OPTIMISMO SOBRENATURAL: CONTAR CON DIOS Y CON SU PODER. (Homilía: Solemnidad de Corpus Christi, según los lugares, el 30 de mayo ó el 2 de junio de 2013).

 

 

 

 

 

 

ADORACIÓN Y BENDICIÓN CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO.

 

Las lecturas de la Misa de  hoy, en la Fiesta del Corpus Christi, destacan el optimismo sobrenatural, con el que hemos de actuar los cristianos, contando siempre con el Señor y su poder. Efectivamente, leemos en el Evangelio de la Misa de esta Solemnidad, que Jesús se retiró a un lugar solitario con sus discípulos. Pero cuando las gentes se dieron cuenta, le siguieron. Y el Señor les acogió y se puso a hablar a la gente del reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.

 

UTILIZAR LOS MEDIOS HUMANOS

 

Caía la tarde y los doce se le acercaron a decirle a Jesús: que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar comida, porque aquí estamos en descampado. El Señor les contestó: Dadle vosotros de comer. Ellos replicaron: No tenemos más que cinco panes y dos peces. Entonces, el Señor utiliza lo único que habían podido recoger los Apóstoles. Y Él pondrá lo demás. Pero no quiso prescindir de los medios humanos, aunque fueran pocos.

 

Así hace el Señor en nuestra vida: no quiere que, por ser insuficientes o escasos los instrumentos con que contamos, nos quedemos sin hacer nada. Jesús nos pide fe, obediencia, audacia y hacer siempre lo que esté en nuestras manos. No deja de poner ningún medio humano a nuestro alcance y, a la vez, contar con Él, conscientes de que nuestras posibilidades son siempre muy pequeñas. Porque, en lo sobrenatural, siempre hay fruto: el Señor se encarga de ello, el Señor bendice nuestros esfuerzos y los multiplica.

 

CONTAR CON EL PODER DEL SEÑOR

 

Ciertamente, cuando un cristiano está persuadido de lo que Dios quiere, se ha de detener sólo en lo imprescindible, para hacer un recuento de los medios de que dispone. Contar siempre con Dios, en primer lugar, es buena señal de humildad. Aunque, no obstante, el Señor nos pedirá también que pongamos todos los medios humanos a nuestro alcance, como si de ello dependiera todo el éxito.

 

Dice Santo Tomás de Aquino que, una persona “que no se esforzara por hacer lo que está de su parte, esperándolo todo del auxilio divino, tentaría a Dios”, y la gracia del Todopoderoso dejaría de actuar.

 

CULTIVAR TAMBIÉN LAS VIRTUDES HUMANAS

 

De ahí, la importancia de cultivar las virtudes humanas, soporte de las sobrenaturales y medio necesario, en el afán de acercar a los demás a Dios. Pensemos: ¿cómo vamos a presentar de modo atrayente la vida cristiana, si no somos alegres, trabajadores, sinceros, buenos amigos? Por eso, debemos utilizar también los medios humanos y materiales, que son buenos porque los hizo Dios para el servicio de todos los humanos. Ya lo decía San Pablo en la Primera Carta a los Corintos: Todas las cosas son vuestras: el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro.

 

José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.

 

 

 

 

 


CONCEPCIÓN Y NACIMIENTO DE JESUCRISTO, DE MARÍA VIRGEN. (Catecismo de la Doctrina Cristiana -Lección 10ª).

EL NIÑO DIOS NACIDO, EN LOS BRAZOS DE MARÍA, ES ADORADO POR LOS PASTORES.

 

-¿Cuál de las tres divinas personas se hizo hombre? –Se hizo hombre la segunda persona, que es el Hijo.

 

-¿El Padre se hizo hombre? –El Padre no se hizo hombre.

 

¿El Espíritu Santo se hizo hombre? –El Espíritu Santo no se hizo hombre.

 

¿Pues quién? –Solamente se hizo hombre el Hijo, el cual, hecho hombre, se llama Jesucristo.

 

¿Quién es Jesucristo? –Jesucristo es el Hijo de Dios vivo, que se hizo hombre para redimirnos y darnos ejemplo de vida.

