EL CREDO Y LOS CATORCE ARTÍCULOS DE LA FE. (Lección 2ª del Catecismo de la Doctrina Cristiana).

 

 

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

 

EL CREDO O SÍMBOLO DE LOS APÓSTOLES

 

Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y la Tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor; que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre; desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo; la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos; el perdón de los pecados; la resurrección de la carne y la vida eterna.

 

LOS ARTÍCULOS DE LA FE SON CATORCE

 

Los siete primeros pertenecen a la Divinidad y los otros siete a la Santa Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

El primero, creer en un solo Dios Todopoderoso.

El segundo, creer que es Padre.

El tercero, creer que es Hijo.

El cuarto, creer que es Espíritu Santo.

El quinto, creer que es  Creador.

El sexto, creer que es Salvador.

El séptimo, creer que es Glorificador.

 

Los que pertenecen a la Santa Humanidad son éstos:

El primero, creer que Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto hombre, fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.

El segundo, creer que nació de Santa María Virgen, siendo ella Virgen antes del parto, en el parto y después del parto.

El tercero, creer que recibió muerte y pasión por salvar a nosotros, pecadores.

El cuarto, creer que descendió a los infiernos y sacó las ánimas de los Santos Padres, que estaban esperando su Santo Advenimiento.

El quinto, creer que resucitó al tercer día de entre los muertos.

El sexto, creer que subió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso.

El séptimo, creer que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos: a los buenos, para darles la gloria, porque guardaron sus Santos Mandamientos y a los malos, pena eterna, porque no los guardaron.

 

Hizo la transcripción, José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña, Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información.


LA SEÑAL DE CRISTIANO ES LA SANTA CRUZ. (1ª lección).

CRISTO GÓTICO, SITUADO EN LO ALTO DEL RETABLO DE LA IGLESIA DE SAN BENITO DE LA CORUÑA (ESPAÑA).

 

LA SEÑAL DE LA CRUZ. Introducción a la Doctrina Cristiana.

 Todo fiel cristiano/está muy obligado/a tener devoción/de todo corazón/a la Santa Cruz de Cristo, nuestra luz. Pues en ella quiso morir/por nos redimir/de la cautividad/de nuestro pecado/y del enemigo malo. Y por tanto,/te has de acostumbrar/a signar y santiguar,/haciendo tres cruces. La primera en la frente,/porque nos libre Dios/de los malos pensamientos. La segunda en la boca,/porque nos libre Dios/de las malas palabras.La tercera en el pecho,/porque nos libre Dios/de las malas obras y deseos. 

 

Diciendo así: Por la señal+de la Santa Cruz, de nuestros+enemigos, líbranos Señor+Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo+y del Espíritu Santo. Amén. Cuando se adora la Cruz, se dice: Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

1. ¿Cual es la señal del cristiano? -La señal del cristiano es la Santa Cruz.

2. ¿Por qué? -Porque es figura de Cristo crucificado, que en ella nos redimió.

3. ¿De cuántas maneras usa el cristiano esta señal? -El cristiano usa esta señal de la Cruz de dos maneras, que son: signar y santiguar.

4. ¿Qué cosa es signar? -Signar es hacer tres cruces con el dedo pulgar de la mano derecha: la primera, en la frente; la segunda, en la boca; la tercera, en el pecho; hablando con Dios nuestro Señor.

5. ¿Mostrad cómo? -Por la señal+de la santa Cruz, de nuestros+enemigos, líbranos, Señor+Dios nuestro.

6. ¿Por qué os signáis en la frente? -Nos signamos en la frente para que nos libre Dios de los malos pensamientos.

7. ¿Por qué en la boca? -Nos signamos en la boca para que nos libre Dios de las malas palabras.

8. ¿Por qué en el pecho? -Nos signamos en el pecho para que nos libre Dios de las malas obras y deseos.

9. ¿Qué cosa es santiguar? -Santiguar es hacer una cruz con los dos dedos de la mano derecha, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho, invocando a la Santísima Trinidad.

10. ¿Mostrad cómo? -En el nombre del Padre, y del Hijo+y del Espíritu Santo. Amén.

11. ¿Cuándo habéis de usar de este señal de la Cruz? -Debemos hacer esta señal de la Cruz siempre que comenzáremos alguna obra buena, o nos viéramos en alguna necesidad, tentación o peligro, principalmente al levantarse de la cama, al salir de casa, al entrar en la iglesia, al comer y al dormir.

12. ¿Por qué tantas veces? -Porque en todo tiempo y lugar nuestros enemigos nos combaten y persiguen.

13. ¿Qué enemigos son éstos? -Nuestros enemigos son el demonio, el mundo y la carne.

14. ¿La Cruz tiene virtud contra ellos? -La Cruz tiene virtud contra nuestros enemigos, por haberlos vencido Cristo en ella con su muerte. 

La transcripción la realizó José Manuel Ardións. Párroco de San Benito de La Coruña (España), doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información.


Cada día, en todos los rincones del mundo, Jesucristo, a través de sus sacerdotes, perdona los pecados. (Homilía: V Domingo de Cuaresma. 17-III-2013).

