SAN JUAN PABLO II Y EL NUEVO BEATO DE LA IGLESIA, ÁLVARO DEL PORTILLO, ADVIERTEN DEL PELIGRO DE LA IDEOLOGÍA HEDONISTA. (Homilía. Domingo XXII del Tiempo Ordinario: 31-agosto-2014)

 

SAN JUAN PABLO II Y EL PRÓXIMO BEATO ALVARO DEL PORTILLO, EN LA PLAZA DE SAN PEDRO (ROMA).

 

 

Sufre la humanidad una ola de materialismo que parece querer invadirlo y penetrarlo todo. Precisamente, una persona llena de santidad y ciencia como Álvaro del Portillo, que será beatificado el próximo 27 de septiembre, en una Carta Pastoral del 25 de diciembre de 1985, decía lo siguiente: “Este paganismo contemporáneo se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier  coste, y por el correspondiente olvido –mejor sería decir miedo, auténtico pavor –de todo lo que pueda causar sufrimiento. Con esta perspectiva, palabras como Dios, pecado, cruz, mortificación, vida eterna…, resultan incomprensibles para gran cantidad de personas, que desconocen su significado  y su sentido”.

 

La ideología hedonista, según la cual el placer es el fin supremo de la vida, impregna especialmente las costumbres y los modos de vida en naciones económicamente más desarrolladas, pero es también “el estilo de vida de grupos cada vez más numerosos de países más pobres”, dijo el Papa San Juan Pablo II, en una homilía pronunciada, en el Yankee Stadium de Nueva York, el 2 de octubre  del año 1 979.

 

ACEPTACIÓN AMOROSA DEL DOLOR Y EL SACRIFICIO

 

De todas formas, los cristianos sabemos bien que en la aceptación amorosa del dolor y del sacrificio está nuestra salvación y el camino del Cielo. ¿Acaso hay una vida humana plenamente fecunda sin sufrimiento? “¿Están los esposos seguros de su amor antes de haber sufrido juntos? ¿No se estrecha la amistad –se pregunta el célebre Leclerq, en una obra suya titulada Treinta Meditaciones sobre la vida cristiana- por pruebas comunes o simplemente por haber sufrido juntos el calor del día o por haber compartido la fatiga y el peligro de una ascensión?”

 

Debemos recordar que para resucitar con Cristo hemos de acompañarle en su camino hacia la Cruz: aceptando las contrariedades y tribulaciones con paz y serenidad; siendo generosos en la mortificación voluntaria, que nos purifica interiormente, nos hace entender el sentido trascendente de la vida y afirma el Señorío del alma sobre el cuerpo. Como en los tiempos apostólicos, debemos tener en cuenta que la Cruz que anuncia Jesús es escándalo para unos, y parece locura y necedad a los ojos de otros, tal como se expresa San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios.

 

CRISTO ILUMINA EL ENIGMA DEL DOLOR Y LA MUERTE

 

Sin embargo, Dios cuenta con el dolor, con el sacrificio voluntario, con la pobreza, con la enfermedad que viene sin avisar, etc. Y todo eso, lejos de separarnos, nos puede unir más íntimamente a Jesucristo. Efectivamente, vamos a Jesús junto al Sagrario y le ofrecemos todo aquello que nos resulta difícil y costoso, comprobamos cómo “por Cristo y en Cristo, se ilumina el enigma del dolor y de la muerte”, tal como lo afirma el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et  spes. Y sólo así perderemos el miedo al sufrimiento, que, de formas bien distintas, nos acompañará a lo largo de la vida, y sabremos aceptarlo con alegría, descubriendo en él la amable voluntad de Dios.

 

Ciertamente, sólo el alma que lucha por mantenerse en Dios permanecerá en una juventud siempre mayor, hasta que llegue el encuentro con el Señor. Todo lo demás pasa, y de prisa. ¡Qué pena cuando vemos que tantos ponen en peligro su salvación eterna y su misma felicidad aquí en la tierra por cuatro cosas que nada valen! Jesús nos lo recuerda en el pasaje del Evangelio de este domingo, cuando nos dice: ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida?

 

EL MUNDO Y SUS BIENES MATERIALES NO SON EL FIN ÚLTIMO

 

No olvidemos que el mundo y sus bienes materiales nunca son fin último para el hombre. Ni siquiera el bien temporal, que los cristianos tenemos la obligación de procurar, consiste propiamente en las obras exteriores –en las realizaciones de la técnica, de la ciencia, de la industria-, sino en el hombre mismo, en su vivir humano, en el perfeccionamiento de sus facultades, de sus relaciones sociales, de su cultura, mediante los bienes materiales y el trabajo, que están siempre al servicio de la dignidad de la persona.

