PARA ENCONTRAR A DIOS HACE FALTA DOCILIDAD Y HUMILDAD. (Homilía: IV Domingo del Tiempo Ordinario. 3.II.2013).

JESÚS LEYENDO LA BIBLIA, EN LA SINAGOGA DE NAZARET.

 

Anhela mi alma los atrios de Jahvé. Mi corazón y mi carne claman ansiosos hacía el Dios vivo, se lee en el Salmo 83. Ciertamente, para penetrar en la morada de Dios es necesario tener un alma limpia, humilde y dócil; porque para ver a Dios hacen falta buenas disposiciones. Esto nos lo muestra el Evangelio de la Misa del Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario. 

 

JESÚS, EN LA SINAGOGA DE NAZARET

 

  El Señor, después de un tiempo de predicación por las aldeas y ciudades de Galilea, vuelve a Nazaret, donde se había criado. Allí todos lo conocen: es el hijo de José y de María. El sábado asistió a la sinagoga, según era su costumbre. Jesús se levantó para la lectura del texto sagrado, y escogió un pasaje mesiánico del profeta Isaías. San Lucas recoge la extraordinaria expectación que había en el ambiente: enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó; todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Habían oído maravillas del hijo de María y esperaban ver cosas más extraordinarias en Nazaret.  

 

Sin embargo, aunque al principio todos daban testimonio a favor de Él, y se admiraban de las palabras de gracia que procedían de sus labios, no tenían fe. Jesús les explicó que los planes de Dios no se fundan en razones de patria o parentesco: no basta con haber convivido con Él. Es necesaria una fe grande. Para ello, utilizó algunos ejemplos tomados del Antiguo Testamento: Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio. 

 

 LA HISTORIA DE NAAMÁN EL SIRIO  

 

Como sabemos, por el Libro II de Reyes, del Antiguo Testamento, Naamán, general del ejército del rey de Siria, estaba enfermo de lepra y oyó decir a una esclava hebrea que vivía en Israel un Profeta -se trataba de Eliseo- con poder para curarle de su mal. Y después de un largo viaje llegó Naamán con sus caballos y sus carros, y se paró ante Eliseo. Y el profeta le mandó un mensajero diciendo: ve, y lávate siete veces en el Jordán y tu carne recobrará la salud y quedarás limpio.  

 

Pero Naamán no entendió estos caminos de Dios, tan distintos de los que él había imaginado. Yo creía –dice- que saldría a mí, y puesto en pie invocaría el nombre de Yahvé, su Dios, y tocaría con su manos el lugar de la lepra y me curaría. Pues qué ¿no son mejores el Abana y el Farfar, ríos de Damasco, que todas las aguas de Israel, para lavarme en ellas y limpiarme?  

 

El general sirio quería curarse y había recorrido un largo camino para esto, pero llevaba su propia solución sobre el modo de ser curado. Y cuando ya regresaba, dando como inútil el viaje, sus servidores le decían: aunque el profeta te hubiese mandado una cosa difícil deberías hacerla. Cuanto más habiéndote dicho lávate y serás limpio.  Naamán reflexionó sobre las palabras de sus acompañantes y volvió con humildad a cumplir lo que le había dicho el Profeta Eliseo: Marchó, pues, y se lavó siete veces en el Jordán, conforme a las palabras del varón de Dios, y su carne se volvió como la de un niño, y quedó limpio. Recibió con humildad y docilidad un consejo que humanamente podía parecer inútil y quedó curado. Sus disposiciones interiores hicieron eficaz la oración de Eliseo.  

 

NECESIDAD DE AMISTADES BUENAS  

 

También nosotros andamos con frecuencia enfermos del alma, con errores y defectos que no acabamos de arrancar. El Señor espera que seamos humildes y dóciles a las indicaciones y consejos de aquellas personas que Dios ha puesto a nuestro lado para ayudarnos a buscar la santidad en medio de nuestro trabajo y de nuestra familia o tal vez en otro tipo de entrega, como puede ser la vocación al sacerdocio o la religiosa. No tengamos soluciones propias cuando el Señor nos indica otras, quizás contrarias a nuestros gustos y deseos. En lo que se refiere al alma, no somos buenos consejeros de nosotros mismos, ni buenos médicos. De ordinario, el Señor se vale de otras personas. Dice el célebre Casiano, en sus Colaciones, que “también a San Pablo le llamó Cristo por sí mismo y le habló. Mas, pudiendo revelarle en el acto el camino de la santidad, prefirió encaminarlo a Ananías y le ordenó que aprendiera de sus labios la verdad: levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociacido vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


EL EVANGELIO DE SAN LUCAS, UN TEXTO ESCRITO PARA LOS QUE AMAN A DIOS. (Homilía: III Domingo del Tiempo Ordinario. 27-I- 2013).

