DEBEMOS TENER OJOS PARA VER A CRISTO EN TODAS LAS COSAS NOBLES DE ESTE MUNDO. (Homilía: Domingo-XIII-del Tiempo Ordinario: 30.VI.2013)

    

 

 

 

 

 

COMO MIRAR TODAS LAS COSAS EN TI.

San Lucas presenta, en el Evangelio del Décimo Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, a tres personas que quieren seguir al Señor, en la vida ordinaria, pero que sienten la tentación de mirar atrás, que, como dice San Atanasio “es tener pesares y volver a tomarle gusto a las cosas mundanales”. Sin embargo, nuestra postura ha de ser la de tener los ojos para ver y mirar a Cristo, en todas las cosas nobles de este mundo. Con el Salmo 15, podemos decir: el Señor es mi lote y mi heredad. Me enseñarás el sendero de mi vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

 

HACER LA VOLUNTAD DIVINA, DA SENTIDO A LA VIDA

 

           

     Cada hombre es aquello para lo que Dios lo ha creado, y la vida humana no tiene otro sentido que ir conociendo y realizando libremente esa voluntad divina. Ciertamente, todos hemos recibido una llamada a conocer a Dios, a reconocerle como fuente de vida, a tomar decisiones teniendo presente su querer. E igualmente hemos recibido llamada a conocer a los demás humanos como personas e hijos de Dios, y, por tanto, una llamada a superar, de manera radical, el egoísmo, y vivir la fraternidad.

 

    Habitualmente se trata de una fidelidad en lo pequeño de cada jornada, de amar a Dios en el trabajo, en el estudio, en las alegrías y penas que conlleva toda existencia; de rechazar aquello que, de alguna manera, signifique mirar donde no podemos encontrar a Cristo. No olvidemos que –como dice el Libro de Daniel- tenemos los pies de barro, y nos hace falta vivir la prudencia y la sinceridad; la caridad y la fraternidad, que impiden encerrarnos en nosotros mismos; el espíritu de mortificación, que lleva  a la templanza, a la sobriedad, a la lucha contra la comodidad y el aburguesamiento, a no buscar compensaciones, que acabarían siendo amargas, porque alejan de Dios.

 

EL CUMPLIMIENTO DEL PROPIO DEBER, NOS HACE FIELES A DIOS

 

Toda nuestra vida está compuesta de cosas que no tienen relieve. Sin embargo, pensemos que la misma vida se hace mediocre, desamorada, cuando permitimos que entre la rutina, cuando no damos importancia a lo que hacemos porque nos parece que da igual hacerlo de un modo o de otro.

 

    Es posible que se nos presenten pocas ocasiones –quizá ninguna- de salvar a otros con un acto heroico, exponiendo nuestra propia vida. Sin embargo, todos los días tendremos oportunidad de decir una palabra amable a una amistad que se nota que está más cansada o preocupada, de pedir cosas con amabilidad, de ser agradecidos, de evitar conversaciones o comentarios que siembran la inquietud y de los que nada positivo resulta, de ceder en la opinión, de evitar a toda costa el malhumor, que tanto daño causa a nuestro alrededor. También podemos esforzarnos por entablar una conversación cuando el silencio se vuelve pesado, o en escuchar con interés a quien nos habla.

 

CÓMO TORNAR DIVINAS LAS COSAS PEQUEÑAS

 

    Evidentemente, nuestra vida se compone de muchos pequeños esfuerzos. Muchos pequeños pasos llevan hasta el final del camino, y la fidelidad en lo pequeño nos permitirá resistir tentaciones importantes. Y Dios nos pide cosas en cada momento, pero siempre veremos que están al alcance de nuestras manos. Y pensemos que muchas de esas cosas son meramente humanas, que se tornan divinas por el ofrecimiento de obras  que de ellas  hacemos todas las mañanas. Entonces lo humano y lo divino se funden en una honda unidad de vida, que nos permite ganarnos poco a poco el Cielo, con lo humano de cada jornada. El cuidado de lo pequeño alimenta de continuo nuestro amor a Dios.

 

    José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid nº229.


UN CRISTIANISMO SIN CRUZ NO SERVIRÍA PARA ENCAMINAR LOS PASOS, EN POS DE CRISTO. (Homilía: Domingo XII del Tiempo Ordinario. 23-VI-2013).

CARGAR CADA UNO CON SU PROPIA CRUZ.

 

            El Evangelio de este domingo XII del Tiempo Ordinario  nos recuerda que para seguir a Cristo es preciso llevar la propia Cruz. El Señor, dirigiéndose a todos, dijo: el que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo.

