un modo nuevo -dijo el beato Juan Pablo II-, ha legado su propia Madre al hombre, a quien ha transmitido el Evangelio. La ha legado a todo hombre, y, desde aquel día toda la Iglesia la tiene como Madre”. De ahí que quiera que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como Madre, como afirma el Himno litúrgico Ave maris stella.

 

Por tanto, pensemos que Ella ha influido de una manera decisiva en nuestra vida. Cada uno tiene su propia experiencia. Mirando hacia atrás vemos su intervención, detrás de cada dificultad, para sacarnos adelante, el empujón definitivo que nos hizo recomenzar de nuevo. Como cuenta el célebre Masserano, en la  obra Vita di San Leonardo da Porto Maurizzio: “Por gracia recibida de María. Todo buen pensamiento, toda buena voluntad, todo buen sentimiento de mi corazón: por gracia de María.”

 

INTERCEDE CONTINUAMENTE POR NOSOTROS

 

 La Virgen cumple su misión de Madre de los hombres intercediendo continuamente por ellos cerca de su Hijo. El Concilio Vaticano II dejó dicho que la Iglesia le da a María los títulos de “Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora”. Y “dado que María ha de ser justamente considerada como el camino por el que somos conducidos a Cristo, la persona que encuentra a María no puede menos de encontrar a Cristo igualmente”. Así lo afirmó el Papa Pablo VI, cuya causa de beatificación acaba de ser iniciada por la Santa Sede.

 

Por tanto, la devoción filial a María es parte integrante de la vida cristiana. “Senda por donde se abrevia el camino para llegar a Señor”. Así lo entiende la Iglesia, en la Oración colecta de la Misa de hoy, al decir: Dios y Señor nuestro, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación, concédenos experimentar la intercesión de aquella de quien hemos recibido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida.

 

En verdad, no puede haber mejor comienzo del año -y de todos los días de nuestra vida- que estando muy cerca de la Virgen. A Ella nos dirigimos con confianza filial, para que nos ayude a vivir santamente cada día del año que hoy iniciamos.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


Mientras María y José sufren por la pérdida del Niño, pocos cristianos lloran el abandono de Cristo por el pecado. (Homilía: Fiesta de la Sagrada Familia. Domingo, 30.XII.2012).

JESÚS PERDIDO Y HALLADO POR MARÍA Y JOSÉ, EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN.

Mientras María y José sufren y  lloran por la pérdida del Niño Jesús a los doce años, en el templo de Jerusalén, “hoy no parece haya mucha gente que sufra por su ausencia; cristianos hay para quienes la presencia o ausencia de Cristo en sus almas no significa prácticamente nada. Pasan de la gracia al pecado y no experimentan sufrimiento ni dolor, aflicción ni angustia. Pasan del pecado a la gracia y no dan la impresión de hombres que han vuelto del infierno, que han pasado de la muerte a la vida: no se les ve el alivio, el gozo, la paz y el sosiego de quien ha recuperado a Jesús”. Así se expresa Federico Suárez, en su libro José, el esposo de María.

 

Por nuestra parte, hemos de de pedir hoy a María y a José que sepamos apreciar la compañía de Jesús, que estemos dispuestos a todo antes que perderle. ¡Qué oscuro estaría el mundo, y nuestro mundo, sin Jesús! Pensemos que si no ponemos empeño en aborrecer el pecado venial, con la falsa excusa de que no es “grave”, no llegaremos a un trato de intimidad con el Señor.

 

NO ALEJEMOS A JESÚS DE NOSOTROS

 

En realidad, María y José no perdieron a Jesús, fue El quien se ausentó de su lado. Pero, con nosotros,  es distinto. El Señor no nos abandona nunca. Somos nosotros los hombres quienes podemos echarlo de nuestro lado por el pecado o por la tibieza. Pensemos que en todo encuentro entre el hombre y Cristo, la iniciativa siempre ha sido y es de Jesús. Por el contrario, en toda situación de desunión, las iniciativas las llevamos siempre nosotros, El no nos deja jamás.