SAN LUCAS, AUTOR DEL TERCER EVANGELIO.

San Lucas es el único evangelista que pone un prólogo a su libro. El Evangelio de la Misa de este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario nos lo ofrece. En este prólogo, muy breve, San Lucas expone, en ordenado lenguaje literario, el motivo que le ha empujado a escribir este Evangelio. Dice que trata de componer una historia, bien ordenada y documentada, de la Vida de Cristo, desde sus mismos orígenes. Y lo dedica a un tal Teófilo, a quien califica de ilustre, y a quien Dios ama. Por lo tanto, está escrito para todos los que amen a Dios, es decir, para cada uno de nosotros. Y su contenido debemos conservarlo en lo más íntimo del corazón, pues realmente queremos ser “amigos de Dios”.  

 

EVANGELISTA DE FUENTES SEGURAS 

 

Hemos de agradecer a San Lucas que sea para nosotros un buen mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, en palabras del profeta Isaías. Realmente fue un fiel instrumento en manos del Espíritu Santo, puesto que nos ha transmitido un precioso Evangelio y la historia de la primitiva Cristiandad en los Hechos de los Apóstoles. Él mismo nos indica que redactó su obra después de haberse informado con  exactitud de todo desde los comienzos, y que lo hizo de forma ordenada. Nos señala expresamente que recoge estas noticias conforme las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares. Incluso su mismo estilo literario, como hace notar san Jerónimo, indica la seguridad de las fuentes de las que se nutre.

 

Y ahora, nosotros, gracias a este esfuerzo y a su correspondencia a las gracias que recibió del Espíritu Santo, hoy podemos leer, maravillados, los relatos de la infancia de Jesús, algunas bellísimas parábolas que sólo él recoge, como la del hijo pródigo, la del buen samaritano, la del administrador infiel, la del pobre Lázaro y el mal rico… Propio también de San Lucas es el relato de los caminantes de Emaús, lleno de finura y acabado hasta en sus más mínimos detalles. Tampoco ninguno de los Evangelistas nos ha mostrado la misericordia divina, para con los más necesitados, como lo hace San Lucas. Resalta el amor de Jesús por los pecadores, quien declara que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Relata el perdón a la mujer pecadora, el alojamiento en casa de un pecador  como Zaqueo, la mirada de Jesús que transforma el corazón de Pedro después de las negaciones, la promesa del Reino de los Cielos al ladrón arrepentido, la oración por los que le crucifican y le insultan en el Calvario. 

 

REALZA LA DIGNIDAD DE LA MUJER 

 

Las mujeres y el empeño de Jesús por devolverles su dignidad, poco considerada en aquel tiempo, ocupan un lugar muy importante en el Evangelio de San Lucas. Recordemos los pasajes de la viuda de Naín y la resurrección de su hijo; la Magdalena, mujer arrepentida, bañando con sus lágrimas los pies del Señor, en la casa de un fariseo; las mujeres galileas que ponen a disposición de Jesús sus bienes y van en su seguimiento; las visitas a casa de las dos hermanas de Betania, Marta y María; la curación en sábado, en una sinagoga, de una mujer encorvada. También podemos recordar las mujeres de Jerusalén, cuando Jesús carga con la Cruz, camino del Calvario, le dan muestras de inmensa compasión, llorando fuertemente.