 

NO EXISTE CRISTIANISMO SIN CRUZ

            El Señor se dirige  a todos y habla de la Cruz de cada día. Estas palabras de Jesús conservan hoy su más pleno valor. Son palabras dichas a todos los hombres que quieren seguirle, pues no existe un Cristianismo sin Cruz, para cristianos flojos y blandos, sin sentido del sacrificio. Las palabras del Señor expresan una condición imprescindible: el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

 

            Decía un profesor mío de Historia del Derecho Canónico, don José Orlandis, en un libro suyo titulado “Las Ocho Bienaventuranzas”,que un Cristianismo del se pretendiera arrancar la cruz de la mortificación voluntaria y la penitencia, so pretexto de que esas prácticas son residuos oscurantistas, medievalismos impropios de una época humanista, ese Cristianismo desvirtuado lo sería sólo de nombre; ni conservaría la doctrina del Evangelio ni serviría para encaminar en pos de Cristo los pasos de los hombres”. Sería un Cristianismo sin Redención, sin Salvación.

 

            Precisamente, uno de los síntomas más claros de que la tibieza ha entrado en un alma es el abandono de la Cruz, de la pequeña mortificación, de todo aquello que de alguna manera suponga sacrificio y abnegación. Porque, huir de la Cruz es alejarse de la santidad y de la alegría; porque uno de los frutos del alma mortificada es precisamente la capacidad de relacionarse con Dios y con los demás, y también una profunda paz, aun en medio de la tribulación y de las dificultades externas. Una persona que abandona la mortificación queda atrapada por los sentidos y se hace incapaz de un pensamiento sobrenatural.

 

            Sin espíritu de sacrificio y de mortificación no hay progreso en la vida cristiana. Dice San Juan de Cruz, en un libro titulado “Llama de Amor viva”, que si hay pocos que llegan a un alto estado en unión con Dios se debe a  que muchos no quieren sujetarse “a mayor desconsuelo y mortificación”. “Y jamás, si quiere llegar a poseer a Cristo, le busque sin la cruz”, dirá el mismo santo, en una carta a Santa Ana.

 

ENCONTRAR LA CRUZ, EN LAS CONTRARIEDADES DE CADA DÍA, ES LO NORMAL

            Ahora bien, la Cruz del Señor, con la que hemos de cargar cada día, no es ciertamente la que producen nuestros egoísmos, envidias, pereza, etc., no son los conflictos que producen nuestro hombre viejo y nuestro amor desordenado. Esto no es del Señor, no santifica.

 

            Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera. Pero el Señor nos dará las fuerzas necesarias para llevar con garbo esa Cruz y nos llenará de gracias y frutos inimaginables. Comprenderemos que Dios bendice de muchas maneras y frecuentemente, a sus amigos, haciéndonos partícipe de su Cruz y corredentores con Él.

 

            Sin embargo, lo normal será que encontremos la Cruz de cada día en pequeñas contrariedades que se atraviesan en el trabajo, en el estudio, en la convivencia. También puede aparecer en un imprevisto con el que no contábamos, con el carácter difícil y hacer crecer las molestias producidas por el frío o el calor o el ruido, incomprensiones, una leve enfermedad que nos disminuye la capacidad de trabajo en un determinado día.

 

            Y hemos de recibir esas contrariedades diarias con ánimo alegre, ofreciéndolas al Señor, con espíritu de reparación: sin quejarnos, pues la queja frecuentemente señala el rechazo de la Cruz. Estas mortificaciones, que llegan sin esperarlas, pueden ayudarnos, si las recibimos bien, a crecer en el espíritu de penitencia que tanto necesitamos, y a mejorar en la virtud de la paciencia, en caridad, en comprensión: es decir, en santidad.

 

            Muchos pierden la alegría al final de la jornada, no por grandes contrariedades, sino por no haber sabido santificar el cansancio propio del trabajo, ni las pequeñas dificultades que han ido surgiendo durante el día. La Cruz –pequeña o grande- aceptada, produce paz y gozo en medio del dolor y está cargada de méritos para la vida eterna. Cuando no se acepta la Cruz, el alma queda desilusionada o con una íntima rebeldía, que sale enseguida al exterior en forma de tristeza, de mal humor.Tengamos en cuenta que el cristiano que va por la vida rehuyendo sistemáticamente el sacrificio no encontrará a Dios,  ni  encontrará la felicidad. Y rehuyerá tambien la  propia santidad.

 

CÓMO MANTENER VIVO EL ESPÍRITU DE PENITENCIA, CON PEQUEÑAS MORTIFICACIONES

 

          Ahora bien, además de aceptar la Cruz que sale a nuestro encuentro, muchas veces sin esperarla, debemos buscar  otras pequeñas mortificaciones para mantener vivo el espíritu de penitencia; para progresar en la vida interior. Y será de gran ayuda tener mortificaciones previstas de antemano, para hacerlas cada día.