 

-¿Cuántas naturalezas, voluntades y entendimientos hay en Jesucristo? –En Jesucristo hay dos naturalezas, una divina y otra humana; dos voluntades, divina una y humana otra; y dos entendimientos, uno divino y otro humano.

 

¿Y cuántas personas y memorias? –En Jesucristo hay una sola persona, divina, que es la Segunda de la Santísima Trinidad, y una sola memoria, humana, porque, en cuanto Dios, no tiene memoria.

 

-¿Qué quiere decir Jesús? –Jesús quiere decir Salvador.

 

-¿De qué nos salvó? –Nos salvó de nuestros pecados y del cautiverio del demonio.

 

– ¿Qué quiere decir Cristo? –Cristo quiere decir ungido.

 

-¿De qué fue ungido? –Fue ungido de las gracias y dones del Espíritu Santo.

 

CONCEPCIÓN Y NACIMIENTO

 

-Cristo Nuestro Señor, ¿cómo fue concebido y nació de Madre Virgen? Cristo Nuestro Señor fue concebido y nació de Madre Virgen, obrando Dios sobrenatural y milagrosamente.

 

-¿Por qué decís sobrenatural y milagrosamente? –Porque Jesucristo ni fue concebido ni nació como los demás hombres.

 

-Pues ¿cómo se obró el misterio de su concepción? -En las entrañas de la Virgen María formó el Espíritu Santo, de la purísima sangre de esta Señora, un cuerpo perfectísimo; creó de la nada un alma, y la unió a aquel cuerpo perfectísimo, y, en el mismo instante, a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios; y de esta suerte, el que antes era solo Dios, sin dejar de ser Dios, quedó hecho Hombre.

 

-Y ¿cómo nació milagrosamente? –Jesucristo nació milagrosamente, saliendo del vientre de María Santísima, sin detrimento de su virginidad, a la manera que el rayo del sol sale por un cristal, sin romperlo ni mancharlo.

 

-Su Madre, ¿vivió después siempre virgen? –Su Madre vivió Virgen perpetuamente.

 

-¿En que sentido María es “siempre Virgen”? –María es siempre virgen en el sentido de que ella “fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre”(San Agustín). Por tanto, cuando los Evangelios hablan de “hermanos y hermanas de Jesús”, se refieren a parientes próximos de Jesús, según una expresión empleada en la Sagrada Escritura.

 

(Esta última pregunta y su respuesta están tomadas del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Año 2005).

 

José Manuel Ardións, párroco de San Benito de La Coruña (España).


 Nuestro Señor Jesucristo se aparece a los Apóstoles la misma tarde del domingo en que resucitó. Se presenta en medio de ellos sin necesidad de abrir las puertas, ya que goza de las cualidades del cuerpo glorioso; pero para deshacer la posible impresión de que es sólo un espíritu, les muestra las manos y el costado: no queda ninguna duda de que es Jesús mismo y de que verdaderamente ha resucitado.

Además les saluda por dos veces con la fórmula usual entre los judíos, con el acento entrañable que en otras ocasiones pondría en ese saludo. Con estas amigables palabras quedaban disipados el temor y la vergüenza que tendrían los Apóstoles por haberse comportado deslealmente durante la Pasión. De esta forma se ha vuelto a crear el ambiente de intimidad, en el que Jesús va a comunicarles poderes trascendentales.

LA IGLESIA, CONTINUADORA DE LOS MANDATOS DE JESUCRISTO

El Papa León XIII explicó como Cristo transfirió su propia misión a los Apóstoles: “¿Qué quiso y qué buscó al fundar y conservar la Iglesia? Esto es: transmitir la misma misión y el mismo mandato que había recibido del Padre para que Ella los continúe.

Esto es claramente lo que se había propuesto hacer y esto es lo que hizo: “Como el Padre me envió así os envio yo” (San Juan, 20,21). Y en otro pasaje de San Juan, 17, 18, se dice “Como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo”.

Precisamente, momentos antes de retornar al Cielo envía a los Apóstoles con la misma potestad con la que el Padre le había enviado; les ordenó que extendieran y sembraran por todo el mundo su doctrina (Mateo, 28, 18). Todos los que obedezcan a los Apóstoles se salvarán; los que no le obedezcan perecerán (Marcos 16,16).

