ESTEMOS EN VELA, PREPARADOS, PORQUE A LA HORA QUE MENOS PENSEMOS VENDRÁ NUESTRO SEÑOR. (Homilía: Domingo Primero de Adviento: 1-XII-2013)

PARA ESTAR PREPARADOS HAY QUE CONFESARSE CON FRECUENCIA (En la imagen, el Santo Padre Pío confesando)

 

 

“Estad en vela, preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre”, dijo el Señor a los discípulos. Y, para mantener este estado de vigilia, es necesario luchar, porque la tendencia de todo hombre es vivir con los ojos puestos en las cosas de la tierra. San Pablo, en la Carta a los Tesalonicenses, compara esta vigilia, a la guardia que hace el soldado bien armado que no se deja sorprender.

 

“PROFUNDIZAD EN EL SENTIDO DEL ADVIENTO”

 

San Bernardo dice: “Hermanos, a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a los sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación. Meditad en ellos con suma atención. Profundizad en el sentido del Adviento. Y, sobre todo, fijaos quien es el que viene, de donde viene y a dónde viene. La Iglesia no celebraría con tanta devoción el Adviento, si no contuviera algún gran  misterio”.

 

El Evangelista San Lucas, al final del capítulo 21 de su Evangelio, señala que el Señor exhortó a todos a la vigilancia, con las siguientes palabras:”Vigilad sobre vosotros mismos para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y no sobrevenga aquel día sobre vosotros, pues caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de la tierra. Vigilad orando en todo tiempo a fin de que podáis evitar todos esos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre”.

 

ESPÍRITU VIGILANTE

 

Efectivamente, el Señor vendrá a nosotros y debemos aguardar su llegada con espíritu vigilante, no asustados como quienes son sorprendidos en el mal, ni distraídos como aquellos que tienen el corazón puesto únicamente en los bienes de la tierra, sino atentos y alegres como quienes aguardan a una persona querida y largo tiempo esperada.

 

Según el evangelista San Marcos, los primeros cristianos repetían con frecuencia y con amor la jaculatoria: Ven, Señor Jesús. Y aquellos fieles, al ejercitar así la fe y el amor, encontraban la fuerza interior y el optimismo necesarios para el cumplimientos de los deberes familiares y sociales, y se desprendían interiormente de los bienes terrenos, con el señorío que da la esperanza en la vida eterna.

 

Para el cristiano que se ha mantenido en vela, ese encuentro con el Señor no llegará inesperadamente, no vendrá como ladrón en la noche, dice San Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses. Efectivamente, no habrá sorpresas, porque   cada día se habrán producido ya muchos encuentros con Dios Nuestro Señor, llenos de amor y confianza, bien sea en los Sacramentos o en los acontecimientos ordinarios de la jornada.

 

 

Por su parte, el Señor nos proviene de muchas maneras, contra la negligencia, la dejadez y la falta de amor. Por eso, al referirse al  ladrón en la noche, trata de enseñarnos a no distraer la atención del gran negocio de la salvación; y desea también que no consideremos la vigilancia como algo negativo, porque vigilar, “quiere decir –afirma Knox, en su libro Ejercicios para seglares- estar siempre en espera; significa estar con la cabeza asomada fuera de la ventana con la esperanza de ser el primero en dar la voz, ¡Mirad, ya viene!”.

 

TODOS NOS PODEMOS AYUDAR

 

Los primeros cristianos se distinguían, sobre todo,  por el amor que se tenían y por el respeto con que trataban a todos. Y vivieron la caridad preocupándose por las necesidades de los demás y, en tiempos difíciles, ayudando a los hermanos para que todos fueran fieles.

 

Ciertamente, todos nos necesitamos, todos nos podemos ayudar. Pensemos que de hecho, todo cuanto hacemos tiene repercusiones y efectos de mucho peso en la vida de los demás. Y esto nos debe ayudar a cumplir con fidelidad nuestros deberes, ofreciendo a Dios nuestras obras, y orar con devoción, sabiendo que el trabajo, enfermedades y oraciones –bien unidos a la oración y al Sacrificio de Cristo, que se renueva en la Santa Misa- constituyen un gran apoyo y fortaleza para todos.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.


Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección-25ª) 6º Mandamiento de la Ley de Dios: No cometerás actos impuros (1ª parte)

 

 

 

 

¡BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN!

Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección-25ª)

6º Mandamiento de la Ley de Dios: No cometerás actos impuros (1ª parte)

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

 

-¿Qué corresponde a la persona humana frente a la propia identidad sexual?

 

Dios ha creado al hombre como varón y mujer, con igual dignidad personal, y ha inscrito en él la vocación al amor y a la comunión. Corresponde a cada uno aceptar la propia identidad sexual, reconociendo la importancia de la misma para toda persona, su especificidad y complementariedad.

 

-¿Qué es la castidad?

 

La castidad es la positiva integración de la sexualidad en la persona. La sexualidad es verdaderamente humana cuando está integrada de manera justa en la relación de persona a persona. La castidad es una virtud moral, un don de Dios, una gracia y un fruto del Espíritu.

 

-¿Qué supone la virtud de la castidad?

