PLAN DE SALVACIÓN: PASIÓN Y MUERTE REDENTORA DEL MESÍAS. (Homilía: III Domingo de Pascua. 4-V-2014).

 

EL SEÑOR RESUCITADO, CON LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS

En la Sagrada Escritura estaba anunciado que el plan de salvación de Dios se realizaría por medio de la Pasión y Muerte redentora del Mesías. La Cruz no es un fracaso, sino el camino querido por Dios para el triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado y la muerte, como afirma el Apóstol San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, cuando dice: nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

 

INTERPRETACIÓN DE LA SAGRADA ESCRITURA

 

Muchos contemporáneos del Señor no lo entendieron de modo sobrenatural, por no haber interpretado correctamente los textos del Antiguo Testamento. Ahora bien, nadie como Jesús puede conocer el verdadero sentido de las Sagradas Escrituras. Y, después de que Él ha ascendido a los Cielos, sólo la Iglesia tiene la misión y el oficio de interpretarlos auténticamente. Lo dejó muy claro el Concilio Vaticano II, en la Constitución Dei Verbum, número 12, afirmando que “todo lo dicho sobre la interpretación de la Sagrada Escritura está sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios”.

 

CELO APOSTÓLICO DE JESUCRISTO RESUCITADO

 

La presencia y la palabra de Jesucristo recupera a los discípulos de Emaús que se encontraban desalentados, y enciende en ellos una esperanza nueva y definitiva. Y, efectivamente, así se muestra a lo largo de la conversación que mantiene Jesús y los discípulos, que pasan de la tristeza a la alegría, recobran la esperanza y, con ello, el afán de comunicar el gozo que hay en sus corazones, haciéndose, de este modo, anunciadores y testigos de Cristo resucitado. En el Evangelio del día de hoy se ve como se trata de una de las escenas propias de San Lucas evangelista, descrita con una gran maestría literaria. Y presentándonos además el celo apostólico de Cristo resucitado.

 

UNA CONSAGRACIÓN DEL PAN COMO EN LA ÚLTIMA CENA

 

Llega un momento en el que, estando a la mesa, el Señor toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da a los dos discípulos de Emaús. Y muchos Santos Padres han visto en esta acción una consagración del pan como en la Última Cena, teniendo en cuenta el modo peculiar con que bendice y parte el pan, que además les hace ver que es el mismo Jesucristo.

 

Y así es, en verdad, pues en la vida de la Iglesia, la liturgia siempre ha tenido una gran importancia como culto a Dios, como expresión de la fe y como catequesis eficaz de las verdades reveladas. Por eso, los gestos externos –las ceremonias litúrgicas- han de ser observadas con la mayor fidelidad. El decreto Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II, afirma que “la reglamentación de la Sagrada Liturgia es de competencia de la autoridad eclesiástica; ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el obispo. Por lo mismo, que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia”.

 

LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS  VUELVEN A JERUSALÉN

 

Y tras esta escena, los discípulos de Emaús sienten la urgencia de volver a Jerusalén, donde los Apóstoles y algunos otros discípulos se encuentran reunidos con Pedro, a quien ya Jesús se le había aparecido.

 

Ciertamente, tengamos en cuenta que, en la Historia Sagrada, Jerusalén fue el lugar donde Dios Nuestro Señor quiso ser alabado de modo particular y allí también los profetas ejercieron su principal ministerio. Además y sobre todo, por voluntad divina, en esta misma ciudad fue donde, el mismo Jesucristo padeció, murió y resucitó. Y desde Jerusalén también se comenzó a extender el Reino de Dios. Allí, por lo tanto, se inició la Iglesia.Y si uno repasa el Nuevo Testamento verá como a la Iglesia de Cristo se la denomina “La Jerusalén de arriba” (Carta a los Gálatas, 4, 26), “La Jerusalén celestial” (Hebreos, 12, 22), “la nueva Jerusalén” (Apocalipsis, 21,2).