 

Ciertamente, cuando el hombre peca gravemente se pierde para sí mismo y para Cristo. El hombre anda entonces sin sentido y sin dirección, pues el pecado desorienta esencialmente. El pecado mortal es la mayor tragedia que puede sucederle a un cristiano. En unos pocos momentos se aparta radicalmente de Dios por la pérdida de la gracia santificante, pierde los méritos adquiridos a lo largo de toda su vida, queda sujeto de algún modo a la esclavitud del demonio y disminuye en él la inclinación a la virtud. El alejamiento de Dios “lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza”, afirma san Josemaría.

 

Por desgracia, lo peor de todo es que para muchos esto apenas tiene importancia. Es la tibieza, el desamor, el que lleva a valorar poco o nada la compañía de Jesús. El, sí que valora estar con nosotros: murió en una cruz para rescatarnos del demonio y del pecado, y para estar siempre con cada uno de nosotros en este mundo y en el otro. Por su parte, María y José amaban a Jesús entrañablemente. Por eso le buscaron sin descanso, por lo mismo sufrieron de una manera que nosotros no podemos comprender, y también por eso se alegraron tanto cuando de nuevo le encontraron.

 

DONDE PODEMOS HALLARLE

 

Sabemos que el Templo de Jerusalén tenía una serie de dependencias, destinadas al culto y a la enseñanza de las Escrituras. En una de esas dependencias le encontraron María y José. Se trataba posiblemente del atrio del mismo Templo, lugar donde se escuchaban las explicaciones de los doctores y se podía intervenir con preguntas y respuestas.

 

María y José quedan maravillados contemplando la escena. Su Madre se dirige a El llena de alegría por haberle encontrado. En sus palabras encuentra San Agustín una muestra de humildad y de deferencia hacia San José: “Pues, aun con haber merecido alumbrar al Hijo del Altísimo, será Ella humildísima, y al nombrarse no se antepone a su esposo, diciendo: Yo y tu padre, sino: Tu padre y yo. No tuvo en cuenta la dignidad de su seno, sino la jerarquía conyugal. La humildad de Cristo, en efecto, no había de ser para su madre una escuela de soberbia”.

 

PÉRDIDA VOLUNTARIA

 

Con toda certeza, debemos pensar que la pérdida de Jesús no fue involuntaria por su parte. Teniendo plena conciencia de quien era y de la misión que traía, quiso comenzar de algún modo a cumplirla. Igual que hará después, busca ahora cumplir la voluntad del Padre celestial, sin que sea un obstáculo la de sus padres terrenos. Para ellos debió ser una dolorosa prueba; pero también un rayo de luz, que les va descubriendo el misterio de la vida de Jesús. Fue un episodio de la vida de Jesús que jamás olvidarían.

 

Para todos queda claro la conciencia que Jesús tiene de su misión y la de ser Hijo de Dios. Y con deseo de penetrar un poco más en la respuesta de Jesús habría que haber oído la entonación de la voz, mientras se dirige a la Virgen y a San José. De todas formas, nos hace ver que los planes de Dios están siempre por encima de los planes terrenos, y si alguna vez se presenta conflicto entre ambos, como se dice en la Sagrada Escritura, es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Prensa de Madrid, nº 253). 


Realidad incomparable: Todos los bautizados son hijos de Dios. (Homilía: Solemnidad de Navidad. 25.XII.2012).

LA VIRGEN, EL NIÑO Y LOS PASTORES.

 

El Evangelio de la Misa de Navidad, según el Evangelista San Juan, dice: A cuantos lo recibieron, les dió poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y en la tercera carta, el Apóstol vuelve a insistir: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos realmente. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.

 

¡HIJOS DE DIOS!

