NECIO EN ESTA VIDA, ES EL QUE CONFUNDE EL TENER LO NECESARIO, CON EL AFÁN DE POSEER MÁS A TODA COSTA. (Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 4-VIII-2013).

DIOS LE DIJO: NECIO, ESTA NOCHE TE VAN A EXIGIR LA VIDA.

Se acercó al Señor un hombre que estaba más preocupado por el problema de bienes materiales, que atento a la predicación de Jesucristo. Y el Señor aprovecha la ocasión para advertir a todos: Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.

 

Efectivamente, el horizonte de aquel hombre se reducía a descansar, comer y pasarlo bien, dado que la vida se había mostrado generosa con él. Pero, se olvidó de unos datos fundamentales: la inseguridad de la existencia aquí en la tierra y su brevedad. Puso su esperanza en cosas pasajeras y no consideró que todos estamos en camino hacia el Cielo.

 

Y Dios se presentó de improviso en la vida de este rico labrador, que parecía tener toda asegurado, y le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quien será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

 

NO CONFUNDIR POSEER LO NECESARIO, CON EL AFÁN DE TENER MÁS

 

La necedad de este hombre consistió en haber puesto su esperanza, su fin último y la garantía de su seguridad, en algo tan frágil y pasajero como los bienes de la tierra, por abundantes que sean. La legítima aspiración de poseer lo necesario para la vida, para la familia y su normal desarrollo, no debe confundirse con el afán de tener más a toda costa.

 

Nuestro corazón ha de estar en el Cielo, y la vida es un camino que hemos de recorrer. Decía el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio: “El tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento tiene dos sentidos bien distintos. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra en una prisión desde el momento en que se convierte en el bien supremo, que impide mirar más allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse. La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser, y se opone a su verdadera grandeza. Para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral”.

 

El amor desordenado ciega la esperanza en Dios que se ve como algo lejano y falto de interés. ¡Amigos míos! No cometamos esa necedad: no hay tesoro más grande que tener a Cristo.

 

LA  AVARICIA, CAUSA DE TODOS LOS MALES

 

Ya San Pablo aconsejaba a Timoteo: A los ricos de este mundo diles que no pongan su confianza en las riquezas sino en Dios, que abundantemente nos provee de todo para que lo disfrutemos. El mismo apóstol afirmaba que la avaricia está en la raíz de los males y muchos por dejarse llevar de ella se extravían en la fe y se atormentan a sí mismos con muchos dolores.

 

El Concilio Vaticano II lo siguió recordando: “Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo, y un apego a las riquezas, contrario al espíritu de pobreza evangélica, les impida la prosecución de la calidad perfecta. Acordándose de la advertencia del apóstol: Los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan.(I Cor 7, 31).(Constitución “Lumen Gentium”).

 

DISPONER EL ALMA PARA LOS BIENES DIVINOS

 

El amor desordenado a los bienes materiales, es un grave obstáculo para la salvación. El desprendimiento y el recto uso de lo que se posee, de aquello que es necesario para el sostenimiento de la familia, de los instrumentos de trabajo, de aquello que es lícito poseer para el descanso, de lo que se debe prever para el futuro –sin agobios, con la confianza siempre puesta en Dios-, es un medio para disponer el alma a los bienes divinos.

 

“Lo importante no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de acuerdo con la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana; los bienes creados son solo eso, medios. Por lo tanto, rechazad el espejuelo de considerarlos como algo definitivo” ( S. Josemaría, en “Amigos de Dios”).

 

Si estamos cerca de Cristo, poco nos bastará para andar por la vida con la alegría de los hijos de Dios. Si no nos acercamos a Él, nada bastará para llenar un corazón siempre insatisfecho.

 

José Manuel Ardións Neo.Párroco de San Benito de La Coruña. Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado Vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid nº229.


LA ORACIÓN DEL PADRENUESTRO CONTIENE UN MODO NUEVO DE DIRIGIRSE A DIOS. (Homilía del XVII Domingo del Tiempo Ordinario: 28-VII-2013).

JESUCRISTO ENSEÑANDO A REZAR EL PADRENUESTRO.

 

Los Apóstoles, de labios de Jesús, aprendieron el Padrenuestro, la oración que millones de bocas, en todos los idiomas, habrían de repetir a lo largo de los siglos y que contiene un modo nuevo de dirigirse a Dios. En sus peticiones, decía Juan Pablo II, hay “una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tan grande, que se puede consumir una vida entera, en meditar el sentido de cada una de ellas”.

 

ABBA, PADRE

 

La primera palabra que pronunciamos en esta oración es Abba, Padre. Los primeros cristianos quisieron conservar, sin traducirla, la misma palabra, del idioma arameo que utilizó Jesús. Y esta palabra –Abba- utilizada por Jesús, es la misma con la que los niños hebreos se dirigen familiar y cariñosamente a sus padres de la tierra. Y fue este el término elegido por Jesús como el más adecuado para invocar al Creador del Universo.