 

En definitiva, en la Ciudad Santa comienza la Iglesia. Más tarde San Pedro, no sin especial Providencia divina, se traslada a Roma que, de este modo, se convierte en el centro de la Iglesia. Como aquellos discípulos son confirmados en la fe por San Pedro, los cristianos de todos los siglos acuden a la Sede de Pedro para confirmar su fe, y mantener así la unidad de la Iglesia. “Sin el Papa la Iglesia Católica ya no sería tal, sino que, faltando en la Iglesia de Cristo el oficio pastoral supremo, eficaz y decisivo de Pedro, la unidad se desmoronaría, y en vano se intentaría reconstruirla luego con criterios sustitutivos de aquel auténtico establecido por el mismo Cristo”. (Encíclica Ecclesiam suam, del Papa Pablo VI, con fecha del 6 de agosto de 1964).

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA (Lección 49ª)

 

SACERDOTE, ADMINISTRANDO EL SACRAMENTO
DE LA UNCIÓN DE ENFERMOS

CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA (Lección 49ª)  El Sacramento de la Unción de los enfermos o Santa Unción

 

¿Qué es el Sacramento de la Unción  de Enfermos o Santa Unción –El Sacramento de la Unción de los Enfermos o Santa Unción es un Sacramento instituido por Jesucristo, para alivio espiritual y aun temporal de los enfermos y especialmente en peligro de muerte.

 

¿Qué efectos produce el Sacramento de la Unción de los Enfermos? –El Sacramento de la Unción de los Enfermos produce los siguientes efectos: 1º, aumenta la gracia santificante; 2º, borra los pecados veniales y aun los mortales que el enfermo arrepentido no hubiere podido confesar; 3º, quita la debilidad y desmayo para el bien, que dura aun después de haber alcanzado el perdón de los pecados; 4º, da fuerzas para sufrir, con paciencia, la enfermedad, resistir las tentaciones y morir santamente; 5º, ayuda a recobrar la salud del cuerpo, si conviene a la del alma; 6º, y en todo caso, la Santa Unción prepara al enfermo para pasar a la Casa del Padre.

 

¿Quién puede recibir el Sacramento de la Unción de los Enfermos? –El Sacramento de la Unción de los Enfermos lo puede recibir cualquier fiel que comienza a encontrarse en peligro de muerte por enfermedad o vejez. El mismo fiel lo puede recibir otras veces, si se produce un agravamiento de la enfermedad o bien si se presenta otra enfermedad grave. La celebración de este Sacramento debe ir precedida, si es posible, de la confesión individual del enfermo. (En las circunstancias actuales, después de cierta edad, es bueno aprovechar cuando se impone de modo general, en los templos).

 

¿Quién administra este Sacramento? –El Sacramento de la Unción de los Enfermos sólo puede ser administrado por los sacerdotes (obispos o presbíteros).

 

¿Cómo se celebra este  Sacramento? –La celebración del Sacramento de la Unción de los Enfermos consiste esencialmente en la unción con óleo, bendecido si es posible por el obispo, sobre la frente y manos del enfermo, acompañado de la oración del sacerdote, que implora la gracia especial de este Sacramento.

 

¿Por qué se ha de procurar que se administre la Santa Unción cuando el enfermo está en su cabal juicio y hay alguna esperanza de vida? –Se ha de procurar que se administre la Santa Unción cuando el enfermo está en su cabal juicio y hay alguna esperanza de vida porque, recibiéndolo con mejor disposición, puede ser mayor el fruto; y también porque, como este Sacramento, ayudando a las fuerzas de la naturaleza, da la salud del cuerpo, si conviene al alma, no ha de aguardarse a que el enfermo esté desahuciado.

