Inhabitación de la Trinidad: buscar a Dios en nosotros mismos. (Homilía: VI Domingo de Pascua. 5.V.2013)

 

LA INHABITACIÓN DE LA TRINIDAD EN EL ALMA EN GRACIA.

 

El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Dijo el Señor a los Apóstoles, según el Evangelio de San Juan, perteneciente al  Domingo VI de Pascua, que se celebrará el próximo día 5 de mayo o el mismo sábado, día 4, por la tarde. 

 

Esta es la presencia de la Trinidad en el alma que haya renacido por la gracia. Y esta es una de las enseñanzas fundamentales para la vida cristiana, repetida por San Pablo, a los primeros cristianos de Corinto: Porque vosotros sois templos de Dios vivo.

 

“QUÉ MÁS QUIERES, OH ALMA”, DICE SAN JUAN DE LA CRUZ

 

San Juan de la Cruz, en su obra Cántico Espiritual, refiriéndose al pasaje arriba citado, comenta: “¿Qué más quieres, ¡Oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca”.

 

Por lo tanto, debemos aprender a tratar cada vez más y mejor a Dios, que mora en nosotros. Nuestra alma, por esa presencia divina, se convierte en un pequeño cielo. ¡Cuánto bien nos puede hacer esta consideración! En el momento del Bautismo vinieron a nuestra alma las tres Personas de la Beatísima Trinidad, con el deseo de permanecer más unidas a nuestra existencia de  lo que puede estar la más íntima de las amistades.

 

Ahora bien, esta presencia, del todo singular, sólo se pierde por el pecado mortal; pero los cristianos no debemos contentarnos con no perder a Dios: debemos buscarle en nosotros mismos en medio de nuestras ocupaciones, cuando vamos por la calle, o en cualquier otra ocasión, para darle gracias, pedirle ayuda o desagraviarle por los pecados que cada día se cometen.

 

“TARDE TE AMÉ”, EXCLAMA SAN AGUSTÍN

 

A veces podemos pensar que Dios está muy lejos. Y sin embargo, no olvidemos que está más cercano, más atento a nuestras cosas que el mejor de los amigos. Precisamente, San Agustín, al considerar esta inefable cercanía de Dios, exclamaba: “¡Tarde te amé!; he aquí que Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Me tenían lejos de tí las cosas que, si no estuviesen en Ti, no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguedad”.

 

Amigo mío, pero para hablar con Dios, presente realmente en el alma en gracia, es necesario el recogimiento de los sentidos, que tienden a desparramarse y quedarse apegados a las cosas. Por tanto, debemos sabernos “templos de Dios” y actuar en consecuencia, y rodear de amor, con silencio interior, esa presencia íntima de la Trinidad Beatísima, en nuestra alma.

 

Ciertamente, la presencia de las tres Personas divinas, en el alma en gracia, es una presencia viva, abierta a nuestro trato, ordenada al conocimiento y al amor con que podemos corresponder. Ya se preguntaba San Agustín: “¿Por qué andar corriendo por las alturas del firmamento y por los abismos de la tierra, en busca de Aquel que mora en nosotros?”

 

Por su parte, el Papa San Gregorio Magno señalaba que “mientras nuestra mente estuviere disipada en imágenes carnales, jamás será capaz de contemplar la Trinidad Beatísima, porque la ciegan tantos obstáculos cuantos son los pensamientos que la traen y la llevan. Por tanto, el primer escalón -para que el alma llegue a contemplar la naturaleza invisible de Dios- es recogerse en sí misma”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San  Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, Nº 229.

 


JESUCRISTO ES, PARA CADA HOMBRE, CAMINO, VERDAD Y VIDA.(Homilía: V Domingo de Pascua. 28.IV.2013).

JESÚS RESPONDE:”YO SOY EL CAMINO,LA VERDAD Y LA VIDA”.

 

Jesucristo es, para cada hombre, el Camino, la Verdad y la Vida. Lo  anuncia el mismo Jesucristo, con las palabras del Evangelio de este Domingo Quinto de Pascua, que se ofrece para este Año de la Fe, que estamos llevando a cabo, en toda la Iglesia. 

 

En efecto, quien conoce a Jesucristo sabe la razón de su vida y de todas las cosas, porque, en realidad, nuestra existencia en la Tierra, es un caminar hacia Dios Nuestro Señor, hecho Hombre, por nuestra salvación. Y es en el Evangelio donde debemos aprender, la ciencia suprema de Jesucristo, como decía San Pablo en la Carta a los Filipenses. Así como también captar el modo de imitarle y de seguir sus pasos. De esto se concluye que debamos leer el Evangelio con un deseo grande de conocer para amar. No podemos pasar las páginas de la Sagrada Escritura como si se tratara de un libro cualquiera.

