EL MILAGRO QUE RELATA EL EVANGELIO DE ESTE DOMINGO ES FIGURA DE LA EUCARISTÍA. (Domingo XVIII del Tiempo Ordinario: 3-VIII-2014)

JESÚS REALIZA EL MILAGRO DE LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES Y LOS PECES.

El milagro que relata el Evangelio de este dieciocho  domingo del Tiempo Ordinario, además de ser una muestra de la misericordia divina de Jesús con los necesitados, es figura de la Sagrada Eucaristía. Así lo han interpretado muchos padres de la Iglesia. El mismo gesto del Señor –elevar los ojos al Cielo- lo realiza la Liturgia en el Canon Romano de la Santa Misa, para recordarnos un milagro mayor que la multiplicación de los panes, que es la conversión del pan en su propio Cuerpo, que además es ofrecido sin medida como alimento a todos los hombres.

 

Ciertamente, el milagro de aquella tarde, junto al lago de Galilea, manifestó el poder y el amor de Jesús a los hombres. Poder y amor que harán posible también que encontremos el Cuerpo de Cristo bajo las especies sacramentales, para alimentar, a todo lo largo de la historia, a las multitudes de los fieles que acuden a Él hambrientas y necesitadas de consuelo. Como expresó Santo Tomás en la secuencia para la Misa  del Corpus Christi: “Lo tome uno o lo tomen mil, lo mismo tomen éste que aquel, no se agota por tomarlo…”

 

Efectivamente, en la Comunión recibimos a Jesús, el Hijo de María. Y Jesús, al estar realmente presente en la Sagrada Eucaristía, da a este sacramento una eficacia sobrenatural infinita. Por lo tanto, cada Comunión es una fuente de gracias, una luz nueva y un nuevo impulso que nos da fortaleza para la vida diaria, para afrontarla con garbo humano y sobrenatural, y para que nuestros quehaceres nos lleven a Él.

 

La participación en estos beneficios nos llevará a tener cada día mejores disposiciones de alma y cuerpo, deseos mas grandes de limpieza y purificación, acudiendo a la Confesión y a la dirección espiritual, con la frecuencia que nos habrán dicho. Y esto, por otra parte, nos conducirá a la Eucaristía. Y, teniendo en cuenta que estos  sacramentos los hemos de recibir como si fueran los últimos de nuestra vida, nos acercaremos a ellos, como si fueran la última vez que los recibimos.

 

EL QUE QUITA A DIOS DE SUS CUENTAS NO SABE CONTAR

 

Dice un refrán popular que “quien deja a Dios fuera de sus cuentas, no sabe contar”. Y, efectivamente no le salen las cuentas porque olvida el sumando de mayor importancia. Los Apóstoles hicieron bien los cálculos, contaron los panes y los peces, pero se olvidaron del sumando más importante: a su lado estaba Jesús, con su poder infinito.

 

Por eso, el ser sobrenaturalmente realistas nos lleva a contar con la gracia de Dios, que es el sumando más importante y real. De ahí que, el optimismo cristiano no se fundamenta en la ausencia de dificultades, sino en Dios, que nos dice: Yo estaré siempre con vosotros, como relata el Evangelista San Mateo. Por eso, Santa Teresa de Jesús repetía, con buen humor y sentido sobrenatural: “Teresa sola no puede nada. Teresa y un maravedí, menos que nada. Teresa, un maravedí y Dios, lo puede todo”.

 

De ahí que, el optimismo cristiano se fundamenta en la fe y no en las circunstancias; y se afianza fuertemente en la oración. Lo expresa con mucha gracia, el escritor inglés Chevrot, en un libro suyo publicado bajo el título de El Pozo de Sicar, cuando dice: “El cristiano sabe que la obra buena nunca será destruida, y que para dar fruto el grano de trigo debe empezar a morir bajo tierra: sabe que el sacrificio de los buenos nunca es estéril”. Y el dogma de la Comunión de los Santos nos enseña también que formamos un solo Cuerpo en Cristo y que podemos ayudarnos, eficazmente, unos a otros. Y, además, que nunca estamos solos, porque el dogma citado de la Comunión de los Santos, debe alimentar continuamente nuestro optimismo, porque contamos con la ayuda, misteriosa pero real, de todos los que participamos del mismo Pan, que el Señor vuelve a multiplicar para nosotros.