 

¿Con qué disposiciones ha de recibirse la Santa Unción? –Las principales disposiciones para recibir la Santa Unción son: estar en gracia de Dios, confiar en la virtud del Sacramento y en la Divina Misericordia y resignarse en la voluntad del Señor.

 

¿Qué sentimientos ha de tener el enfermo a la vista del sacerdote? –A la vista del sacerdote, el enfermo ha de tener sentimientos de gratitud con Dios por habérselo enviado y ha de recibir con gusto y pedir, si puede, por sí mismo los auxilios que nos da la Santa Iglesia.


“TE ENVIO A TODA LA HUMANIDAD CON MI MISERICORDIA”, DIJO EL SEÑOR A SANTA FAUSTINA KOWALSKA. (Domingo II de Pascua. Fiesta de la Divina Misericordia. Homilía. 27-IV-2014).

 

FAUSTINA KOWALSKA Y EL CORAZÓN DE JESÚS

 

“Te envío a toda la humanidad con Mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla a Mi Corazón Misericordioso. Tú eres la secretaria de Mi misericordia; te he escogido para este cargo, en ésta y en la vida futura para que des a conocer a las almas la gran misericordia que tengo con ellas, y que las invites a confiar en el abismo de Mí misericordia”. (Palabras del Señor, a Santa Faustina Kowalska).

 

EXTENDER A TODO EL MUNDO LA DEVOCIÓN A LA DIVINA MISERICORDIA

 

La misión de extender en todo el mundo la devoción a la Divina Misericordia, fue confiada por el Cielo a Santa María Faustina Kowalska, una sencilla monja, sin grandes estudios, pero valerosa y abandonada totalmente en Dios, que ha sido canonizada por el Papa Juan Pablo II. Y ahora precisamente, en el día de la Fiesta de la Divina Misericordia, 27 de abril del año 2014, es canonizado el propio Papa.

 

Ciertamente, por muy justas que llegaran a ser las relaciones entre los hombres, siempre será necesario el ejercicio cotidiano de la misericordia, que enriquece y perfecciona la virtud de la justicia. En efecto, la misericordia es una disposición del corazón que lleva a compadecerse, como si fueran propias, de las miserias que encontramos cada día.

 

Por eso, en primer lugar debemos ejercitarnos en la comprensión con los defectos ajenos, en mantener una actividad positiva, benevolente, que nos dispone a pensar bien, a disculpar fácilmente fallos y errores, sin dejar de ayudar en la forma que resulte más oportuna. Actitud que nos lleva a respetar la igualdad radical entre todos los hombres, pues son hijos de Dios, y las diferencias y peculiaridades de cada personalidad. La misericordia supone una verdadera compasión, el compartir las desdichas de nuestros hermanos, tanto materiales como espirituales.

 

EL EJERCICIO DE LA MISERICORDIA, CAMINO DE FELICIDAD EN ESTA VIDA Y EN LA OTRA

 

Precisamente, el Señor hizo de esta bienaventuranza el camino recto para alcanzar la felicidad en esta vida y después, en la otra. Por su parte, la misericordia de Dios, que nos hace participar de su misma felicidad, nos enseña que la verdadera felicidad no consiste en tomar y poseer, en juzgar y tener razón, en imponer la justicia a nuestro modo, sino más bien en dejarnos tomar y asir por el mismo Dios, en someternos a su juicio y a su justicia generosa, en aprender de Él la practica cotidiana de la misericordia. Por algo San Agustín dijo que la misericordia es el lustre del alma, porque la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa.

 

San Pablo, en la segunda Carta a los Corintios, llama  a Dios Padre de las misericordias,  designando así su infinita compasión por los hombres, a quienes ama entrañablemente. En verdad Dios es infinitamente misericordioso y se compadece de los hombres, y de un modo particular de aquellos que sufren la miseria más profunda que es el pecado. Por su parte, la Sagrada Escritura nos enseña que la misericordia de Dios es eterna, inmensa, universal. Es decir: es tan extensa y amplia como las necesidades de los hombres.

