EN EL DÍA DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS LA IGLESIA NOS INVITA A TENER LOS OJOS PUESTOS EN EL CIELO Y EN EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA. (Domingo, 2 de noviembre del año 2014). (a continuación de esta homilía está la del día 1 del mismo mes, Solemnidad de Todos los Santos)

 

 En el Día de Todos los Fieles Difuntos, ciertamente la Iglesia nos invita a tener los ojos puestos en el Sacramento de la Confesión o Penitencia y en el Cielo, nuestra Patria definitiva, a la que el Señor nos llama. Nuestra muerte será efectivamente el encuentro con Cristo, a quien hemos procurado servir a lo largo de nuestra vida. Él nos llevará a la plenitud de la gloria, al encuentro con el Padre celestial, que también es nuestro Padre.

 

VEREMOS A DIOS Y TENDREMOS TODOS LOS BIENES

 

En realidad, no existen palabras para expresar, ni de lejos, lo que será nuestra vida en el Cielo que Dios ha prometido a sus hijos. Precisamente, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una Carta sobre algunas cuestiones referentes a la escatología, recordaba que “estaremos con Cristo y veremos a Dios; promesa y misterio admirables en los que consiste esencialmente nuestra esperanza. Si la imaginación no puede llegar allí, el corazón llega instintiva y profundamente”.

 

 Será una realidad dichosísima lo que ahora entrevemos por la Revelación y que apenas podemos imaginar en nuestro ser actual. En el Antiguo Testamento se describe la felicidad del Cielo evocando la tierra prometida, después de un largo y duro caminar por el desierto. Y la citada Congregación de la Fe, insiste en que  allí, “en la nueva y definitiva patria, se encuentran todos los bienes, allí se terminarán las fatigas de tan largo y difícil caminar”.

 

Por su parte, Nuestro Señor Jesucristo nos habló de muchas maneras de la incomparable felicidad de quienes en este mundo amen con obras a Dios. Además, la eterna bienaventuranza es una de las verdades de fe que, con más insistencia predicó. “La voluntad de mi Padre, que me ha enviado –afirma el Evangelio de San Juan-, es que Yo no pierda a ninguno de los que me ha dado, sino que los resucite a todos en el último día. Y en la Última Cena, dirigiéndose al Padre Eterno, le dirá: Oh Padre, Yo deseo ardientemente que aquellos que Tú me has dado estén conmigo allí donde Yo estoy, para que contemplen mi gloria, porque Tú me amaste antes de la creación del mundo.

 

Por su parte, los Apóstoles nos hablan frecuentemente de esa felicidad que nos espera. San Pablo, en la primera Carta a los Corintios, nos dice que ahora vemos a Dios como en un espejo y bajo imágenes oscuras; pero entonces le veremos cara a cara. Y precisa también que allí la alegría y la felicidad son indescriptibles.

 

LA VISIÓN LLEVA CONSIGO LA COMUNIÓN DE VIDA CON DIOS

 

Ciertamente, podemos afirmar que la felicidad de la vida eterna consistirá sobre todo en la visión directa e inmediata de Dios. Esta visión no será sólo un perfectísimo conocimiento intelectual, sino también comunión de vida con Dios, Uno y Trino. Y pensemos que el ver a Dios es encontrarse con Él, ser felices con Él. Y de la contemplación amorosa de las Tres Divinas Personas se seguirá en nosotros un gozo ilimitado. Y consideremos también que todas la exigencias de felicidad y de amor de nuestro corazón, quedarán allí colmadas, sin término y sin fin.

 

Junto al inmenso gozo de contemplar a Dios, de ver y estar con Jesucristo glorificado, existe una bienaventuranza accidental, por la que gozaremos de los bienes creados que responden a nuestras aspiraciones. La compañía de las personas justas que hemos querido en este mundo; y también la gloria de nuestros cuerpos resucitados, porque nuestro cuerpo resucitado será numérica y específicamente idéntico al terreno.

