LA HUMILDAD CONQUISTA EL CORAZÓN DE DIOS. (Homilía: Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 1-IX-2013).

JESÚS CON LOS INVITADOS EN UN BANQUETE.

 

 

El evangelio de la misa del Domingo XXII del Tiempo Ordinario cuenta que Jesús fue invitado a un banquete. En la mesa, los invitados se dirigían a los puestos más considerados. Jesús lo observaba. En el momento en que ya estaba terminando la comida, el Señor les dice: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá:”Cédele el puesto a éste”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:”Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

 

Jesús sabe estar, y se da cuenta de la actitud poco elegante, que adoptan los comensales. En la vida de los hombres, se observa, no pocas veces, una actitud parecida a la de aquellos comensales: ¡Cuánto esfuerzo para ser considerados y admirados, y qué poco para estar cerca de Dios! Pidamos a la Santísima Virgen María que nos enseñe a ser humildes, que es el único modo de crecer en amor a su Hijo, de estar cerca de Él. La humildad conquista el amor de Dios.

 

EL CAMINO DE LA HUMILDAD

 

 

Por su parte, la Virgen María también nos enseña el camino de la humildad. “Esta virtud –como dice Garrigou Lagrange, en su libro Las tres edades de la vida interior – consiste esencialmente en inclinarse ante Dios y ante todo lo que hay de Dios en las criaturas, reconocer nuestra pequeñez e indigencia ante la grandeza del Señor”. “Las almas santas -añade el mismo autor- sienten una alegría muy grande en anonadarse delante de Dios y reconocer prácticamente que Él sólo es grande, y que en comparación de la suya todas las grandezas humanas están vacías de verdad y no son sino mentira”.

 

Este anonadamiento no empequeñece, no acorta las verdaderas aspiraciones de la criatura sino que las ennoblece y les da nuevas alas, les abre horizontes más amplios. Ciertamente, la humildad se funda en la verdad, en la realidad; sobre todo en esta certeza: es infinita la distancia que existe entre la criatura y su Creador; cuanto más se comprende esta distancia y el acercamiento de Dios, con sus dones,  a la criatura, el alma, con la ayuda de la gracia, se hace más humilde y agradecida.

 

TODO LO BUENO QUE EXISTE EN NOSOTROS VIENE DE DIOS

 

 

Efectivamente, la humildad nos hará descubrir que todo lo bueno que existe en nosotros viene de Dios, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia: mi sustancia es como nada delante de ti Señor, exclama el Salmo 38. Lo específicamente nuestro es la flaqueza y el error. Y, a la vez, nada tiene que ver esta virtud con la timidez, la pusilanimidad o la mediocridad. Lejos de apocarse, el alma humilde se pone en las manos de Dios y se llena de alegría y de agradecimiento, cuando Dios quiere hacer cosas grandes a través de ella.

 

El humilde es audaz porque cuenta con la gracia del Señor que todo lo puede; acude con frecuencia a la oración, porque está convencido de la absoluta necesidad de la ayuda divina; es agradecido, con Dios y con sus semejantes, porque es consciente de las muchas ayudas que recibe; tiene especial facilidad para la amistad.  Y aunque la humildad es el fundamento de todas las virtudes, lo es, de un modo muy particular, de la Caridad: en la medida en que nos olvidamos de nosotros mismos, podemos preocuparnos de los demás y atender sus necesidades. Y, alrededor de estas dos virtudes, se encuentran todas las demás. “Humildad y Caridad son las virtudes madre” –afirma San Francisco de Asís-; “las otras la siguen como polluelos a sus cluecas”, precisa San Francisco de Sales. La soberbia, por el contrario, es la “raíz y madre de todos los pecados, incluso de los capitales, -dice Santo Tomás de Aquino-, y el mayor obstáculo que el hombre puede poner a la gracia”.”La soberbia y la tristeza andan con frecuencia de la mano, mientras que la alegría es patrimonio del alma humilde” -concluye el autor espiritual Casiano.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de la Coruña. Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado Vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid nº 229.

 


“ANTE UN ATEÍSMO MILITANTE QUE QUIERE QUE LOS HOMBRES SE VUELVAN CONTRA DIOS, A TODOS LOS CRISTIANOS NOS CORRESPONDE ANUNCIAR DE NUEVO EL EVANGELIO”. (Homilía: Domingo XXI del Tiempo Ordinario. 25-VIII-2013).

