LA IGLESIA HA ENSEÑADO SIEMPRE LA EXISTENCIA Y EL VALOR DE LOS MILAGROS. (Homilía: 4º Domingo de Cuaresma, 30.III.2014)

 CURACIÓN DEL CIEGO, POR OBRA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO. (Cuadro del Greco)

 

 

Ante la actitud racionalista que no acepta, por un falso principio filosófico, la intervención de Dios en este mundo y, por tanto, la posibilidad del milagro, el Magisterio de la Iglesia ha enseñado siempre la existencia y el valor de los milagros.

 

LOS MILAGROS EXISTEN

 

“Quiso Dios que a los auxilios internos del Espíritu Santo se juntaran argumentos externos de su Revelación; a saber, hechos divinos y, ante todo, los milagros y las profecías que, mostrando luminosamente la omnipotencia y ciencia infinita de Dios, son signos certísimos de la Revelación Divina y acomodados a la inteligencia de todos”.

 

“Si alguno dijere que no puede darse ningún milagro y que por lo tanto todas las narraciones sobre ellos, aun las contenidas en la Sagrada Escritura, hay que relegarlas entre las fábulas y los mitos, o que lo milagros no pueden nunca ser conocidos con certeza y que con ellos no se prueba legítimamente el origen divino de la religión cristiana, sea anatema”. (Concilio Vaticano I, Constitución Dogmática Dei filius, cap. 3 y can. 4).

 

Por su parte, todo el interrogatorio al que someten los judíos, tanto al hijo ciego, y ahora devuelta la vista por el Señor, como a sus padres, demuestra que el milagro fue tan patente que ni siquiera los adversarios pudieron negarlo. Y el mismo Jesucristo, durante la vida pública, hizo muchos otros milagros, para manifestar su divinidad, poniendo en acción su omnipotencia.

 

PARA EL QUE NO QUIERE CREER NINGÚN ARGUMENTO LE SIRVE

 

Pero, para el que no quiere creer ningún argumento le sirve. Y así lo vemos cuando los fariseos se enfrentan con el ciego que había sido curado y le dicen descaradamente: ”da gloria a Dios”. En el pueblo judío se trataba de una frase que se usaba para exhortar al interrogado a decir la verdad. Pero los fariseos no buscaban la verdad, sino que su objetivo era intimidar, al hasta hace poco tiempo ciego, para se desdijese de lo confesado. Y además forzaban su misma conciencia, advirtiéndole antes de oír su respuesta, que ellos sabían muy bien que Jesús, “ese hombre – dicen ellos- es pecador”.

 

Un santo de gran vida cristiana y altura intelectual, como San Agustín, explicando este pasaje evangélico, afirmaba: “¿Qué pretenden con decir: Da gloria a Dios? Que niegue el beneficio recibido. Esto no es ciertamente dar gloria a Dios, sino más bien blasfemar contra Dios”.

 

Como vemos por el texto evangélico, el milagro de la curación del ciego, es válido para todos, pero la contumacia de aquellos fariseos –diríamos en términos de hoy- no se rinde ante la significación del hecho milagroso, ni siquiera después de las averiguaciones realizadas con los padres y el propio ciego, sino que se encierran en no tolerar que Jesús, que es Creador de Cielos y Tierra, pudiese ser quien le abriera los ojos a tal ciego.

 

ATENCIÓN AL GRAN ENEMIGO DIABÓLICO QUE ES LA SOBERBIA

 

Este hecho milagroso y la reacción de lo que en términos de hoy podríamos llamar “hombres entendidos”, nos enseña, por una parte, la fe del ciego, que reconoce que Jesús es no solo un profeta sino que es Dios. Mientras en aquellos publicanos se produce un proceso contrario de obstinación, pasando de la duda a la afirmación blasfema de que el mismo Jesús, Dios y Hombre verdadero, es un pecador. Y terminando por expulsar de sus sinagogas al antes ciego que ahora ve, por un milagro.

 

Esto pienso que nos enseña a todos los humanos que debemos estar muy atentos a ese gran enemigo, diabólico, que es la soberbia, que ciega los ojos y las mentes e impide hasta lo más evidente, como ha sido el caso del ciego que ahora ve. Y debemos pensarlo con mucha frecuencia, pues como se sabe, el hecho de expulsarle de las sinagogas, entre los judíos, comenzó en el siglo VI, antes de Cristo, después del exilio de Babilonia, cuando existía la costumbre de echar fuera a quienes cometían ciertos delitos.

