COMO SER PACIENTES EN LA AYUDA A LOS DEMÁS PARA SALVARSE. (Homilía: III Domingo de Cuaresma.3.III.2013)

MIRAN DOLORIDOS, LA HIGUERA ESTÉRIL

La higuera estéril representa a todo aquel que permanece improductivo de cara a Dios Nuestro Señor. 

 

LA PACIENCIA DE DIOS 

 

El Señor nos ha colocado en el mejor lugar, donde podemos dar más fruto, según las propias condiciones y gracias recibidas. Y hemos sido objeto de los mayores cuidados del más experto viñador, desde el momento mismo de nuestra concepción: nos dio un Ángel Custodio, para que nos proteja hasta el final de la vida. Recibimos, quizá a los pocos días de nacer, la gracia inmensa del Bautismo, se nos dio Él mismo como alimento en la Sagrada Comunión, hemos tenido la oportunidad de recibir una formación cristiana. Incontables, por tanto, han sido las gracias y favores del Espíritu Santo.

 

Sin embargo, es posible que el Señor encuentre a veces pocos frutos en nuestra vida, y quizá, en alguna ocasión, los frutos hayan sido amargos. Y nos podemos preguntar: ¿por qué estos malos resultados, cuando todo estaba dispuesto para que fueran buenos?. San Ambrosio, el célebre obispo de Milán, en su libro “Tratado sobre el Evangelio de San Lucas”, señala que las causas de la esterilidad son, frecuentemente, la soberbia y la dureza de corazón.

 

A pesar de todo, Dios vuelve una y otra vez con nuevos cuidados: es la paciencia de Dios con el alma. Él no se desanima ante nuestras faltas de correspondencia. Sabe esperar, pues, junto a nuestras flaquezas y a la debilidad, conoce a la vez la capacidad de bien que hay en cada hombre, en cada mujer. El Señor no da nunca a nadie por perdido, confía en nosotros, aunque no siempre hayamos respondido a sus esperanzas. Y las páginas del Evangelio son un continuo testimonio de esta consoladora verdad: las parábolas del hijo pródigo, de la oveja perdida, el encuentro con la samaritana, con Zaqueo, con María Magdalena…

 

JESÚS INTERCEDE ANTE EL PADRE

 

El hortelano dice: Señor, déjala todavía este año, y cavaré alrededor de ella y le echaré estiércol, a ver si así da fruto… Es Jesús que intercede ante Dios Padre por nosotros, que “somos como una higuera plantada en la viña del Señor: intercede el colono; intercede cuando ya el hacha está a punto de caer, para cortar las raíces estériles; intercede como lo hizo Moisés ante Dios…Se mostró mediador quien quería mostrarse misericordioso”, dice Teofilacto, en “Catena Aurea”.

 

El Señor espera correspondencia a tantos desvelos, a tantas gracias concedidas, aunque nunca podrá haber paridad entre lo que damos y lo que recibimos, “pues el hombre nunca puede amar a Dios tanto como Él debe ser amado”, afirma Santo Tomás. Sin embargo, con la gracia sí que podemos ofrecerle cada día muchos frutos de amor o de trabajo bien hecho.

 

Examinémonos como si tuviéramos que presentarnos ahora delante del Señor, ¿nos encontraríamos alegres, con las manos llenas de frutos para ofrecer a nuestro Padre Dios? O por el contrario, una cierta dureza de corazón o el egoísmo de pensar excesivamente en nosotros mismos, está impidiendo que demos al Señor todo lo que espera de cada uno. No olvidemos que cuando no se da toda la gloria Dios, se convierte la existencia en un vivir estéril. Todo lo que no se hace de cara a Dios perecerá.

 

¿CÓMO PROLONGAR LA PACIENCIA DE DIOS?

 

La parábola de la higuera fue dicha inmediatamente después de la pregunta planteada acerca de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con sus sacrificios, y sobre los dieciocho hombres, encima de los cuales cayó la torre de Siloé. ¿Debía suponerse que esos hombres eran especialmente pecadores, para merecer tal suerte? Nuestro Señor contesta que no, y añade: Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis igualmente. No es la muerte del cuerpo lo que importa, es la disposición del alma que la recibe, y el pecador que, dándosele tiempo para el arrepentimiento, no hace uso de la oportunidad, no sale mejor librado que si le hubieran lanzado repentinamente sobre la eternidad, como a aquéllos.

