EL SER CRISTIANO DEBE INFLUIR MÁS EN NUESTRA VIDA QUE EL AMOR HUMANO EN LA PERSONA MÁS ENAMORADA.(Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. Homilía. 5 de octubre de 2014).

 

 

 

Ser cristiano es la característica más importante de nuestra existencia, y ha de influir incomparablemente más en nuestra vida que el amor humano en la persona más enamorada. Y esto es así porque Jesucristo es el centro al que hacen referencia nuestro ser y nuestra vida.

 

Efectivamente, el Señor es el centro de referencia de nuestros pensamientos, palabras y obras. Y, con relación a Él, debemos construir nuestra existencia. Cristo determina esencialmente nuestro pensamiento y nuestra vida. Por eso, sería una gran incoherencia dejar nuestra condición de cristianos a un lado, a la hora de enjuiciar una obra de arte o un programa político, o en el momento de realizar un negocio o de planear un viaje o unas vacaciones.

 

FACETAS QUE SE DEBEN CONTEMPLAR

 

Ciertamente, a la hora de realizar un negocio o aceptar un puesto de trabajo, un buen cristiano no sólo mira si es rentable económicamente, sino también otras facetas: si es lícito con arreglo a las normas de la moralidad, si produce el bien o el mal a otros. Y también mira si es moralmente lícita una operación comercial.

 

Y esto es así, porque el error se presenta a veces vestido con ropajes de arte, de ciencia, de libertad, etc. Pero la fe es luz poderosa que hace que, detrás de aquella apariencia, se pueda observar que hay un mal, que se manifiesta con ropajes de otro tipo. Y también habrá que tener en cuenta que el demonio intentará aliarse con la ignorancia humana, con la soberbia y la concupiscencia, que todos arrastramos. Y no olvidemos que Cristo y sus enseñanzas siguen siendo el crisol que pone a prueba todo lo que no resiste la claridad de la doctrina verdadera.

 

Para poseer un criterio formado en necesario tener una voluntad recta que quiera llevar a cabo, ante todo, el querer de Dios. Así se explica que personas sencillas, pero con intensa vida cristiana, tengan criterio recto, que les hace juzgar bien los acontecimientos; mientras que otras personas, incluso de capacidad intelectual, en ocasiones dan prueba de ausencia de buen juicio y se equivocan hasta en lo más elemental.

 

DESCUBRMIENTOS DE UN VIVIR  HABITUAL  CATÓLICO

 

Ciertamente, un vivir habitual católico descubrirá los verdaderos valores humanos de las cosas, porque habrá fundamentado en Cristo, el modo de ver el mundo y los acontecimientos. Y esto es así porque el cristiano, a la vez que está metido en las tareas seculares, lo está también  en Dios, a través de la oración, la recepción de los sacramentos y la santificación del trabajo. Ya el Apóstol San Pablo, en su Carta a los primeros cristianos, les alertaba contra los riesgos de un conformismo acomodaticio con las costumbres paganas: no queráis conformaros a este siglo. Ahora bien, este inconformismo nos llevará -como se dice vulgarmente- a navegar contra corriente y arrostrar el riesgo de la incomprensión. Pero no debemos olvidar, aquellas palabras del Señor que nos recoge el Evangelista San Mateo: no queráis conformaros a este siglo.

 

Ya el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes, nos dejó dicho que “la Iglesia cree que la clave, el centro y la finalidad de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro”. Por lo tanto, no olvidemos que si la vida humana fuera construida a espaldas de Cristo, sería levantada en falso. Por lo tanto,  la fe que profesamos debe influir en la propia existencia y también en la forma de contemplar el mundo y sus habitantes, sabiendo que todos están y estamos llamados a conocer a Cristo, amarle y seguir su doctrina. 

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor-Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


EN EL SEGUIMIENTO DE JESUCRISTO, “OBRAS SON AMORES Y NO BUENAS RAZONES”. (Homilía: 25º Domingo del Tiempo Ordinario, 28-IX-2014).