 

LA ENCARNACIÓN DEL VERBO, PRUEBA DE LA MISERICORDIA DIVINA

 

Ciertamente, la Encarnación del Verbo, del Hijo de Dios, es prueba y demostración de la misericordia divina. Él vino a perdonar, a reconciliar a los hombres entre sí y con su Creador. Por eso, podemos afirmar, como se dice en la Epístola a los Hebreos, que Cristo es el Pontífice misericordioso. Y así es, porque realmente la bondad de Jesús con los hombres, con todos nosotros, supera las medidas humanas. Y ejerce su misericordia, de un modo particular en el Sacramento de la Penitencia, donde nos limpia de los pecados, nos acoge, nos cura, lava nuestras heridas. Es más, nos sana plenamente y recibimos nueva vida.

 

Finalmente, también es importante tener en cuenta la frase del Señor, que recoge el Evangelista San Mateo: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Estas palabras del Señor, nos recuerdan que también nosotros debemos ser misericordiosos con los demás, aunque nuestra bondad por muy grande que sea, nunca alcanzará igualdad con la de Dios.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 48ª)

 

Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 48ª). Sobre la Santa Misa (2ª parte)

 

¿A quien se ofrece la Santa Misa? –La Santa Misa se ofrece sólo a Dios.

 

Si la Santa Misa se ofrece sólo a Dios, ¿por qué se celebran Misas en honor de la Santísima Virgen y de los Santos? –La Misa que se celebra en honor de la Santísima Virgen y de los Santos es siempre un sacrificio ofrecido a Dios. Se dice, sin embargo, que se celebra en honor de la Santísima Virgen y de los Santos, con el fin de que Dios sea alabado en ellos, por las gracias que les concedió, y nos dé a nosotros más copiosamente, por su intercesión, las gracias que nos convienen.

 

¿Quién participa de los frutos de la Misa? –Toda la Iglesia participa de los frutos dela Misa, pero en particular: 1º, el sacerdote y los que asisten a la Misa, los cuales se consideran unidos al sacerdote; 2º, aquellos por quienes se aplica la Misa, tanto vivos como difuntos.

 

¿Qué cosas son necesarias para asistir bien y con fruto a la Santa Misa? –Para asistir bien y con fruto ala Santa Misa son necesarias dos cosas: 1º, modestia en el exterior de la persona; 2º, devoción de corazón.

 

¿En qué consiste la modestia de la persona? –La modestia de la persona consiste en especial en ir modestamente vestido, en guardar silencio y recogimiento, contestando cuando es debido, estar arrodillado en la Consagración y se puede hacer también en todo el Canon y cuando el sacerdote da la bendición final; sentado en la lectura y en el ofertorio; de pie en el Evangelio, y recibiendo y despidiendo de pie al sacerdote. Y finalmente, si se está en gracia de Dios, se puede comulgar.

 

¿Qué se debe hacer acabada la Santa Misa? –Acabada la Santa Misa debemos dar gracias a Dios por habernos concedido asistir a tan gran sacrificio y pedir perdón por las faltas que hubiésemos cometido al oírla.

 

¿Cuál es la mejor manera de practicar la devoción de corazón mientras se asiste a la Santa Misa?

 

1º Unir desde el principio nuestra intención con la del sacerdote, ofreciendo a Dios el Santo Sacrificio, por los fines para que fue instituido.

 

2º Acompañar al sacerdote y lectores en las oraciones y acciones del Sacrificio.

 

3º Meditar la Pasión y Muerte de Jesucristo y aborrecer de corazón los pecados que fueron causa de Ella.

 

4º Recibir la Comunión sacramental si se está con las debidas disposiciones, y si no, hacer la comunión espiritual.

 

(Los textos están tomados del Catecismo del Papa Pío X)

 

¿Un ejemplo de comunión espiritual? –Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió Vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los Santos.