 

Los cristianos, cuando decimos: “yo soy hijo de Dios”, no estamos expresando una metáfora, ni es un modo piadoso de hablar. Esta realidad incomparable, como dice el Concilio Vaticano II, tiene lugar en el Bautismo, donde, gracias a la Pasión y Resurrección de Cristo, sucede el nacimiento a una vida nueva, que antes no existía. Ha surgido una nueva criatura –dice san Pablo en la segunda Carta a los Corintios-, por lo cual el recién bautizado se llama y es realmente “hijo de Dios”.

 

Hablando para bautizados, digo que nos ayudará el considerar que Dios es más Padre nuestro que aquel a quien en este mundo llamamos padre porque nos dio la vida natural. Sobre esta realidad se pueden leer, en los libros de Moral Cristiana, cosas tan hermosas como las siguientes: “Designar al cristiano como hijo de Dios no es una simple imagen que evoca la protección o vigilancia paternal que Dios ejerce a su respecto, sino que hay que entenderlo rigurosamente, en el mismo sentido en el que se dice de cualquiera: es hijo de tal persona”.

 

“El cristiano nace de Dios, es hijo suyo en el sentido real, por lo cual debe parecerse a su Padre del Cielo; su condición de hijo consistirá precisamente en participar de la misma naturaleza que Él. Aquí se sitúan las palabras de San Pablo: participantes de la naturaleza divina, que significan algo más que una analogía, más que una semejanza o parentesco, pues implican una elevación y transformación de la naturaleza humana: la posesión de aquello que es propio del ser divino. El cristiano entra en un mundo superior (sobrenatural), que está por encima de la naturaleza original: el mundo de Dios”. (C. Spicq.Teología moral del Nuevo Testamento).

 

EL SENTIDO DE LA FILIACIÓN DIVINA

 

El primer fruto de la restauración obrada por Cristo fue nuestra filiación divina. No solo restauró la naturaleza caída, sino que nos dio una nueva vida, una vida sobre-natural. El sabernos hijos de Dios nos enseña a comportarnos de modo sereno ante los acontecimientos, por duros que puedan parecernos. Nuestra vida se convierte en un activo abandono de hijos que confían plenamente en la bondad de un Padre a quien, además, están sometidos todos los poderes de la creación. La certeza de que Dios quiere lo mejor para nosotros nos lleva al abandono sosegado y alegre aun en los momentos más difíciles de nuestra vida.

 

Antes de sufrir el martirio, escribía Santo Tomás Moro a su hija desde la cárcel: “ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.

 

PAZ Y SERENIDAD: “SOMOS HIJOS DE DIOS”

 

Por lo tanto, la filiación divina es el fundamento de la verdadera libertad -la libertad de los hijos de Dios- frente a todas las opresiones, y de modo singular frente a la esclavitud a que nos quieren someter nuestras pasiones, como dice San Pablo en la Carta a los Romanos.

 

La filiación divina es también fundamento seguro de la paz y alegría. En ella, el cristiano encuentra la protección que necesita, el calor paternal y la confianza ante un futuro siempre incierto. En realidad, el sabernos hijos de Dios es el fundamento de una gran paz, incluso en medio de la necesidad y de la contradicción. El Señor nos da siempre los medios para salir adelante, si acudimos a El con confianza de hijos. Y a quien tanto nos ama, ¿quién no le corresponderá con amor?, expresa el Himno navideño”Adeste fideles”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Prensa de Madrid, nº 253).


NO OLVIDEMOS QUE EL NIÑO NACIDO EN BELÉN ES DIOS HECHO HOMBRE. (Homilía: 4º Domingo de Adviento. 23.XII.2012).

EL NIÑO JESÚS, EN LOS BRAZOS DE SU MADRE.         

 

El Niño que nació en Belén es el Hijo de Dios, Unigénito, consustancial al Padre, eterno, con su propia naturaleza divina y la naturaleza humana asumida en el seno virginal de María. Cuando en esta Navidad le miremos y le veamos inerme en los brazos de su Madre no olvidemos que es Dios hecho hombre por amor a nosotros, a cada uno de nosotros. 