 

Precisamente, en este momento llega la parábola de la higuera, que nos advierte de un límite a la larga paciencia de Dios Todopoderoso. Pero el hortelano interviene para prolongar el plazo de la tolerancia divina. Y lo consigue. Así también nosotros podemos alcanzar que se prolongue la paciencia divina, si tenemos en primer lugar paciencia con nosotros mismos y procuramos poner más medios, humanos y sobrenaturales, en relación a nosotros mismos y en el trato con los demás.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA CUARESMA, BUENA OCASIÓN PARA ESCUCHAR A DIOS. (Homilía: II Domingo de Cuaresma. 24-II-2013).

VISTA DE LA FACHADA PRINCIPAL DE LA BASÍLICA DEL MONTE TABOR, DONDE TUVO LUGAR LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR.

 

Subió Jesús al Monte Tabor con tres de  sus discípulos más íntimos, Pedro, Santiago y Juan. Allí oyeron la voz del Padre que les decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”.

 

EN CRISTO, SE NOS HA DICHO TODO

 

Ciertamente, en Cristo tiene lugar la plenitud de la Revelación. En su palabra y en su vida se contiene todo lo que Dios ha querido decir a la humanidad y a cada hombre. En Jesús encontramos todo lo que debemos saber acerca de nuestra propia existencia. En Él entendemos el sentido de nuestro vivir cotidiano. A nosotros nos toca escucharle y seguir el consejo que la Virgen María dió a los servientes de las Bodas de Caná: Haced lo que Él os diga. Ésa es nuestra vida: oír lo que Jesús nos dice en la intimidad de nuestra conversación con Él, en los consejos del sacerdote en la Confesión, en la dirección espiritual -si es que la llevamos-, y también a través de los acontecimientos y sucesos que Dios nos envia o permite.

 

Es cierto que hemos de hablar a Dios, en la oración, pero también debemos estar dispuestos a escuchar sus consejos, inspiraciones y deseos acerca del trabajo, de la familia… Y esto sucede así, porque en la oración además de ir a hablar con Dios también Él nos habla por medio de impulsos que nos llevan a mejorar en el cumplimiento de nuestros deberes diarios. E igualmente nos da luces para resolver -según el querer de Dios-, las cuestiones que se nos presentan.

 

ESTAR ATENTOS A LAS LLAMADAS DEL SEÑOR

 

Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Debemos oírle muchas veces y también preguntarle sobre aquello que no entendemos, que nos sorprende, o sobre las decisiones que hayamos de tomar. Por ejemplo, le preguntaremos: Señor, en este asunto, ¿qué quieres que haga?, ¿cómo puedo vivir mejor mi trabajo o mi profesión?, ¿cómo puedo encaminar mejor a mis hijos?, ¿cómo atender mejor a mi esposa, a mi marido, a mi familia, a mis vecinos?.

 

Si sabemos estar atentos, oíremos esas palabras de Jesús que nos invitan a una mayor generosidad y nos alumbran para movernos según el querer de Dios. Y en nuestra conversación con el Señor, le podemos decir con aquella frase de los Proverbios: Tu palabra es para mis pies una lámpara, la luz de mi sendero; sin ella andaría sin rumbo y sin sentido. Por eso, guíame, Señor, en mis caminos y no me dejes solo en medio de tanta oscuridad. Y a la oración sincera, con rectitud de intención y sencilla, como la de un hijo con su padre, o la de un amigo con otro amigo, Dios estará siempre atento.

 

Y así es: Dios está atento a lo que le decimos, está interesado en nuestros asuntos, recibe las alabanzas que le damos, las acciones de gracias que le dirigimos, los actos de amor, las peticiones, y nos habla, nos abre caminos nuevos, nos sugiere propósitos. Y con frecuencia nos ayudará a considerar que somos sus amigos íntimos, que nos ha llamado a servirle desde nuestro lugar de trabajo.

 

HACED LO QUE ÉL OS DIGA

 

Jesús también nos habla cuando nos dirigimos a Él en la oración o en la meditación -que deben ser una conversación con Dios-, y nos pedirá, a veces,  cosas pequeñas de mejora en el trabajo, en el trato con los demás, en procurar aumentar la presencia del Señor al ir por la calle o en el trato con la familia. Y esto sucede así porque Dios va señalando cada día nuestros pasos, como una brújula indica al caminante el sendero que lleva hasta la meta. Y el fin de nuestro viaje es Dios. A Él queremos encaminarnos con seguridad, sin titubeos, sin retrasos, con toda nuestra voluntad.

 

Y a la Virgen María le pediremos un mayor empeño en llevar a la práctica nuestros buenos propósitos, como puede ser el rezar mejor el Santo Rosario, el tener un confesor fijo que nos encamine por rutas de santidad, porque ¡amigo mío!, como dice el poeta, “al final de la vida el que se salva sabe y el que no se salva, no sabe nada”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


LA CUARESMA NOS RECUERDA LA NECESIDAD INDEROGABLE DE LA CONFESIÓN. (Homilía: I Domingo de Cuaresma. 17.II.2013).