 

ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO.

 

 

En la tarea evangelizadora –decía el Papa Juan XXIII- hemos de contar hoy  “con un hecho completamente nuevo y desconcertante, como es la existencia de un ateísmo militante que ha invadido ya a muchos pueblos”. Ateísmo que quiere que lo hombres se vuelvan contra Dios, o que al menos lo olviden. Ideologías que utilizan medios poderosos de difusión, como la televisión, la prensa, el cine, el teatro…,  ante las cuales muchos cristianos se encuentran como indefensos, sin la formación necesaria para hacerles frente.

 

SÓLO POR JESÚS PODEMOS SER SALVOS

 

A todos esos hombres y a todas esas mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a Pentecostés: Jesús es la piedra angular, el Redentor, el todo de nuestra vida, porque fuera de Él no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del Cielo, por el que podamos ser salvos. (Hechos de los Apóstoles 4,12).

 

Pensemos en quienes tenemos más cerca: hijos, hermanos, parientes, amigos, colegas, vecinos, clientes… comencemos por ellos, sin importarnos que a veces nos parezca que no servimos para esta tarea, que somos pocos para tanto como hay que hacer. El Señor multiplicará nuestras fuerzas, y nuestra Madre Santa María, Regina Apostolorum, facilitará nuestra tarea constante, paciente, audaz.

 

¿SON POCOS LOS QUE SE SALVAN?

 

En el Evangelio, San Lucas recoge la contestación de Jesús a uno que le preguntó, mientras iban de camino hacia Jerusalén: Señor, ¿Son pocos los que se salvan? El Maestro va más allá de la pregunta y se fija en lo esencial: le pregunta por el número, y Él responde sobre el modo: Entrad por la puerta estrecha…Y enseña que para entrar en el Reino –lo único que verdaderamente importa- no es pertenecer al pueblo elegido. No bastan los privilegios divinos; es necesaria una fe con obras.

 

Todos lo hombres tenemos vocación para ir al Cielo. Para eso hemos nacido, porque Dios quiere que todos los hombres se salven. Así lo dice San Pablo a Timoteo. Ciertamente, todos los hombres están llamados a formar parte de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, el cuál, “permaneciendo uno y único –afirma el Concilio Vaticano II-, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos para cumplir así el designio de la voluntad de Dios, que en un principio creó una naturaleza humana y determinó luego congregar en un solo pueblo a sus hijos que estaban dispersos”.

 

EL SEÑOR NOS ENVÍA A TODOS

 

Efectivamente el Señor nos envía a todos a que comencemos por los más cercanos, si bien afirma Id por todo el mundo; predicad el evangelio a todas las criaturas, como leemos en el Salmo Responsorial de la Misa de este Domingo. Son palabras de Cristo bien claras: de la tarea que habrán de realizar los cristianos de todas las épocas. Nadie está excluido, a todos llama el Señor: a ancianos y a jóvenes, al niño que balbucea las primeras palabras y a quién se encuentra en la plenitud de la vida, al vecino, al directivo de empresa y al empleado…

 

Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con  don de lenguas,  cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Divino Corazón.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña. Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.

 


EL FUEGO DEL AMOR DIVINO TRAE LA FELICIDAD A LAS ALMAS, A LAS FAMILIAS, A LA SOCIEDAD ENTERA. (Homilía: XX Domingo del Tiempo Ordinario. 18-VIII-2013).

FUEGO HE VENIDO A TRAER A LA TIERRA.

 

“He venido a prender fuego en el mundo: ¡Y ojalá estuviera ya ardiendo!”, dijo el Señor a los discípulos. Efectivamente, es el fuego del amor divino, el que trae la paz y la felicidad a las almas, a la familia, a la sociedad entera.

 

IR A POR TODAS LAS ALMAS

 

San Agustín, comentando este pasaje del evangelio de la misa de hoy, enseña: “Los hombres que creyeron en Él comenzaron a arder, recibieron la llama de la caridad. Es la razón por la que el Espíritu Santo se apareció en esa forma, cuando fue enviado sobre los apóstoles: Se les aparecieron lenguas como de fuego, que se posaron, repartidas sobre cada uno de ellos. (Hechos de los Apóstoles 2,3).