Por eso, ordena aceptar religiosamente y guardar santamente la doctrina de los Apóstoles como suya: “Quien a vosotros oye, a mi me oye; quien a vosotros desprecia, a mi me desprecia (Lucas, 10, 16). En conclusión, los Apóstoles son enviados por Jesucristo, de la misma forma que El fue enviado por el Padre.

En esta misión, los Obispos son sucesores de los Apóstoles: “Cristo, por medio de los mismos Apóstoles, hizo partícipes de su propia consagración y misión a los sucesores de aquellos, que son los Obispos, cuyo ministerio, en grado subordinado, fue encomendado a los presbíteros, a fin de que, constituidos en el orden del presbiterado, fuesen cooperadores del Orden Episcopal, para cumplir la misión apostólica confiada por Cristo” (Presbyterorum ordinis, nº. 2).

PODER DE PERSONAR LOS PECADOS

La Iglesia ha entendido siempre –y así lo ha definido- que Jesucristo, con estas palabras, confirió a los Apóstoles la potestad de perdonar los pecados, poder que se ejerce, en el Sacramento de la Penitencia. “El Señor, principalmente entonces (Dice: Sacramento De Paenitentia), instituyó el Sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo. Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo.”

SUBLIME EXPRESIÓN DEL AMOR DE DIOS

El Sacramento de la Penitencia es la expresión más sublime del amor y de la misericordia de Dios con los hombres, como enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo (San Lucas, 15, 11-32). El Señor espera siempre con los brazos abiertos que volvamos arrepentidos, para perdonarnos y devolvernos nuestra dignidad de hijos suyos.

Los Papas han recomendado con insistencia que los cristianos sepamos apreciar y aprovechemos con fruto este Sacramento: “Para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo; con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo” (Mystice Corporis).

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.

 

 

Después de haberse aparecido a María Magdalena, a las demás mujeres, a Pedro y a los discípulos de Emaús, Jesús se muestra a los Once, según narra el Evangelio de este Tercer Domingo de Pascua. Y en esta aparición a los Apóstoles comió con ellos y les mostró sus llagas, llenándoles de admiración y gozo.

 

Ahora, cada uno de nosotros debe pensar que en el Sagrario nos encontramos con El, que nos ve y  nos conoce. Podemos hablarle como hacían los Apóstoles, y contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa. Allí encontramos siempre la paz verdadera, la que perdura por encima del dolor y de cualquier obstáculo.

JESÚS NOS ESPERA EN EL SACRAMENTO DEL AMOR

 Ahora bien, en una Alocución del 31 de octubre de l982, decía San Juan Pablo II que la piedad eucarística, “ha de centrarse, ante todo, en la celebración de la Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la Cruz. Pero tiene una lógica prolongación, en la adoración a Cristo, en este divino sacramento, en la visita al Santísimo, en la oración ante el Sagrario, además de los otros ejercicios de devoción, personales o colectivos, privados o públicos, que habéis practicado durante siglos”. Por lo tanto, tengamos en cuenta, añade el mismo Pontífice, que “Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo”.

Efectivamente, “Jesús está allí, en el Sagrario cercano. Quizá a pocos kilómetros, o a pocos metros. ¿Cómo no vamos a ir a verle, a amarle, a contarle nuestras cosas, a pedirle? ¡Qué falta de coherencia, si no lo hiciéramos con El! ¡Qué bien entendemos esta costumbre secular de las “cotidianas visitas a los divinos sagrarios”!. Así se expresaba el Papa Pío XII, en la Encíclica Mediator Dei, con fecha 20 de noviembre del año 1947.  Por su parte, San Josemaría se expresaba afirmando que el Maestro, allí en el Sagrario nos espera desde hace veinte siglos, y podemos estar junto a Él como María hermana de Lázaro –la que escogió la mejor parte, en su casa de Betania.

DELANTE DE UN SAGRARIO, DIGAMOS: ¡DIOS ESTÁ AQUÍ!