 

MEDIOS HUMANOS Y SOBRENATURALES

 

En este pasaje evangélico nos enseña también el Señor que debemos huir de la pasividad y del no querer emplear los medios humanos que tenemos, por pensar que son pocos. Así observamos como indica a los Apóstoles que le acerquen los cinco panes y los dos peces que tienen. Y esto es lo que Jesús solicita de nosotros: fe, obediencia, audacia y no dejar de poner los medios humanos y sobrenaturales a nuestro alcance.

 

Y siendo los medios sobrenaturales lo primero en todo apostolado, quiere el Señor que utilicemos también todas las posibilidades humanas que están a nuestro alcance. Enseña Santo Tomás de Aquino que una persona “que no se esforzara por hacer lo que está de su parte, esperándolo todo del auxilio divino, tentaría a Dios”. Y, por lo tanto, la gracia de Dios dejaría de actuar.

 

Tendremos presente entonces que, al tratar de acercar a otras personas a Dios Nuestro Señor, hemos de utilizar también los medios materiales, que son buenos porque los hizo Dios para el servicio de los humanos. Ya lo decía San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios: Todas las cosas son vuestras: el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Y, a la vez, tendremos presente que perseguimos un efecto que supera, con distancia infinita, la capacidad de estos medios: llevar los hombres a Cristo, que se conviertan y comiencen una vida nueva. Por lo tanto, son necesarios también todos los medios sobrenaturales.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA (Lección 61ª): El Papa y los obispos

CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA (Lección 61ª): El Papa y los obispos

 Continuación de una segunda lección sobre el Papa y los obispos, tomada del célebre Catecismo de San Pío X.

 

¿Qué pecado cometería el que no creyese las solemnes definiciones del Papa? –El que no creyese las solemnes definiciones del Papa, o aunque sólo dudase de ellas, pecaría contra la fe, y si persistiese obstinadamente en esa incredulidad, ya no sería católico, sino hereje.

 

¿A que fin ha otorgado Dios al Papa el don de la infalibilidad? –Dios ha otorgado  al Papa el don de la infalibilidad para que todos estemos ciertos y seguros de la verdad que la Iglesia nos enseña.

 

¿Cuándo definió la Iglesia que el Papa es infalible? –La Iglesia definió en el Concilio Vaticano I que el Papa es infalible, y si alguien presumiese contradecir a esta definición, sería hereje y excomulgado.

 

¿Ha establecido la Iglesia alguna nueva verdad de fe al definir que el Papa es infalible? –No. La Iglesia no ha establecido ninguna nueva verdad de fe al definir que el Papa es infalible, sino solamente ha definido, para oponerse a los nuevos errores, que la infalibilidad del Papa, contenida ya en la Sagrada Escritura y en la Tradición, es una verdad revelada por Dios, y, por consiguiente, que ha de creerse como dogma y artículo de fe.

 

¿Cómo debe comportarse todo católico respecto al Papa? –Todo católico debe reconocer al Papa como Padre, Pastor y Maestro universal, y estar unido con él de entendimiento y corazón.

 

Los Obispos

 

¿Quiénes son por institución divina los personajes más venerandos de la Iglesia después del Papa? –Los personajes más venerandos de la Iglesia después del Papa son, por institución divina, los obispos.

 

¿Quiénes son los Obispos? –Los Obispos son los Pastores de los fieles, puestos por el Espíritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios en las sedes que se les han encomendado, con dependencia del Romano Pontífice.


LA IGLESIA CATÓLICA ES FUENTE DE SANTIDAD EN EL MUNDO Y NOS DA LOS MEDIOS PARA AMAR A DIOS. (Homilía: XVII Domingo del Tiempo Ordinario. 27-VII-2014).

 

PLAZA DE SAN PEDRO EN ROMA, CENTRO DE LA SANTA MADRE IGLESIA.