 

La virtud de la castidad supone la adquisición del dominio de sí mismo, como expresión de libertad humana destinada al don de uno mismo. Para este fin, es necesaria una integral y permanente educación, que se realiza en etapas graduales de crecimiento.

 

-¿De qué medios disponemos para ayudarnos a vivir la castidad?

 

Son numerosos los medios de que disponemos para vivir la castidad: la gracia de Dios, la ayuda de los sacramentos, la oración, el conocimiento de uno mismo, la práctica de una ascesis adaptada a las diversas situaciones y el ejercicio de las virtudes morales, en particular de la virtud de la templanza, que busca que la razón sea guía de las pasiones.

 

-¿De qué modos todos están llamados a vivir la castidad?

 

Todos, siguiendo a Cristo modelo de castidad, están llamados a llevar una vida casta según su propio estado de vida: unos viviendo en la virginidad o en el celibato consagrado, modo eminente de dedicarse más fácilmente a Dios, con corazón indiviso; otros, si están casados, viviendo la castidad conyugal; los no casados, practicando la castidad en la continencia.

 

¿Cuáles son los principales pecados contra la castidad?

 

Son pecados gravemente contrarios a la castidad, cada uno según la naturaleza del propio objeto: el adulterio, la masturbación, la fornicación, la pornografía, la prostitución, el estupro y los actos homosexuales. Estos pecados son expresión del vicio de la lujuria. Si se cometen con menores, estos actos son un atentado aún más grave contra su integridad física y moral.

 

-¿Por qué el sexto mandamiento prohíbe todos los pecados contra la castidad?

 

Aunque en el texto bíblico del Decálogo se dice “no cometerás adulterio” (Ex 20,14), la Tradición de la Iglesia tiene en cuenta todas las enseñanzas morales del Antiguo y del Nuevo Testamento, y considera el sexto mandamiento como referido al conjunto de todos los pecados contra la castidad. (continuará en la próxima semana)


EL BUEN LADRÓN, CRUCIFICADO JUNTO AL SEÑOR EN EL CALVARIO, SUPO VER EN JESÚS MORIBUNDO, AL HIJO DE DIOS. (HOMILÍA: DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO: 27-XI-2013. FIESTA DE CRISTO REY)

 

CRISTO REY PERDONÓ EN LA CRUZ AL BUEN LADRÓN.

Según el Evangelio de este Domingo trigésimo cuarto del Tiempo Ordinario, Fiesta de Jesucristo Rey del Universo, el Buen Ladrón, crucificado junto al Señor, en el Calvario, supo ver, en Jesús moribundo, al Mesías, al Hijo de Dios. Su fe venció la dificultad  que representaban aquellas apariencias, que sólo hablaban de un ajusticiado. Ciertamente, la divinidad se había ocultado a los ojos de muchos, pero aquel hombre pudo contemplar la Humanidad Santísima del Salvador: su mirar amabilísimo, el perdón derramado sobre quienes le insultaban, su silencio conmovedor ante las ofensas.

 

También nosotros, con la fuerza de la fe, le podemos proclamar nuestro Dios y Señor. Pensemos que Jesús, aunque de distinto modo, está igualmente presente en el Cielo y en la Hostia consagrada. “No hay dos Cristos, sino uno sólo –afirma Philipon, en su obra,  Los Sacramentos en la vida cristiana-; nosotros poseemos, en la Hostia, al Cristo de todos los misterios de la Redención: al Cristo de la Magdalena, del hijo pródigo y de la Samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos, sentado a la diestra del Padre. Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros, debería revolucionar nuestra vida. Y está aquí con nosotros, en cada ciudad, en cada pueblo”.

 

LA FE DEL BUEN LADRÓN

 

Con una breve oración, es decir, con una jaculatoria, mereció el Buen Ladrón la purificación de toda su vida. Llamó a Jesús por su nombre. Y el Señor siempre da más de lo que se merece. Aquel pedía que el Señor se  acordara de él cuando estuviera en su Reino. Te lo aseguro –le dice el Señor- hoy estarás conmigo en el Paraíso.

 

Como podemos observar, es tan grande el deseo de Jesús de tenernos con Él en la gloria, que nos da su Cuerpo como anticipo de la vida eterna. Y, cada uno de nosotros hemos de imitar a aquel hombre que reconoció sus pecados y supo merecer el perdón de sus culpas y su completa purificación.¡Si nosotros consiguiéramos aborrecer sinceramente todo pecado y purificar el fondo del alma en el que hay tantas cosas que oscurecen nuestra imagen de Jesús: egoísmos, pereza, sensualidad, apegamientos desordenados…!

 

San Alfonso María de Ligorio, en su libro Visitas al Santísimo Sacramento, afirma que “Jesús en el Sacramento es esta fuente abierta a todos, donde siempre que queramos podemos lavar nuestras almas de todas las manchas de los pecados, que cada día cometemos”. “Ciertamente, -dijo el Beato Juan Pablo II, en una Alocución Nocturna, en Madrid, con fecha 31-X-1982-la Comunión frecuente, realizada con las debidas disposiciones, nos llevará a desear una Confesión también frecuente y contrita, y esta mayor pureza de corazón crea, a su vez, unos vivos deseos de recibir a Jesús Sacramentado”.