El Beato Juan Pablo II, confesando a un penitente, en la Basílica de San Pedro, en Roma.

“La Cuaresma es un tiempo particularmente adecuado para despertar y educar la conciencia. La Iglesia nos recuerda precisamente en este período la necesidad inderogable de la Confesión sacramental, para que todos podamos vivir la resurrección de Cristo no sólo en la liturgia, sino también en nuestra propia alma”. Así lo dijo el Papa Beato Juan Pablo II, en una Carta a los fieles de Roma, con fecha del 28 de febrero del año 1979.

 

LA CUARESMA, TIEMPO OPORTUNO PARA CONFESARSE

 

Precisamente, la Cuaresma es un tiempo oportuno para cuidar muy bien el modo de  recibir el Sacramento de la Penitencia, ese encuentro con Cristo, que se hace presente en el sacerdote; encuentro siempre único, y siempre distinto. Allí nos acoge como Buen Pastor, nos cura, nos limpia, nos fortalece. Se cumple en este Sacramento lo que el Señor había prometido a través del Profeta Ezequiel: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y yo mismo las llevaré a la majada. Buscaré a la oveja perdida, traeré a la extraviada, vendaré a la herida y curaré la enferma, y guardaré las gordas y las robustas.

 

Cuando nos acercamos a este sacramento debemos pensar ante todo en Cristo. El debe ser el centro del acto sacramental. Y la gloria y el amor a Dios han de contar más que nuestros pecados. Se trata de mirar mucho más a Jesús que a nosotros mismos; más a su bondad que a nuestra miseria, en un diálogo de amor en el que Dios es siempre el punto de referencia.

 

El hijo pródigo que vuelve –eso somos nosotros cuando decidimos confesarnos- inicia el camino del retorno movido por la triste situación en la que se encuentra, sin perder nunca la conciencia de su pecado. No soy digno de ser llamado hijo tuyo; pero conforme se acerca a la casa paterna va reconociendo con cariño todas las cosas del hogar propio, del hogar de siempre. Y ve en la lejanía la figura inconfundible de su padre que se dirige hacia él. Esto es lo importante: el encuentro.

 

Cada Confesión contrita  -dice el Beato Juan Pablo II, en la Constitución Apostólica Reconciliación y Penitencia-, es “un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro en la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo, y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar”.

 

CENTRAR LA CONFESIÓN, EN CRISTO

 

Este empeño por centrar la Confesión en Cristo es importante para no caer en la rutina, para sacar del fondo del alma aquellas cosas que son las que más pesan y que sólo saldrán a la superficie a la luz del amor de Dios. Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, hemos pedido perdón, y muchas veces nos ha perdonado el Señor. Así acudimos a la Confesión: a pedir la absolución de nuestras culpas como una limosna que estamos lejos de merecer. Pero vamos con confianza, fiados no de nuestros méritos, sino en Su misericordia, que es eterna e infinita, siempre dispuesta al perdón. Él sólo nos pide que reconozcamos nuestras culpas con humildad y sencillez, que reconozcamos nuestra deuda. Por eso, a la Confesión vamos, en primer lugar a que nos perdone quien está en lugar de Dios y haciendo sus veces. No tanto a que nos comprendan, a que nos alienten. Vamos a pedir perdón.

 

LA CONFESIÓN SINCERA DEJA EN EL ALMA PAZ Y ALEGRÍA

 

La Confesión nos hace participar en la Pasión de Cristo y, por sus merecimientos, en su Resurrección. Cada vez que recibimos este sacramento con las debidas disposiciones se opera en nuestra alma un renacimiento a la vida de la gracia. La Sangre de Cristo, amorosamente derramada, purifica y santifica el alma, y por su virtud el sacramento confiere la gracia –si se hubiera perdido- o la aumenta, según las disposiciones del penitente.

 

En efecto, en la Confesión, el alma recibe mayores luces de Dios y un aumento de sus fuerzas –gracias particulares para combatir las inclinaciones confesadas, para evitar las ocasiones de pecar, para no reincidir en las faltas cometidas. ¡Cuántas veces las mayores gracias las hemos recibido después de una Confesión, después de haberle dicho al Señor que nos hemos portado mal con Él! Jesús da siempre bien por mal, para animarnos a ser fieles. El castigo que merecemos por nuestros pecados es borrado por Dios cuando ve nuestro arrepentimiento y nuestras obras de penitencia y desagravio.