 

Abba!, ¡Padre!

 

Ciertamente, mientras muchos buscan a Dios como en medio de la niebla, a tientas, los cristianos sabemos, de un modo particular, que Él es nuestro Padre y que vela por nosotros. Dijo el célebre escritor cristiano de la antigüedad, Tertuliano, que “la expresión Dios-Padre no había sido revelada nunca a nadie. Moisés mismo, cuando le preguntó a Dios quién era, escuchó como respuesta otro nombre. Pero a nosotros este nombre nos ha sido revelado por el Hijo”.

 

Y si tropezamos o caemos, Él está atento para sostenernos o levantarnos. Ya decía Casiano en sus célebres Colaciones: “Todo cuanto nos viene de parte de Dios, que al pronto nos parece próspero o adverso, nos es enviado por un Padre lleno de ternura y por el más sabio de los médicos, con miras a nuestro propio bien”.

 

LA VIDA ADQUIERE UN SENTIDO NUEVO

 

Debemos saber que la vida, bajo el influjo de la filiación divina, adquiere un sentido nuevo. No es ya un enigma oscuro que descifrar, sino una tarea que llevar a cabo en la casa del Padre, que es la Creación entera: Hijo mío, nos dice a cada uno, ve a trabajar a mi viña (Mateo, 20,1). Entonces la vida no produce sus temores, y la muerte se ve con paz, pues es el encuentro definitivo con Él. Si nos sentimos en todo momento así, hijos, seremos personas piadosas. Con esa piedad que dispone a “tener –como decía Santo Tomás de Aquino- una voluntad pronta para entregarse a lo que pertenece al servicio de Dios”.

 

Y nuestra vida servirá para tributar a Dios gloria y alabanza, porque el trato de un hijo con su padre está lleno de respeto, de veneración y, a la vez, de reconocimiento y amor. La piedad que nace de sentirse hijos de Dios, informa y llena una vida entera, y está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos. Es decir, lo informa y lo llena todo.

 

TRATO CON NUESTRO PADRE DIOS

 

 En efecto, Jesucristo, a  lo largo de su vida terrena, nos enseñó a tratar a Nuestro Padre Dios. El Evangelio muestra cómo, en diversas ocasiones, Jesús se retiraba lejos de la multitud, para unirse en oración con su Padre, en una plegaria de filial abandono en su voluntad, como por ejemplo en Getsemaní y en el Calvario. En otras ocasiones, nos dice, de muchas maneras, que el trato filial y confiado con Dios nos es necesario para resistir las tentaciones, para obtener los bienes necesarios y para la perseverancia final.

 

Nos precisa también que esa conversación filial ha de ser personal, discreta, humilde, constante y sin desánimo. Y añade además que debe estar penetrada de confianza en la bondad divina, pues Dios es un Padre conocedor de las necesidades de sus hijos, y les da no sólo los bienes del alma, sino también lo necesario para la vida material.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña. Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.


TODO SUFRIMIENTO CRISTIANO CONSISTE EN PARTICIPAR EN LA PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE CRISTO. (Esta es la enseñanza que nos ofrece la fiesta de Santiago Apóstol). (Homilía: 25 de julio de 2013).

 EL MARTIRIO DEL APÓSTOL SANTIAGO, EN JERUSALÉN.

 

Desde que Cristo nos redimió en la Cruz, todo sufrimiento cristiano consiste en beber el cáliz del Señor, participar en su Pasión, Muerte y Resurrección. Por medio de nuestros dolores, dice San Pablo en la Carta a los Colosenses, completamos en cierto modo su Pasión, que se prolonga en el tiempo, con sus frutos salvíficos.

 

Efectivamente, todos los dolores humanos se convierten en redentores, porque están asociados a los que padeció Nuestro Señor Jesucristo, para alcanzarnos la salvación. Podemos pensar que, ante las contrariedades, la enfermedad, el dolor, Jesús nos hace la misma pegunta que hizo al Apóstol Santiago y a su hermano Juan: ¿podéis beber el cáliz que Yo he de beber?

 

Nosotros, unidos a  Cristo, le responderemos que sí, que estamos dispuestos. Y, de este modo, trataremos de llevar, con paz y alegría, tantas cosas que humanamente no nos serán agradables. Pero convertiremos el dolor, el fracaso, la enfermedad, los problemas sociales y también muchas veces familiares, en gozo y paz.

 

TRANSFORMAR EN SANTAS LAS AMBICIONES INNOBLES

 

 Eusebio de Cesarea, en su obra sobre la Historia de la Iglesia, afirma que cuenta Clemente de Alejandría que cuando el Apóstol Santiago era llevado al tribunal, en Jerusalén, donde iba a ser juzgado, fue tal su entereza que, su acusador, se acercó a él para pedirle perdón. Santiago lo pensó un poco, y después lo abrazó diciendo: “la paz sea contigo; y recibieron los dos la palma del martirio”.