 

 

  La parábola de los dos hijos enviados a la viña, nos muestra como la virtud de la obediencia nace del amor. Juan el Bautista había señalado el camino de la salvación, y los escribas y fariseos, que se ufanaban de ser fieles cumplidores de la voluntad divina, no le hicieron caso. Estaban representados por el hijo que dice “voy”, pero de hecho no va. En teoría, eran cumplidores de la Ley, pero a la hora de la verdad, cuando llega a sus oídos la voluntad de Dios por boca de Juan, no la cumplen, no supieron ser dóciles al querer divino. En cambio, muchos publicanos y pecadores atendieron su llamada a la penitencia y se arrepentieron. Están representados en la parábola por el hijo que al principio dijo “no voy”, pero en realidad fue a trabajar a la viña. Es decir: agradó a su padre con las obras. En definitiva, “obras son amores y no buenas razones”.

 

El mismo Señor nos dió ejemplo de cómo hemos de llevar a cabo ese querer divino, que se nos manifiesta de formas tan diversas, “pues –dice el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium- el cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos, nos reveló su misterio y efectuó la redención con la obediencia”. San Pablo, en la Carta a los Filipenses, que recoge la lectura segunda del este domingo, nos pone de manifiesto el amor de Jesucristo a  la virtud de la obediencia, pues, siendo Dios, se humilló a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. Y pensemos en lo infamante que en aquellos tiempos era la muerte de cruz, reservada a los peores crímenes.

 

OBEDECER POR AMOR

 

El sentido de la obediencia cristiana es obedecer por amor. En las Cuentas de conciencia de Santa Teresa se narra lo siguiente: estando un día considerando la gran penitencia que llevaba a cabo una buena mujer conocida suya, le entró una santa envidia pensando que ella también la podría hacer, si no fuera por el mandato expreso que había recibido de su confesor. De tal manera quería emular a aquella mujer penitente que pensó si sería mejor no obedecer este consejo del confesor. Entonces, le dijo Jesús: “Eso no, hija; buen camino llevas y seguro. ¿Ves toda la penitencia que hace?; en más tengo tu obediencia”.

 

Dice Santo Tomás de Aquino que una de las señales más claras de andar en el buen camino, el de la humildad, es el deseo de obedecer, “mientras que la soberbia –afirma Garrigou-Lagrange, en su célebre obra –Las tres edades de la vida interior- nos inclina a hacer la propia voluntad y a buscar lo que nos ensalza, y a no querer dejarnos dirigir por los demás, sino dirigirlos a ellos. La obediencia es lo contrario de la soberbia. El Unigénito del Padre, venido del Cielo para salvarnos y sanarnos de la soberbia, se hizo obediente hasta la muerte en la Cruz”. Él nos ha enseñado por dónde hemos de dirigir nuestros pasos: lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero, dice el Salmo 119.

 

EL QUE OBEDECE OBTIENE LA GRACIA NECESARIA

 

La obediencia nace de la libertad y conduce a una mayor libertad. Cuando los humanos entregamos nuestra voluntad en la obediencia, conservamos la libertad en la determinación firme y radical de escoger lo bueno y lo verdadero. Y esto es así, porque el amor es lo que hace que la obediencia sea plenamente libre. Por eso es tan grata al Señor  y de ahí su empeño por enseñarnos, con su palabra y con su vida, que el camino del bien, de la paz del alma y de todo progreso interior, pasa por el ejercicio de esta virtud. Ya en el Libro de los Proverbios del Antiguo Testamento estaba escrito: “el que obedece vence”, es decir que el que obedece obtiene la gracia y la luz necesaria, para recibir el Espíritu Santo, que Dios otorga a los que obedecen. “¡Oh virtud de obedecer, que todo lo puedes”, exclamaba Santa Teresa de Jesús. Y Santo Tomás de Aquino afirma que “la necesidad de obedecer no proviene sólo de los bienes tan grandes que reporta al alma, ni de una eficacia organizativa, sino de su unión con la Redención: es parte esencial del misterio de la Cruz.”