 

LOS QUE ESTÁN EN EL CIELO HAN AMADO LA CONFESIÓN

 

San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, afirma lo siguiente: Es preciso que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y San Agustín dice con toda claridad: Resucitará esta carne, la misma que muere y es sepultada. La carne que ahora padece dolores. Y tendremos el mismo cuerpo, pero revestido de gloria y esplendor, que además ocupará un lugar.

 

Y, finalmente, consideremos que pensar en el Cielo da una gran serenidad. Nada de aquí es irreparable, nada es definitivo, todos los errores pueden ser reparados. El único fracaso definitivo  sería no acertar con la puerta que nos lleva a la Vida eterna, donde nos espera la Virgen y nuestros seres queridos que han sabido vivir según la Ley de Dios  y han amado el Sacramento de la Confesión.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


SÓLO EL SERVIR A DIOS HACE A LOS HUMANOS FELICES. (HOMILIA. SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS: 1- Noviembre-2014)

                                 LAS BIENAVENTURANZAS SON CAMINO DE SANTIDAD Y DE FELICIDAD. 

 

En el monte que llamamos de las Bienaventuranzas, una multitud rodea al Señor. Y Jesús aprovecha la ocasión para ofrecer una imagen del  verdadero cristiano. Dice Fray Justo Pérez de Urbel, en su libro la “Vida de Cristo”, que “el pensamiento fundamental que Jesús quería inculcar en sus oyentes era éste: sólo el servir a Dios hace al hombre feliz. En medio de la pobreza, del dolor, del abandono, el verdadero siervo de Dios puede decir con San Pablo: Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones. Y, por el contrario, un hombre puede ser infinitamente desgraciado aunque nade  en la opulencia y viva en posesión de todos los goces de la tierra”.

 

Los que  escuchaban al Señor entendieron bien que aquellas Bienaventuranzas no enumeraban distintas clases de personas, no prometían la salvación a determinados grupos de la sociedad, sino que señalaban las disposiciones que Jesús exige a todo el que quiera seguirle. Por lo tanto, cualesquiera que sean las circunstancias que atraviesen nuestra vida, hemos de vivir la plenitud de la vida cristiana.

 

LAS BIENAVENTURANZAS,  CAMINO DE SANTIDAD

 

Las Bienaventuranzas nos enseñan que el verdadero éxito de nuestra vida está en amar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Intentar  sacudir el peso del dolor, de la tribulación, o buscar el éxito humano como un fin en sí mismo, son caminos que el Señor no bendice, y que no conducen a la felicidad. Por eso, así como ninguna cosa de la tierra puede dar la felicidad que todo hombre busca, tampoco nada, si estamos unidos a Dios, puede quitárnosla. Nuestra felicidad y nuestra plenitud vienen de Dios. El Concilio Vaticano II, en su Mensaje a la Humanidad: a los pobres, a los enfermos, a todos los que sufren, afirma lo siguiente: “¡Oh vosotros que sentís más pesadamente el peso de la Cruz! Vosotros que sois pobres  y desamparados, los que lloráis, los que estáis perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida, sois los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si queréis, salváis el mundo”.

 

SÒLO EN LOS CAMINOS DE DIOS HAY FELICIDAD

 

En realidad, seremos verdaderamente felices si estamos abiertos a los caminos de Dios en nuestras vidas, y si aceptamos la buena nueva del Evangelio. Cuando por el contrario ensayamos otros caminos que no son los de la voluntad de Dios, y que tampoco son los que nos ha trazado el Maestro, al final sólo se encuentra soledad y tristeza. La experiencia de todos los que no quisieron entender a Dios, que les hablaba de distintas maneras, ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay felicidad estable y duradera. Lejos del Señor sólo se recogen frutos amargos y, de una forma u otra, se acaba como el hijo pródigo, fuera de la casa paterna: comiendo bellotas y apacentando puercos.