 

“Inflamados con este fuego -sigue diciendo San Agustín-, comenzaron a ir por el mundo y a inflamar a su vez y a prender fuego a los enemigos de su entorno. ¿A qué enemigos? A los que abandonaron a Dios que los había creado y adoraban las imágenes que ellos habían hecho (…). La fe que hay en ellos se encuentra como ahogada por la paja. Les conviene arder en ese fuego santo, para que, una vez consumida la paja, resplandezca esa realidad preciosa redimida por Cristo”.

 

Ciertamente, ahora somos nosotros quienes hemos de ir por el mundo con ese fuego de amor y de paz, que encienda a otros en el amor a Dios y purifique sus corazones. Iremos a la universidad, a las fábricas, a las tareas públicas, al propio hogar… Como dice Ch.Lubich en su libro “Meditaciones”: “Si en una ciudad se prendiese fuego en distintos lugares, aunque fuese un fuego modesto y pequeño, pero que resistiese todos los embates, en poco tiempo la ciudad quedaría incendiada.

 

“Si en una ciudad, en los puntos más dispares, se encendiese el fuego que Jesús ha traído a la tierra y este fuego resistiese al hielo del mundo, por la buena voluntad de los habitantes, en poco tiempo tendríamos la ciudad incendiada de amor de Dios.

 

“El fuego que Jesús ha traído a la tierra es Él mismo, es la Caridad: ese amor que no sólo une el alma a Dios sino a las almas entre sí. Y en cada ciudad estas almas pueden surgir en las familias: padre y madre, hijo y padre, madre y suegra; pueden encontrarse también en las parroquias, en las asociaciones, en las sociedades humanas, en las escuelas, en las oficinas, en cualquier parte. Cada pequeña célula encendida por Dios en cualquier punto de la tierra se propagará necesariamente: Luego, la Providencia distribuirá estas llamas, estas almas- llamas, donde crea oportuno, a fin de que en muchos lugares del mundo sea restaurado al calor del amor de Dios y vuelva a tener esperanza”.

 

CADA CRISTIANO DEBE SER UNA IMITACIÓN DE LA VIDA DE CRISTO

 

Cada cristiano que viva su fe se convierte en un punto de ignición en medio de los suyos, en el lugar de trabajo, entre sus amigos y conocidos… Y, esto es posible a cada uno cuando reproduzca en sí mismo los sentimientos que tenía el Divino Redentor, imitando su humildad y elevando a la suma Majestad de Dios, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias.

 

Esta oblación, como dice el Concilio Vaticano II, se realiza principalmente en la Santa Misa, renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz, donde el cristiano ofrece sus obras, sus oraciones e iniciativas, la vida familiar, el trabajo de cada jornada, el descanso; incluso las mismas pruebas de la vida que, si son sobrellevadas pacientemente, se convierten en medio de santidad.

 

Al terminar el Sacrificio eucarístico el cristiano va al encuentro de la vida, como lo hizo Cristo en su existencia terrena: olvidado de sí mismo y dispuesto a darse a los demás para llevarlos a Dios. Porque la vida cristiana debe ser una imitación de la vida de Cristo, una participación en el modo de ser del Hijo de Dios. Esto nos lleva a pensar, mirar, sentir, obrar y reaccionar como Él ante las gentes. Este amor  ha de llenar nuestros corazones. El cristiano, incorporado a Cristo y a través de Él desciende sobre las realidades terrenas. No hay alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha costado el precio de su sangre. Imitando al Señor ningún alma nos debe ser indiferente.

 

EL CRISTIANISMO, UN INCENDIO DE PAZ Y AMOR

 

Cuando el cristiano participa en la Santa Misa saldrá de ella con la idea de comunicar a los demás ese tesoro. Así se propagó el cristianismo en los primeros siglos: como un incendio de paz y amor que nadie pudo detener. Y, si logramos que nuestra vida gire alrededor de la Santa Misa, encontraremos la serenidad y la paz en cada circunstancia del día, con un afán grande de darlo a conocer, pues si vivimos bien la Santa Misa, volveremos nuestro pensamiento al Sagrario donde encontraremos las fuerzas necesarias, para vivir como discípulos de Cristo, en el mundo. Y repetiremos, en nuestro corazón, las palabras del Señor: He venido a traer fuego a la tierra, ¿y que quiero sino que arda?

 

 José Manuel Ardións Neo. Párroco y Rector de la Parroquia- Santuario de San Benito de La Coruña. Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.


IMITAR A LA VIRGEN MARÍA EN DETALLES DE GENEROSIDAD Y SERVICIO A LOS DEMÁS. (Homilía: Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos. 15-VIII-2013).

