RECOMENDACIONES PARA QUE SE LLENEN DE PAZ NUESTROS DÍAS, EN LA TIERRA. (Homilía: VIII Domingo del Tiempo Ordinario. 2-III-2014)

Dice Jesús: “Mirad a los pájaros: ni siembran ni siegan y el Padre celestial los alimenta”

 

El Evangelio de la Misa de este Domingo, Octavo del Tiempo Ordinario, hace recomendaciones para que se llenen de paz nuestros días en la Tierra. Es lógico que encontremos sufrimientos, preocupaciones, trabajos, pero debemos llevarlos como hijos de Dios. Los padecimientos, la contradicción, deben servirnos, para crecer en las virtudes y para amar más a Dios. Los hombres, con frecuencia, no sabemos lo que es bueno para nosotros; y lo peor es que la confusión nos lleva a creer que lo sabemos.

 

DIOS TIENE SUS PLANES PARA NUESTRA FELICIDAD

 

Pensemos que Dios tiene sus planes para nuestra felicidad. Y debemos tener la certeza práctica de que esta verdad, vivida en el acontecer diario, lleva a un abandono sereno, incluso ante la dureza de aquello que no comprendemos y que nos causa dolor y preocupación. Nada se derrumba si estamos amparados en el sentido de nuestra filiación divina. Pues si a una hierba que hoy está en el campo, y mañana se echa al fuego en el horno, Dios así la viste, ¡cuánto más a vosotros…!, dijo el Señor, según se afirma en el Evangelio de San Mateo.

 

Sin embargo, dice Santo Tomás de Aquino que a veces nos ocurre lo que le pasa al profano en medicina que ve al médico recetar a un enfermo agua y a otro vino, según le sugiere su ciencia. Y al no saber medicina, piensa que el médico receta estos remedios al azar. Y el Aquinate concreta: “así pasa con respecto a Dios. Él, con conocimiento de causa y según su providencia, dispone las cosas que necesitan los hombres: aflige a unos que quizá son buenos, y deja vivir en prosperidad a otros que son malos. Por lo tanto, nunca podemos olvidar que Dios nos quiere felices aquí, pero nos quiere aún más felices con Él para siempre en el Cielo.

 

CUMPLIMIENTO AMOROSO DE LA VOLUNTAD DE DIOS

 

Tampoco debemos olvidar jamás que la santidad de un cristiano consiste en el cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios, que se manifiesta en los deberes de cada día y en el abandono en el Señor, con total confianza. Teniendo en cuenta que todo abandono ha de ser activo y responsable y poniendo los medios que cada situación requiera. Porque el abandono en Dios ha de ir íntimamente unido a la responsabilidad, que lleva a poner los oportunos remedios humanos y sobrenaturales.

 

Ahora bien, el sentirnos hijos de Dios nos ayuda a describir que todos los acontecimientos de nuestra vida, son dirigidos, o permitidos para nuestro bien. Dios es nuestro Padre, y nos concede lo que más nos conviene y espera que sepamos ver su amor paternal, tanto en los acontecimientos favorables como en los adversos.

 

TODAS LAS COSAS COOPERAN AL BIEN DE QUIENES AMAN A DIOS

 

Dice San Pablo en la Carta a los Romanos que todas las cosas cooperan para el bien de quienes aman a Dios. El que ama a Dios con obras sabe que, pase lo que pase, todo será para bien, si  no deja de amar. Y, precisamente porque ama, pone los medios para que el resultado sea bueno, para que el trabajo acabado y hecho con rectitud de intención dé frutos de santidad. Y una vez que ha puesto los medios a su alcance, se abandona en Dios, descansa en su providencia amorosa. Y con esta convicción, fruto del hecho de sentirnos hijos de Dios, podemos vivir llenos de optimismo y de esperanza; y así superaremos muchas dificultades. Por eso, el Evangelio de este domingo nos aconseja: nos estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. Pues si la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?

 

Dice el Salmo 31: Tú eres mi Dios y en tus manos están mis días. Es cierto que unos serán humanamente agradables y otros lo serán menos, pero cada uno de ellos puede ser una pequeña joya para Dios y para la eternidad, si lo hemos vivido con plenitud humana y con sentido sobrenatural.

 

CUMPLIR EL DEBER DE CADA MOMENTO

 

No podemos entretenernos en ojalás; en situaciones pasadas que nuestra imaginación nos presenta embellecidas; o en otras futuras que engañosamente la fantasía idealiza, librándolas del contrapunto del esfuerzo. Lo que debemos hacer es cumplir el deber del momento, sin retrasarlo por pensar que se presentarán oportunidades mejores.