 

SE HIZO HOMBRE SIN DEJAR DE SER DIOS 

 

Al leer en estos días con profunda admiración las palabras del Evangelio y habitó entre nosotros, o al rezar el Angelus, tendremos una buena ocasión para hacer un acto de fe profundo y agradecido, y de adorar a la Humanidad Santísima del Señor. Jesús nos vino del Padre, afirma San Juan, pero nos nació de una mujer: Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, dice San Pablo. Y en el Evangelio de la Misa de la Vigilia de Navidad leeremos la genealogía humana de Jesús. El Espíritu Santo ha querido mostrarnos cómo el Mesías se ha entroncado en una familia y en un pueblo, y  a través de él en toda la humanidad. María le dió a Jesús, en su seno, su propia sangre: sangre de Adán, de Farés, de Salomón… 

 

El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, dice San Juan. Se hizo hombre, pero no por eso dejó de ser Dios. Jesucristo es perfecto hombre y Dios perfecto. Y después de su Resurrección, como se movía el Señor con tan milagrosa agilidad y se aparecía de modo tan inexplicable, quizá pensara algún discípulo que Jesús era una especie de espíritu. Entonces, El mismo disipó esas dudas para siempre, Les dijo: Palpad y ved; porque los espíritus no tienen carne y huesos como veis que yo tengo. A continuación le dieron un trozo de pez asado, y, tomándolo, comió delante de ellos. Dios se hizo hombre en el seno de María. No apareció de pronto en la tierra como una  visión celestial, sino que se hizo realmente hombre, como nosotros, tomando nuestra naturaleza en las entrañas purísimas de una mujer.

 

En efecto, Jesús, en cuanto Dios, es engendrado misteriosamente, no hecho, por el Padre desde toda la eternidad. En cuanto hombre, nació, “fue hecho”, de Santa María Virgen, en un momento concreto de la historia humana. Por tanto, Santa María Virgen, al ser Madre de Jesucristo, que es Dios, es verdadera Madre de Dios, tal como se definió dogmáticamente, en el Concilio de Éfeso.

 

MIRAR AL NIÑO JESÚS

 

Miramos al Niño y sabemos bien que El es “la clave, el centro y el fin de la historia humana”, como dijo el Concilio Vaticano II. De este Niño depende toda nuestra existencia: en la tierra y en el Cielo. Y nuestra vida debe ser imitación de Su vida aquí en la tierra. El es nuestro Modelo en todas las virtudes. La gracia conferida al hombre por los sacramentos es, en sentido verdadero y propio, “gracia de Cristo”.

 

Cristo al acoger en sí todo lo humano recto, todo cuanto  es asumible de los hombres, no hay un solo pensamiento o sentimiento humano que El no pueda hacer suyo. Ya que amó profundamente todo lo verdaderamente humano: el trabajo, la amistad, la familia; especialmente a los hombres, con sus defectos y miserias. Por eso su Humanidad Santísima es nuestro camino hacia la Trinidad.

 

CRISTO ES NUESTRO MODELO DE VIDA

 

Jesús nos enseña con su ejemplo cómo hemos de servir y ayudar a quienes nos rodean. La caridad es amar como Yo os he amado, dijo el Señor. Vivid en caridad como Cristo nos amó, afirma San Pablo. Y para exhortar a los primeros cristianos a la caridad y a la humildad, les dice simplemente:Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús.

 

Por tanto, Cristo es nuestro Modelo en el modo de vivir las virtudes, en el trato con los demás, en la manera de realizar nuestro trabajo, en todo. Imitarle es penetrarse de un espíritu y de un modo de sentir que deben informar la vida de cualquier cristiano, sean cuales sean sus cualidades, su estado de vida, o el puesto que ocupe en la sociedad. Pensemos que estos días, los pastores nos enseñarán la alegría de encontrar a Dios, y  los Magos, cómo hemos de adorarle. Y si nos acostumbramos a leer cada día un poco del Evangelio, nos meteremos en la vida de Cristo, le conoceremos mejor y, sin darnos cuenta, nuestra vida será un reflejo de la Vida de Jesús, en el mundo.

 

José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).