 

Realmente, serán dichosos quienes buscan a Cristo, quienes piden y fomentan el deseo de santidad,  porque en Cristo están presentes todos los bienes que constituyen la verdadera felicidad. Cuando falta la alegría, el problema está en que no buscamos de verdad al Señor en el trabajo, en quienes nos rodean, en las contradicciones. Que no estamos desprendidos. Que no somos todavía corazones que buscan de verdad a Dios. Por eso está escrito: alégrese el corazón de los que buscan a Dios.

 

José Manuel Ardións Neo, Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho  Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información.Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años Asesor Religioso y Redactor Jefe de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


LA VIDA CRISTIANA NO CONSISTE “EN PENSAR MUCHO, SINO EN AMAR MUCHO”. Homilía: XXX Domingo del Tiempo Ordinario: 26-X-2014)

AUMÉNTANOS LA FE

 

 

Es seguro, tal vez, que cada uno de nosotros ansiamos seguir a Cristo muy de cerca, ser verdaderos discípulos suyos, pero es bueno que recordemos que la vida cristiana no consiste “en pensar mucho, sino en amar mucho”, afirmaba el Papa San Juan Pablo II, en el curso de una homilía, pronunciada el primero de noviembre de 1982, en la ciudad de Ávila (España).

 

AMAR A DIOS CON VOLUNTAD FIRME

 

Los sentimientos deben ser cauce para buscar a Dios, para decirle que le amamos, que tenemos necesidad de su ayuda, para permanecer junto a Él. El Creador nos hizo con cuerpo y alma, y con nuestro ser entero -corazón, mente, fuerzas- y capacidad para encender el amor, en nuestro corazón. Por eso, no podemos conformarnos con seguir al Señor, como quien cumple una obligación onerosa o toma una medicina amarga.

 

Por el contrario, hemos de amar a Dios con voluntad firme y con sentimientos nobles. Y además hemos de encender el corazón. Consideremos que Dios nos trata como una madre cariñosa que, sin el hijo esperarlo, le premia dándole un dulce o, sencillamente, se lo da porque quiere tener una especial manifestación de cariño con el pequeño.

 

EL AMOR DEBE SER PROTEGIDO Y ALIMENTADO

 

Por otra parte, es necesario cultivar el amor, protegerlo, alimentarlo. Y también se necesita practicar manifestaciones afectivas de piedad, como por ejemplo poner el corazón al besar un crucifijo o al mirar una imagen de Nuestra Señora. Esto quiere decir que nunca debemos olvidar que, en las relaciones con Dios, el corazón es un auxiliar precioso. Por eso, es bueno que nos acostumbremos a repetir, con atención, jaculatorias llenas de piedad, de cariño, porque los que andan por los caminos del amor de Dios saben hasta que punto es importante el hacer todos los días lo mismo: acciones, palabras, gestos que el Amor transfigura diariamente, en otros tantos por estrenar, como decía José María Escartín, en un libro suyo titulado: Meditación del Rosario.

 

Pensemos que, para amar a Dios con todo el corazón, hemos de acudir con frecuencia a la Humanidad Santísima de Jesús -y quizá leer una Vida de Cristo-; contemplarle como perfecto Dios y como Hombre perfecto. De un modo particular y concreto es bueno que meditemos la Pasión y Muerte en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, donde su generosidad, cuando más sufre,  es sin límites. Y otras veces nos dirigiremos a Dios con las mismas palabras con que se expresa el amor humano, y podremos convertir, incluso las canciones que hablan de ese amor limpio y noble, en verdadera oración. Porque el amor a Dios -como todo verdadero amor- no es sólo sentimiento; no es sensiblería, ni sentimentalismo vacio, pues ha de conducir a múltiples manifestaciones operativas y debe dirigir todos los aspectos de la vida de los humanos.