 

El mismo Sacramento Eucarístico recibido con fe y amor, purifica el alma de sus faltas, debilita las inclinaciones al mal, la diviniza y la prepara para los grandes ideales que el Espíritu Santo inspira al alma del cristiano. Pidamos, por tanto, al Señor un gran deseo de purificarnos en esta vida, para que podamos librarnos del Purgatorio y estar cuanto antes en la compañía de Jesús y de María.

 

LA ANÉCDOTA DE SAN ALEJO

 

Una piadosa leyenda cuenta que San Alejo oyendo una particular llamada del Señor, dejó su casa y vivió lejos como un humilde pordiosero. Pasados muchos años, regresó a su ciudad natal flaco y desfigurado por las penitencias y, sin darse a conocer, recibió albergue en el mismo palacio de sus padres. Diecisiete años vivió bajo la escalera. Al morir y ser amortajado el cuerpo, la madre reconoció el hijo y exclamó llena de dolor: ¡Oh, hijo mío, qué tarde te he conocido…!

 

Aprovechando esta anécdota, el Santo Cura de Ars comentaba que el alma, al salir de esta vida, verá por fin a Aquel que poseía cada día en la Sagrada Eucaristía, a quien hablaba, con el que se desahogaba cuando ya no podía con sus penas. Ante la vista de Jesús, el alma poco enamorada, de fe escasa, tendrá que exclamar: ¡Oh Jesús, que pena haberte conocido tan tarde…!  habiéndote tenido tan cerca.

 

José Manuel Ardións Neo.  Párroco de San Benito de La Coruña. Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229.


CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA (Lección 24ª)

 

ANTE UNA GUERRA QUE DESTRUIRÍA A JERUSALÉN, JESÚS LLORÓ Y REZÓ.

 

5º Mandamiento de la Ley de Dios: “NO MATARÁS” (4ª parte)

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.

 

4ª parte: LA PAZ, LA GUERRA, EL RESPETO DE  LA PERSONA HUMANA

 

-¿Qué exige el Señor a toda persona para la defensa de la paz?

 

El Señor que proclama “bienaventurados los que construyen la paz” (Mt. 5, 9), exige la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la ira, que es el deseo de venganza por el mal recibido, y del odio, que lleva a desear el mal del prójimo. Estos comportamientos, si son voluntarios y consentidos en cosas de gran importancia, son pecados graves contra la caridad.

 -¿En qué consiste la paz del mundo?

 

La paz del mundo, que es la búsqueda del respeto y del desarrollo de la vida humana, no es simplemente ausencia de guerra o equilibrio de fuerzas contrarias, sino que es “la tranquilidad del orden” (San Agustín), “fruto de la justicia” (Is 32,17) y efecto de la caridad. La paz en la tierra es imagen y fruto de la paz de Cristo.

 

-¿Qué se requiere para la paz en el mundo?

 

Para la paz en el mundo se requiere la justa distribución y la tutela de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto a la dignidad de las personas y de los pueblos, y la constante práctica de la justicia y de la fraternidad.

 

-¿Cuándo está moralmente permitido el uso de la fuerza militar?

 

El uso de la fuerza militar está moralmente justificado cuando se dan simultáneamente las condiciones siguientes: certeza de que el daño causado por el agresor es duradero y grave; la ineficacia de toda alternativa pacífica; fundadas las posibilidades de éxito en la acción defensiva y ausencia de males aún peores, dado el poder de los medios modernos de destrucción.

 

-¿En caso de amenaza de guerra, ¿a quién corresponde determinar si se dan las anteriores condiciones?

 

Determinar si se dan las condiciones para un uso moral de la fuerza militar compete al prudente juicio de los gobernantes, a quienes corresponde el derecho de imponer a los ciudadanos la obligación de la defensa nacional, dejando a salvo el derecho personal a la objeción de conciencia y a servir de otra forma a la comunidad humana.

 

-¿Qué exige la ley moral en caso de guerra?

 

La ley Moral permanece siempre válida, aún en caso de guerra. Exige que sean tratados con humanidad los no combatientes, los soldados heridos y los prisioneros. Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes, como también las disposiciones que las ordenan, son crímenes que la obediencia ciega no basta para excusar. Se deben condenar las destrucciones así como el exterminio de un pueblo o de una minoría étnica, que son pecados gravísimos; y hay obligación moral de oponerse a la voluntad de quienes los ordenan.

 

-¿Qué es necesario hacer para evitar la guerra?

 

Se debe hacer todo lo razonablemente posible para evitar a toda costa la guerra, teniendo en cuenta los males e injusticias que ella misma provoca. En particular, es necesario evitar la acumulación y el comercio de armas no debidamente reglamentadas por los poderes legítimos; las injusticias, sobre todo económicas y sociales; las discriminaciones étnicas o religiosas; la envidia, la desconfianza, el orgullo y el espíritu de venganza. Cuanto se haga por iluminar estos u otros desórdenes ayuda a construir la paz y a evitar la guerra.