 

Quizá una buena parte de la eficacia en lo humano y en lo sobrenatural, consista en vivir cada día como si fuese el único de nuestra vida. Porque la preocupación estéril no suprime la desgracia temida, sino que la anticipa. En realidad, la experiencia demuestra que la preocupación aumenta las dificultades y disminuye la capacidad de realizar el deber del momento presente. No podemos llevar las cargas de hoy y de mañana. Cada día tiene su afán, su cruz y su gozo. Casi siempre los agobios provienen de no vivir con intensidad el momento actual y de falta de fe en la Providencia.

 

A veces podemos sufrir la tentación de querer dominar el futuro. Y no olvidemos que la vida está en las manos de Dios. Pongamos los medios necesarios para velar por el futuro, pero no lo hagamos como aquellos que sólo confían en sus fuerzas. Dios conoce nuestras necesidades: busquemos entonces el reino de Dios y su justicia en primer lugar, y todo lo demás se nos dará por añadidura, como se dice en el Evangelio de San Mateo.

 

Y pensemos que vivir el momento presente requiere rechazar falsos temores a peligros futuros, que nuestra fantasía agranda y deforma. También perdemos  el sentido de la realidad con falsas cruces que, en ocasiones, nuestra imaginación inventa y padecemos inútilmente, por no aceptar quizá la pequeña cruz que el Señor nos pone delante, la cual nos llenaría de paz y alegría. Pidamos, por tanto al Señor, por medio de la Virgen María, que nos conceda la gracia de vivir el momento presente, en cada jornada, con plenitud de Amor, como si fuera la última ofrenda de nuestra vida en la tierra.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 40ª)

 

ADORACIÓN DE LA SAGRADA HOSTIA. CLAUDIO COELLO, EN EL ESCORIAL

Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 40ª)

El Sacramento de la Eucaristía: su naturaleza y la presencia real de Jesucristo (1ª Parte)

 

¿Qué es la Eucaristía? –La Eucaristía es el sacrificio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el Sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de vida eterna.

 

(Tras ofrecer la definición del Compendio, pasamos al Catecismo del Papa San Pío Pío X, que nos parece servirá mejor a nuestros lectores para alimentar la piedad, alcanzada tal vez de niños).

 

¿Qué es el Sacramento de la Eucaristía? –La Eucaristía es el sacramento en el cual, por la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de Jesucristo y de toda la sustancia del vino en su preciosa Sangre, se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del mismo Jesucristo Señor nuestro, bajo las especies del pan y del vino, para nuestro mantenimiento espiritual.

 

¿Está en la Eucaristía el mismo Jesucristo que está en Cielo y que en la tierra nació de la Santísima Virgen María? –Sí. En la Eucaristía está verdaderamente presente el mismo Jesucristo que está en el Cielo y que en la tierra nació de la Santísima Virgen.

 

¿Por qué creéis que en el Sacramento de la Eucaristía está verdaderamente Jesucristo? –Creemos que en el Sacramento de la Eucaristía está verdaderamente presente Jesucristo porque lo ha dicho El mismo y nos lo enseña la Santa Iglesia.

 

¿Cuál es la materia del Sacramento de la Eucaristía? –La materia del Sacramento de la Eucaristía es la misma que empleó Jesucristo en la última Cena: pan de trigo y vino de vid.

 

¿Cuál es la forma del Sacramento de la Eucaristía? –La forma del Sacramento de la Eucaristía consiste en las palabras que empleó el mismo Jesucristo, en la Última Cena: éste es mi Cuerpo; ésta es mi Sangre.

 

¿Qué es, pues, la hostia antes de la Consagración? –La hostia antes de la Consagración es pan de trigo.

 

¿Qué es la Hostia después de la Consagración? –Después de la Consagración, la Hostia es el verdadero Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo bajo las especies del pan.

 

¿Qué hay en el cáliz antes de la Consagración? –En el cáliz antes de la Consagración hay vino con unas gotas de agua.

 

¿Qué hay en el cáliz después de la Consagración? –Después de la Consagración está en el cáliz la verdadera Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, bajo las especies del vino.

                                                                                                                      Continuará


“DIOS LLAMA A TODOS A LA SANTIDAD” (Homilía del VII Domingo del Tiempo Ordinario: 23-II-2014)

 

BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU.

Dios llama a todos a la santidad. “Sed  perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, dice el final del Evangelio de este domingo, séptimo del Tiempo Ordinario, recogiendo palabras de Jesucristo. Sí, y realmente es así, porque el Maestro, llama a todos a la santidad, sin distinción de edad, profesión, raza o condición social. Así lo afirma el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, cuando dice: “Todos los fieles, cualesquiera que sean su estado y condición, está llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, por la que el mismo Padre es perfecto.”