 

Sólo con un amor recto, que la templanza custodia y garantiza, sabremos dar verdadero sentido a la necesaria preocupación por los bienes terrenos. Si Dios es de verdad el centro de nuestra vida, todo se ordenará superando todas las dificultades, bien sea viviendo en el matrimonio o en soltería. Porque sólo así se entenderá el fundamento objetivo de la moral, y las leyes de las naciones serán fiel reflejo de la ley divina. También sólo así superaremos los humanos nuestros temores, y en el inevitable sufrimiento hallaremos un medio de purificación y de corredención con Cristo. Y así, con amor grande, enraizado en la generosidad y en el sacrificio,  podremos alcanzar el Cielo para el que hemos sido destinados desde toda la eternidad.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 66ª)

Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 66ª) Las Bienaventuranzas

 

Lo que ofrecemos a Continuación está tomado del capítulo “De los vicios y de las virtudes”, del Catecismo del padre  Gaspar ASTETE, S. J.

 

Las Bienaventuranzas son ocho

 

1º Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

2º Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

3º Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

4º Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.

5º Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

6º Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

7º Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados los hijos de Dios.

8º Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

 

-¿Qué cosa son estas ocho Bienaventuranzas? –Las Bienaventuranzas son las mejores obras de las virtudes y dones del Espíritu Santo.

 

-¿Quiénes son los pobres de espíritu? –Pobres de Espíritu son los que no quieren, a lo menos con el afecto, honras ni riquezas aun moderadas.

 

¿Quiénes son los mansos? –Mansos son los que no tienen ira, ni aun casi movimiento de ella.

 

-¿Cómo poseerán la tierra? –Poseerán la tierra como señores de sí mismos.

 

¿Quiénes son los que lloran? –Los que lloran son los que dejan los placeres aun moderados.

 

-¿Quiénes son los que han hambre y sed de justicia? –Tienen hambre y sed de la justicia los que hacen con ansia el deber en todo.

 

-¿Quiénes son los misericordiosos? –Son misericordiosos los muy piadosos aún con los extraños.

 

-¿Quiénes son los limpios de corazón? –Son limpios de corazón los que son del todo mortificados en sus pasiones.

 

-¿Quiénes son los pacíficos? –Son pacíficos los obradores de la paz en sí y en los otro.

 

-¿Quiénes son los que padecen persecución por la justicia? –Padecen persecución por la justicia los que están firmes en todo, aunque los persigan.

 

-¿Por qué éstas se llaman Bienaventuranzas? –Se llaman Bienaventuranzas porque en ellas consiste la felicidad de esta vida y la esperanza de la otra.


CRISTO, EL HIJO DE DIOS VIVO, ES CAMINO, VERDAD Y VIDA. ( Homilía, 21º Domingo del Tiempo Ordinario: 24-VIII-2014)

TU ERES EL CRISTO, CAMINO, VERDAD Y VIDA.

 

Se encuentra Jesús en Cesarea de Filipo, al Norte de Palestina, en los confines del territorio judío, entre una población pagana en su mayoría. Allí pregunta a sus discípulos, con toda confianza: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Por su parte, los Apóstoles se hacen eco de las opiniones que corren en torno a Jesús, y le contestaron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. El Maestro se volvió a ellos y, con tono amable, les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Pedro contestó con toda claridad: Tú eres el  Cristo, el Hijo de Dios vivo.

 

Y también, cada uno de nosotros, ayudados por la gracia de Dios, hemos de proclamar con firmeza: Tú eres, Señor, mi Dios y  mi Rey, perfecto Dios y, “centro del cosmos y de la historia del Hombre, centro de mi vida y razón de ser de todas mis obras“, como dejó escrito, San Juan Pablo II, en la Encíclica  Redemptor hominis, con fecha del 4 de marzo del año 1979.

 

CRISTO, REDENTOR DEL MUNDO

 

En los momentos duros de la Pasión, cuando está a punto de terminar su misión en la tierra, el Sumo Sacerdote, pregunta a Jesús: ¿Eres tú el Mesías, el hijo del Bendito”, Y Jesús declara: Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre, y venir sobre las nubes del cielo.

 

En esta respuesta, no sólo da testimonio de ser el Mesías esperado, sino que aclara la transcendencia divina de su Mesianismo, al aplicarse a Sí mismo la profecía del Hijo del hombre del profeta Daniel. El Señor utiliza ante aquellos oyentes las palabras más fuertes de todas las expresiones bíblicas, para declarar la divinidad de su Persona.