 

 ORIGEN DE TODOS LOS BELENES 

 

Es mucha también lo que hemos de agradecer a San Lucas, por su cooperación a los relatos que nos da del Nacimiento y los primeros años del Niño Jesús. El que había de ser el Papa Juan Pablo I, poco antes de ser elegido Romano Pontífice, en una carta figurada al Evangelista San Lucas, le decía: “Eres el único que nos ofrece un relato del Nacimiento e Infancia de Cristo, cuya lectura escuchamos siempre con renovada emoción en Navidad. Hay, sobre todo, una frase tuya que me llama la atención: Envuelto en pañales fue reclinado en un pesebre. Esta frase ha dado origen a todos los belenes del mundo y a miles de cuadros preciosos”.

 

 Podemos terminar afirmando que el Evangelio de San Lucas nos ha permitido que acompañemos, tantas veces, a la Sagrada Familia en Belén y en su vida cotidiana, entre sus paisanos de Nazaret. Que en sus páginas encontremos la doctrina fundamental del Señor sobre la humildad, la sinceridad, la pobreza, la penitencia, la aceptación de la cruz de cada día, la necesidad de ser agradecidos.

 

Que el gran amor que tenemos a Nuestra Señora, nos mueva a dar gracias a este Santo Evangelista que supo presentar la grandeza y hermosura del alma de María, con una exquisita delicadeza. Por eso, se le dio a San Lucas, desde  muy  antiguo, el título de pintor de la Virgen.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


CONTRADICCIÓN: Luchar contra la delincuencia juvenil y promover el deterioro de la institución familiar. (Homilía: Domingo Segundo del Tiempo Ordinario. 20.I.2013).

JESÚS, EN LA BODA DE CANÁ DE GALILEA.

La familia “tiene que ser objeto de atención y de apoyo por parte de cuantos intervienen en la vida pública. Educadores, escritores, políticos y legisladores han de tener en cuenta que gran parte de los problemas sociales y aun personales tienen sus raíces en los fracasos o carencias de la vida familiar. Luchar contra la delincuencia  juvenil o contra la prostitución de la mujer y favorecer al mismo tiempo el descrédito o el deterioro de la institución familiar es una ligereza y una contradicción”. Así se expresaba ya en 1986, la Conferencia Episcopal Española.  

 

JESÚS DEVUELVE EL MATRIMONIO A SU ORIGEN 

 

esús, con su presencia en las Bodas de Caná de Galilea, devuelve a su pureza original la dignidad del matrimonio, según lo instituyera Dios al principio de la Creación: los hizo Dios varón y hembra; por esto dejará el hombre a su padre y  a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne; de modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Como enseñó Nuestro Señor Jesucristo, Dios estableció en un principio la unidad y la indisolubilidad del matrimonio. San Juan Crisóstomo, comentando esta enseñanza, expresa una fórmula sencilla y clara, en el sentido de  que el matrimonio es la unión de uno con una y para siempre.

 

Y, por su parte, el Magisterio de la Iglesia, custodio e intérprete de la ley natural y divina, ha enseñado de modo constante que el matrimonio fue instituido por Dios con lazo perpetuo e indisoluble, y “que fue protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres, sino del autor mismo de la naturaleza, Dios, y restaurador de la misma naturaleza, Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio, ni siquiera  al arbitrio contrario de los mismos cónyuges.” El matrimonio no es un simple contrato privado, no puede romperse por voluntad de los contrayentes. No existe razón humana, por fuerte que pueda perecer, capaz de justificar el divorcio, que es contrario a la ley natural y a la divina. 

 

Por su parte, Juan Pablo II, en la homilía de la Misa para las Familias en el año l982, en Madrid, alentaba a los esposos cristianos para que, aun viviendo en ambientes donde las normas de vida cristiana no sean tenidas en la debida consideración o sufran una fuerte presión contraria, sean fieles al proyecto cristiano de la vida familiar”. Y nosotros debemos pedir con frecuencia por la estabilidad de las familias -comenzando por la propia-, y hemos de procurar ser siempre instrumentos de unión a través del servicio gustoso, de la alegría continua, de un apostolado eficaz que lleve a todos a Dios. 