 

Estas mortificaciones nos ayudarán, buscadas por amor a Dios,  para vencer la pereza y la soberbia; otras estarán orientadas a vivir mejor la caridad, en particular con las personas con quienes convivimos y trabajamos; saber sonreir aunque nos cueste, tener detalles de aprecio hacia los demás, facilitarles su trabajo, atenderlos amablemente, servirles en las pequeñas cosas, atenderlos amablemente en algunos sucesos de la vida corriente, y jamás volcar sobre ellos, nuestro mal humor si lo tuviéramos.

           

Otras mortificaciones están orientadas a vencer la comodidad, o al arreglo personal. Y como la tendencia general de la naturaleza humana es  rehuir lo que suponga  esfuerzo, debemos puntualizar mucho en esta materia y no quedarnos sólo en los buenos deseos. Al terminar nuestra homilía o rato de oración digámosle al Señor que estamos dispuestos a cargar con la Cruz de cada día.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid  nº 229.


“A QUIEN MUCHO AMA, MUCHO SE LE PERDONA”. (Homilía: Domingo XI del Tiempo Ordinario. 16-VI-2013).

MARÍA MAGDALENA, A LOS PIES DE JESÚS.

 

Jesús fue invitado a comer por un fariseo llamado Simón. Estando en la mesa, entra una mujer y va directamente a Cristo.  Era una mujer pecadora, que había en la ciudad. Se desborda en muestras de arrepentimiento y contricción. Y muestra que profesa a Jesús una veneración sin límites. 

 

EL AMOR, RAZÓN DEL PERDÓN 

 

Porque amó mucho, se le perdonó mucho: esta es la razón de tanto perdón. Y la escena terminará con las palabras consoladoras del Señor: Tu fe te ha salvado, vete en paz. Es decir: recomienza tu vida con una nueva esperanza. Ciertamente, la paz ha sido siempre el resultado de una contricción profunda. Vete en paz: así nos despide el sacerdote, en cada Confesión, después de darnos la absolución de nuestros pecados. Como se puede ver, la fe  y la humildad salvaron a aquella mujer de su hundimiento definitivo: con la contrición comenzó una nueva vida. 

 

El Papa San Gregorio Magno, al contemplar esta escena evangélica, en Homilías sobre el Evangelio, afirmó que “a nosotros nos representó aquella mujer cuando, después de haber pecado, nos volvemos de todo corazón al Señor y la imitamos en el llanto de penitencia”. En efecto, la contrición hace que nos olvidemos de nosotros mismos y nos acerquemos de nuevo a Dios, mediante un acto de amor más profundo. Es muestra también de la hondura de nuestro amor, y atrae la misericordia divina sobre nuestras vidas. 

 

JESÚS CONOCE LO QUE SOMOS 

 

Simón, el fariseo que invitó al Señor, callado, contempla la escena y menosprecia, en su interior, a la mujer. Jesús la ha perdonado, y él, erigiéndose en juez, la condena. Por su parte, Jesús demuestra que conoce no sólo el alma de aquella mujer, sino también sus propios pensamientos: Simón –le dice-, un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como no tenían con que pagar les perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos le amará más? El Señor, vuelto hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta Mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies: ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con su cabello. Tú no me amas; ella, sí. Me ama a pesar de sus muchos pecados, o, quizá, a causa de ellos, pues es muy grande su necesidad de ser perdonada.

 

“Ama poco -comenta San Agustín en un Sermón- aquel que es perdonado poco. Tú, que dices no haber cometido muchos pecados, ¿por qué no lo hiciste? Sin duda, porque Dios te llevó de la mano. Ningún pecado, en efecto, comete un hombre que no pueda hacerlo también otro, si Dios, que hizo al hombre, no le tiene de su mano.”

 

También dice San Juan Crisóstomo: “Más que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno por sus pecados”. “Por eso -como decía Wojtyla, siendo todavía cardenal- no podemos quedarnos en la superficie del mal. Hay que llegar a su raíz, a las causas, a la más honda verdad de la conciencia”. Jesús si que es quien conoce bien nuestro corazón y desea limpiarlo y purificarlo.

 

LA RAIZ DE LA FALTA DE SINCERIDAD ES LA SOBERBIA

 

Leemos en el Libro de los Salmos: Te confesé mi pecado y  no oculté mi iniquidad. Esto quiere decir que la sinceridad es salvadora: la verdad os hará libres, dijo Jesús. Mientras que el engaño, la simulación y la mentira llevan a la separación del Señor y a la esterilidad en los frutos de caridad. Por eso, la raiz de la falta de sinceridad es la soberbia. El alma que no quiere reconocer sus faltas o busca la excusa a sus errores, si persiste en ese camino, llega a la ceguera. Por el contrario, la humildad nos permite ver la gran deuda que tenemos contraída con Nuestro Señor, y sentir la radical insuficiencia personal. Y si vivimos de este modo, siendo sinceros con nosotros mismos, no tendremos motivo para constituirnos en jueces de los defectos de los demás.