 

 “En los libros sagrados -dijo el Concilio Vaticano II-, el Padre que está en el Cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos”. Ya en siglo V San Agustín escribió que “debemos oír el Evangelio como si el Señor estuviera presente y nos hablase; porque las mismas palabras que salieron de la boca de Jesucristo, se guardaron y se conservaron para nosotros”. Por su parte, la Santa Iglesia ha guardado íntegro e inmune de todo error el impagable tesoro de la vida y de la doctrina del Señor para nosotros. Y sólo en la medida en que queramos ser buenos cristianos, penetraremos en la verdad íntima del contenido de estos libros santos, y gustaremos el fruto divino que encierran. 

 

CONTEMPLAR  AL  SEÑOR, EN LOS EVANGELIOS

 

 El Concilio Vaticano II “recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de la Sagrada Escritura”. Y San Jerónimo dejo escrito que   “desconocerla  es desconocer a Cristo”.   Ya San Pablo enseñaba a los primeros cristianos que la palabra de Dios es viva y eficaz. Porque, en realidad, es siempre actual, nueva para cada hombre, nueva cada día, y, además, palabra personal porque va destinada expresamente a cada uno de nosotros.

Por eso, al leer el Santo Evangelio, nos será fácil reconocernos en un determinado pasaje, o experimentar que unas palabras van dirigidas a nosotros. Y, efectivamente, tales palabras, por ser divinas y eternas, son siempre actuales. Podemos pensar, sin faltar a la verdad, que lo que narra el Evangelio está ocurriendo ahora, en nuestros días, en nuestra vida. Efectivamente, es actual la marcha y la vuelta del hijo pródigo; la oveja que anda perdida y el Pastor que ha salido a buscarla; la necesidad de la levadura para convertir la masa, y de la luz para iluminar la oscuridad del pecado. 

 

Ciertamente, el Evangelio nos revela lo que es y lo que vale nuestra vida, y nos traza el camino que debemos seguir. Ya lo dejó escrito San Juan: El Verbo es la luz que ilumina a todo hombre. Y no hay hombre al que no se dirija tal Palabra. El mismo San Lucas dice en su Evangelio que salía de Él una virtud que sanaba a todos. Y pensemos que tal virtud sigue saliendo de Jesús cada vez que entramos en contacto con Él y con sus palabras, que permanecen eternamente.

 

EL EVANGELIO, EL PRIMER LIBRO DEL CRISTIANO

 

Ciertamente, el Evangelio debe ser el primer libro del cristiano, porque nos es imprescindible conocer a Cristo. Y el Santo Evangelio nos permite meternos de lleno en el misterio de Jesús, especialmente, en nuestros tiempos, cuando tantas y tan confusas ideas circulan sobre el tema más trascendente para la Humanidad, desde hace veinte siglos: Jesucristo, Hijo de Dios, piedra angular, fundamento de todo hombre. Ya San Agustín, en el siglo V, en un Sermón sobre los pastores, decía: “No os descarriéis entre la niebla, escuchad más bien la voz del Pastor. Retiraos a los montes de las Santas Escrituras, allí encontraréis las delicias de vuestro corazón, nada hallaréis allí que os pueda envenenar o dañar, pues ricos son los pastizales que allí se encuentran”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, Nº 229.


LOS SACRAMENTOS DE LA SANTA MADRE IGLESIA. (Catecismo de la Doctrina Cristiana – Lección -6ª)

 

ADMINISTRANDO EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO.

 

Los Sacramentos de la Santa Madre Iglesia son siete 

 

Los cinco primeros son de necesidad o de voluntad, sin los cuales no se puede salvar el hombre si los deja por menosprecio. Los otros dos son de voluntad.

 

El primero, Bautismo.

 

El segundo, Confirmación.

 

El tercero, Penitencia.

 

El cuarto, Eucaristía.

 

El quinto, Unción de Enfermos.

 

El sexto, Orden Sacerdotal.

 

El séptimo, Matrimonio.

 

¿Qué cosa son los Sacramentos?

 

Los Sacramentos son unas señales exteriores o unos signos sensibles, instituídos por Jesucristo Nuestro Señor, para darnos por ellos su gracia y las virtudes.

 

¿Qué cosa es gracia?

 

Gracia es todo don sobrenatural que Dios nos da, para nuestra salvación.

 

¿Cuántas son las principales clases de gracia?

 

Hay dos clases principales de gracia, que son, la Gracia santificante y las Gracias actuales.

 

¿Qué es la Gracia santificante?

 

La Gracia santificante es un ser divino que hace al hombre santo, hijo de Dios y heredero del Cielo.

 

¿Qué son Gracias actuales?

 

Gracias actuales son los auxilios que Dios nos da para evitar el mal y obrar el bien, como las homilías o sermones, los buenos libros o ejemplos, las muertes repentinas; ciertas luces con que Dios ilumina nuestro entendimiento y unos santos deseos con que excita nuestra voluntad para el bien.

 

¿Son necesarias las Gracias actuales?

 

Las Gracias actuales son necesarias, porque sin ellas no podemos principiar, ni continuar, ni concluir cosa conducente para la Vida Eterna.

 

¿Qué virtudes dan los Sacramentos juntamente con la gracia?

 

Los Sacramentos nos dan, junto con la gracia, principalmente tres virtudes teologales y divinas, que son: la Fe, la Esperanza y la Caridad.