 

HOY SE NECESITAN EXPERTOS EN HUMANIDAD

 

El Papa Juan Pablo II, en un discurso del 11 de octubre de 1985, decía que “hoy se necesitan heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se precisan nuevos santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande santos para evangelizar el mundo de hoy”.

 

De Jesús se afirma, en los “Hechos de Apóstoles”, a modo de resumen de toda su vida, que pasó por la tierra haciendo el bien. Y eso debería decirse de  cada uno de nosotros, si de verdad procuramos imitarle.

 

Es cierto que toda la Sagrada Escritura es una llamada a la santidad, pero hoy nos dice a todos explícitamente el Señor, en el Evangelio de la Misa de este domingo: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Y no  pide Jesucristo la santidad a un grupo reducido de discípulos que le acompañaban a todas partes, sino que lo hace a todo el que se le acerca; a las multitudes, entre las que habría madres de familia, jornaleros y artesanos que se detendrían a oírle, a la vuelta del trabajo, niños, publicanos, mendigos, enfermos, etc. Es decir que, el Señor llama a su seguimiento a todos, sin distinción  de estado, raza o condición.

 

“SED PERFECTOS”, EXIGENTE MANDATO DEL SEÑOR

 

Sed perfectos, no es un consejo del Señor, sino un exigente mandato. Dijo el Concilio Vaticano II: “En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que quienes son apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (San Pablo, a los Tesalonicenses). Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y  a la perfección de la caridad” (Constitución Lumen gentium).

 

Ahora bien, la santidad implica exigencia, combatir el conformismo, la tibieza, el aburguesamiento, y nos pide ser heroicos, no en sucesos extraordinarios, que pocos o ninguno vamos a encontrar, sino en la continua fidelidad a los deberes de todos los días.

 

La Liturgia de la Horas de este domingo, acude a las palabras de San Cipriano que exhortaba a los cristianos del siglo III, diciendo: “Debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos (…). Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios. Y como Él ha dicho: sed santos pues Yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el Bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto pedimos cada día”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico. Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, redactor jefe de la sección de Información Religiosa, de la Agencia “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 39ª)

Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 39ª)

El Sacramento de la Penitencia o Confesión (2ª Parte)

Preguntas y respuestas, tomadas del Compendio del Catecismo de la IglesiaCatólica (Año 2005).

 

¿Por qué también los pecados veniales pueden ser objeto de la Confesión Sacramental? –La Iglesia recomienda vivamente la confesión de los pecados veniales aunque no sea estrictamente necesaria, ya que ayuda a formar una recta conciencia y a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo y a progresar en la vida del Espíritu.

 

¿Quién es el ministro de la Reconciliación o Confesión? –Cristo confió el ministerio de la Reconciliación o Confesión a sus Apóstoles, a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a los presbíteros, colaboradores de los obispos, los cuales se convierten, por tanto, en instrumentos de la misericordia y de la justicia de Dios. Ellos ejercen el poder de perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu Santo.

 

¿A quién está reservada la absolución de algunos pecados particularmente graves? –La absolución de algunos pecados particularmente graves (como son los castigados con la excomunión) está reservada a la Sede Apostólica o al obispo del lugar o a los presbíteros autorizados por ellos, aunque todo sacerdote puede absolver de cualquier pecado y excomunión, al que se halla en peligro de muerte.

 

El confesor, ¿está obligado al secreto? –Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, todo confesor está obligado, sin ninguna excepción y bajo penas muy severas, a mantener el sigilo sacramental, esto es, al absoluto secreto sobre los pecados conocidos en confesión.

 

¿Cuáles son los efectos de es Sacramento? – Los efectos del Sacramento de la Penitencia son: la Reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los pecados; la Reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y serenidad de conciencia y el consuelo del espíritu, y el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano.

 

¿Se puede celebrar, en algunos casos, este Sacramento, con la Confesión General y Absolución Colectiva? –En caso de grave necesidad (como un inminente peligro de muerte), se puede recurrir a la celebración comunitaria de la Reconciliación, con la Confesión General y Absolución Colectiva, respetando las normas de la Iglesia y haciendo propósito de confesar individualmente, a su debido tiempo, los pecados graves ya perdonados de este forma.

 

¿Qué son las indulgencias) -Las indulgencias son la remisión ante Dios de la pena temporal merecida por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa, que el fiel, cumpliendo determinadas condiciones, obtiene para sí mismo o para los difuntos, mediante el ministerio de la Iglesia, la cual, como dispensadora de la Redención, distribuye el tesoro de los méritos de Cristo y de los Santos.

ESTE FIEL CRISTIANO ESTÁ RECIBIENDO EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA O CONFESIÓN.