 

DEBEMOS TAMBIÉN AMAR A DIOS CON EL CORAZÓN Y CON LA RAZÓN

 

Precisamente, al comentar el precepto de amar a Dios con todo el corazón, enseña Santo Tomás de Aquino que el principio del amor es doble, pues se puede amar tanto con el sentimiento como por lo que nos dice la razón. Con el sentimiento, cuando el hombre no sabe vivir sin aquello que ama. Por el dictado de la razón, cuando ama lo que el entendimiento le dice. Y nosotros debemos amar a Dios de ambos modos: también con nuestro corazón humano, con el afecto que queremos a las criaturas de la tierra, con el único corazón que tenemos.

 

Y en realidad esto es así, porque el corazón, la afectividad es parte integrante de nuestro ser. “Siendo hombres -comenta San Juan Crisóstomo contra la secta maniquea, que consideraba los sentimientos humanos esencialmente malos- no es posible carecer por completo de las emociones; podemos dominarlas, pero no vivir sin ellas. Además, la pasión puede ser provechosa, si sabemos usarla cuando es necesaria”. Humano y sobrenatural es el amor que contemplamos en Jesucristo cuando leemos el Evangelio, lleno de calor, de vibración, de ternura. Cuando se dirige a su Padre celestial y cuando está con los humanos. Efectivamente, se conmueve ante una madre viuda que ha perdido a su hijo único, llora por  Lázaro su amigo que ha muerto, echa de menos la gratitud de unos leprosos que habían sido curados de su enfermedad, y se muestra siempre cordial,  abierto a todos, incluso en los momentos terribles y sublimes de la Pasión.

 

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jeje de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.


A LOS CATÓLICOS NOS TOCA, COMO A LOS DEMÁS, DAR SOLUCIÓN A LOS PROBLEMAS TEMPORALES Y TAMBIÉN CREAR UN MUNDO CADA VEZ MÁS HUMANO Y MÁS CRISTIANO. (Homilía. XXIX Domingo del Tiempo Ordinario: 19 de octubre del año 2014).

La justa y debida preocupación de la Iglesia por los problemas de la sociedad deriva de su misión espiritual. A los católicos, metidos en la entraña de la sociedad, con plenitud de derechos y deberes, nos toca no solo, como los demás, dar solución a los problemas temporales, sino también formar a nuestro alrededor un mundo cada vez más humano y más cristiano, siendo fundamentalmente ciudadanos ejemplares, que exigen sus derechos y saben cumplir todos los deberes de la sociedad.

 

UNIDAD DE VIDA

 

Nuestro testimonio, en medio del mundo, se ha de manifestar en una profunda unidad de vida. El amor a Dios ha de llevarnos a cumplir, con fidelidad, nuestras obligaciones como ciudadanos. “Vivid vosotros -exhortaba San Juan Pablo II- e infundid en las realidades temporales la savia de la fe de Cristo, conscientes de que esa fe no destruye nada auténticamente humano, sino que lo refuerza, lo purifica y lo eleva. Demostrad ese espíritu en la atención prestada a los problemas cruciales. En el ámbito de la familia, viviendo y defendiendo la indisolubilidad y los demás valores del matrimonio, promoviendo el respeto a toda vida desde el momento de la concepción. En el mundo de la cultura, de la educación y de la enseñanza, eligiendo todo aquello que tanto las leyes como las costumbres no vuelvan la espalda al sentido trascendente del hombre ni a los aspectos morales de la vida”.

 

San Agustín comenta las palabras del Señor a aquellos enviados por los judíos, con los términos siguientes: “El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros”. Y pensemos cada uno de nosotros que, de Dios es toda nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías. En definitiva, todo lo nuestro es del Creador de Cielos y Tierra. Por eso, el ser buenos cristianos nos debe impulsar también a ser buenos ciudadanos, buenas madres y padres de familia, abnegados que sacan fuerzas de su fe y amor para servir honradamente al propio país y para sacar adelante la propia familia.

 

¡AY DE LOS QUE DAN LEYES INÍCUAS!