 

Por lo tanto, consideramos que el que pretendiera poner límites a la obediencia querida por Dios, limitaría a la vez su unión con Cristo y difícilmente podría identificarse con Él, fin de toda vida cristiana. El deseo de imitar al Señor nos ha de llevar a preguntarnos con frecuencia: ¿Hago en este momento lo que Dios quiere, o me dejo llevar por el capricho, la vanidad, el estado de ánimo? ¿Se oír la voz del Señor en los consejos de quienes llevan mi alma? ¿Es mi obediencia sobrenatural, interna, pronta, alegre, humilde y discreta?, pregunta Santo Tomás en el comentario a la Carta de San Pablo a los Romanos.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


TRABAJAR EN LA VIÑA DEL SEÑOR ES COLABORAR CON CRISTO EN LA REDENCIÓN DEL MUNDO. (Homilía: XXV Domingo del Tiempo Ordinario: 21-IX-2014)

 

SEGUIR A JESÚS ES ASEQUIBLE PARA TODOS.PERO HAY QUE PONER LOS MEDIOS

 

El Señor, en el Evangelio de este Domingo Vigésimo Quinto del Tiempo Ordinario, quiere darnos una enseñanza fundamental: trabajar en la Viña del Señor, en cualquier edad en que nos encontremos, es colaborar con Cristo en la Redención del mundo. En este sentido, el Papa San Juan Pablo II, en una homilía Sobre la virtud de la prudencia, pronunciada el 25 de octubre del año 1978, precisaba que quien trabaje en la Viña del Señor debe, de muy diversos modos, “participar  en el designio divino de la salvación. Debe marchar también hacia la salvación y ayudar a los demás a fin de que se salven. Ayudando a los demás se salva a sí mismo.”

 

TRANSMITIR LA ALEGRE LLAMADA DE CRISTO

 

Ciertamente, no sería posible seguir a Cristo, si a la vez no transmitimos la alegre nueva de su llamada a todos los hombres, “pues –decía San Gregorio Magno-, el que en esta vida procura sólo su propio interés no ha entrado en la Viña del Señor”. Y un padre de la Iglesia como San Juan Crisóstomo, refiriéndose al tiempo de la vida que es escaso, afirmaba que quienes trabajan para Cristo “se desvelan por ganar almas y se dan prisa por llevar a otros a la Viña”.

 

Los primeros cristianos aprendieron bien que el preocuparse por la salvación de los demás, no tiene limitaciones de personas, lugares o situaciones. Precisamente, el célebre Arístides  afirmaba que esta labor comenzaba por la propia familia y se extendía “a los siervos y siervas y a los hijos, si los poseen, les persuaden a hacerse cristianos por el amor que hacia ellos tienen, y cuando se hacen tales, los llaman hermanos sin distinción”. Y así conocemos por la historia como fueron incontables las familias que, desde el menor de los siervos hasta los hijos, o los padres, recibieron la fe y vivieron en el amor a Cristo.

 

TODA SITUACION ES BUENA PARA ACERCAR LAS ALMAS A DIOS

 

Entre los primeros cristianos, todas las situaciones se consideraban buenas para acercar las almas a Dios, incluso cuando humanamente podrían parecer inadecuadas, como la de comparecer ante un tribunal. Precisamente, San Pablo, prisionero en Cesarea, habla en defensa propia, ante el procurador Festo y el rey Agripa. Les desvela de tal forma los misterios de la fe, anunciando la resurrección de Cristo, que el mismo rey dice en alta voz: Estás loco, Pablo, las muchas letras te han hecho perder el juicio. Y precisamente, una persona de la categoría intelectual de San Beda, en el Comentario a los Hechos de los Apóstoles, afirma que “consideraba locura que un hombre encadenado no hablara de las calumnias que le hostigaban desde fuera, sino de las convicciones que le iluminan por dentro”.

 

Más tarde, el rey Agripa dirá a Pablo: Un poco más y me convences de que me haga cristiano. Y Pablo le respondió: Quiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú sino todos los que me escuchan hoy, llegaran a ser tales como yo soy, a excepción de estas cadenas.  Y San Lucas, en los “Hechos de los Apóstoles”, sigue diciendo que “el rey, el procurador, Berenice y los que con ellos estaban sentados se levantaron, y mientras se retiraban iban diciendo unos a otros: Este hombre no ha hecho nada digno de muerte o de prisión”. Agripa dijo a Festo: “podría ser puesto en libertad este hombre si no hubiera apelado al César”.

 

Y de esta anécdota, me pregunto yo: “¿Y nosotros no sabremos llevar con paciencia, con cordialidad, a nuestros parientes, vecinos, amigos, etc, hasta el Señor?”. Considero que el  sentido de la preocupación por las salvación de los demás, nos lo indicará el amor que tenemos a Cristo. Procuremos no desaprovechar ninguna ocasión: todas las horas son buenas para llevar a nuestros hermanos a la Viña del Señor. Y también todas las edades son buenas para llenar las manos de frutos.