 

La Confesión de nuestros pecados deja siempre en el alma una gran paz y una gran alegría. La tristeza del pecado o de la falta de correspondencia a la gracia se torna gozo. “Quizá los momentos de una Confesión sincera figuran entre los más dulces, más confortantes y más decisivos de la vida”, dijo el Papa Pablo VI, en una Alocución, con fecha del 22 de febrero del año 1975.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).


EL SEÑOR ESPERA DE NOSOTROS OBEDIENCIA FINA Y DELICADA AL PAPA Y AL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. (Homilía: V Domingo del Tiempo Ordinario. 10-II-2013).

 

LA FUERZA DE LA OBEDIENCIA

Jesús estaba junto al lago de Galilea con una muchedumbre que deseaba oír su  Palabra. Pedro y sus compañeros de trabajo lavaban las redes, después de bregar una noche sin pescar nada. Jesús quiere meterse hondamente en el alma de Simón, le pidió la barca y le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado -nos dice San Lucas-, enseñaba a la multitud desde la barca.

 

Cuando terminó de hablar, Jesús dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar. La mirada de Jesús, el modo imperativo y a la vez amable de dar la orden, el supremo atractivo que Jesús ejerce sobre las almas nobles, llevaron a Pedro a embarcarse de nuevo. El único motivo de echarse al agua con la barca es Jesús: Maestro -le dice Pedro-, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Este es el gran motivo para Pedro.

 

Ciertamente, en muchos momentos, podemos encontrar motivos humanos para abandonar la tarea, pero debemos oír la voz de Jesús que nos dice: Rema mar adentro. Es decir, recomienza de nuevo, vuelve a empezar en el nombre de Jesús. Dice Santa Teresa en su libro Fundaciones: “Muchas veces me parecía no poder sufrir el trabajo conforme a mi bajo natural; pero el Señor me dijo: Hija, la obediencia da fuerzas”.

 

DIOS PREMIA SIEMPRE LA OBEDIENCIA

 

En efecto, Pedro se adentró en el lago, con Jesús, en su barca y pronto se dio cuenta de que las redes se llenaban de peces; tantos, que parecía que se iban a romper. Entonces, hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Hubo pescado para todos. Dios premia siempre la obediencia con frutos incontables. Durante la noche, en ausencia del Señor, la labor había sido nula.

 

Lo mismo ocurre en nuestra vida cuando pretendemos sacar adelante tareas, sobre todo de apostolado, sin contar con el Señor. Pedro, a pesar de ser hombre de mar, mostró su humildad obedeciendo a quien podría pensar que no tenía experiencia. Pedro quedó asombrado ante la captura que habían realizado de los trabajos en la mar. Sin embargo se fía del Señor. Tiene más confianza en la palabra de Jesús que en sus años de brega. Esto nos enseña la necesidad que tenemos de obedecer sobre todo al Papa y después a las personas que Dios ha puesto para que guíen nuestra alma. La obediencia forma parte del misterio de la Redención. Cristo mismo “reveló su misterio y realizó la Redención con su obediencia”, enseña el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen gentium.

 

NO LIMITEMOS EL PODER DE DIOS

 

Pedro quedó asombrado ante la captura que habían realizado. Miró a Jesús y se arrojó a sus pies, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Comprendió su pequeñez ante la suprema dignidad de Cristo. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Pedro y quienes le habían acompañado en la pesca, sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 

Como vemos, Jesús comenzó pidiéndole prestada una barca y se quedó con su vida. Y Pedro dejaría tras de sí una huella imborrable, en tantas almas que Cristo mismo puso a su alcance. Comenzó a obedecer en lo pequeño y el Señor le manifestó los grandiosos planes que para él, pobre pescador de Galilea, tenía desde la eternidad. Nunca pudo sospechar la trascendencia y el valor de su vida. Miles y miles de personas encendieron su fe en la de aquellos que siguieron aquel día a Jesús, y muy particularmente en la de Pedro, que sería la roca, el cimiento inconmovible de la Iglesia.

 

Pensemos que tampoco nosotros podemos sospechar las consecuencias de nuestro seguimiento fiel a Cristo. Seguro que se producirán en nuestra vida ordinaria, en el trato con la familia, con los vecinos, con los compañeros de estudios o profesión. Y también se notarán en aquellos con los que entablamos una relación de amistad, unas palabras de acompañamiento. Si cambiamos nosotros, cambiamos también la aldea, la ciudad, la nación en que vivimos y mejoramos el mundo entero.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco y Rector de la Parroquia-Santuario de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. ( Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 253).