 

Sólo la claridad de la fe sobrenatural nos hace conocer que Jesucristo es infinitamente superior a toda criatura: es el “Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho, que por nosotros, los hombres, y por  nuestra salvación bajó del Cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen y se hizo Hombre”.

 

CRISTO SUPREMO LEGISLADOR

 

Jesús se presenta también como supremo Legislador: Antes fue dicho a los antiguos, pero Yo ahora os digo” en la Antigua Ley se decía: Así habla Yhavé, pero Jesús no transmite ni promulga en medio de nadie. Yo os digo… En su propio nombre imparte una enseñanza divina y señala unos preceptos que afectan a lo más esencial del hombre. Ejerce el poder de perdonar los pecados. Promete sentarse al fin del mundo como único juez de vivos y muertos. Nadie se arrogó nunca tales atribuciones.

 

FE INQUEBRANTABLE EN SU PERSONA

 

Jesús exige una fe inquebrantable en su persona. Una fe sin fisuras, un amor sin medida. Dice el Kempis: “el que halla a Jesús, halla un tesoro bueno, y de verdad bueno sobre todo bien. Y el que pierde  a Jesús pierde muy mucho y más que todo el mundo. Paupérrimo el que vive sin Jesús y riquísimo el que está con Jesús”.

 

Al cabo de tanto tiempo, Jesús sigue siendo para muchos, que aún no tienen el don sobrenatural de la fe o viven apoltronados en la tibieza, una figura desdibujada. El don divino de la fe, nos proclama: “creemos en Nuestro Señor Jesucristo, que es el Hijo de Dios. Él es el Verbo Eterno, nacido del Padre antes de todos lo siglos y consustancial al Padre”. Así se expresa el “Credo del Pueblo de Dios”, publicado por el Papa Pablo VI, cuya beatificación se producirá en Roma, el próximo mes de Octubre.

 

CRISTO CON SU HUMILDAD SE HA HECHO CAMINO

 

Jesús es también Hombre perfecto. Y esta humanidad Santísima del Señor, igual a la nuestra en todo menos en el pecado, se nos ha hecho camino hacia el Padre. Ahora bien, la vida cristiana consiste en amar a Cristo, en imitarle, en servirle. Por lo tanto, Jesús es el único Camino. Y la Iglesia nos recuerda todos los días en la Santa Misa: Por Cristo, con Él y en Él, a Ti,  Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria.

 

Cristo es también la Verdad. La Verdad absoluta y total, Sabiduría increada que  se nos revela en su Humanidad Santísima. Sin Cristo, nuestra vida es una gran mentira. Sin Él nuestra vida estaría completamente perdida.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 65ª)

Catecismo de la Doctrina Cristiana (Lección 65ª).  Las potencias del alma. Los dones y frutos del Espíritu Santo.

 

Lo que ofrecemos a continuación está tomado del Catecismo Mayor, del Papa San Pío X, parte quinta, capítulo II, y del Catecismo del padre Astete.

 

Las potencias del alma son tres:

 

La primera, Memoria.

 

La segunda, Entendimiento.

 

La tercera, Voluntad.

 

-¿Para qué nos dio Dios la memoria? -Dios nos dio la memoria para acordarnos de Él y de sus beneficios.

 

-¿Para qué nos dio Dios el entendimiento? –Dios nos dio el entendimiento para conocerlo y pensar en Él.

 

-¿Para qué nos dio Dios la voluntad? –Dios nos dio la voluntad para que le amemos como a sumo Bien y al prójimo por Él.

 

-¿Y que cosa es nuestra alma, cuyas son estas potencias? –Nuestra alma es un espíritu inmortal, creado por Dios de la nada, a su imagen y semejanza.

 

Los dones del Espíritu Santo son siete:

 

El primero, don de Sabiduría

El segundo, don de Entendimiento.

El tercero, don de Consejo.

El cuarto, don de Fortaleza.

El quinto, don de Ciencia.

El sexto, don de Piedad.

El séptimo, don de Temor de Dios.

 

Los frutos del Espíritu Santo son doce.

 

El primero, Caridad.

 

El segundo, Paz.

 

El tercero, Longanimidad.

 

El quinto, Fe.

 

El sexto, Continencia.

 

El séptimo, Gozo.

 

El octavo, Paciencia.

 

El noveno, Bondad.

 

El décimo, Mansedumbre.

 

El undécimo, Modestia.

 

El duodécimo, Castidad.