La Iglesia es una, santa, católica, apostólica, romana  y fuente de santidad en el mundo, y nos ofrece continuamente los medios para encontrar, servir y amar a Dios. “Esta piadosa Madre –decía el Papa Pío XII en la Encíclica Mystici Corporis”- brilla sin mancha alguna en los sacramentos, con los que engendra siempre pureza; en las santísimas leyes, con que a todos manda; y en los consejos del Evangelio, con que nos amonesta; y finalmente en los dones celestiales y carismas, con los que, inagotable en su fecundidad, da a luz incontables ejércitos de mártires, vírgenes y confesores”.

 

Ciertamente, la Iglesia es fuente de santidad y la causa de la existencia de tantos santos y santas a lo largo de los siglos. Primero, están los mártires que dieron y siguen ofreciendo su vida, como testimonio de la fe cristiana que profesan. Luego está el ejemplo de tantos hombres y mujeres que ofrecieron y siguen ofreciendo su vida por amor a Dios, para ayudar a sus hermanos, los humanos, en todas y cada una de las miserias que existen en el mundo. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no hay miseria humana que no haya despertado en la Santa Madre Iglesia la vocación de mujeres y varones para solucionarlas, llegando en la mayoría de los casos al auténtico heroísmo.

 

Pensemos igualmente que, tal como ha sido a lo largo de los siglos, hoy son también muchos los padres y madres de familia, que  gastan y entregan calladamente y heroicamente su vida, para sacar adelante su familia. Y también son muchos los hombres y mujeres que se han entregado totalmente a Dios, viviendo la virginidad o el celibato, y ejercen un apostolado eficaz entre sus compañeros de trabajo, o entre los familiares y vecinos.

 

LA IGLESIA ES SIEMPRE JOVEN Y BELLA

 

De todas formas, decía San Pablo en la Carta a los Efesios que la Iglesia, en virtud de la santidad de su Fundador y como Esposa de Cristo, es siempre joven y siempre bella, sin mancha ni arruga, digna siempre de la complacencia divina. Porque, realmente, la santidad de la Iglesia es algo permanente y no depende del número de cristianos que vivan su fe hasta las últimas consecuencias, pues es santa por la acción constante del Espíritu Santo, y no simplemente por el comportamiento de los hombres.

 

Pero esto no quiere decir que nosotros, los católicos, no tengamos que pedir al Señor, como miembros del Pueblo de Dios y de su Cuerpo Místico, que crezcamos en santidad y seamos buenos hijos de la Santa Madre Iglesia. Por eso, el Papa San Juan Pablo II, en el Discurso al Simposio de Obispos Europeos, del año 1985, les decía: “Se necesitan heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad de la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy”.

 

SANTIDAD DE LA IGLESIA Y SU MANIFESTACIÓN

 

También el mismo Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, afirmaba que Cristo tomó a la Iglesia “como a su esposa, entregándose a Sí mismo por ella para santificarla, la unió a Sí mismo como su cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo, para gloria de Dios. Esta santidad de la Iglesia se manifiesta continuamente y debe manifestarse en los frutos de la gracia que el Espíritu Santo produce en sus fieles; se expresa de las maneras más diversas en cada uno de los que, según su condición de vida, tienden a la perfección de la caridad, edificando a los demás”.

 

En realidad, la Santa Madre Iglesia sabe con toda claridad que no es una formación de este mundo, ni un poder cultural religioso, ni una institución política, ni una escuela científica, sino una creación del Padre celestial, por medio de Jesucristo. Dice el célebre teólogo Schmaus, en su obra titulada Teología dogmática, que “en Ella ha depositado Cristo, el Enviado del Padre, su palabra y su obra, su vida y su salvación, y en Ella los dejó para todas las generaciones venideras.”

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA VIRGEN APARECIÓ EN CARNE MORTAL A SANTIAGO, PARA ANIMARLE EN LA PREDICACIÓN HISPANA. (Homilía. Solemnidad del 25 de julio. Año 2014)

EL MARTIRIO DEL APÓSTOL SANTIAGO, EN JERUSALÉN.

