EL PAPA, FUNDAMENTO FIRME SOBRE EL QUE CRISTO FUNDÓ SU IGLESIA. (Homilía del Domingo, día 29 de Junio de 2014, Solemnidad de San Pedro y San Pablo)

 

EL PAPA FRANCISCO, VICARIO DE CRISTO EN LA TIERRA.

 El Santo Padre, el Papa es el fundamento firme sobre el que Cristo construyó su Iglesia, de tal manera que ningún poder podrá derribarla. Y el mismo Cristo ha querido que se sienta apoyado y protegido por la veneración, el amor y la oración de todos los cristianos. Si deseamos estar muy unidos a Cristo, lo hemos de estar, en primer lugar, con quien hace sus veces aquí en la tierra. Y al Sumo Pontífice no se le han dado las llaves de un reino terreno, sino del Reino de los Cielos, del Reino que no es de este mundo, pero que se incoa aquí y durará eternamente. Esto significa que los sucesores de Pedro tienen el poder de atar y desatar; es decir, de absolver o condenar, de acoger o de excluir. Y es tan grande este poder que, aquello que decidan en la tierra, será ratificado en el Cielo. Y para ejercerlo, cuentan con la asistencia especial del Espíritu Santo.

 

TESTIMONIO Y CLARA CONFESIÓN  DE FE

 

El Evangelio de este domingo, 29 de junio,  Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, está fundamentado en la pregunta que el Señor hace a sus discípulos: ¿Quien dice la gente que es el Hijo del hombre?  Tras la respuesta que le dan los Apóstoles, sobre las diversas opiniones, Jesús va directamente al grano –como decimos vulgarmente- y pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? San Juan Pablo II, comentando este texto evangélico, en la Homilía de una Misa  celebrada en Belo Horizonte, en el año 1980, afirmó: “Todos nosotros conocemos ese  momento en el que no basta hablar de Jesús repitiendo lo que otros han  dicho, sino que es preciso dar testimonio, sentirse comprometido por el propio testimonio y, después, llegar hasta los extremos de las exigencias de este compromiso: para ti ¿quién soy Yo?”.

 

Ciertamente, también el Señor tiene el derecho de pedirnos una clara confesión de fe –con palabras y con obras- en medio de un mundo en el que parece cosa normal la confusión, la ignorancia y el error. “La vida y todo el futuro –seguía afirmando el mismo Pontífice-, depende de esa respuesta nítida y sincera, sin retórica ni subterfugios, que pueda darse a esa pregunta”.

 

La respuesta está clara en la contestación de San Pedro a la pregunta de Jesús: Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y entonces, el Señor, comunica a Pedro, y en él a todos sus sucesores, los Romanos Pontífices, lo siguiente: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso sino mi Padre que está en el Cielo. Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los Cielos; lo que ates en tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

 

EN PALABRAS DE SANTA CATALINA DE SIENA: “EL PAPA ES EL DULCE CRISTO EN LA TIERRA”

 

Evidentemente, estos poderes espirituales tan grandes han sido dados a los Sumos Pontífices para el bien de la Iglesia. Y como ésta ha de durar hasta el fin de los tiempos, tales poderes se trasmiten a quienes suceden a Pedro, a lo largo de los siglos. Por lo tanto, el Romano Pontífice es el sucesor de San Pedro. Y unidos a él, sabemos que estamos unidos a Cristo. Es su Vicario aquí en la tierra, el que hace su veces.

 

Por lo tanto, nuestro amor al Papa no es sólo un afecto humano, fundamentado en su santidad, en su simpatía, etcétera. Sino que, cuando acudimos a ver al Papa, a escuchar su palabra, lo hacemos para ver, tocar y oír a Pedro, al Vicario de Cristo, al “dulce Cristo en la tierra”, en expresión de Santa Catalina de Siena.

 

Una antigua fórmula resume perfectamente, en muy pocas palabras, como debemos seguir en todo a los Romanos Pontífices: Ubi Petrus, ibi Eclesia. Es decir, allí donde está el Papa está la Iglesia. Y el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, repite la misma formula. Por tanto, hagamos el propósito de recibir su palabra con docilidad y obediencia interna y externa y, finalmente, con amor, tal como lo indica el mencionado Concilio.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 57ª)

Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 57ª)

 

La dignidad de la persona humana.Los textos están tomados del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, dela Tercera Parte, “LA VIDA EN CRISTO”, 1ª Sección: “La vocación del hombre: la vida en el Espíritu”.

 

 

 LA MORALIDAD DE LAS PASIONES

 

¿Qué son las pasiones? –Las pasiones son los afectos, emociones o impulsos de la sensibilidad–componentes naturales de la psicología humana-, que inclinan a obrar o a no obrar, en vista de lo que se percibe como bueno o como malo. Las principales son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la cólera. La pasión fundamental es el amor, provocado por el atractivo del bien. No se ama sino el bien, real o aparente.