 

Y también, como ciudadanos normales, los cristianos tienen “el deber -dice el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes– de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común. Y por su parte, las autoridades están gravemente obligadas a comportarse con equidad y justicia en la distribución de cargas y beneficios, a servir al bien común sin buscar el provecho personal, a legislar y gobernar con el más pleno respeto a la ley natural y a los derechos de la persona: a la vida desde el momento de la concepción, el primero de todos los derechos; protección de la familia, origen de la sociedad, libertad religiosa, derecho de los padres a la educación de los hijos. ¡Ay de los que dan leyes inícuas!, clama el Señor, por boca del profeta Isaías”.

 

Y tampoco olvidemos que es deber de todos los cristianos rogar al Señor por los que están constituídos en autoridad, pues es mucha la responsabilidad que tienen sobre sí. Pero tampoco podemos olvidar, por nuestra parte, que los cristianos hemos de ser ciudadanos que cumplen con exactitud sus deberes para con la sociedad, para con el Estado, para con la empresa en la que trabajamos. En definitiva, debemos tener en cuenta que no deben existir colaboradores más leales que nosotros los cristianos, en la promoción del bien común.

 

Y esta fidelidad nace a la vez de nuestra conciencia, pues esas prestaciones deben ser también para nosotros los cristianos camino de santidad. El pago de impuestos justos, el ejercicio responsable del voto, la colaboración en las iniciativas que lleven a una mejora de la ciudad o del pueblo, o también la intervención en la política, si a eso nos sentimos llamados. Y también debemos entrar en examen ante el Señor, si verdaderamente podemos ser ejemplares para muchos por nuestra colaboración, o por el sentido positivo con que nos disponemos siempre a promover el bien de todos.

 

POR ENCIMA DEL PODER CIVIL ESTÁN LOS DERECHOS DE DIOS

 

Por otra parte, también podemos observar en el Evangelio de este Domingo, como el Señor, ante la pregunta de los fariseos y herodianos, reconoció el poder civil y sus derechos, pero avisó que se deben respetar los derechos superiores de Dios, pues la actividad del hombre no se reduce a lo que cae bajo de la ordenación social o política. Existe en él una dimensión religiosa profunda, que informa todas las tareas que lleva a cabo y constituye su máxima dignidad.

 

Por eso, el Señor, sin que nadie le preguntara, añadió: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Esto quiere decir que cuando un cristiano actúa en la vida pública, en la enseñanza, en cualquier empeño cultural, etc., no puede guardar su fe para mejor ocasión. Es decir, que la religión no se puede relegar al templo, ni que la ordenación de los asuntos humanos haya de hacerse al margen de la ley divina y cristiana.

 

Y esto es así, porque los cristianos han de ser luz y sal allí donde se encuentren, han de convertir el mundo en el que se desarrolle su vida, en un lugar más humano y habitable, donde los hombres encuentren con más facilidad el camino que les lleve a Dios. Ciertamente, el cristiano, al actuar en la vida pública, al expresar su opinión ante temas fundamentales que configuran la sociedad, ha de llevar consigo una luz poderosa, la luz de la fe. Por ejemplo, cuando un cristiano advierte la índole indisoluble que por su naturaleza tiene todo verdadero matrimonio, está señalando una pista de bien social, una garantía para que se conserve sana una sociedad. Porque no puede ocurrir lo que señalaba el cardenal Luciani, poco antes de ser elegido Papa, bajo el nombre de Juan Pablo I:”En esta sociedad se ha creado un enorme vacío moral y religioso”.

 

José Manuel Ardións Neo. Párroco de San Benito de La Coruña (España). Doctor en Derecho Canónico y Licenciado en Ciencias de la Información. Inscrito en el Registro Profesional de Periodistas, nº 3.613. Asociado vitalicio de la Asociación de la Prensa de Madrid, nº 229. Durante un puñado de años, Asesor Religioso y Redactor Jefe  de la Sección de Información Religiosa, de la Agencia Internacional de Prensa “Europa Press”, con sede en Roma y Madrid.