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA, EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS.

 En el momento en el que el Arcángel San Gabriel anuncia a María que va a ser la Madre del Verbo Encarnado, la Virgen se dio del todo a lo que Dios le pedía. En un instante, sus planes personales, quedan en un rincón para hacer lo que Dios le propone. El mismo evangelio del día de hoy nos dice que “María se puso en camino y fue aprisa a la montaña a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel.”

 

GENEROSIDAD SIN LÍMITES

 

Efectivamente, Nuestra Señora, manifestó una generosidad sin límites a lo largo de toda su existencia aquí en la tierra. Fue generosa, con su tiempo, para atender a su prima Santa Isabel hasta que nació Juan. Estuvo preocupada por el bienestar de los demás, como nos demuestra su intervención en las bodas de Caná.

 

En María, comprobamos que la generosidad es la virtud de las almas grandes, que saben encontrar la mejor retribución en el haber dado. La persona generosa sabe dar cariño, comprensión, ayudas materiales y no exige que la quieran,  la  comprendan, la ayuden. Da, y se olvida de que ha dado. Ahí está toda su riqueza.

Descubre que –como decía el beato Juan Pablo II- “amar es esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros”.

 

EL DAR, ENSANCHA EL CORAZÓN

 

Ciertamente, el dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con más capacidad de amar. El egoísmo empobrece, hace el propio horizonte más pequeño. Cuanto más damos, más nos enriquecemos; por eso, a la Virgen le suplicamos hoy que nos enseñe a ser generosos, en primer lugar con Dios, y luego con los demás, con quienes conviven o trabajan junto a nosotros, con aquellos que encontramos en las diversas circunstancias de la vida. Y, finalmente, que sepamos darnos en servicio a los demás, en la vida ordinaria de cada día.

 

La generosidad enriquece y agranda el corazón y la posibilidad de recibir. El egoísmo, por el contrario, es como un veneno que destruye, con lentitud a veces y siempre con seguridad. Ya decía San Gregorio Magno: “El reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas. A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y de unas redes; a la viuda, dos moneditas de plata”.

 

MANIFESTACIONES DE LA GENEROSIDAD

 

La generosidad con Dios se ha de manifestar en la generosidad con los demás. Lo dijo el mismo Señor: lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis. Es propio de la generosidad olvidar con prontitud los pequeños agravios que se pueden producir durante la convivencia diaria; sonreír y hacer la vida más amable a los demás, aunque se estén padeciendo contradicciones; juzgar con medida ancha y comprensiva a todos; adelantarse en los servicios menos agradables del trabajo y de la convivencia; aceptar a los otros como son, sin estar excesivamente pendientes de sus defectos; un pequeño elogio con el que, en ocasiones podemos hacer mucho bien; dar un tono positivo a nuestra conversación y, si es el caso, a alguna posible corrección; evitar la crítica negativa, frecuentemente inútil e injusta; abrir horizontes -humanos y sobrenaturales- a nuestras amistades. Y sobre todo, hay que facilitar el camino a los que nos rodean, para que se acerquen más a Cristo.

 

Y así aprenderemos que las ocasiones de servir se hacen realidad con sacrificio, como fruto de una actitud interior de abnegación y de renuncia. Y pensar en los demás. Porque el egoísta, que pasa el día lejos de Dios, sólo se da cuenta de sus propias necesidades y de sus caprichos.

 

PREMIO A LA GENEROSIDAD

 

Dios recompensa siempre aquí, y luego en el Cielo nuestras  pobres muestras de generosidad. Pero de continuo colmando la medida. “Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio”, dijo Santa Teresa de Jesús.

 

En la Biblia, encontramos muchos testimonios de la generosidad de Dios en relación a la nuestra. La viuda de Sarepta dio un puñado de harina y un poco de aceite y recibió harina y aceite inagotables. La viuda del Templo, echó dos monedas pequeñas y Jesús dijo: ha echado en el cepillo más que nadie. Dios da el ciento por uno por cada cosa dejada por su amor. Y, al final, podremos oír la voz de Jesús que nos dice: ven, bendito de mi Padre, al Cielo que te tenía prometido. Y así es: se entra en la eternidad de la mano de Jesús y de María.

 

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco y Rector de la Parroquia-Santuario de  San Benito de La Coruña. Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas nº 3.613. Asociado Vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid nº 229.