Por eso, cuando nos encontremos delante de un Sagrario, bien podemos decir con toda verdad y realidad: ¡Dios está aquí! Y, ante este misterio de fe, no cabe otra actitud que la de la adoración. Por eso, la Visita al Santísimo es un acto de piedad que lleva pocos minutos, y, sin embargo, ¡cuántas gracias, cuánta fortaleza y paz nos da el Señor! Allí mejora nuestra presencia de Dios a lo largo del día, y sacamos fuerzas para llevar con garbo las contrariedades de la jornada; allí se enciende el afán de trabajar mejor, y nos llevamos una buena provisión de paz y alegría para la vida de familia y también las demás cosas.

 zapateira:El Señor, que es buen pagador, agradece siempre el que hayamos ido a visitarle. “Es tan agradecido –decía Santa Teresa de Jesús en su libro Camino de perfección-, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio”. Por eso, debemos considerar que, en la Visita al Santísimo, vamos a hacer compañía a Jesús Sacramentado durante unos minutos. Quizá ese día no han sido muchos quienes le han visitado, aunque Él los esperaba. Por eso, le alegra mucho más el vernos allí.

 

¿QUÉ HAREMOS ANTE DIOS SACRAMENTADO?: AMARLE, ALABARLE, AGRADECERLE Y PEDIRLE

 

Rezaremos alguna oración acostumbrada junto a la Comunión Espiritual, le pediremos ayudas –espirituales y materiales-, le contaremos lo que nos preocupa y lo que nos alegra, le diremos que, a pesar de nuestras miserias, puede contar con nosotros para evangelizar de nuevo el mundo, le diremos, quizá, que queremos acercarle alguna persona. “¿Qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina? Así se pregunta San Antonio María de Ligorio, en su obra Visitas al Santísimo Sacramento.

 

Pensemos entonces que cuando dejemos el templo, después de estos momentos de oración, habrá crecido en nosotros la paz, la decisión de ayudar a los demás, y un vivo deseo de comulgar, pues la intimidad con Jesús no se realizará completamente más que con la Comunión.

 

Los primeros cristianos, desde el momento en que tuvieron iglesias y reserva del Santísimo Sacramento, ya vivían esta piadosa costumbre. Así lo comenta San Juan Crisóstomo, en su obra Instrucción sobre el Misterio Eucarístico. “Y entró Jesús en el templo”. Esto era lo propio de un buen hijo: pasar enseguida a la casa de su Padre, para tributarle el honor debido. Como tú, que debes imitar a Jesucristo, cuando entres en una ciudad, debes, lo primero, ir a la Iglesia”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press, con sede en Roma y Madrid.

En la Solemnidad de la Santísima Trinidad, que celebramos este Domingo día 26 de mayo, tenemos que pensar que vivimos rodeados de los regalos de Dios. Todo lo bueno que tenemos, las cualidades del alma y del cuerpo…, todo son dones del Señor, para que nos ayuden a ser felices en esta vida y alcancemos, con ellos, el Cielo.

Pero fué sobre todo, en el momento de nuestro Bautismo, cuando nuestro Padre Dios nos llenó de bienes incontables. Borró la mancha del pecado original, en nuestra alma. Nos enriqueció con la gracia santificante, por la que nos hizo partícipes de su misma vida divina y nos constituyó en hijos suyos.

DONES Y VIRTUDES SOBRENATURALES

Junto con la gracia, Dios adornó nuestra alma, con las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo. Las virtudes nos dan el poder, la capacidad de actuar de una manera sobrenatural, de juzgar el mundo y los acontecimientos desde un punto de vista más alto, desde la fe, y de portarnos como verdaderos hijos de Dios.

Nos dan también la posibilidad de conocer íntimamente a Dios, de amarle como Él se ama, y de realizar obras meritorias para la vida eterna. Y, bajo el influjo de estas virtudes, nuestros quehaceres o el desarrollo de nuestro trabajo, aunque humanamente parezcan de escaso relieve, se convierten en un tesoro de méritos para el Cielo.

EL ESPÍRITU SANTO NOS GUIARÁ A LA VERDAD PLENA

Según el Evangelio de este domingo de la Trinidad, el Señor dijo a los discípulos: “cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Como se ve, este pasaje recoge el anuncio del Señor; y la liturgia de la Iglesia nos invita, de muchas maneras, a preparar nuestras almas a la acción del Espíritu Santo.