 

José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


LA LITURGIA DE ESTE DOMINGO HABLA DEL AMOR Y ORACIÓN POR EL PAPA. (Homilía: 4º Domingo de Pascua. 21.IV-2013).

ABRAZO ENTRE EL PAPA FRANCISCO Y EL PAPA EMÉRITO BENEDICTO XVI.

El Cuarto Domingo de Pascua, llamado Domingo del Buen Pastor, nos habla del amor que debemos tener, todos los católicos, al Santo Padre, actualmente llamado Francisco. El Papa es el sucesor de San Pedro, en la lista de 2o siglos. Y ahora se llama Francisco, como el anterior tenía por nombre  Benedicto XVI, ya que por haber habido varios Sumos Pontífices con este nombre, ocupaba el puesto número 16. 

 

Recordemos como el Señor, en su última aparición a los Apóstoles, poco antes de la Ascensión a los Cielos, constituye a Pedro pastor de su rebaño y guía de la Iglesia. Se cumple entonces la promesa que le hiciera poco antes de la Pasión: pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos. Y, a continuación, le profetiza que, como buen pastor, también morirá por su rebaño. 

 

Cristo confía en Pedro, a pesar de las negaciones. Sólo le pregunta si le ama, tantas veces cuantas habían sido las negaciones. La imagen del pastor que Jesús se había aplicado a sí mismo pasa a Pedro: él ha de continuar la misión del Señor: ha de ser su representante en la tierra. Las palabras de Jesús a Pedro –apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas- indican que la misión de Pedro será la de guardar todo el rebaño del Señor, sin excepción. Y “apacentar” equivale a dirigir y gobernar. Pedro y sus sucesores quedan constituídos pastores y guías de la Iglesia entera. Como enseña el Concilio Vaticano II, Jesucristo “puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó, en la persona del mismo, el principio y fundamento, perpétuo y visible, de la unidad de fe y de comunión. Por eso, donde está Pedro y sus sucesores se encuentra la Iglesia de Cristo. Junto a ellos se halla, efectivamente, la Iglesia de Cristo y también conocemos con certeza el camino que conduce a la salvación.

 

 EL PRIMADO DE PEDRO Y SUS SUCESORES 

 

Sobre el primado de Pedro -la roca- y sus sucesores estará asentado, hasta el fin el mundo, el edificio de la Iglesia. La figura de Pedro y sus Sucesores se agranda de modo inconmensurable, porque en realidad el fundamento de la Iglesia es Cristo; y, en su lugar, a lo largo de los siglos, de un modo visible, después de San Pedro estarán los Sumos Pontífices de Roma. Por eso, recibirán el nombre de Vicarios de Cristo, es decir, los que hacen las veces del mismo Cristo. 

 

Los Papas son, por tanto, la firme seguridad de la Iglesia, frente a las tempestades que ha sufrido y padecerá a lo largo de los siglos. El fundamento que los Papas le proporcionan y la vigilancia que ejercen sobre ella, como buenos pastores, son la garantía de que la misma Iglesia saldrá victoriosa, a pesar de estar sometida a pruebas y tentaciones. Como dijo el Concilio Vaticano I, Pedro morirá unos años más tarde de haberle entregado Cristo las llaves de la Iglesia, pero su oficio de pastor supremo “es preciso que dure eternamente por obra del Señor, para perpétua salud y bien perenne de la Iglesia, que, fundada sobre roca, debe permanecer firme hasta la consumación de los siglos. 

 

AMAR Y REZAR POR EL PAPA 

 

Por lo tanto, el amor al Papa se remonta a los mismos comienzos de la Iglesia. Los Hechos de los Apóstoles nos narran la conmovedora actitud de los primeros cristianos, cuando San Pedro es encarcelado por Herodes Agripa, que espera darle muerte después de la fiesta de la Pascua. Mientras tanto, la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios. “Observad los sentimientos de los fieles hacia sus pastores -dice San Juan Crisóstomo-. No recurren a disturbios ni a rebeldía, sino a la oración, que es el remedio invencible. No dicen: como somos hombres sin poder alguno es inútil que oremos por él. Rezaban por amor y no pensaban nada semejante”. 

 

Por lo tanto, debemos rezar mucho por el Papa que lleva sobre sus hombros el grave peso de la Iglesia, y por sus intenciones. Pidamos, como dice una oración litúrgica, que el Señor le guarde, y le dé vida, y le haga feliz en la tierra, y no lo entregue en poder de sus enemigos. Debemos recordar que todos los días sube hacia Dios un clamor de la Iglesia entera rogando por el Papa, en todas las partes del mundo. No se celebra ninguna Misa sin que se mencione su nombre y en la que no se pida por su persona y por sus intenciones. El Señor verá con mucho agrado que todos los católicos nos acordemos diariamente de ofrecer oraciones, horas de trabajo o estudio, y alguna mortificación por su Vicario aquí en la tierra, que ahora se llama El Papa Francisco.

 

José Manuel Ardións Neo, párroco de la Parroquia y Santuario de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid (España), nº 229.