 

Y esto nos presenta una realidad: ¡Cuánto puede la ayuda divina! El Señor, que es bueno e infinitamente sabio, nos ama con locura, y en muchas ocasiones podemos pensar que no nos da aquello que le pedimos. Pero Dios, es Dios y tiene en presente nuestro futuro, y en vez de darnos lo que le pedimos, nos da lo que nos conviene.

 

SANTIAGO TENIA ALMA Y CORAZÓN GRANDES

 

El Apóstol Santiago tenía un alma  y corazón grandes. Dice San Juan Crisóstomo:”Fijémonos, cómo el modo de interrogar el Señor, tanto a él como a su hermano Juan, equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: ¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?, sino que sus palabras son: ¿Podéis beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que Yo tengo que beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa”.

 

“Y a su Pasión –sigue diciendo San Juan Crisóstomo- le da el nombre de bautismo, para significar con ello que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo”.

 

También a todos nosotros nos ha llamado El Señor por la recepción del Bautismo y por la recepción además de otros Sacramentos. Evitemos siempre el entrar en el desaliento; si alguna vez las flaquezas o las necesidades se hacen más patentes, junto con nuestros defectos, acudamos a Jesús con más confianza. Él nos alentará a seguir adelante con humildad y fielmente. Siempre el Señor tiene mucha paciencia con nosotros, y cuenta con el tiempo.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña. Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.


LA VIDA ESPIRITUAL, EL TRABAJO O LA FAMILIA NO SON MODOS OPUESTOS DE VIVIR CRISTIANAMENTE. (Homilía: Domingo XVI del Tiempo Ordinario. 21-VII-2013).

MARÍA, LA HERMANA DE LÁZARO Y MARTA, A LOS PIES DEL SEÑOR.

 

  

“No puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida espiritual, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida secular, es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura”. Así se expresaba Juan Pablo II, en el año 1988, en la Exhortación Apostolicam actuositatem. 

 

Y el mismo Pontífice, seguía afirmando que “todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el lugar histórico del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para la gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto –como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura- son ocasiones providenciales para un ejercicio continuo de la fe, de la esperanza y de la caridad”.

 

VIDA ACTIVA Y CONTEMPLATIVA NO SE CONTRAPONEN

 

Durante algún tiempo se ha considerado a Marta como figura e imagen de la vida activa, mientras su hermana María ha sido símbolo de la contemplativa. Sin embargo, para la mayoría de los cristianos que han de santificarse en medio de las tareas seculares, no pueden considerarse como dos modos contrapuestos de vivir el cristianismo.

 

En primer lugar, porque no tendría sentido una vida de trabajo, metida en los negocios, en el estudio, o preocupada por los problemas del hogar, que se olvide de Dios; por otra parte, porque habría serios motivos para dudar de la sinceridad de   una vida de oración que no se manifestara en una caridad más fina, en un trabajo mejor realizado, en una amistad leal. Ciertamente, el trabajo, el estudio, los problemas que se presentan en una vida normal, lejos de ser obstáculos, han de ser medio y ocasión de un trato afectuoso con Nuestro Señor.

 

Aquellos amigos del Señor, en Betania, Marta, María y Lázaro, como también hacían los Apóstoles, le contaban al Maestro las pequeñas incidencias de su vivir diario. Le preguntaban lo que no entendían. Así vemos a Marta que le dice al mismo Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola en el servicio? Dile que me eche una mano”.Por su parte, Jesús le responde con una afectuosa reconvención: Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor”.

 

En esta escena vemos como realmente lo que es necesario es el amor a Dios y la santidad personal. Cuando Cristo es el objetivo de nuestra vida las veinticuatro horas del día, trabajamos o estudiamos más y mejor. Y así se evita el llevar una doble vida: una para Dios y otra dedicada a las tareas en medio del mundo: a los negocios, a la política, al descanso…

 

DIOS NOS ACOMPAÑA EN TODAS PARTES

 

El acontecer diario, la intensidad del trabajo, el cansancio, las relaciones con los demás, son circunstancias que se presentan para ejercitar no sólo las virtudes humanas, sino también las sobrenaturales. A Jesús lo tenemos muy cerca de nosotros, como Marta. Nos acompaña en el hogar, en la oficina, en el laboratorio, cuando vamos por la calle. No dejemos de referir a Él todo lo que sucede a lo largo de cada jornada. Con palabras del Salmo 119, le diremos: ¡Cuánto amo tu voluntad!: todo el día la estoy meditando: tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, siempre me acompaña; soy más docto que todos mis maestros porque medito tus preceptos.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña. Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.