 

¿Las pasiones son moralmente buenas o malas? –Las pasiones, en cuanto impulsos de la sensibilidad, no son en sí mismas ni buenas ni malas; son buenas, cuando contribuyen a una acción buena; son malas, en caso contrario. Pueden ser asumidas en las virtudes o pervertidas en los vicios.

 

LA CONCIENCIA MORAL

 

 

¿Qué es la conciencia moral? –La conciencia moral, presente en lo íntimo de la persona, es un juicio de la razón, que en el momento oportuno, impulsa al hombre a hacer el bien y a evitar el mal. Gracias a ella, la persona humana percibe la cualidad moral de un acto a realizar o ya realizado, permitiéndole asumir la responsabilidad del mismo. Cuando escucha la conciencia moral, el hombre prudente puede sentir la voz de Dios que le habla.

 

¿Qué supone la dignidad de la persona en relación con la conciencia moral? –La dignidad de la persona humana supone la rectitud de la conciencia moral, es decir que ésta se halle de acuerdo con lo que es justo y bueno según la razón y la ley de Dios. A causa de la misma dignidad personal, el hombre no debe ser forzado a obrar contra su conciencia, ni se le debe impedir obrar de acuerdo con ella, sobre todo en el campo religioso, dentro de los límites del bien común.

 

¿Cómo se forma la conciencia moral para que sea recta y veraz? –La conciencia recta y veraz se forma con la educación, con la asimilación dela Palabra de Dios y las enseñanzas dela Iglesia. Se ve asistida por los dones del Espíritu Santo y ayudada con los consejos de personas prudentes. Además, favorecen mucho la formación moral tanto la oración como el examen de conciencia.

 

¿Qué normas debe seguir siempre la conciencia? –Tres son las normas más generales que debe seguir la conciencia:

 

1) Nunca está permitido hacer el mal para obtener el bien.

 

2) La llamada Regla de oro: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos. (Mt. 7).

 

3) La caridad supone siempre el respeto del prójimo y de su conciencia. Aunque esto no significa aceptar como bueno lo que objetivamente es  malo.

 

¿Puede la conciencia moral emitir juicios erróneos? –La persona debe obedecer siempre el juicio cierto de la propia conciencia, la cual, sin embargo, puede también emitir juicios erróneos, por causas no siempre exentas de culpabilidad personal. Con todo, no es imputable a la persona el mal cometido por ignorancia involuntaria, aunque siga siendo objetivamente un mal. Es necesario, por tanto, esforzarse para corregir la conciencia moral de sus errores.


LA SAGRADA COMUNIÓN, RECIBIDA EN GRACIA DE DIOS, ES ADELANTO DEL CIELO Y GARANTÍA DE PODER ALCANZARLO. (Homilía: Solemnidad de Corpus Christi: ya se celebre el Jueves, día 19 de junio ò el domingo, día 22 del mismo mes y año 2014).

 

ADORACIÓN EUCARÍSTICA.

 

En el Evangelio de la Misa de Corpus Christi, cuya solemnidad celebramos, nos dice el mismo Jesús: Yo soy el pan vivo que ha  bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Ciertamente, la Comunión –recibida en gracia de Dios- es alimento del alma, aumenta la vida sobrenatural, da defensas para resistir a lo que en nosotros no es de Dios, ayuda a combatir la inclinación al mal y fortalece contra el pecado. Pero si se ama la Comunión, debe practicarse con frecuencia la Confesión. Y jamás se debe acercar uno a la Comunión con conciencia de pecado mortal, porque cometería un gravísimo sacrilegio. Y para descubrir nuestros pecados es bueno que repasemos con frecuencia los Mandamientos de la Ley de Dios y los de la Santa Madre Iglesia. En definitiva, a la Comunión frecuente, debe corresponder Confesión frecuente.

 

LA COMUNIÓN, PRENDA DE LA GLORIA FUTURA

 

Por su parte, en la Comunión, “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”, afirma el Concilio Vaticano II. Pero esta gloria no es sólo del alma, sino también del cuerpo, de todo humano, como nos recuerda la doctrina de la Santa Madre Iglesia. San Ignacio de Antioquia, uno de los padres de la Iglesia, llama a la Comunión: “medicina de la inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo”.

 

Otro padre de la Iglesia, como San Gregorio de Nisa, explica que el hombre que tomó un alimento de muerte (con el pecado original), debe, por tanto, tomar una medicina que le sirva de antídoto, como quienes han tomado algún veneno deben tomar un contraveneno. Y esta medicina de nuestra vida no es otra que el Cuerpo de Cristo “que ha vencido a la muerte y es la fuente de la Vida”.