                                                            LA PECADORA Y JESÚS

 

Cada día, en todos los rincones del mundo, Jesús, a través de sus ministros los sacerdotes, sigue diciendo: “Yo te absuelvo de tus pecados. Vete y no peques más. Es el mismo Cristo quien perdona. “La formula sacramental “Yo te absuelvo…”, y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador, contrito y convertido, entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al penitente. Dios es siempre el principal ofendido por el pecado –contra  Tí solo pequé- y sólo Dios puede perdonar”. Así se expresaba el beato Juan Pablo II, en una Exhortación Apostólica, sobre la Confesión, con fecha del 2 de diciembre de 1984.

 

CRISTO NO CONDENA SINO QUE PERDONA POR MEDIO DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

 

Recordemos el Evangelio de la Misa de este Domingo Quinto de Cuaresma. Los publicanos, con intención de ver lo que hacía el Señor y acusarle, llevaron a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. La mujer está aterrada en medio de todos. Y los escribas y fariseos insistían en sus preguntas. Entonces, Jesús se incorporó y les dijo. El que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra. E inclinándose de nuevo, seguía escribiendo en la tierra.

 

Y se marcharon todos, uno tras otro, comenzando por los más viejos. No tenían la conciencia limpia, y lo que buscaban era tender una trampa al Señor. Y quedó solo Jesús y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo: Mujer, ¿ninguno te ha condenado?. Ninguno, Señor. Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más.

 

Las palabras de Jesús están llenas de ternura y de indulgencia, manifestación del perdón y la misericordia infinita del Señor. Y en el alma de esta mujer se ha realizado un cambio profundo, que sólo podemos entreverlo a la luz de la fe. Y eso mismo pasa en las palabras que pronuncia el sacerdote en la administración del Sacramento de la Penitencia o Confesión. En ese mismo instante, causan y comunican verdaderamente  el perdón. Decía el beato Juan Pablo II, en el documento citado: “en aquel momento todo pecado queda perdonado y es borrado por la misericordiosa intervención del Salvador”.

 

EL PRODIGIO QUE OBRA LA CONFESIÓN SUPERA A LA MISMA CREACIÓN DEL MUNDO

 

Pocas palabras han producido más alegría en el mundo que ésta de la absolución: “Yo te absuelvo de tus pecados…”. San Agustín afirma que el prodigio que obran supera a la misma creación del mundo. Por eso, será bueno que nos preguntemos: ¿con qué alegría las recibimos nosotros cuando nos acercamos al sacramento del perdón? ¿Con qué agradecimiento? ¿Cuántas veces hemos dado gracia a Dios por tener tan a mano este sacramento?

 

Efectivamente, por la absolución, el hombre se une a Cristo Redentor, que quiso cargar con nuestros pecados. Por esta unión, el pecador participa de nuevo de esa fuente de gracias que mana sin cesar del costado abierto de Jesús. Es el momento de traer a la memoria la alegría que supone recuperar la gracia (si la hubiésemos perdido) o su aumento y nuestra mayor unión con el Señor. Por eso, después de cada Confesión debemos dar gracias a Dios por la misericordia que ha tenido con nosotros y detenernos en concretar cómo poner en práctica los consejos recibidos y cómo hacer más eficaz nuestro propósito de enmienda y de mejora.

 

CUMPLIR LA PENITENCIA

 

Cumplir la penitencia ayuda a quitar del alma la zona de heridas que deja la sombra del pecado. Porque, en realidad, nuestros pecados, aun después de ser perdonados, merecen una pena temporal que se ha de satisfacer en esta vida o, después de la muerte, en el Purgatorio, al que van las almas de  los que mueren en gracia, pero sin haber satisfecho plenamente por sus pecados, como lo dijo expresamente el Concilio de Florencia.

 

Después de recibida la absolución -enseña Juan Pablo II-, “queda en el cristiano una zona de sombra, debida a las heridas del pecado, a la imperfección del amor en el arrepentimiento, a la debilitación de las facultades espirituales en las que obra un foco infeccioso de pecado, que siempre es necesario combatir con la mortificación y la penitencia. Tal es el significado de la humilde, pero sincera, satisfacción”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229).


EL HIJO PRÓDIGO PUEDE REPRESENTAR NUESTRA PROPIA HISTORIA. (Homilía: IV Domingo de Cuaresma.10.III.2013).

EL HIJO PRÓDIGO ES RECIBIDO EN LA CASA PATERNA.

 

En el Evangelio de la Misa de este Cuarto Domingo de Cuaresma, narra San Lucas como cierto día en que se acercaban a Jesús muchos publicanos y pecadores, los fariseos comenzaron a murmurar porque Él los acogía a todos. Entonces el Señor les propuso esta parábola: Un hombre tenía dos hijos, y dijo el más joven al padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.

 

Todos somos hijos de Dios y, siendo hijos, somos también herederos, dice San Pablo en la Carta a los Romanos. La herencia es un conjunto de bienes incalculables y de felicidad sin límites, que sólo en el Cielo alcanzará su plenitud y la seguridad completa. Hasta entonces tenemos la posibilidad de hacer con esa herencia lo mismo que el hijo menor de la parábola: pasados pocos días, el más joven, reuniéndolo todo, partió a una tierra lejana, y allí disipó toda su herencia viviendo disolutamente.