Porque, realmente, la lucha decidida contra el pecado, nos dispone a recibir la luz y la protección del Espíritu Santo, a través de sus dones. Efectivamente, la claridad que recibimos en la inteligencia, nos hace conocer y comprender las cosas divinas. La ayuda que alcanza nuestra voluntad, nos permite aprovechar, con eficacia, las oportunidades de realizar el bien, que se nos presentan cada día. Y, también, nos da fuerza para rechazar las tentaciones de todo aquello que nos puede alejar de Dios, Nuestro Señor. 

 COMO AUMENTAR LA DEVOCIÓN A LA TRINIDAD

Para aumentar nuestra devoción a la Trinidad Beatísima, empecemos por practicar las virtudes humanas y cristianas, en el trabajo y en la convivencia diaria. La Trinidad Beatísima desea, por medio del Espíritu Santo, darnos sus dones  para que formen un río impetuoso en nuestra vida sobrenatural, y para que produzcan, en nosotros, sus admirables frutos. Él sólo espera que quitemos los posibles obstáculos de nuestra alma, que le pidamos, a Él mismo, más deseo de purificación; y que le digamos, desde lo más hondo de nuestro corazón: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. El Paráclito no desea otra cosa que llenarnos de su gracia y de sus dones. Si vosotros –dijo el Señor-, siendo malos, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Los grandes bienes de Pentecostés: La Confesión y la presencia de Cristo en los Sagrarios. (Domingo. 19.V.2013)

 TAL COMO ESTÁ AHORA: EL LUGAR DONDE CELEBRÓ EL SEÑOR LA ÚLTIMA CENA Y TAMBIÉN  DONDE EL ESPÍRITU SANTO BAJÓ SOBRE LOS APÓSTOLES, EL DÍA DE PENTECOSTÉS.           

 

Según el Evangelio de este Domingo de Pentecostés, estando los discípulos, en el Cenáculo, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos, entró Jesús y les dijo “Paz a vosotros”. Y añadió: Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados: a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. Y, por otra parte, Jesucristo se quedó en la Eucaristía, Sacramento en el que está verdadera, real y sustancialmente, el Cuerpo y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; es decir: todo entero.

 

Efectivamente, Jesús se quedó en la Sagrada Eucaristía. En este memorable Sacramento se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor y, por consiguiente, Cristo entero. Esta presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía es real y permanente, porque, acabada la Misa, queda el Señor en cada una de las formas y partículas consagradas, no consumidas. Así lo expresa el Concilio de Trento, en el Canon cuarto sobre la Eucaristía.

 

En el Sagrario, nos encontramos con Él, que nos ve y nos conoce. Podemos hablarle como hacían los Apóstoles, y contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa. Allí, encontramos siempre la paz verdadera, la que perdura, por encima del dolor y de cualquier obstáculo.

 

JUAN PABLO II: VISITA AL SANTÍSIMO

 

En el curso de una Alocución, en el año 1982, decía el Papa Beato Juan Pablo II que, la piedad eucarística, “ha de centrarse, ante todo, en la celebración de la Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la Cruz. Pero tiene una lógica prolongación en la adoración a Cristo en este divino Sacramento, en la Visita al Santísimo, en la oración ante el Sagrario, además de otros ejercicios de devoción, personales o colectivos, privados o públicos, que habéis practicado durante siglos”. Y añadía: “Jesús nos espera en este Sacramento de Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo”.

 

En efecto, pensemos que Jesús está allí, en el Sagrario cercano. Espera nuestra visita. Y cuando nos encontremos delante del Sagrario, bien podremos decir, con verdad y realidad: Dios está aquí. Y ante este misterio de Fe no cabe otra actitud que la de la adoración –Te adoro con devoción, Deidad oculta-, de respeto y asombro y, a la vez, de confianza sin límites.

 

Consideremos también que el Señor, que es buen pagador, agradece siempre el que hayamos ido a visitarle. “Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio”, afirma Santa Teresa, en uno de sus libros, titulado: “Camino de perfección”.

 

José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscripto en el Registro Profesional del Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.