 

LA EUCARISTÍA, ANTICIPO DEL CIELO

 

Y si alguna vez nos entristece el pensamiento de la muerte y sentimos que se derrumba esta casa de la tierra que ahora habitamos, pensemos, llenos de esperanza, que la muerte es un paso: más allá sigue la vida del alma, y un poco más tarde la acompañará el cuerpo, que será también glorificado. En realidad, tengamos en cuenta que la Sagrada Eucaristía no es sólo un anticipo, sino que es señal cierta de la promesa que nos ha hecho el Señor. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día.

 

Cristo, en la Sagrada Comunión, nos enseña a contemplar el presente con una mirada de eternidad. Nos muestra lo que es verdaderamente importante en cada situación y acontecimiento. Ilumina el futuro y da perspectiva trascendente a nuestras obras bien hechas. “La Eucaristía –decía el Santo Cura de Ars- es para nosotros prenda de vida eterna, garantía de que un día el Cielo será nuestra morada; y aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión”.

 

EN LA EUCARISTIA, CRISTO ACOGE Y CONFORTA

 

Decía San Juan Pablo II, en una homilía pronunciada en julio de 1980, que en el Sacramento de la Eucaristía “es Cristo en persona quien acoge al hombre, maltratado por las asperezas del camino, y lo conforta con el calor de su comprensión y amor. En la Eucaristía hallan su plena actuación las dulcísimas palabras del Señor: Venid a Mí, todos los que estáis fatigados y cargados, que Yo os aliviaré. Ese alivio constituye la razón última de toda nuestra fatiga por los caminos del mundo”. Y, tengamos en cuenta que, si somos fieles, entraremos un día en el Cielo, y lo que era garantía de una promesa se tornará realidad. Estaremos por toda la eternidad junto a Nuestro Señor Jesucristo y toda la Corte Celestial.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Catecismo de la doctrina Cristiana (Lección 56ª). La dignidad de la persona humana-2

Catecismo de la doctrina Cristiana (Lección 56ª) La dignidad de la persona humana.

Los textos están tomados del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, Tercera Parte, “LA VIDA EN CRISTO, 1ª Sección: “La vocación del hombre: la vida en el Espíritu”.

 

LA LIBERTAD DEL HOMBRE

 

¿Qué es la libertad? -La libertad es el poder dado por Dios al hombre de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar de este modo por sí mismo acciones deliberadas. La libertad es la característica de los actos propiamente humanos. Cuanto más se hace el bien, más libre se va haciendo también el hombre. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, Bien supremo y Bienaventuranza nuestra. La libertad implica también la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. La elección del mal es un abuso de la libertad, que conduce a la esclavitud del pecado.

 

¿Qué relación hay entre libertad y responsabilidad? –La libertad hace al hombre responsable de sus actos, en la medida en que éstos son voluntarios; aunque tanto la imputabilidad como la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas o incluso anuladas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia soportada, el miedo, los afectos desordenados y los hábitos.

 

¿Por qué todo hombre tiene derecho al ejercicio de la libertad? –El derecho al ejercicio de la libertad es propio de todo hombre, en cuanto resulta inseparable de su dignidad de persona humana. Este derecho ha de ser siempre respetado, especialmente en el campo moral y religioso, y debe ser civilmente reconocido y tutelado, dentro de los límites del bien común y del justo orden público.

 

¿Dónde se sitúa la libertad humana en el orden de la salvación? –Nuestra libertad se halla debilitada a causa del pecado original. El debilitamiento se agrava aún más por los pecados sucesivos. Pero Cristo “nos liberó para ser libres” (Ga 5,1). El Espíritu Santo nos conduce con su gracia a la libertad espiritual, para hacernos libres colaboradores suyos enla Iglesia y el mundo.

 

¿Cuál es la fuente de moralidad de los actos humanos? –La moralidad de los actos humanos depende de tres fuentes: del objeto elegido, es decir, un bien real o aparente; de la intención del sujeto que actúa, es decir, del fin por el que lleva a cabo su acción; y de las circunstancias de la acción, incluidas las consecuencias de la misma.

 

¿Cuándo un acto es moralmente bueno? –El acto es moralmente bueno cuando supone, al mismo tiempo, la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. El objeto elegido puede por sí solo viciar una acción, aunque la intención sea buena. No es lícito hacer el mal para conseguir un bien. Un fin malo puede corromper la acción, aunque su objeto sea en sí mismo bueno; asimismo, un fin bueno no hace buena una acción que de suyo sea en sí misma mala, porque el fin no justifica los medios. Las circunstancias pueden atenuar o incrementar la responsabilidad de quien actúa, pero no pueden modificar la calidad moral de los actos mismos, porque no convierten nunca en buena una acción mala en sí misma.

 

¿Hay actos que son siempre ilícitos? –Hay actos cuya elección es siempre ilícita en razón de su objeto (por ejemplo, la blasfemia, el homicidio y el adulterio). Su elección supone un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral, que no puede ser justificado en virtud de los bienes que eventualmente pudieran derivarse de ellos.