 

Ciertamente, los fariseos han echado de la sinagoga al ciego curado; pero el Señor, además de acogerle, le ayuda a hacer un acto de fe en su divinidad. El Santo de Hipona, en el citado comentario al Evangelio de San Juan, afirma también que este ciego, “lavada finalmente la faz del corazón y purificada la conciencia, lo reconoce no sólo hijo del hombre, sino Hijo de Dios.” “Mientras, los fariseos que no quieren reconocer su pecado, quedarán en su ceguera”.

 

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 44ª)

 

DOS ÁNGELES ADORANDO LA EUCARISTÍA.

Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 44ª).El Sacramento de la Eucaristía: efectos y disposiciones para comulgar (5ª Parte)

 

            Seguimos ofreciendo los textos del Catecismo de San Pío X, porque, para explicar la Eucaristía consideramos que son prácticamente insuperables. En esta lección, añadimos uno del Compendio.

 

¿Por qué para comulgar no basta ni aún el acto de contrición perfecta al que sabe que está en pecado mortal? –El que sabe que está en pecado mortal debe hacer una buena confesión antes de comulgar, pues no le basta para comulgar como conviene el acto de contrición perfecta sin la confesión.

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(En el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Benedicto XVI, el 28 de junio del año 2005, se dice lo mismo y un poco más, sobre todo en relación a los que conviven sin casarse por la Iglesia o a los que están unidos civilmente. Y se hace además una advertencia sobre el modo de vestir para comulgar. En efecto, a la pregunta:

 

¿Qué se requiere para recibir la Sagrada Comunión? Responde: “Para recibirla Sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado ala Iglesia católica y hallarse en gracia de Dios, es decir, sin conciencia de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un pecado grave debe recibir el Sacramento dela Reconciliación (Confesión) antes de acercarse a comulgar. Son también importantes el espíritu de recogimiento y de oración, la observancia del ayuno prescrito porla Iglesia y la actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto a Cristo.

 

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¿Recibiría a Jesucristo el que comulgase en pecado mortal? –El que comulgase en pecado mortal recibiría a Jesucristo, más no su gracia; antes bien, cometería un sacrilegio y sería merecedor de la sentencia de condenación.

 

¿Qué ayuno debe guardarse antes de la Sagrada Comunión? –Antes dela Sagrada Comunión debe guardarse el ayuno eucarístico, que consiste en abstenerse de alimento sólido o bebida alcohólica o no alcohólica una hora antes de comulgar. El agua natural puede tomarse a cualquier hora y en cualquier caso.

Los enfermos pueden tomar verdaderas medicinas, sólidas o líquidas, y bebidas no alcohólicas en cualquier tiempo y sin ninguna limitación.

 

 

NOTA:  En los Semanarios “The Wanderer”, 23-III-1989, y “The Fatima Crusader”, trimestre 3º. 1989, se publica la siguiente Declaración de la Beata Madre Teresa de Calcuta: “El peor mal que existe en el mundo de hoy es la Comunión en la mano”.


TODOS LOS HUMANOS DEBEN ABRIRSE A LA NUEVA REVELACIÓN DE JESUCRISTO, A EJEMPLO DE LA MUJER SAMARITANA. (Homilía: III Domingo de Cuaresma. 23 de marzo de 2014).

 

LA IMPRESIONANTE ESCENA DE JESÚS CON LA SAMARITANA.

 Todos los humanos deben abrirse a la nueva Revelación de Jesucristo, a ejemplo e imitación de la mujer samaritana. Con la llegada al mundo de Dios hecho hombre, hace dos mil años, se consuma -por decirlo de algún modo- la alianza de Dios con toda la Humanidad. Se trata de una alianza definitiva. Nuestro Padre Dios quiere que todos los  humanos aceptemos al Mesías, a su Hijo, al nuevo templo de Dios, con un culto que brota del corazón del hombre, y que suscita el mismo Espíritu de Dios, al que llamamos Espíritu Santo.

 

Por eso, la Iglesia–la única Iglesia- enseña, de modo solemne que, mediante el Bautismo, nos hacemos verdaderos adoradores de Dios. “Por el Bautismo –afirma el Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia- los hombres injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él; “reciben el espíritu de adopción de hijos en el que clamamos: ¡Abbá! ¡Padre!”. (Carta a los Romanos, 8,15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre”. (Constitución Sacrosanctum Concilium, número 6).

 

LA CONVERSIÓN DE LA SAMARITANA

 

 

La mujer samaritana, en su conversación con el Señor, paso tras paso, llega a la etapa más decidida de su vida, que es la conversión. Efectivamente, desde el reconocimiento de sus pecados, ha pasado a la aceptación de la doctrina verdadera. Y la gracia de Dios la transforma, de tal modo, que se centra totalmente en Jesucristo. Además, le entran deseos de comunicarlo a todos los de su pueblo, en Samaría.