 

La tradición nos habla del Apóstol Santiago predicando en España. Su afán de almas le llevó hasta el extremo del mundo conocido. La misma tradición nos narra las dificultades que encontró en estas tierras, en los comienzos de su evangelización, hasta el punto de que Nuestra Señora se le apareció en carne mortal para darle ánimos. Pensemos que a nosotros también es posible que nos llegue el desaliento en alguna ocasión y que nos encontremos abatidos por los obstáculos que dificultan nuestra vida cristiana. Y, entonces, acudiremos a Santa María, y en Ella, como el Apóstol Santiago, encontraremos aliento y alegría para seguir adelante en nuestro camino de vida cristiana.

 

Por su parte, Clemente de Alejandría relata que cuando el Apóstol Santiago era llevado al tribunal de Jerusalén donde iba a ser juzgado, fue tal su entereza que su acusador se acercó a él para pedirle perdón. Santiago lo pensó un poco. Después lo abrazó diciendo: la paz sea contigo; y recibieron los dos la palma del martirio. Por otra parte, la tradición nos habla de este Apóstol predicando en España. Su afán de almas le llevó hasta el extremo del mundo conocido.

 

LA VOCACIÓN DE SANTIAGO

 

Según el Apóstol San Mateo, Jesús habló por tercera vez a sus discípulos de su Pasión y Muerte, y de su Resurrección gloriosa, mientras caminaban hacia Jerusalén. Y sucedió, en un alto del camino, cerca ya de Jericó, que una mujer, la madre de Santiago y Juan, se acercó para hacerla una petición, a favor de sus hijos: Ordena Señor que estos hijos míos se sienten en tu Reino uno a tu derecha y otro a tu izquierda. El Señor les respondió enseguida. No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber? Ellos dijeron: Podemos. Y la realidad fue que Santiago murió pocos años más tarde, decapitado por orden de Herodes, y San Juan padeció innumerables sufrimientos y persecuciones por amor al Señor.

 

Ciertamente, el Señor sabía que estos dos discípulos suyos podrían imitar su Pasión, y sin embargo les pregunta, para que todos oigamos que nadie puede reinar con Cristo, si no ha imitado antes su Pasión. “Porque –como dice San Juan Crisóstomo- las cosas de mucho valor no se consiguen más que a un precio muy alto”. “Es decir –precisa el nuevo santo de la Iglesia, el Papa Juan Pablo II- que no existe vida cristiana sin mortificación. No podemos honrar a Cristo si no lo reconocemos como nuestro Salvador, si no lo honramos en el Misterio de la Cruz. El Señor hizo del dolor un medio de redención; con su dolor nos ha redimido, siempre que nosotros no rehusemos unir nuestro dolor al suyo y hacer de éste con el suyo un medio de redención”.

 

EL SERVICIO DE CRISTO Y LA SALVACIÓN

 

Efectivamente, el servicio de Cristo a la humanidad va encaminado a la salvación. Por lo tanto, nuestra actitud ha de ser servir a Dios y a los demás, con visión sobrenatural. Y servir a los demás requiere mortificación, presencia de Dios y olvido de uno mismo.

 

En la Encíclica Redemptor hominis, señala el mismo san Juan Pablo II que “esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que no ha venido a ser servido, sino a servir. Sí, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente reinar sólo sirviendo; a la vez, el servir  exige tal madurez espiritual que es necesario definirlo como el reinar. Y para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio.”

 

Consideremos, por lo tanto, que la vida de Cristo es una constante ayuda a los hombres, y su doctrina, una repetida invitación a servir a los demás. Y si queremos ser sus discípulos, ¿cómo no vamos a fomentar tal disposición de corazón que nos impulse a darnos constantemente a quienes están a nuestro lado? Y, por supuesto, el ejercicio de la profesión hemos de entenderlo, no sólo como un medio de ganar lo necesario y para desarrollar noblemente la propia personalidad, sino como un servicio a la sociedad, y un medio de contribuir al desarrollo y al necesario bienestar.

 

Y la misma vida familiar será un excelente lugar para manifestar este espíritu de servicio en multitud de detalles que pasarán frecuentemente inadvertidos, pero que ayudan a fomentar una convivencia grata y amable, en la que está presente Cristo. Y un lugar donde además se sirve con alegría, en tono cordial, no bastando querer hacer el bien, sino saber hacer.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.