 

Precisamente, en el texto del Evangelio de este Domingo, sorprende que el padre de familia saliera a última hora, cuando ya apenas quedaba tiempo para trabajar; y sorprende también la razón que dieron aquellos que fueron contratados a esta hora tardía: Nadie nos ha contratado. Es la misma respuesta que darían en nuestros tiempos muchos que fueron bautizados, pero que se encuentran con una fe que languidece, porque nadie se ocupó de ellos.

 

CONTAGIAR NUESTRO AMOR A CRISTO

 

Si lo pensamos bien, ninguno de nuestros parientes, de los amigos, de los vecinos, de los compañeros de clase o colegio, de quien estuvo con nosotros una sola tarde, o realizó un mismo viaje, o trabajó en la misma empresa, o estudió en la misma Facultad, etc, debería decir que no se sintió contagiado de nuestro amor a Cristo. Cuando el querer es grande se manifiesta en la más pequeña oportunidad. Y así, unos se sentirán movidos por nuestras palabras, otros verán el ejemplo de un trabajo bien acabado, la serenidad ante el dolor y las dificultades de la vida. Y, sin duda, también se sentirán urgidos por nuestra oración y por nuestra honda alegría, fruto del hecho de seguir a Cristo.

 

Realmente, trabajar para Cristo, incluso en medio de las labores o empleos más duros de la vida, es siempre motivo para ser agradecidos con Dios Nuestro Señor. El Señor no nos lo olvidará jamás. Y como dice San Pablo, en la primera Carta a los Corintios, cada uno recibirá a la medida de su trabajo. Y también veremos como en el campo del Señor hay lugar y trabajo para todos: jóvenes y viejos, ricos y pobres; para hombres y mujeres que se encuentran en la plenitud de la vida y para quienes ya ven acercarse su atardecer; para los que disponen de mucho tiempo libre y para los que han de hacer grandes esfuerzos y sacrificios para estar cada día con la familia. Incluso los niños, afirma el Concilio Vaticano II, “tienen su propia capacidad apostólica”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA (Lección 69ª)

CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA (Lección 69ª)

                Lo que ofrecemos a continuación está tomado del resumen de la Historia del Antiguo Testamento, del Catecismo Mayor de San Pío X.

 

Creación del mundo

 

         En el principio creó Dios el cielo y la tierra, con todo lo que en cielo y en la tierra se contiene; y aunque pudiera acabar esta gran obra en un instante, quiso emplear seis períodos de tiempo, que la Escritura Santa llama días.

 

        El primer día dijo: hágase la luz, y hubo luz. El segundo hizo el firmamento. El tercero separó las aguas de la tierra, y a ésta le mandó que produjese hierbas, flores y toda suerte de frutos. El cuarto hizo el sol, la luna y las estrellas. El quinto creó los peces y las aves. El sexto creó todos los otros animales y, finalmente, creó al hombre.

 

       El día séptimo cesó Dios de crear, y este día, que llamó Sábado, que quiere decir descanso, mandó más tarde, por medio de Moisés, al pueblo hebreo, que fuese santificado y consagrado a Él.

 

Creación del hombre y de la mujer

 

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y lo hizo así: formó el cuerpo de tierra. Luego sopló sobre su rostro, infundiéndole un alma inmortal.

 

        Dios impuso al primer hombre el nombre de Adán, que significa formado de tierra, y le colocó en un lugar lleno de delicias, llamado el Paraíso terrenal.

 

         Mas Adán estaba solo. Queriendo pues Dios asociarle una compañera y consorte, le infundió un profundo sueño, y mientras dormía le quitó una costilla, de la cual formó la mujer que presentó Adán. Este la recibió con agrado y la llamó Eva, que quiere decir vida, porque había de ser madre de todos los vivientes.

 

De los Ángeles

 

        Antes que al hombre, que es la criatura más perfecta de todo el mundo sensible, había creado Dios una infinita muchedumbre de otros seres, de naturaleza más elevada que el hombre, llamados Ángeles.

 

            Los Ángeles, sin forma ni figura alguna sensible, porque son puros espíritus, creados para subsistir sin tener que estar unidos a cuerpo alguno, habían sido hechos por Dios a su imagen, capaces de conocerle y amarle, y libres para obrar el bien y el mal. (Continuará)