 

Es decir: surge, en ella, un alma apostólica. Había ido al pozo de Jacob a por agua, y ahora se olvida de ello. Deja su cántaro y se dirige a su pueblo que está cercano, para anunciarles lo sucedido y cómo ha llegado a la conclusión de que éste, llamado Jesús, es el Mesías esperado desde hace siglos. Si bien, su certeza la ofrece como dubitativa, ante los de su pueblo, con el fin de que sean ellos mismos quienes lo vean, hablen con Él, y lleguen a la conversión. Y así se produjo el milagro de la conversión. Y sus paisanos, efectivamente, le dicen: ahora ya no creemos por lo que tú dices, sino que nosotros lo hemos visto y oído, con nuestros propios ojos y lo hemos oído también.

 

LA CONVERSIÓN AUTÉNTICA SE PROYECTA HACIA LOS DEMÁS

 

Es bueno que consideremos que toda conversión auténtica se proyecta necesariamente hacia los demás, en un deseo de hacerles participar de la alegría de haberse encontrado con Dios.

 

Ante esta reacción de los samaritanos, el Señor les habla del hecho que todos debemos seguir y vivir: cumplir la voluntad de Dios. La conversión de las almas que se acaba de realizar, por medio de la acción de una mujer -que podemos decir que es pecadora-, ha de servir de alimento, no sólo a los sacerdotes, sino también a todos los bautizados. Y sin desanimarse si no se recogen frutos.

 

Ya lo dijo el Señor: “Uno es el que siembra y otro el que recoge”.  Como afirma el Decreto Ad gentes”, del Concilio Vaticano II: todos debemos estar unidos, buscando el mismo fin. Y esto es, en realidad, lo que conduce a la edificación de la Iglesia, en el mundo entero.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. (Lección 43ª)

 

Una señora comulgando, de rodillas y en la boca.

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. (Lección 43ª)

El Sacramento de la Eucaristía: Efectos del Sacramento y disposiciones para comulgar (4ª Parte).

 

Seguimos ofreciendo los textos del Catecismo de San Pío X, porque, para explicar la Eucaristía, consideramos que son prácticamente insuperables.

 

¿Qué efectos produce en nosotros la Santísima Eucaristía? –Los efectos principales que produce la Santísima Eucaristía en quien dignamente la recibe son éstos: 1º, conserva y aumenta la vida del alma, que es la gracia, como el manjar material mantiene y aumenta la vida del cuerpo; 2º, perdona los pecados veniales y preserva de los mortales; 3º, trae consigo espiritual consolación.

 

¿No produce otros efectos en nosotros la Sagrada Eucaristía? –Sí; la Sagrada Eucaristía produce en nosotros otros tres efectos, que son: 1º, debilita nuestras pasiones, y, en especial, amortigua las llamas de la concupiscencia; 2º, acrecienta el fervor de la caridad con Dios y con el prójimo y nos ayuda a obrar conforme a los deseos de Jesucristo; 3º, nos da una prenda de la futura gloria y de la misma resurrección de nuestro cuerpo.

 

Disposiciones necesarias para comulgar bien

 

¿Produce siempre en nosotros sus maravillosos efectos el Sacramento de la Eucaristía? –El Sacramento dela Eucaristía produce en nosotros sus maravillosos efectos cuando lo recibimos con las debidas disposiciones.

 

¿Cuántas cosas son necesarias para hacer una buena Comunión? –Para hacer una buena Comunión son  necesarias tres cosas: 1ª, estar en gracia de Dios; 2ª, guardar ayuno (no comer ni beber desde una hora antes de comulgar; teniendo en cuenta que el agua natural se puede tomar en cualquier momento); 3º, saber lo que se va a recibir y acercarse a comulgar con devoción.

 

¿Qué quiere decir estar en gracia de Dios? –Estar en gracia de Dios quiere decir tener la conciencia pura y limpia de todo pecado mortal.

 

¿Qué debe hacer antes de comulgar el que sabe que está en pecado mortal? –El que sabe que está en pecado mortal debe hacer una buena confesión antes de comulgar, pues no le basta para comulgar el acto de contrición perfecta sin la Confesión.

           

            Los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI recordaron, en varias ocasiones, lo que dice el Concilio de Trento: “Nadie debe acercarse a la Sagrada Comunión con conciencia de pecado mortal, por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la Confesión sacramental. Y añadieron: “Y esta sigue siendo la doctrina de la Iglesia también hoy”.

            Los mencionados Pontífices, dirigiéndose a los sacerdotes, afirman: “Enseñad con claridad y sencillez la recta doctrina sobre la necesidad de la Confesión para recibir la Comunión, cuando se es consciente de no estar en gracia de Dios.