 

“¡Cuántos hombres en el curso de los siglos, cuántos de los de nuestro tiempo pueden encontrar en esta parábola los rasgos fundamentales de su propia historia personal!”, afirmaba el beato Juan Pablo II, en el curso de una homilía pronunciada en el año 1980. ¡Cuántos tenemos la posibilidad de marcharnos lejos de la casa paterna y malbaratar los bienes de modo indigno de nuestra condición de hijos de Dios!.

 

CUANDO EL HOMBRE PECA GRAVEMENTE

SE PIERDE PARA DIOS Y PARA SÍ MISMO

 

Cuando el hombre peca gravemente, se pierde para Dios, y también para sí mismo, pues el pecado desorienta su camino hacia el Cielo; es la mayor tragedia que puede sucederle a un cristiano. Su vida honrada, las esperanzas que Dios había puesto en él; su vocación a la santidad, su pasado y su futuro se han venido abajo. Se aparta radicalmente del principio de vida, que es Dios, por la pérdida de la gracia santificante; pierde los méritos adquiridos a lo largo de toda su vida y se incapacita para adquirir otros nuevos, quedando sujeto, de algún modo, a la esclavitud del demonio.

 

“El alejamiento del Padre lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad y disipa en sí mismo la herencia: la dignidad de la propia persona humana, la herencia de la gracia”. Así se expresaba el Concilio Vaticano II. Ya en el Antiguo Testamento exclamaba el profeta Jeremías: Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, dice Jahvé. Un doble crimen ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de agua viva, para ir a excavarse cisternas agrietadas, incapaces de retener el  agua. Es decir, fuera de Dios es imposible la felicidad, incluso aunque durante un tiempo pueda parecer otra cosa.

 

DISPUESTOS A CAMBIAR

 

El hijo, lejos de la casa paterna, volviendo en sí, recapacitando, se decidió a iniciar el camino del retorno. Es decir, haciendo un examen de conciencia. Porque, como decía el beato Juan Pablo II, en un discurso a universitarios, “no bastan los análisis sociológicos para traer la justicia y la paz. La raiz del mal está en el interior del hombre. Por eso, el remedio parte también del corazón”.

 

Cuando se justifica el pecado, o se ignora, se hacen imposibles el arrepentimiento y la conversión, que tiene su origen en lo más profundo de la persona. Para hacer examen de la propia vida es necesario ponerse frente a las propias acciones con valentía y sinceridad, sin intentar falsas justificaciones. Pedía también el Beato Juan Pablo II, en otro discurso a universitarios: “Aprended a llamar blanco a lo blanco y negro a lo negro; mal al mal, y bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado”.

 

En el examen de conciencia, con la ayuda de la luz de la gracia, nos conocemos como en realidad somos. Es decir, como somos delante de Dios. Cuando no hallamos en qué arrepentirnos, no suele ser por carecer de faltas y pecados sino por cerrarnos a esa luz de Dios, que nos indica, en todo momento, la verdadera situación de nuestra alma. Tengamos en cuenta que la soberbia tratará de impedir que nos veamos tal como somos. Ya lo dijo el Señor hablando de los fariseos: han cerrado sus oídos y tapado sus ojos, a fin de no ver con ellos. En efecto, los fariseos, se hicieron sordos y ciegos voluntarios, porque, en el fondo, no estaban decididos a cambiar.

 

ENCUENTRO CON NUESTRO PADRE DIOS, EN LA CONFESIÓN

 

Hemos de acercarnos al Sacramento de la Penitencia, con el deseo de confesar los pecados, sin desfigurarlos, sin justificaciones. Con humildad y sencillez, sin rodeos. En la sinceridad se manifiesta el arrepentimiento de los pecados cometidos. Vemos como el padre del hijo pródigo, al verlo venir corrió. Mientras el arrepentimiento anda con frecuencia lentamente, la misericordia de nuestro Padre Dios corre hacia nosotros, en cuanto atisba, en la lejanía, nuestro más pequeño deseo de volver. Por eso, la Confesión está impregnada de alegría y esperanza.

 

Las palabras de Dios, que ha recuperado a su hijo perdido desbordan alegría: Alegrémonos, porque este mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y así es: el Señor, en la Confesión nos devuelve lo que culpablemente perdimos por el pecado: la gracia y la dignidad de hijos de Dios.

 

Dios ha establecido este sacramento de Su misericordia para que podamos volver siempre al hogar paterno. Y la vuelta acaba también siempre en una fiesta llena de alegría. Tal es, os digo, la alegría de los ángeles de Dios por un pecador que haga penitencia. Después de recibir la absolución y cumplir la penitencia impuesta por el confesor, “el penitente se injerta de nuevo en el misterio de la salvación y se encamina hacia los bienes futuros”, afirma el Ritual de la Penitencia.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco y Rector del Santuario de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la  Información. (Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229).