 

La caridad y la humildad nos enseñan a ver en las faltas y pecados de otros, nuestra propia condición débil y desvalida, y nos ayudan a unirnos de corazón al dolor de todo pecador que se arrepiente, porque también nosotros caeríamos, en iguales o peores faltas, si la misericordia del Señor no nos acompañara. “El Señor -afirma San Ambrosio refiriéndose a María de Magdala- amó no el ungüento, sino el cariño; agradeció la fe, alabó la humildad. Y tú también, si deseas la gracia, aumenta tu amor; derrama sobre el Cuerpo de Jesús tu fe en la Resurrección, el perfume de la Iglesia santa y el ungüento de la caridad de los demás”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, Nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, Nº 229.


LA MISERICORDIA DIVINA Y EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN. (Homilía: Domingo X del Tiempo Ordinario. 10-VI-2013).

Grandes colas de católicos esperan su turno para confesar, en el Santuario Mariano de Czestochowa (Polonia).

Jesús iba camino de una aldea pequeña llamada Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al entrar en el pequeño pueblo, se encontró con un grupo numeroso de gente que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de una mujer viuda. Jesús y los suyos se detuvieron esperando el paso del cortejo fúnebre. Entonces, el Señor se fijó en la madre, y al verla le dio lástima y le dijo “no llores”·

 

LA MISERICORDIA ES LO PROPIO DE DIOS

 

La misericordia es “lo propio de Dios”, afirma Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica. Y, ciertamente, se manifiesta en Jesucristo, tantas veces cuantas se encuentra con el sufrimiento. “Jesús, sobre todo con su estilo y con sus acciones –dijo Juan Pablo II, en la Encíclica Dives in misericordia-, ha demostrado cómo, en el mundo en que vivimos, está presente el amor, el amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en relación con toda la condición humana histórica que de distintos modos manifiesta la limitación y la fragilidad, física o moral, del hombre”.

 

Pensemos que todo el Evangelio, pero especialmente los pasajes en los que se muestra, con más evidencia, el Corazón misericordioso de Jesús, deben movernos a acudir al Señor, en tantas necesidades del alma y del cuerpo. Jesucristo sigue estando, sin duda, en medio de los hombres, esperando que nos dejemos ayudar.

 

LA MADRE DE NAÍN, IMAGEN DE LA IGLESIA

 

Al ver Jesús a la madre de Naín, “le dio lástima y le dijo: no llores. Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre”.

 

Muchos Santos Padres han visto, en la madre que recupera a su hijo muerto, una imagen de la Iglesia, que recibe también a sus hijos muertos por el pecado, a través de la acción misericordiosa de Cristo. La Iglesia, que es Madre, con su dolor, “intercede –dice San Ambrosio- por cada uno de sus hijos, como lo hizo la madre viuda por su hijo único”. Ella “se alegra a diario –comenta San Agustín- con los hombres que resucitan en su alma. Aquél, muerto en cuanto al cuerpo; éstos, en cuanto a su espíritu”.

 

Ciertamente, debemos pensar que si el Señor se compadece de una multitud que tiene hambre, ¿cómo no se va a compadecer de quien padece una enfermedad en el alma o lleva ya en sí la muerte para la vida eterna?. Ya lo decía Juan Pablo II, en la Encíclica citada: “La Iglesia es misericordiosa cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de la que es depositaria y dispensadora”.

 

LA CONFESIÓN, SACRAMENTO DE LA PACIENCIA DIVINA

 

Pensemos también que Jesús pasa de nuevo por nuestras calles y ciudades y se compadece de tantos males como padece la humanidad doliente. Sobre todo, se compadece de los hombres que cargan con el único mal absoluto que existe: el pecado. A todos nos invita a quitarnos el pesado fardo del pecado. Y ejerce su misericordia, principalmente en la Confesión sacramental, que es uno de los misterios más gozosos de la misericordia divina. Por eso, llamamos también  a la Confesión: el Sacramento de la paciencia divina.

 

Ciertamente, la misericordia de Dios es infinita, inagotable. Decía Juan Pablo II que “es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa”. Y sólo nosotros podemos impedir que esa mirada de Jesús, que sana y libera, nos llegue al fondo del alma. Por eso, debemos cuidar cada una de las confesiones, llevando a cabo aquellas cinco condiciones necesarias para una buena confesión:: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España).Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.