 

BIEN INMENSO: DEFENDER LA INDISOLUBILIDAD 

 

El cristiano no debe dejarse impresionar, a la hora de recordar el valor y la santidad del matrimonio, por las dificultades o incluso por las burlas que puede encontrar en el ambiente, de igual manera que al Señor no le importó que el clima existente en el pueblo de Israel fuese contrario a sus enseñanzas. Al defender la indisolubilidad de la institución matrimonial llevamos a cabo un bien inmenso para todos. Jesucristo, en contra del ambiente de aquella época acerca de la institución matrimonial, le devuelve toda su dignidad originaria y la eleva al orden sobrenatural, al instituir el matrimonio como uno de los siete sacramentos que habrían de santificar a los cónyuges y la vida familiar.

 

Y hoy, cuando en tantos ambientes se ataca la dignidad de este sacramento y sus propiedades esenciales, o tratan de ridiculizarlo con toscas parodias, es deber de los cristianos, como hiciera Jesús en su tiempo, hacer su apología y poner las bases para que la familia, unida y sólida, sea cimiento de la misma sociedad. “El bien de la familia en todos sus aspectos tiene que ser una de las preocupaciones fundamentales de la actuación de los cristianos en la vida pública. Desde los diversos sectores de la vida social y política hay que apoyar el matrimonio y la familia, facilitándoles todas aquellas ayudas de orden económico, social, educativo, político y cultural que hoy son necesarias y urgentes para que puedan seguir desempeñando en nuestra sociedad sus funciones insustituibles” (Familiaris consortio, n. 45). 

 

Y añaden los obispos españoles que “hay que advertir, sin embargo, que el papel de las familias en la vida social y política no puede ser meramente pasivo. Ellas mismas deben ser las primeras en procurar que las leyes no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia, promoviendo así una verdadera política familiar” (Pastoral: Los católicos en la vida pública). 

 

EL MATRIMONIO CRISTIANO 

 

Al quedar elevado al orden sobrenatural, todo amor humano se engrandece y afianza porque, en el sacramento cristiano, el amor divino penetra en el amor humano, lo engrandece y lo santifica. Es Dios quien une con vínculo sagrado y santificante a hombre y mujer en el matrimonio; por eso, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Precisamente porque Dios une con vínculos divinos, lo que eran dos cuerpos y dos corazones, se hacen una caro, una sola carne, como un solo cuerpo y un mismo corazón, a semejanza de la unión de Cristo con su Iglesia. El matrimonio no es sólo una institución social; no es sólo un estado jurídico, civil y canónico; es también una nueva vida, abnegada, rebosante de amor, santificante de los cónyuges y santificadora de todos los que componen la familia.

 

Por eso, es bueno que examinemos distintos aspectos de la conducta diaria: la convivencia cordial y afectuosa -libre de discusiones, de críticas o quejas-; la disponibilidad para el cuidado de la casa y para la atención material de los hijos, de los hermanos, de los abuelos…; el aprovechamiento del tiempo en los días festivos, evitando el ocio o los pasatiempos inútiles; la serenidad ante las contrariedades; la sencillez en el modo de vivir las celebraciones, el sentido cristiano de santificar las fiestas, de plantear un viaje o un período de vacaciones; el respeto por la libertad y opiniones de los demás, junto con el oportuno consejo; el interés por los estudios y la formación de las virtudes humanas y cristianas de los hijos, de los hermanos más pequeños…; la atención de aquellos que requieran un cuidado y comprensión más esmerados y más sacrificados, etc. 

 

Se debe tener en cuenta, finalmente que, si los padres se aman, con amor humano y sobrenatural, serán ejemplares y los hijos se mirarán en ellos para encontrar respuesta a tantos interrogantes como les plantea la vida. En un ambiente alegre, en el que el ejercicio de las virtudes humanas ocupará un lugar muy importante, se mantendrá el ideal cristiano y los nobles afanes humanos. Entonces, la familia se convierte también en  lugar privilegiado para la renovación constante de la Iglesia y de la sociedad y para la nueva evangelización, como advertía el beato Juan Pablo II. 

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco y Rector de la Parroquia-Santuario de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253). 

 


Sólo por ignorancia o fe dormida, unos padres cristianos pueden privar a sus hijos del mayor don de su vida: el Bautismo. (Domingo después de Epifanía: El Bautismo del Señor. 13-I-2013).

EL BAUTISMO DE JESUCRISTO, EN UN CUADRO DE PERUGINO.

 

La Iglesia, desde siempre, ha urgido a los padres para que bauticen a sus hijos cuanto antes. Esto significa y es una muestra práctica de fe. No se atenta a su libertad, como no se les causó agravio alguno por darles la vida natural, ni por alimentarles, limpiarles y curarles, cuando no podían ellos solicitar estos bienes. Por el contrario, tienen derecho a recibir esa gracia. Y además, en el caso del Bautismo está en juego algo infinitamente mayor que ningún otro bien; la gracia y la fe; quizá, la salvación eterna. Sólo por ignorancia o por una fe dormida se puede explicar que muchos niños queden privados, por sus mismos padres ya cristianos, del mayor don de su vida. Y, por supuesto, nuestra oración hoy se debe dirigir a Dios, Nuestro Señor, para que esto no suceda. 

 

INSTITUCIÓN DEL BAUTISMO 

 

En efecto, en la solemnidad de hoy conmemoramos el bautismo de Jesús, por San Juan Bautista, en las aguas del río Jordán, en el territorio de Palestina. El Señor, sin tener mancha alguna que purificar, quiso someterse a este rito de la misma manera que lo hizo a las demás observancias legales, que tampoco le obligaban. Al hacerse hombre, se sujetó a las leyes que rigen la vida humana y a las que regían en el pueblo de Israel, elegido por Dios para preparar la venida de nuestro Redentor. San Juan Bautista cumplió, con energía, la misión de profetizar y suscitar un gran movimiento de penitencia, como preparación inmediata, al reino mesiánico.

 

Enseña San Agustín que el Señor deseó ser bautizado “para proclamar, con su humildad, lo que para nosotros era necesidad”. Con el Bautismo de Jesús quedó preparado el Bautismo cristiano que fue directamente instituido por Jesucristo con la determinación progresiva de sus elementos, y lo puso como ley universal el día de su Ascensión, cuando dijo a los Apóstoles: Me fué dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. 

 

En el Bautismo recibimos la fe y la gracia. El día en que fuimos bautizados fue el más importante de nuestra vida. Ciertamente, nos encontrábamos, antes de recibir el Bautismo, con la puerta del Cielo cerrada y sin ninguna posibilidad de dar el más pequeño fruto sobrenatural. Por eso, hoy damos gracias a Dios por haber recibido este don inmerecido y nos alegramos por tantos bienes cómo Dios nos concedió. Por lo tanto, hemos de agradecer la purificación de nuestra alma del pecado original, y de cualquier otro pecado si lo hubo, en el momento de recibir el Bautismo. Como sabemos, este “pecado original se transmite juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y se halla como propio en cada uno”. Así lo afirmó el Papa Pablo VI, en el “Credo del Pueblo de Dios”.

 

EL BAUTISMO PRODUCE UNA CIERTA DIVINIZACIÓN DEL HOMBRE

 

El bautismo nos inició en la vida cristiana. Fue un verdadero nacimiento a la vida sobrenatural. Es la nueva vida que predicaron los Apóstoles y de la que habló Jesús. Y el resultado de este nueva vida es cierta divinización del hombre y la capacidad de producir frutos sobrenaturales. Sin embargo, la dignidad del bautizado está como velada muchas veces, por desgracia, en la existencia ordinaria. Por eso hemos de esforzarnos en vivir conforme a esa dignidad. Pues nuestra más alta dignidad, la condición de Hijos de Dios, se nos comunica en el Bautismo.

 

Dice San Juan, en su primera Carta: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos realmente! Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. En efecto, el bautizado renace a nueva vida, a la vida de Dios, por eso es su “hijo”. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo. Así lo afirma San Pablo, en la Carta a los Romanos.

 

POR EL BAUTISMO FORMAMOS PARTE DEL PUEBLO DE DIOS

 

A partir del Bautismo, el cristiano forma parte de un pueblo, y la Iglesia se le presenta como la verdadera familia de los hijos de Dios. Dice el Concilio Vaticano II que “fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Y el Bautismo es la puerta por donde se entra a la Iglesia. Y en la Iglesia, precisamente por el Bautismo, somos todos llamados a la santidad”, es decir a la santificación personal y a comunicar esta realidad a los demás, que es lo que se llama hacer apostolado.

 

José Manuel Ardións Neo, Párroco y Rector de la Parroquia-Santuario de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, Nº 253).